Días del cielo en la tierra
Mayo

Capítulo 5 · 33 min de lectura · 43 min de escucha

Mayo

1 de mayo

“El fruto del Espíritu es benignidad” (Gálatas 5:22).

La aspereza de la naturaleza se ha derretido y ahora resplandece con la sonrisa de la primavera, y todo a nuestro alrededor susurra de la benignidad de Dios. Este hermoso fruto armoniza deliciosamente con el apacible mes del que es la nota dominante. Que el Espíritu Santo nos guíe, amados, en estos días, a su dulzura, a su quietud y a su benignidad, sometiendo todo hábito tosco, grosero, áspero y profano, y haciéndonos semejantes a Aquel de quien se dice: “No contenderá, ni voceará, ni hará oír su voz en las calles.”

El hombre que está verdaderamente lleno de Jesús siempre será un caballero. La mujer que ha sido bautizada en el Espíritu Santo tendrá los instintos de una perfecta dama, aunque sea de humilde cuna y poco instruida en las escuelas del refinamiento terrenal. Amados, recibamos y reflejemos la benignidad de Cristo, el espíritu del santo Niño, hasta que el mundo diga de nosotros lo que el refinado e incrédulo Chesterfield dijo una vez del santo Fenelon: “Si me hubiera quedado un día más en su casa, habría tenido que hacerme cristiano.”

Señor, ayúdanos hoy a rendirnos de tal manera al apacible Espíritu-Paloma, que nuestra vida sea como la suya.

2 de mayo

“Siempre nos lleva en triunfo” (2 Corintios 2:14).

¡Cuánto nos ayudan estas palabras! Piensa en ellas cuando la gente te raspe, cuando el diablo te pinche con sus dardos de fuego, cuando tu espíritu sensible y obstinado se irrite o se inquiete; deja que por encima de la contienda se oiga una voz apacible que susurre: “¡Mantente dulce, mantente dulce!” Y si tan solo le haces caso pronto, serás librado de mil caídas y guardado en perfecta paz.

Es cierto que no puedes mantenerte dulce por ti mismo, pero Dios te guardará si ve que tu propósito firme y decidido es ser guardado en dulzura y negarte a inquietarte, a guardar rencor o a devolver el golpe. El problema es que, en el fondo, disfrutas un poco de la irritación y del ánimo sombrío. Quieres acariciar el pequeño rencor, compadecerte de tus sentimientos heridos y cuidar tu pequeño agravio.

Querido amigo, Dios te dará todo el amor que de veras quieras y sinceramente escojas. Puedes quedarte con tu agravio o puedes tener la paz que sobrepasa todo entendimiento; pero no puedes tener ambas cosas.

Hay bálsamo para mil dolores del corazón, y un cielo de paz y de poder, en estas dos pequeñas palabras: MANTENTE DULCE.

3 de mayo

“Mi paz os doy” (Juan 14:27).

Aquí está el secreto de la paz permanente, la paz de Dios. Nos entregamos a Dios y el Espíritu Santo toma posesión de nuestro pecho. Es en verdad “Paz, paz.” Pero es justamente entonces cuando el diablo comienza a desviarnos, y lo hace por medio de nuestros pensamientos, desviándolos o distrayéndolos según lo requiera la ocasión. Este es el momento de probar la sinceridad de nuestra consagración y la sencillez de nuestro corazón. Si de verdad deseamos su Presencia más que todo lo demás, apartaremos la mirada de todo pensamiento contrario y miraremos con firmeza a Jesús. Pero si deseamos satisfacer nuestro impulso más que su Presencia, cederemos a la palabra apasionada, al pensamiento frívolo o a la distracción pecaminosa, y cuando volvemos, nuestro Pastor se ha ido, y nos preguntamos por qué se ha marchado nuestra paz. El fracaso ocurre a menudo en alguna cosa insignificante, y el fracaso del alma ha ocurrido en alguna cosa insignificante, por lo general un pensamiento o una palabra, y el alma que no habría temido escalar una montaña ha tropezado en realidad con una brizna de paja.

El verdadero secreto del descanso perfecto es estar celosa y habitualmente ocupados con Jesús.

4 de mayo

“Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).

A Satanás le encanta hacernos tropezar en cosas pequeñas. La razón es que, por lo general, para él es una victoria mayor, y demuestra que puede trastornarnos con una viruta y derribarnos con una paja. Es la vieja jactancia del jebuseo, cuando le dijeron a David que podían defender Jerusalén con una guarnición de ciegos y cojos. La mayoría de nosotros salimos mejor parados en nuestras grandes luchas que en las pequeñas. Fue por una pequeña manzana que Adán cayó, pero el mundo entero naufragó. Cuídate, amado, de las pequeñas piedras de tropiezo, y no dejes que Satanás se ría de ti y cuente a sus secuaces cómo te hizo tropezar con una cáscara de naranja. Y además, cuando el diablo quiere detener alguna gran bendición en nuestra vida, por lo general arroja sobre ella alguna sombra fea y hace que nos parezca desagradable. ¡Cuántos de nosotros nos hemos mantenido alejados de verdades, lugares y personas en los que Dios ha vuelto a aparecer, la mayor bendición de nuestra vida, y el diablo ha logrado mantenernos lejos de ellos por medio de algún prejuicio falso o necio!

5 de mayo

“Si, pues, habéis resucitado” (Colosenses 3:1).

Dios espera esta mañana para señalar las primeras horas de todo corazón presto y dispuesto con un toque de vida y de poder que eleve nuestra vida a gozos más altos y ofrezca a nuestra vista horizontes más grandiosos de esperanza y de santo servicio.

No tendremos que buscar lejos para descubrir a nuestro Señor resucitado. Él se adelantó incluso al más madrugador de los que lo buscaban aquella mañana de Pascua, y nos estará esperando antes del amanecer con su alegre “¡Salve!”, si tan solo tenemos ojos para verle y corazón para recibirle y obedecerle.

¿Cuál es su mensaje para nosotros en esta primavera? “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.”

No se trata de levantarse con Cristo, sino de ser resucitado. No es subir un poco más alto en la vieja vida, sino levantarse de entre los muertos. La resurrección no significará más de lo que haya significado la muerte. Solo en la medida en que estemos realmente muertos viviremos con Él.

6 de mayo

“Consideraos también vosotros vivos para Dios” (Romanos 6:11).

La muerte dura solo un momento. La vida es para siempre. Vive, pues, hijo de la resurrección, de su vida gloriosa, cada vez con más abundancia, y la plenitud de tu vida rechazará la intrusión del yo y del pecado, y vencerá con el bien el mal, y tu existencia no será la triste represión de tu propio forcejeo, sino la marea creciente de la vida espontánea y victoriosa de Cristo.

Una vez, en una reunión religiosa, un querido hermano nos dio una charla de lo más estimulante sobre la vida resucitada. Luego se levantó otro hermano y habló largo rato sobre la necesidad de crucificarse a uno mismo. Un sudor frío cayó sobre todos nosotros, y apenas podíamos entender por qué. Pero cuando hubo terminado, una buena hermana aclaró toda la situación diciendo que “el pastor S. nos había sacado a todos de la tumba con su mensaje, y luego el pastor P. nos ha vuelto a meter en ella.”

No vuelvas a la tumba después de haber salido de ella; vive más bien como Aquel que “vive y fue muerto, y ¡he aquí!, vive por los siglos de los siglos, y tiene las llaves del infierno y de la muerte.” Mantente fuera del sepulcro, deja la puerta cerrada con llave, y las llaves en sus manos resucitadas.

7 de mayo

“Vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19).

Bendito es el momento en que nacemos de nuevo y un corazón nuevo es creado en nosotros conforme a la imagen de Dios. Más bendito aún es el momento en que, en este corazón nuevo, nace Cristo mismo y la Navidad se reproduce en nosotros, al llegar a ser, en algún sentido real, encarnaciones del Cristo vivo. Este es el significado más profundo y más santo del cristianismo. Está expresado en la oración de Pablo por los gálatas: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros.”

Aún vendrá una era más gloriosa, cuando nosotros, como Él, seremos transformados y transfigurados en su gloria, y en la resurrección seremos, en espíritu, alma y cuerpo, tal como Él es.

Vivamos, bajo el poder de este pensamiento inspirador, como encarnaciones de Cristo; no viviendo nuestra vida, sino la vida de Cristo, y anunciando las excelencias, no de nosotros mismos, sino de Aquel que nos ha llamado “de las tinieblas a su luz admirable”; así nuestra vida será para todos el volver a vivir, en nuestra posición, la vida de Cristo, tal como Él la habría vivido si hubiera estado aquí.

8 de mayo

“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere” (Juan 12:24).

La muerte y la resurrección son las ideas centrales de la naturaleza y del cristianismo. Las vemos en la transformación de la crisálida, en la semilla enterrada que brota en el capullo y la flor de la primavera, en la transformación de la mortaja del invierno en las vestiduras de muchos colores de la primavera. Lo vemos a lo largo de toda la Biblia en el símbolo de la circuncisión, con su significado de muerte y de vida, en el paso del mar Rojo y del Jordán, que sacan y que introducen, y en la Cruz del Calvario y la tumba abierta de la mañana de Pascua. Lo vemos en toda vida espiritual profunda. Toda vida verdadera nace de la muerte, y cuanto más profundo el morir, más verdadero el vivir. No dudamos que los meses que han ido pasando nos han mostrado a todos muchos lugares donde debería haber una tumba, y muchos jirones persistentes de lo natural y lo pecaminoso que con gusto depositaríamos en una tumba sin fondo. Dios nos ayude a pronunciar la irrevocable sentencia de muerte y a dejar que el Espíritu Santo, el gran sepulturero, haga eterno el entierro. Entonces nuestra vida estará siempre brotando y floreciendo y derramando su fragancia sobre todo.

9 de mayo

“¡Salve!” (Mateo 28:9).

Fue un saludo conmovedor el que el Señor de la Vida dirigió a sus primeros discípulos la mañana de la resurrección. Es una palabra brillante y radiante la que en su nombre quisiéramos dirigir a sus amados hijos al comienzo de otro día. Significa mucho más de lo que aparece en la superficie. Es en realidad una oración por nuestra salud, que nadie sino quienes creen en la sanidad del cuerpo puede comprender plenamente. Un amigo reflexivo sugirió una vez que la palabra “hail” significa en realidad salud, y que es simplemente la antigua forma sajona de esa palabra. Todos sabemos que, en inglés, una persona hale es una persona sana. El mensaje de nuestro Señor fue, por tanto, en sustancia aquel saludo que desde tiempos inmemoriales nos damos unos a otros cuando nos encontramos: “¿Cómo está tu salud?”, “¿Cómo estás?”, o mejor aún: “Te deseo salud.” El deseo de Cristo equivale a una promesa y a un mandato. Es muy semejante a la bendición del apóstol Juan a su querido amigo Gayo, y quisiéramos repetirla a nuestros amados amigos conforme a la plenitud de la voluntad del Maestro.

10 de mayo

“Vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18).

He aquí el mensaje del Cristo de la cruz y del aún más glorioso y precioso Cristo de la resurrección. Es hermoso e inspirador notar el toque de luz y de gloria con que estas sencillas palabras revisten la cruz. No se dice: Yo soy el que fue muerto y vive, sino: “Yo soy el que vivo, y fui muerto; mas vivo por los siglos de los siglos.” La vida se menciona antes que la muerte. Hay dos maneras de mirar la cruz. Una es desde el lado de la muerte, y la otra desde el lado de la vida. Una es el Ecce Homo, y la otra es el Jesús glorificado con solo las marcas de los clavos y de la lanza. Así es como hemos de mirar la cruz. No hemos de llevar con nosotros el moho del sepulcro, sino la gloria de la resurrección. No es el Ecce Homo, sino el Cristo Vivo. Y así nuestra crucifixión ha de ser tan completa que quede absorbida en nuestra resurrección, y aun olvidemos nuestro dolor y llevemos con nosotros la luz y la gloria de la mañana eterna. Vivamos, pues, la vida nacida de la muerte, siempre nueva y llena de una vida que nunca puede morir, porque está “muerta y viva por los siglos de los siglos.”

11 de mayo

“Todo el que quiera salvar su vida, la perderá” (Lucas 9:24).

Ante todo, Cristo enseña la resurrección y la vida. El poder del cristianismo es la vida. No nos trae meramente ley, deber, ejemplo, con elevada y santa enseñanza y amonestación. Nos trae el poder para seguir el ideal más alto, y la vida que hace espontáneamente las cosas mandadas. Pero no es solo vida, sino vida de resurrección.

Y comienza con una crisis real, una transacción definida, un punto en el tiempo tan claro como el alba de la mañana. No es un morir interminable y una lucha eterna por vivir. Todo está expresado en un tiempo verbal que denota algo definido, fijo y una acción concluida. Morimos realmente en un punto determinado, y tan realmente comenzamos a vivir la vida de resurrección.

Considerémonos verdaderamente muertos al pecado, pero vivos para Dios por medio de Jesucristo.

Y la muerte es solo el camino y el pórtico hacia la vida que nunca más morirá; y la cruz conduce a la corona eterna, el Jordán a la orilla radiante de Canaán.

12 de mayo

“Dime dónde haces sestear tu rebaño al mediodía” (Cantares 1:7).

Amado, ¿no anhelas la quietud de Dios, las cámaras interiores, la sombra del Omnipotente, el secreto de su presencia? Tu vida ha sido, quizá, todo prisa y quehacer, o quizá esfuerzo, lucha y anhelo sin alcanzar. ¡Oh, descansar! Recostarte sobre su pecho y saber que lo tienes todo en Él, que toda pregunta tiene respuesta, toda duda está resuelta, todo interés está a salvo, toda oración contestada, todo deseo satisfecho. Levanta el clamor: “Dime, oh Tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde haces sestear tu rebaño al mediodía”!

¡Bendito sea su nombre! Él tiene esto para nosotros, su amor exclusivo, un amor que cada persona siente de algún modo que es todo para ella, en el que puede recostarse a solas sobre su pecho y tener un lugar que nadie más puede disputarle; y, sin embargo, su corazón es tan grande que puede tener a mil millones igual de cerca, y cada corazón parece poseerle de manera igualmente exclusiva, así como los miles de pequeños charcos de agua en la playa pueden reflejar el sol, y cada pequeño charco parece tener el sol entero acogido en sus hermosas profundidades. Y Cristo puede enseñarnos este secreto de su amor más íntimo.

13 de mayo

“Permaneced en mí” (Juan 15:4).

El cristianismo puede no significar nada más que un sistema religioso. La vida cristiana puede no significar nada más que un intento sincero y honrado de seguir e imitar a Cristo.

La vida de Cristo es más que eso, y expresa nuestra unión real con el Señor Jesucristo, y Él está, sin duda alguna, en nosotros como la vida y la fuente de toda nuestra experiencia y de toda nuestra obra.

Esta concepción de la vida cristiana más elevada es a la vez más sencilla y más sublime que cualquier otra. No enseñamos en estas páginas que el propósito de la redención de Cristo sea restaurarnos a la perfección de Adán, pues si la tuviéramos la perderíamos mañana; sino más bien unirnos con el Segundo Adán, y elevarnos a un plano más alto del que jamás conocieron nuestros primeros padres.

Esto es lo único que puede reconciliar los elementos enfrentados de las diversas escuelas de enseñanza respecto a la vida cristiana.

El Espíritu de Dios nos llevará a no tener controversia alguna sobre meras teorías, sino a aferrarnos sencillamente a la persona y a la vida de Jesucristo mismo, y al privilegio de estar unidos a Él, viviendo en constante dependencia de su poder y de su gracia que nos guardan.

14 de mayo

“Pero Dios” (Lucas 12:20).

¿Qué más necesitamos en realidad? ¿Qué otra cosa está Él tratando de hacernos entender? La religión de la Biblia es enteramente sobrenatural. El único recurso de la fe ha sido siempre el Dios vivo, y solo Él. Los hijos de Israel dependían por completo de Jehová mientras marchaban por el desierto, y la única razón por la que sus enemigos los temían y se apresuraban a someterse era que reconocían entre ellos el júbilo de un Rey, y la presencia de Uno ante quien toda su fuerza era vana.

“¿En qué”, preguntó Moisés, “seremos apartados de todos los demás pueblos de la tierra, sino en que Tú vas delante de nosotros?”

Una iglesia que confía en la sabiduría, la riqueza o los recursos humanos deja de ser el cuerpo de Cristo y se convierte en una sociedad terrenal. Cuando nos atrevemos a depender enteramente de Dios y sin dudar, los instrumentos más humildes y más débiles llegarán a ser “poderosos en Dios para la destrucción de fortalezas.” Que el Espíritu Santo nos dé en todo tiempo su propia comprensión de estas dos grandes palabras: “Pero Dios.”

15 de mayo

“Prosigo al blanco” (Filipenses 3:14).

Hemos pensado mucho en lo que hemos recibido. Pensemos en lo que no hemos recibido, en algunas de las vasijas que aún no han sido llenadas, en algunos de los lugares de nuestra vida que el Espíritu Santo todavía no ha poseído para Dios ni ha señalado con su gloria y su presencia.

¿Estarán marcados los meses venideros por una aplicación diligente, que escudriñe el corazón, de “el resto del aceite” a las posibilidades aún no ocupadas de nuestra vida y de nuestro servicio?

¿Hemos conocido su plenitud de gracia en nuestra vida espiritual? ¿Hemos gustado un poco de su gloria? ¿Hemos creído su promesa para la mente, el alma, el espíritu? ¿Hemos conocido todas sus posibilidades para el cuerpo? ¿Le hemos probado en su poder para dirigir los acontecimientos de la providencia y para mover los corazones de los hombres y de las naciones? ¿Nos ha abierto el tesoro de Dios y ha suplido nuestras necesidades económicas como podría hacerlo? ¿Hemos siquiera comenzado a entender el ministerio de la oración, tal como Dios quisiera que lo ejerciéramos? ¡Dios nos dé “el resto del aceite”!

16 de mayo

“No es del hombre que camina el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23).

Unido a Jesucristo como tu Redentor, eres aceptado en el Amado. Él no se limita a tomar mi lugar como hombre y saldar mis deudas. Hace eso y más. Viene a dar un ideal perfecto de lo que debe ser un hombre. Él es el hombre modelo, no para que nosotros lo copiemos, pues eso solo traería desaliento y un fracaso total; sino que Él vendrá y se copiará a sí mismo en nosotros. Si Cristo vive en mí, soy otro Cristo. No soy como Él, pero tengo el mismo sentir. El mismo Cristo está en mí. Este es el fundamento de la santidad cristiana y de la sanidad divina. Cristo está desarrollando una vida perfecta dentro de nosotros. Algunos dicen que el hombre nunca puede ser perfecto. “No es del hombre que camina el ordenar sus pasos.” Todos somos un montón de fracasos. Esto es cierto, pero debemos ir más lejos. Debemos tomar la provisión de Dios para nuestro fracaso y elevarnos por encima de él mediante su gracia. Debemos tomar a Jesús como sustituto de nuestro miserable yo. Debemos renunciar tanto a lo bueno como a lo malo y tomarle a Él en su lugar. Nos cuesta aprender que aun lo bueno tiene que irse, pero debemos tener impulsos divinos en lugar incluso de nuestros mejores logros.

17 de mayo

“Al que venciere, daré” (Apocalipsis 2:17).

Un precioso secreto de la vida cristiana es tener a Jesús morando dentro del corazón y venciendo cosas que nosotros jamás podríamos vencer. Es el único secreto de poder en tu vida y en la mía, amado. Los hombres no pueden entenderlo, ni el mundo lo creerá; pero es verdad que Dios vendrá a morar dentro de nosotros y será el poder, la pureza, la victoria y el gozo de nuestra vida. Ya no se trata de: “¿Qué es lo mejor que yo puedo hacer?”, sino que la pregunta es: “¿Qué es lo mejor que Cristo puede hacer?” Esto nos permite decir con Pablo, en aquel hermoso pasaje de Filipenses: “Sé estar humillado, y sé tener abundancia; en todo lugar y en todas las cosas estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

Con este conocimiento salgo al encuentro de mis pruebas, y el secreto me sirve bien. Me guarda puro y dulce, como yo nunca podría guardarme. Cristo ha enfrentado al adversario y lo ha derrotado por mí. Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de Jesucristo.

18 de mayo

“Porque habéis muerto” (Colosenses 3:3).

Ahora bien, este despojarnos de nosotros mismos, definido, absoluto y final, en un acto de muerte, es algo que no podemos hacer por nosotros mismos. No es mortificarse uno a sí mismo, sino morir con Cristo. No hay nada que pueda hacerlo sino la Cruz de Cristo y el Espíritu de Dios. La iglesia está llena de gente medio muerta que lleva años intentando, como el pobre Nerón, darse muerte a sí misma, y no ha tenido el valor de asestar el golpe fatal. ¡Oh, si tan solo se pusieran a los pies de Jesús y le dejaran hacerlo a Él, habría cumplimiento y descanso! En aquella cruz Él ha provisto para nuestra muerte tanto como para nuestra vida, y nuestra parte es simplemente dejar que su muerte se aplique a nuestra naturaleza, tal como se ha aplicado a nuestros viejos pecados, y luego dejarlo con Él, no pensar más en ello y contarlo por muerto, sin reconocerlo ya como nosotros mismos, sino como otro, negándonos a escucharlo o a temerlo, a identificarnos con él o aun a intentar limpiarlo, sino contándolo enteramente en sus manos y muerto para nosotros para siempre, y dependiendo de Él en cada aliento para toda nuestra vida nueva, como un recién nacido depende de la vida de su madre.

19 de mayo

“Lo limpia, para que lleve más fruto” (Juan 15:2).

Hace poco pasamos junto a un jardín. El jardinero acababa de terminar su poda, y las heridas del cuchillo y de la sierra apenas empezaban a sanar, mientras el cálido sol de abril nutría suavemente la planta herida hacia una vida y un vigor nuevos. Pensamos, al mirar aquella planta, cuán cruel sería empezar la semana siguiente a cortarla. Ahora el oficio del jardinero es reavivarla y nutrirla para que viva. Su oficio no es morir, sino vivir. Así, pensamos, sucede con la disciplina del alma. También ella tiene su hora de morir; pero no debe estar siempre muriendo: más bien considerémonos verdaderamente muertos al pecado, pero vivos para Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. La muerte dura solo un momento. Vive, pues, hijo de la resurrección, de su vida gloriosa, cada vez con más abundancia, y la plenitud de tu vida rechazará la intrusión del yo y del pecado, y vencerá con el bien el mal, y tu existencia no será la triste represión de tu propio forcejeo, sino la marea creciente de la vida espontánea, victoriosa y eterna de Cristo.

20 de mayo

“No sois vuestros” (1 Corintios 6:19).

¡Qué privilegio que podamos consagrarnos! ¡Qué misericordia que Dios quiera tomarnos a nosotros, gusanos sin valor! ¡Qué descanso y qué consuelo se esconden en estas palabras: “No soy mío”! No soy responsable de mi salvación, no estoy agobiado por mis afanes, no estoy obligado a vivir para mis intereses, sino que soy enteramente suyo: redimido, poseído, salvado, amado, guardado en los brazos fuertes e inmutables de su amor eterno. ¡Oh, el descanso del pecado, del yo y de la inquietud que corroe, que trae la verdadera consagración! Poder darle nuestra pobre y débil vida, con sus terribles posibilidades y su total impotencia, y saber que Él la aceptará, y se gozará y se gloriará en sacar de ella las mayores posibilidades de bendición, de poder y de utilidad; darlo todo, y descubrir que al hacerlo lo hemos ganado todo; estar tan rendidos a Él en entera entrega de nosotros mismos, que Él se obliga a cuidar de nosotros como de sí mismo. Nos estamos poniendo en las manos de un Padre amoroso, más solícito por nuestro bien de lo que nosotros podemos serlo, y que solo desea que estemos plenamente sometidos a Él para tener más libertad de bendecirnos.

21 de mayo

“Vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23).

La Biblia siempre ha presentado dos grandes promesas acerca de Cristo. Primera: vendré a vosotros; y segunda: vendré a estar en vosotros. Durante cuatro mil años el mundo esperó el cumplimiento de la primera. La otra es el misterio que, según dice Pablo, había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. Esta es una revelación de Dios tan grande como la encarnación de Jesús, porque te hace semejante a Cristo, tan libre de pecado como Él. Si Cristo está en ti, ¿cuáles serán las consecuencias? Pues que Él te pondrá a ti enteramente a un lado. El yo que hay en ti se irá. Dirás: “No yo, sino Cristo.” Cristo se encarga de tus batallas por ti. Cristo llega a ser pureza, gracia y fuerza en ti. No intentas alcanzar estas cosas, sino que sabes que las has obtenido en Él. Es un descanso glorioso con el Maestro. Jesús no dice: “Ahora tenemos que dar fruto, tenemos que orar mucho, tenemos que hacer esto o aquello.” No hay en ello ninguna imposición, salvo que debemos permanecer en Él. Ese es el centro de todo gozo y de toda ayuda.

22 de mayo

“Pelea la buena batalla de la fe” (1 Timoteo 6:12).

Oh, amado, ¿qué sentirá Dios por nosotros, después de habernos dado la sangre de su corazón, de haber puesto tantas ventajas en nuestro camino y de haber derramado sobre nosotros tanta gracia y cuidado, si llegáramos a decepcionarle? Esto hace clamar al espíritu: “¿Y para estas cosas, quién es suficiente?” Siempre puedo ver delante de mí el tiempo en que tú y yo estaremos en aquella orilla y miraremos atrás a los años que han sido, estos pocos y breves años del tiempo. ¡Oh, que podamos echarnos a los pies de Jesús y decir: “Muchas veces hemos vacilado; muchas batallas duras han venido, pero Tú me has guardado y sostenido; gracias a Dios, que me ha dado la victoria por medio del Señor Jesucristo”! De los campos de batalla de la Península salió un pequeño grupo de veteranos, y a cada uno le dieron una medalla con los nombres de todas sus batallas en un lado, y en el otro esta breve frase: “Yo estuve allí.” Oh, cuando llegue aquella hora, que sea un pensamiento alegre, muy alegre, mirar atrás a las pruebas y sacrificios de estos días y recordar: “Yo estuve allí, y con la ayuda de Dios y la gracia de Jesús, estoy aquí.”

23 de mayo

“La plenitud de la bendición del evangelio de Cristo” (Romanos 15:29).

Muchos cristianos no logran ver estas bendiciones tal como están centradas en Él. Quieren obtener la bendición de la salvación, pero eso no es el Cristo. Quieren obtener la bendición de su gracia para ayudarles, pero eso no es Él. Quieren recibir de Él oración contestada para trabajar para Él. Podrías tener todo eso y no tener la bendición de Cristo mismo. Muchísimas personas están apegadas más bien al sistema de doctrina. Dicen: “Sí, tengo la verdad; soy ortodoxo.” Eso no es el Cristo. Puede ser la fría estatua de la fuente, con el agua que pasa por las manos y los labios fríos, pero sin vida alguna. Muchísimas otras personas quieren obtener la bendición del gozo, pero esa no es la bendición de Cristo en persona. Muchísimas personas están más apegadas a su iglesia y a su pastor, o a queridos amigos cristianos, pero eso no es el Cristo. La única bendición que llenará tu corazón cuando todo lo demás falle es el corazón amoroso de Jesús unido a ti, la fuente de todas tus bendiciones y la que nunca falla cuando todas ellas se marchitan y se agotan: Jesucristo mismo.

24 de mayo

“¿Dónde está el camino donde mora la luz?” (Job 38:19).

Las joyas, en sí mismas, no tienen valor si no se ponen en contacto con la luz. Si se colocan en ciertas posiciones, reflejarán la belleza del sol. De otro modo no hay belleza en ellas. El diamante que yace al fondo de su oscura galería o allá abajo en la profunda mina no muestra belleza alguna. ¿Qué es sino un trozo de carbón, un pedazo de carbono común, a menos que llegue a ser un medio para reflejar la luz? Y lo mismo sucede con las demás piedras preciosas. Sus variados matices no son nada sin la luz. Si tienen muchas facetas, reflejan más luz y muestran más belleza. Si pones una imitación de vidrio junto a un diamante, no hay brillo en ella. En su estado bruto no refleja luz en absoluto. Así nosotros estamos en estado bruto y no servimos para nada hasta que Dios viene y resplandece sobre nosotros. La luz que hay en un diamante no es posesión suya; es la belleza del sol. ¿Qué belleza hay en el hijo de Dios? Solo la belleza de Jesús. Somos su pueblo adquirido, escogido para anunciar las excelencias de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Reflejemos hoy su luz y su amor.

25 de mayo

“A fin de conocerle” (Filipenses 3:10).

Mejor es conocer a Jesús mismo que conocer la verdad acerca de Él en cuanto a las cosas profundas de Dios tal como las revela el Espíritu Santo. Este era el gran deseo de Pablo: “A fin de conocerle”; no conocer acerca de Él, no los misterios del mundo maravilloso, ni las enseñanzas más profundas y más altas de Dios, sino entrar en el Lugar Santísimo, donde está Cristo, donde resplandece la Shekiná y hace glorioso el lugar con la santidad de Dios, y luego entrar en el secreto del Señor mismo. Fue lo que Jacob buscó con ahínco en Peniel, cuando suplicó a Dios: “Dime tu nombre.” Él nos ha dicho su nombre, dándonos “la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” Ese es el secreto. Es el Señor mismo, y nada más; es el trato íntimo con Dios; es conocer a Jesucristo como no conocemos a nadie más; es poder decir no solo “Le creo”, sino “Le conozco”; no acerca de Él, sino que le conozco a Él. Ese es el secreto, por encima de todos los demás, que Dios quiere que tengamos; es su provisión para la gloria y el poder, y se da gratuitamente al que busca con un corazón sincero.

26 de mayo

“Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y ruego con acción de gracias, sean notorias vuestras peticiones delante de Dios” (Filipenses 4:6).

Encomendar significa entregar, confiar por completo a otro. Así, si le damos nuestras pruebas a Él, Él las llevará. Si andamos en justicia, Él nos llevará hasta el final. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo.” Hay ahí dos manos: la mano de Dios que nos oprime, que nos humilla, y luego la mano de Dios que nos levanta. Echa toda tu ansiedad sobre Él, y entonces su mano te levantará, te exaltará cuando fuere tiempo. Hay dos cuidados en este versículo: tu cuidado y el cuidado de Él. Son distintos en el original. Uno significa cuidado ansioso; el otro, cuidado todopoderoso. Echa tu cuidado ansioso sobre Él y toma en su lugar su cuidado todopoderoso. No hagas ya caso de la aflicción, sino cree que Él puede sostenerte a través de ella. El principado está sobre su hombro. Cree que, si confías en Él y le obedeces, y cumples su voluntad, Él velará por tus intereses. Sencillamente intercambia cargas. Toma su yugo sobre ti, y deja que Él cuide de ti.

27 de mayo

“El principado estará sobre su hombro” (Isaías 9:6).

No puedes dar descanso al corazón deteniendo sus latidos. La belladona hará eso, pero eso no es descanso. Deja que venga el aliento de vida, la vida y la fuerza de Dios, y habrá un dulce descanso. Los lazos del hogar y el afecto familiar no lo traerán. La liberación de la aflicción no lo traerá. Más de un corazón probado ha dicho: “Si tan solo se fuera esta gran aflicción, tendría descanso.” Pero en cuanto se va una, viene otra. El pobre ciervo herido en la ladera del monte piensa que, si tan solo pudiera bañarse en el viejo arroyo de la montaña, tendría descanso. Pero la flecha está en su carne, y no hay descanso para él hasta que la herida sane. Le duele tanto en el lago de la montaña como en la llanura. Nunca tendremos el descanso y la paz de Dios en el corazón hasta que lo hayamos entregado todo a Cristo, aun nuestra obra, y creamos que Él lo ha tomado todo, y que solo tenemos que estar quietos y confiar. Es necesario andar en santa obediencia y dejar que Él tenga el principado sobre su hombro. Pablo dijo esto: “Una cosa hago.” Hay una senda estrecha para todos nosotros: la voluntad y la obra de Cristo para nosotros.

28 de mayo

“Se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:8).

Una de las cosas más difíciles para una naturaleza altiva y superior es estar bajo autoridad, renunciar a su propia voluntad y aceptar un lugar de sujeción. Pero Cristo tomó forma de siervo, renunció a su independencia, a su derecho a agradarse a sí mismo, a su libertad de elección, y después de haber conocido desde las edades eternas solo el mandar, se entregó únicamente a obedecer. He visto alguna vez al hombre que antes fue un rico patrón trabajando como dependiente en la misma tienda. No era una posición fácil ni airosa, te lo aseguro. Pero Jesús fue un siervo tan perfecto que su Padre dijo: “He aquí mi Siervo, en quien mi alma tiene contentamiento.” Toda su vida su lema fue: “El Hijo del Hombre vino para servir.” “Yo estoy entre vosotros como el que sirve.” “No puedo yo hacer nada por mí mismo.” “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” ¿Has aprendido tú, amado, el lugar del siervo?

Y una vez más: “Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Toda su vida fue un morir, y al fin lo entregó todo a la muerte, y también a la vergüenza, la muerte de crucifixión. Esto último fue la consumación de su amor.

29 de mayo

“El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Corintios 6:13).

Ahora bien, así como fue Cristo mismo quien nos justificó, y Cristo mismo quien nos fue hecho santificación, así también es solo por la unión personal con Él como podemos recibir esta vida y esta redención físicas. No es, en verdad, un toque de poder sobre nuestro cuerpo que lo restaura y luego lo deja, para el futuro, a los meros recursos de la fuerza y la vida naturales; sino que es la unión vital y real de nuestro cuerpo mortal con el cuerpo resucitado de nuestro Señor Jesucristo, de modo que su propia vida entra en nuestro organismo y Él mismo nos es hecho fuerza, salud y plena redención física.

Él vive por los siglos de los siglos y se digna vivir en estas casas de barro. Quienes así le reciben pueden conocerle como nunca podrán conocerle los que le excluyen de los cuerpos que Él ha hecho para sí. Este es uno de los profundos y preciosos misterios del evangelio. “El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo.” “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, y que no sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo, el cual es de Dios.” (R. V.)

30 de mayo

“Pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ezequiel 36:27).

“Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis preceptos.” “Pondré mi temor en vuestro corazón, y no os apartaréis de mí.” Oh, amigo, ¿no sería eso bendito, no sería un gran descanso para ti, que estás agotado de esta lucha con tus propias fuerzas? ¿No quieres un hombre fuerte que venza al hombre fuerte del yo y del pecado? ¿No quieres un guía? ¿No quieres que Dios mismo esté contigo, que sea Él quien te habite? ¿No quieres descanso? ¿No eres consciente de esta necesidad? Oh, esta sensación de ser rechazado, de anhelar, de desear, pero sin lograr nada. Eso es lo que Él viene a hacer: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.” Mejor aún: “Recibiréis el poder del Espíritu Santo que viene sobre vosotros.” Esa es la versión verdadera, y en realidad es inmensamente diferente de la otra. No recibirás poder tú mismo, de modo que la gente diga: “¡Cuánto poder tiene ese hombre! No tendrás poder alguno, sino que recibirás el poder del Espíritu Santo que viene sobre ti; Él es quien tiene el poder, eso es todo.”

31 de mayo

“Así que, cualquiera que se humille como este niño” (Mateo 18:4).

Nunca tendrás un corazón humilde hasta que nazca de lo alto, del corazón de Cristo. Porque el hombre ha perdido su propia humanidad y, por desgracia, con demasiada frecuencia tiene un corazón de demonio. Dios quiere que nosotros, como cristianos, seamos sencillos, humanos, accesibles y como niños. Los cristianos que más conocemos y amamos, y que están más cerca del Señor, son los más sencillos. Cuando nos volvemos afectados, solo servimos para una galería de pinturas y solo estamos bien sobre un pedestal; pero si vamos a vivir entre los hombres y a amarlos y salvarlos, tenemos que ser accesibles y humanos. Toda rigidez no es sino otra forma de estar pendiente de uno mismo. Pide a Cristo un corazón humano, una sonrisa que sea tan natural como la de tu niño pequeño en tu presencia. ¡Oh, cuánto hizo Cristo con pequeños toques! Nunca habría llegado a la mujer de Samaria si se hubiera presentado ante ella como el profeta. Se sentó, como un hombre cansado, y dijo: “Dame un poco de agua para beber.” Y así, a lo largo de toda su vida, fue su sencilla humanidad y su amor lo que le llevó a los demás, y lo que los llevó a ellos a Él y a su gran salvación.

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