Entrega absoluta
Guardados por el poder de Dios

Capítulo 8 · 25 min de lectura

Guardados por el poder de Dios

Las palabras sobre las que voy a hablar las hallarás en 1 Pedro 1:5. Los versículos tercero, cuarto y quinto dicen: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que . . . nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible . . . reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación.» Las palabras de mi texto son: «Guardados por el poder de Dios mediante la fe.»

Ahí tenemos dos verdades maravillosas y benditas acerca de la guarda por la cual el creyente es guardado para la salvación. Una verdad es: Guardados por el poder de Dios; y la otra verdad es: Guardados mediante la fe. Debemos mirar los dos lados: el lado de Dios y su poder omnipotente, ofrecido a nosotros para ser nuestro Guardador en cada momento del día; y el lado humano, en el que no tenemos nada que hacer sino, por la fe, dejar que Dios realice su obra de guardarnos. Hemos sido engendrados de nuevo para una herencia reservada en el cielo para nosotros; y somos guardados aquí en la tierra por el poder de Dios. Vemos que hay una doble guarda: la herencia guardada para mí en el cielo, y yo en la tierra guardado para la herencia que está allá.

Ahora bien, en cuanto a la primera parte de esta guarda, no hay duda ni cuestión alguna. Dios guarda la herencia en el cielo de manera maravillosa y perfecta, y allí espera segura. Y el mismo Dios me guarda a mí para la herencia. Eso es lo que quiero comprender.

Ya sabes que es muy insensato que un padre se tome grandes molestias por tener una herencia para sus hijos, y por guardarla para ellos, si no los guarda a ellos para ella. ¿Qué pensarías de un hombre que pasa todo su tiempo y hace todo sacrificio por amasar dinero, y, al ir juntando sus decenas de miles, tú le preguntas por qué se sacrifica de ese modo, y su respuesta es: «Quiero dejarles a mis hijos una gran herencia, y la estoy guardando para ellos»; si luego te enteraras de que ese hombre no se toma ninguna molestia por educar a sus hijos, que los deja correr salvajes por la calle y andar por sendas de pecado, ignorancia y necedad, ¿qué pensarías de él? ¿No dirías: «¡Pobre hombre! Está guardando una herencia para sus hijos, pero no está guardando ni preparando a sus hijos para la herencia»? Y hay tantos cristianos que piensan: «Mi Dios está guardando la herencia para mí»; pero no pueden creer: «Mi Dios me está guardando a mí para esa herencia». El mismo poder, el mismo amor, el mismo Dios que hace la doble obra.

Ahora quiero hablar de una obra que Dios hace en nosotros: guardarnos para la herencia. Ya he dicho que tenemos dos verdades muy sencillas: la una, el lado divino: somos guardados por el poder de Dios; la otra, el lado humano: somos guardados mediante la fe.

Guardados por el poder de Dios

Mira el lado divino: los cristianos son guardados por el poder de Dios.

La guarda lo abarca todo

Piensa, ante todo, que esta guarda lo abarca todo.

¿Qué es lo que se guarda? Tú eres guardado. ¿Cuánto de ti? Todo tu ser. ¿Guarda Dios una parte de ti y no otra? No. Algunas personas tienen la idea de que se trata de una especie de guarda vaga y general, y de que Dios los guardará de tal modo que, cuando mueran, llegarán al cielo. Pero no aplican esa palabra, guardado, a todo lo que hay en su ser y en su naturaleza. Y, sin embargo, eso es lo que Dios quiere.

Aquí tengo un reloj. Supón que este reloj lo hubiera pedido prestado a un amigo, y él me hubiera dicho:

«Cuando vayas a Europa, te dejaré llevarlo contigo, pero cuida de guardarlo bien y de devolvérmelo.»

Y supón que yo dañara el reloj, y quebrara las manecillas, y estropeara la esfera, y arruinara algunas de las ruedas y los resortes, y lo devolviera en esa condición, y se lo entregara a mi amigo; él diría:

«Ah, pero yo te di ese reloj con la condición de que lo guardaras.»

«¿No lo he guardado? Ahí está el reloj.»

«Pero yo no quería que lo guardaras de esa manera general, de modo que me devolvieras solo la carcasa del reloj, o los restos. Yo esperaba que guardaras cada una de sus partes.»

Y así, Dios no quiere guardarnos de esa manera general, de modo que al fin, de un modo u otro, seamos salvos como por fuego y apenas alcancemos el cielo. Antes bien, el poder guardador y el amor de Dios se aplican a cada particularidad de nuestro ser.

Hay algunas personas que piensan que Dios los guardará en las cosas espirituales, pero no en las temporales. Esto último, dicen, queda fuera de su ámbito. Ahora bien, Dios te envía a trabajar en el mundo, pero no dijo: «Ahora debo dejarte para que vayas a ganar tu propio dinero y consigas tu sustento por ti mismo». Él sabe que no eres capaz de guardarte a ti mismo. Pero Dios dice: «Hijo mío, no hay obra que hayas de hacer, ni negocio en el que estés ocupado, ni un solo centavo que hayas de gastar, que yo, tu Padre, no tome bajo mi cuidado». Dios no solo se ocupa de lo espiritual, sino también de lo temporal. La mayor parte de la vida de muchas personas ha de transcurrir, a veces ocho, nueve o diez horas al día, entre las tentaciones y distracciones del trabajo; pero Dios te cuidará allí. La guarda de Dios lo incluye todo.

Hay otras personas que piensan: «¡Ah! En tiempo de prueba Dios me guarda, pero en tiempos de prosperidad no necesito que me guarde; entonces me olvido de él y lo dejo ir». Otros, en cambio, piensan justo lo contrario. Piensan: «En tiempo de prosperidad, cuando todo va tranquilo y en calma, soy capaz de aferrarme a Dios, pero cuando vienen pruebas pesadas, de un modo u otro mi voluntad se rebela, y Dios no me guarda entonces».

Ahora bien, te traigo el mensaje de que, tanto en la prosperidad como en la adversidad, tanto bajo el sol como en la oscuridad, tu Dios está dispuesto a guardarte en todo momento.

Además, hay otros que piensan de esta guarda así: «Dios me guardará de cometer grandes maldades, pero hay pequeños pecados de los que no puedo esperar que Dios me guarde. Está el pecado del mal genio. No puedo esperar que Dios venza eso».

Cuando oyes de algún hombre que ha sido tentado y se ha extraviado, o ha caído en la borrachera o en el homicidio, das gracias a Dios por su poder guardador.

«Yo podría haber hecho lo mismo que ese hombre», dices, «si Dios no me hubiera guardado». Y crees que él te guardó de la borrachera y del homicidio.

¿Y por qué no crees que Dios puede guardarte de los arrebatos de mal genio? Pensaste que esto era de menor importancia; no recordaste que el gran mandamiento del Nuevo Testamento es: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Juan 13:34). Y cuando salieron tu mal genio, tus juicios apresurados y tus palabras cortantes, pecaste contra la ley más alta: la ley del amor de Dios. Y, sin embargo, dices: «Dios no querrá, Dios no puede»; no, no dirás que Dios no puede, pero dices: «Dios no me guarda de eso». Tal vez digas: «Él puede; pero hay algo en mí que no logra alcanzarlo, y que Dios no quita».

Quiero preguntarte: ¿pueden los creyentes vivir una vida más santa que la que en general se vive? ¿Pueden los creyentes experimentar el poder guardador de Dios durante todo el día, para ser guardados del pecado? ¿Pueden los creyentes ser guardados en comunión con Dios? Y te traigo un mensaje de la Palabra de Dios, en estas palabras: Guardados por el poder de Dios. No llevan ninguna cláusula que las limite. Su sentido es que, si te encomiendas entera y absolutamente a la omnipotencia de Dios, él se deleitará en guardarte.

Algunas personas piensan que nunca podrán llegar tan lejos como para que cada palabra de su boca sea para la gloria de Dios. Pero eso es lo que Dios quiere de ellas, es lo que Dios espera de ellas. Dios está dispuesto a poner guarda a la puerta de su boca, y si Dios hace eso, ¿no podrá guardar su lengua y sus labios? Sí puede; y eso es lo que Dios va a hacer por los que confían en él. La guarda de Dios lo abarca todo; y que cada uno que anhela vivir una vida santa piense en todas sus necesidades, y en todas sus debilidades, y en todas sus faltas, y en todos sus pecados, y diga con toda deliberación: «¿Hay algún pecado del que mi Dios no pueda guardarme?». Y el corazón tendrá que responder: «No; Dios puede guardarme de todo pecado».

La guarda requiere poder

En segundo lugar, si quieres comprender esta guarda, recuerda que no es solo una guarda que lo abarca todo, sino una guarda omnipotente.

Quiero que esa verdad quede grabada a fuego en mi alma; quiero adorar a Dios hasta que todo mi corazón se llene con el pensamiento de su omnipotencia. Dios es todopoderoso, y el Dios todopoderoso se ofrece a obrar en mi corazón, a realizar la obra de guardarme; y quiero quedar unido a la Omnipotencia, o más bien, unido al Omnipotente, al Dios vivo, y tener mi lugar en el hueco de su mano. Lees los Salmos, y piensas en los pensamientos maravillosos de muchas de las expresiones que David usa; como, por ejemplo, cuando habla de que Dios es nuestro Dios, nuestra Fortaleza, nuestro Refugio, nuestra alta Torre, nuestra Fuerza y nuestra Salvación. David tenía visiones muy maravillosas de cómo el Dios eterno es él mismo el escondedero del alma que cree, y de cómo toma al creyente y lo guarda en el hueco mismo de su mano, en lo secreto de su tabernáculo, bajo la sombra de sus alas, bajo sus mismas plumas. Y allí vivió David. Y, oh, nosotros que somos los hijos de Pentecostés, nosotros que hemos conocido a Cristo y su sangre y al Espíritu Santo enviado del cielo, ¿por qué será que sabemos tan poco de lo que es andar temblorosos, paso a paso, con el Dios todopoderoso como nuestro Guardador?

¿Has pensado alguna vez que en cada acción de gracia en tu corazón tienes toda la omnipotencia de Dios empeñada en bendecirte? Cuando acudo a un hombre y él me otorga un regalo de dinero, lo recibo y me marcho con él. Me ha dado algo de lo suyo; el resto lo guarda para sí. Pero no es así con el poder de Dios. Dios no puede desprenderse de nada de su propio poder, y por eso puedo experimentar el poder y la bondad de Dios solo en la medida en que estoy en contacto y comunión con él mismo; y cuando entro en contacto y comunión con él mismo, entro en contacto y comunión con toda la omnipotencia de Dios, y tengo la omnipotencia de Dios para ayudarme cada día.

Un hijo tiene, quizá, un padre muy rico, y cuando el hijo está por comenzar un negocio el padre dice: «Puedes disponer de todo el dinero que quieras para tu empresa». Todo lo que el padre tiene está a disposición del hijo. Y así es con Dios, tu Dios todopoderoso. Apenas puedes asimilarlo; te sientes un gusanillo tan pequeño. ¡Su omnipotencia hace falta para guardar a un gusanillo! Sí, su omnipotencia hace falta para guardar a cada gusanillo que vive en el polvo, y también para sostener el universo; y por tanto, mucho más se necesita su omnipotencia para guardar tu alma y la mía del poder del pecado.

Oh, si quieres crecer en gracia, aprende a comenzar aquí. En todos tus juicios y meditaciones y pensamientos y obras y preguntas y estudios y oraciones, aprende a ser guardado por tu Dios todopoderoso. ¿Qué no hará el Dios todopoderoso por el hijo que confía en él? La Biblia dice: «mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Efesios 3:20). Es a la Omnipotencia a quien debes aprender a conocer y en quien debes confiar, y entonces vivirás como un cristiano debe vivir. ¡Qué poco hemos aprendido a estudiar a Dios y a comprender que una vida piadosa es una vida llena de Dios, una vida que ama a Dios y espera en él, y confía en él, y le permite bendecirla! No podemos hacer la voluntad de Dios sino por el poder de Dios. Dios nos da la primera experiencia de su poder para prepararnos a anhelar más, y a venir y reclamar todo lo que él puede hacer. Que Dios nos ayude a confiar en él cada día.

La guarda es continua

Otro pensamiento. Esta guarda no es solo integral y omnipotente, sino también continua e ininterrumpida.

A veces la gente dice: «Durante una semana o un mes Dios me ha guardado de manera maravillosa: he vivido a la luz de su rostro, y no sabría decir cuánto gozo he tenido en comunión con él. Me ha bendecido en mi trabajo por los demás. Me ha dado almas, y a veces sentí como si fuera llevado hacia el cielo en alas de águila. Pero no continuó. Era demasiado bueno; no podía durar». Y algunos dicen: «Era necesario que cayera para mantenerme humilde». Y otros dicen: «Sé que fue culpa mía; pero de algún modo uno no puede vivir siempre en las alturas».

Oh, amado, ¿por qué será? ¿Puede haber alguna razón por la que la guarda de Dios no haya de ser continua e ininterrumpida? Piénsalo bien. Toda vida es continuidad ininterrumpida. Si mi vida se detuviera por media hora, estaría muerto, y mi vida se habría ido. La vida es algo continuo, y la vida de Dios es la vida de su Iglesia, y la vida de Dios es su poder omnipotente obrando en nosotros. Y Dios viene a nosotros como el Todopoderoso, y sin condición alguna se ofrece a ser mi Guardador, y su guarda significa que día tras día, momento tras momento, Dios va a guardarnos.

Si te hiciera esta pregunta: «¿Crees que Dios es capaz de guardarte un solo día de la transgresión efectiva?», responderías: «No solo sé que es capaz de hacerlo, sino que creo que lo ha hecho. Ha habido días en que ha guardado mi corazón en su santa presencia, en los que, aunque siempre he tenido dentro de mí una naturaleza pecaminosa, me ha guardado de la transgresión consciente y efectiva».

Ahora bien, si él puede hacer eso por una hora o por un día, ¿por qué no por dos días? ¡Oh! Hagamos de la omnipotencia de Dios, tal como se revela en su Palabra, la medida de nuestras expectativas. ¿No ha dicho Dios en su Palabra: «Yo, Jehová, la guardo, cada momento la regaré» (Isaías 27:3)? ¿Qué puede significar eso? «Cada momento», ¿significa cada momento? ¿Prometió Dios acerca de aquella viña de vino rojo que cada momento la regaría, de modo que el calor del sol y el viento abrasador jamás la secaran? Sí. En Sudáfrica a veces hacen un injerto, y por encima de él atan una botella de agua, para que de vez en cuando haya una gota que sature lo que han puesto alrededor. Y así la humedad se conserva allí sin cesar, hasta que el injerto ha tenido tiempo de prender y de resistir el calor del sol.

¿No nos guardará nuestro Dios, en su amor tierno y compasivo hacia nosotros, cada momento, cuando ha prometido hacerlo? ¡Oh! Si una vez captáramos el pensamiento de que toda nuestra vida espiritual ha de ser obra de Dios —«Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13)—, cuando una vez tengamos fe para esperar eso de Dios, Dios lo hará todo por nosotros.

La guarda ha de ser continua. Cada mañana Dios saldrá a tu encuentro al despertar. No es una cuestión de: si olvidé despertar por la mañana con el pensamiento puesto en él, ¿qué será de mí? Si le confías a Dios tu despertar, Dios saldrá a tu encuentro por la mañana, al despertar, con su sol y su amor divinos, y te dará la certeza de que durante el día tienes a Dios encargándose de ti de continuo con su poder omnipotente. Y Dios saldrá a tu encuentro al día siguiente y cada día; y no importa si en la práctica de la comunión a veces llega el fracaso. Si mantienes tu posición y dices: «Señor, voy a esperar que hagas lo sumo, y voy a confiar en ti día tras día para que me guardes de manera absoluta», tu fe se hará cada vez más fuerte, y conocerás el poder guardador de Dios sin interrupción.

Guardados mediante la fe

Y ahora el otro lado: Creer. «Guardados por el poder de Dios mediante la fe.» ¿Cómo debemos mirar esta fe?

La fe implica impotencia

Permíteme decir, ante todo, que esta fe significa impotencia y desamparo totales delante de Dios.

En el fondo de toda fe hay un sentimiento de desamparo. Si tengo algún asunto que tramitar, quizá comprar una casa, el abogado ha de hacer la labor de poner la transferencia de la propiedad a mi nombre y de arreglar todos los trámites. Yo no puedo hacer esa labor, y al confiar en ese agente confieso que no puedo hacerla. Y así la fe siempre significa desamparo. En muchos casos significa: puedo hacerlo con mucho esfuerzo, pero otro puede hacerlo mejor. Pero en la mayoría de los casos es desamparo total; otro ha de hacerlo por mí. Y ese es el secreto de la vida espiritual. Un hombre ha de aprender a decir: «Lo entrego todo; he intentado y anhelado y pensado y orado, pero ha llegado el fracaso. Dios me ha bendecido y ayudado, pero, aun así, a la larga ha habido tanto pecado y tanta tristeza». ¡Qué cambio se produce cuando un hombre queda así quebrantado hasta el total desamparo y la desesperación de sí mismo, y dice: «¡No puedo hacer nada!»!

Recuerda a Pablo. Vivía una vida bendita, y había sido arrebatado hasta el tercer cielo, y entonces vino el aguijón en la carne, «un mensajero de Satanás que me abofetee». ¿Y qué sucedió? Pablo no podía entenderlo, y rogó al Señor tres veces que se lo quitara; pero el Señor le dijo, en esencia:

«No; es posible que llegues a enaltecerte, y por eso te he enviado esta prueba para mantenerte débil y humilde.»

Y Pablo aprendió entonces una lección que nunca olvidó, y era: gloriarse en sus debilidades. Decía que cuanto más débil era, tanto mejor le iba, porque cuando era débil, era fuerte en su Señor Cristo.

¿Quieres entrar en lo que la gente llama «la vida superior»? Entonces desciende un peldaño más. Recuerdo que el Dr. Boardman contaba cómo una vez un caballero lo invitó a ver una fábrica donde hacían perdigones finos, y creo que los operarios lo hacían vertiendo plomo fundido desde una gran altura. Este caballero quería llevar al Dr. Boardman hasta lo alto de la torre para ver cómo se hacía el trabajo. El doctor llegó a la torre, entró por la puerta y empezó a subir las escaleras; pero cuando había subido unos pocos escalones, el caballero le gritó:

«Por ahí no es. Debes bajar por aquí; esa escalera está cerrada con llave.»

El caballero lo llevó escaleras abajo unos cuantos escalones, y allí un ascensor estaba listo para llevarlo hasta lo alto; y dijo:

«He aprendido una lección: que bajar es a menudo la mejor manera de subir.»

Ah, sí, Dios tendrá que hacernos descender muy abajo; habrá de venir sobre nosotros un sentido de vacío, de desesperación y de nada. Es cuando nos hundimos en el total desamparo cuando el Dios eterno se revelará en su poder, y cuando nuestros corazones aprenderán a confiar solo en Dios.

¿Qué es lo que nos impide confiar en él perfectamente?

Más de uno dice: «Creo lo que dices, pero hay una dificultad. Si mi confianza fuera perfecta y permaneciera siempre, todo saldría bien, pues sé que Dios honra la confianza. Pero ¿cómo he de obtener esa confianza?»

Mi respuesta es: «Por la muerte del yo. El gran estorbo para la confianza es el esfuerzo propio. Mientras tengas tu propia sabiduría, tus pensamientos y tu fuerza, no puedes confiar plenamente en Dios. Pero cuando Dios te quebranta, cuando todo empieza a oscurecerse ante tus ojos, y ves que no entiendes nada, entonces Dios se acerca; y si te postras en la nada y esperas en Dios, él llegará a ser todo.»

Mientras seamos algo, Dios no puede ser todo, y su omnipotencia no puede realizar su obra plena. Ese es el comienzo de la fe: la total desesperación de sí mismo, un cesar del hombre y de todo lo que hay en la tierra, y hallar nuestra esperanza solo en Dios.

La fe es reposo

Y luego, a continuación, debemos comprender que la fe es reposo.

Al comienzo de la vida de fe, la fe lucha; pero mientras la fe lucha, la fe no ha alcanzado su fuerza. Pero cuando la fe, en su lucha, llega al final de sí misma, y sencillamente se arroja sobre Dios y descansa en él, entonces vienen el gozo y la victoria.

Quizá pueda hacerlo más claro si cuento la historia de cómo comenzó la Convención de Keswick. El canónigo Battersby fue un clérigo evangélico de la Iglesia de Inglaterra por más de veinte años, un hombre de piedad profunda y tierna, pero no tenía la conciencia del reposo y la victoria sobre el pecado, y a menudo se entristecía hondamente ante el pensamiento de los tropiezos, los fracasos y el pecado. Cuando oyó hablar de la posibilidad de la victoria, sintió que era deseable, pero era como si no pudiera alcanzarla. En cierta ocasión, escuchó un mensaje sobre «El reposo y la fe» a partir de la historia del oficial del rey que vino de Capernaum a Caná para pedirle a Cristo que sanara a su hijo. En el mensaje se mostró que el oficial creía que Cristo podía ayudarlo de manera general, pero acudió a Jesús en buena medida a modo de experimento. Esperaba que Cristo lo ayudara, pero no tenía ninguna seguridad de esa ayuda. Pero ¿qué sucedió? Cuando Cristo le dijo: «Ve, tu hijo vive», aquel hombre creyó la palabra que Jesús habló; descansó en esa palabra. No tenía prueba de que su hijo estuviera sano de nuevo, y tuvo que caminar de regreso siete horas de camino hasta Capernaum. Caminó de vuelta, y en el camino se encontró con su siervo, y recibió la primera noticia de que el niño estaba bien, que a la una de la tarde del día anterior, en el momento mismo en que Jesús le habló, la fiebre dejó al niño. Aquel padre descansó en la palabra de Jesús y en su obra, y bajó a Capernaum y halló sano a su hijo; y alabó a Dios, y llegó a ser, con toda su casa, creyente y discípulo de Jesús.

¡Oh, amigos, eso es fe! Cuando Dios viene a mí con la promesa de su guarda, y no tengo nada en la tierra en qué confiar, le digo a Dios: «Tu palabra basta; guardado por el poder de Dios». Eso es fe, eso es reposo.

Cuando el canónigo Battersby escuchó aquel mensaje, se fue a casa esa noche, y en la oscuridad de la noche halló reposo. Descansó en la palabra de Jesús. Y a la mañana siguiente, en las calles de Oxford, le dijo a un amigo: «¡Lo he encontrado!». Luego fue y se lo contó a otros, y pidió que se iniciara la Convención de Keswick, y que los que estuvieran en la convención junto con él testificaran sencillamente lo que Dios había hecho.

Es algo grande cuando un hombre llega a descansar en el poder omnipotente de Dios para cada momento de su vida, ante la perspectiva de tentaciones al mal genio, a la prisa, a la ira, a la falta de amor, al orgullo y al pecado. Es algo grande, ante estas, entrar en pacto con el omnipotente Señor, no a causa de nada que ningún hombre diga, ni de nada que mi corazón sienta, sino sobre la fuerza de la Palabra de Dios: «Guardados por el poder de Dios mediante la fe».

Oh, digámosle a Dios que vamos a ponerlo a prueba hasta lo sumo. Digamos: No te pedimos nada más de lo que puedes dar, pero no queremos nada menos. Digamos: Dios mío, que mi vida sea una prueba de lo que el Dios omnipotente puede hacer. Que estas sean las dos disposiciones de nuestras almas cada día: profundo desamparo, y un reposo sencillo, como de niño.

La fe necesita comunión

Eso me lleva a un solo pensamiento más en cuanto a la fe: la fe implica comunión con Dios.

Muchas personas quieren tomar la Palabra y creerla, y descubren que no pueden creerla. ¡Ah, no! No puedes separar a Dios de su Palabra. Ninguna bondad ni poder puede recibirse aparte de Dios; y si quieres entrar en esta vida de piedad, tienes que dedicar tiempo a la comunión con Dios.

A veces la gente me dice: «Mi vida es de tanto ajetreo y prisa que no tengo tiempo para la comunión con Dios». Un querido misionero me dijo: «La gente no sabe cómo somos tentados los misioneros. Me levanto a las cinco de la mañana, y ahí están los nativos esperando sus órdenes de trabajo. Luego tengo que ir a la escuela y pasar horas allí; y después hay otro trabajo, y dieciséis horas pasan a toda prisa, y apenas consigo tiempo para estar a solas con Dios».

¡Ah! Ahí está la carencia. Te ruego que recuerdes dos cosas. No te he dicho que confíes en la omnipotencia de Dios como en una cosa, ni te he dicho que confíes en la Palabra de Dios como en un libro escrito, sino que te he dicho que vayas al Dios de la omnipotencia y al Dios de la Palabra. Trata con Dios como aquel oficial del rey trató con el Cristo vivo. ¿Por qué pudo creer la palabra que Cristo le habló? Porque en los mismos ojos, en el tono y en la voz de Jesús, el Hijo de Dios, vio y oyó algo que le hizo sentir que podía confiar en él. Y eso es lo que Cristo puede hacer por ti y por mí. No trates de agitar y despertar la fe desde dentro. ¡Cuántas veces he intentado hacer eso, y he quedado en ridículo! No puedes suscitar la fe desde lo profundo de tu corazón. Deja tu corazón, y mira al rostro de Cristo, y escucha lo que él te dice acerca de cómo te guardará. Alza los ojos al rostro de tu amoroso Padre, y toma tiempo cada día con él, y comienza una vida nueva con el profundo vacío y la pobreza de un hombre que no tiene nada, y que quiere recibirlo todo de él; con el profundo reposo de un hombre que descansa en el Dios vivo, el omnipotente Señor; y prueba a Dios, y compruébalo, a ver si no abre las ventanas de los cielos y derrama una bendición hasta que no haya lugar para recibirla.

Termino preguntando si estás dispuesto a experimentar en toda su plenitud la guarda celestial para la herencia celestial. Robert Murray M’Cheyne dice, en alguna parte: «Oh, Dios, hazme tan santo como puede llegar a ser un pecador perdonado». Y si esa oración está en tu corazón, ven ahora, y entremos de nuevo en pacto con el eterno y omnipotente Señor, y, en gran desamparo pero en gran reposo, pongámonos en sus manos. Y entonces, al entrar en nuestro pacto, tengamos una sola oración: que podamos creer plenamente que el Dios eterno va a ser nuestro Compañero, que sostiene nuestra mano en cada momento del día; nuestro Guardador, que vela sobre nosotros sin un instante de intervalo; nuestro Padre, que se deleita en revelarse siempre en nuestras almas. Él tiene el poder de hacer que el sol de su amor esté con nosotros todo el día. No temas, porque tengas tu trabajo, que no puedas tener a Dios contigo siempre. Aprende la lección de que el sol natural brilla sobre ti todo el día, y disfrutas de su luz, y dondequiera que estés tienes el sol; Dios se encarga de que brille sobre ti. Y Dios se encargará de que su propia luz divina brille sobre ti, y de que permanezcas en esa luz, con tal de que confíes en él para ello. Confiemos en Dios para que lo haga, con una confianza grande y entera.

Aquí está la omnipotencia de Dios, y aquí está la fe que se extiende hasta la medida de esa omnipotencia. ¿No diremos: «Para todo lo que esa omnipotencia puede hacer, voy a confiar en mi Dios»? ¿No son maravillosos los dos lados de esta vida celestial? La omnipotencia de Dios me cubre, y mi voluntad, en su pequeñez, descansa en esa omnipotencia, ¡y se regocija en ella!

Momento a momento me guarda su amor;

Momento a momento me da vida de lo alto;

Mirando a Jesús, resplandece la gloria;

Momento a momento, oh Señor, ¡tuyo soy!

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