Valientes por Dios: Libro cuatro
John Paton: el hombre que cavó en busca de agua

Capítulo 1 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

John Paton: el hombre que cavó en busca de agua

John Paton creció en una familia pobre de Escocia, en una casita diminuta donde su padre oraba en voz alta tan a menudo y con tanto cariño que los niños casi creían que el cielo estaba justo al otro lado de la pared. Cuando John ya era un hombre, oyó hablar de la gente de las Nuevas Hébridas: unas islas lejanas en los Mares del Sur donde nadie les había hablado nunca de Jesús, y donde a veces mataban a los forasteros. John decidió ir. Cuando un anciano le advirtió que se lo comerían los caníbales, John le respondió que, una vez muerto, poco importaba si se lo comían los caníbales o los gusanos: lo que importaba era hacer lo que Dios le había pedido.

En 1858, John y su joven esposa, Mary, navegaron hasta la isla de Tanna y construyeron una casita junto a la playa. Pero casi enseguida les llegó una gran tristeza. Mary y su hijito recién nacido se enfermaron y murieron, solo unas semanas después de llegar. John cavó sus tumbas con sus propias manos y los enterró allí, en aquella isla solitaria. Más tarde dijo que, si no hubiera estado seguro de que Jesús estaba cerca de él, creía que el dolor lo habría vuelto loco.

Pero no huyó. John se quedó solo en Tanna, entre gente que muchas veces amenazaba con matarlo. Muchas noches se quedaba despierto, escuchando por si oía a hombres que se acercaban a escondidas a su puerta, y una y otra vez Dios lo guardó. Al final, cuando el peligro se volvió demasiado grande, escapó a otra isla; pero todavía no había terminado.

En la pequeña isla de Aniwa, John intentó algo que a los isleños les pareció una locura: empezó a cavar un hoyo profundo en la tierra, buscando agua dulce. La gente solo conocía el agua que caía del cielo como lluvia, y se reían del extraño misionero que cavaba hacia abajo en lugar de mirar hacia arriba. Entonces, muy hondo, John encontró agua fresca y clara que brotaba de la tierra. Los isleños se quedaron asombrados: ¡agua que salía del suelo, como lluvia que venía de abajo! Si el misionero había tenido razón sobre el agua escondida, empezaron a decir, quizá también tenía razón sobre el Dios escondido.

Poco a poco, la gente de Aniwa dejó sus viejos miedos para seguir a Jesús. John Paton les dio la Biblia en sus propias palabras y vivió entre ellos durante muchos años: el hombre que había enterrado a su propia familia en una playa lejana y que, aun así, se quedó. Había aprendido que se puede confiar en Dios incluso en el dolor más hondo, y que un solo corazón valiente, plantado en un lugar difícil, puede volver una isla entera hacia el cielo.

Capítulo 1 completado

John Paton: el hombre que cavó en busca de agua

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