Capítulo 7 · 18 min de lectura
Habiendo comenzado por el Espíritu
Las palabras con las que deseo dirigirme a ti las encontrarás en la epístola a los Gálatas, capítulo tercero, versículo tercero; leamos también el versículo segundo: «Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois?». Y luego viene mi texto: «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?».
Cuando hablamos de vivificar, de profundizar o de fortalecer la vida espiritual, estamos pensando en algo que es débil, defectuoso y pecaminoso; y es cosa grande ponernos delante de Dios con esta confesión:
«¡Oh, Dios, nuestra vida espiritual no es lo que debería ser!»
Que Dios obre eso en tu corazón, lector.
Al mirar en derredor a la iglesia, vemos tantas señales de debilidad, de fracaso, de pecado y de deficiencia, que nos vemos obligados a preguntar: ¿Por qué es así? ¿Acaso hay alguna necesidad de que la iglesia de Cristo viva en un estado tan bajo? ¿O es realmente posible que el pueblo de Dios viva siempre en el gozo y la fortaleza de su Dios?
Todo corazón creyente debe responder: Sí es posible.
Luego viene la gran pregunta: ¿Por qué es así, cómo se explica que la iglesia de Dios en su conjunto sea tan débil, y que la gran mayoría de los cristianos no vivan a la altura de sus privilegios? Tiene que haber una razón. ¿No ha dado Dios a Cristo, su Hijo omnipotente, para ser el Guardador de todo creyente, para hacer de Cristo una realidad siempre presente, y para impartirnos y comunicarnos todo lo que tenemos en Cristo? Dios ha dado a su Hijo, y Dios ha dado a su Espíritu. ¿Cómo es que los creyentes no viven a la altura de sus privilegios?
En más de una de las epístolas encontramos una respuesta muy solemne a esa pregunta. Hay epístolas, como la primera a los Tesalonicenses, donde Pablo escribe a los cristianos, en efecto: «Quiero que crezcáis, que abundéis, que aumentéis más y más». Eran jóvenes, y había cosas que faltaban en su fe, pero su estado era hasta entonces satisfactorio y le daba gran gozo, y escribe una y otra vez: «Ruego a Dios que abundéis más y más; os escribo para que crezcáis más y más» (1 Tesalonicenses 4:1,10). Pero hay otras epístolas donde adopta un tono muy distinto, especialmente las epístolas a los Corintios y a los Gálatas, y les dice de muchas maneras cuál era la única razón: que no vivían como los cristianos deben vivir; muchos estaban bajo el poder de la carne. Mi texto es un ejemplo. Les recuerda que por la predicación de la fe habían recibido el Espíritu Santo. Él les había predicado a Cristo; ellos habían aceptado a ese Cristo y habían recibido el Espíritu Santo con poder. Pero ¿qué sucedió? Habiendo comenzado por el Espíritu, trataron de perfeccionar por la carne, con su propio esfuerzo, la obra que el Espíritu había comenzado. Encontramos la misma enseñanza en la epístola a los Corintios.
Ahora bien, tenemos aquí un descubrimiento solemne de cuál es la gran carencia en la iglesia de Cristo. Dios ha llamado a la iglesia de Cristo a vivir en el poder del Espíritu Santo, y la iglesia vive, en su mayor parte, en el poder de la carne humana, de la voluntad, la energía y el esfuerzo aparte del Espíritu de Dios. No dudo que ese sea el caso de muchos creyentes en particular; y oh, si Dios quiere usarme para darte un mensaje de su parte, mi único mensaje será este: «Si la iglesia vuelve a reconocer que el Espíritu Santo es su fortaleza y su ayuda, y si la iglesia vuelve a renunciar a todo y a esperar en Dios para ser llena del Espíritu, sus días de hermosura y de alegría regresarán, y veremos la gloria de Dios revelada entre nosotros». Este es mi mensaje para cada creyente en particular: «Nada te ayudará a menos que llegues a comprender que debes vivir cada día bajo el poder del Espíritu Santo».
Dios quiere que seas un vaso vivo en quien el poder del Espíritu se manifieste cada hora y cada momento de tu vida, y Dios te capacitará para serlo.
Ahora tratemos de aprender lo que esta palabra a los Gálatas nos enseña: algunos pensamientos muy sencillos. Nos muestra cómo (1) el comienzo de la vida cristiana es recibir el Espíritu Santo. Nos muestra (2) cuán gran peligro hay de olvidar que hemos de vivir por el Espíritu, y no vivir según la carne. Nos muestra (3) cuáles son los frutos y las pruebas de nuestra búsqueda de la perfección en la carne. Y luego nos sugiere (4) el camino de liberación de este estado.
Recibir el Espíritu Santo
Ante todo, Pablo dice: «Habiendo comenzado por el Espíritu». Recuerda que el apóstol no solo predicaba la justificación por la fe, sino que predicaba algo más. Predicaba esto —la epístola está llena de ello— que los hombres justificados no pueden vivir sino por el Espíritu Santo, y que por eso Dios da a todo hombre justificado el Espíritu Santo para sellarlo. El apóstol les dice, en efecto, más de una vez:
«¿Cómo recibisteis el Espíritu Santo? ¿Fue por la predicación de la ley, o por la predicación de la fe?»
Podía señalar hacia atrás, a aquel tiempo en que había habido un poderoso avivamiento bajo su enseñanza. El poder de Dios se había manifestado, y los gálatas se veían obligados a confesar:
«Sí, hemos recibido el Espíritu Santo: al aceptar a Cristo por la fe, por la fe recibimos el Espíritu Santo».
Ahora bien, es de temer que haya muchos cristianos que apenas saben que, cuando creyeron, recibieron el Espíritu Santo. Muchísimos cristianos pueden decir: «Recibí el perdón y recibí la paz». Pero si les preguntaras: «¿Has recibido el Espíritu Santo?», vacilarían, y muchos, si dijeran que sí, lo dirían con titubeo; y te dirían que apenas han sabido, desde entonces, lo que es andar en el poder del Espíritu Santo. Tratemos de aferrarnos a esta gran verdad: el comienzo de la verdadera vida cristiana es recibir el Espíritu Santo. Y la obra de todo ministro cristiano es la que fue la obra de Pablo: recordar a su pueblo que recibieron el Espíritu Santo, y que deben vivir según su guía y en su poder.
Si aquellos gálatas que recibieron el Espíritu Santo con poder fueron tentados a extraviarse por ese terrible peligro de perfeccionar en la carne lo que había sido comenzado en el Espíritu, ¡cuánto mayor es el peligro que corren aquellos cristianos que apenas saben que han recibido el Espíritu Santo, o que, si lo saben como cuestión de creencia, apenas piensan en ello y apenas alaban a Dios por ello!
Descuidar el Espíritu Santo
Pero ahora mira, en segundo lugar, el gran peligro.
Bien sabes lo que es una maniobra de desvío en el ferrocarril. Una locomotora con su tren puede marchar en cierta dirección, y las agujas en algún punto pueden no estar bien abiertas o cerradas, y sin que nadie lo advierta el tren es desviado a la derecha o a la izquierda. Y si eso ocurre, por ejemplo, en una noche oscura, el tren va en la dirección equivocada, y puede que la gente nunca lo sepa hasta haber recorrido cierta distancia.
Y así también Dios da a los cristianos el Espíritu Santo con esta intención: que cada día toda su vida sea vivida en el poder del Espíritu. Nadie puede vivir ni una hora una vida piadosa sino por el poder del Espíritu Santo. Puede llevar una vida correcta y coherente, como suele decirse, una vida irreprochable, una vida de virtud y de servicio diligente; pero vivir una vida agradable a Dios, gozando de la salvación de Dios y del amor de Dios, vivir y andar en el poder de la vida nueva, eso no puede hacerlo a menos que sea guiado por el Espíritu Santo cada día y cada hora.
Pero ahora escucha el peligro. Los gálatas recibieron el Espíritu Santo, pero lo que fue comenzado por el Espíritu trataron de perfeccionarlo en la carne. ¿Cómo? Recayeron de nuevo bajo maestros judaizantes que les decían que debían circuncidarse. Comenzaron a buscar su religión en observancias externas. Y por eso Pablo usa aquella expresión acerca de aquellos maestros que los hacían circuncidar: que querían «gloriarse en vuestra carne» (Gálatas 6:13).
A veces oyes usar la expresión carne religiosa. ¿Qué se quiere decir con eso? Es sencillamente una expresión ideada para dar voz a este pensamiento: mi naturaleza humana, mi voluntad humana y mi esfuerzo humano pueden ser muy activos en la religión, y después de haberme convertido, y después de haber recibido el Espíritu Santo, puedo empezar, con mis propias fuerzas, a tratar de servir a Dios.
Puedo ser muy diligente y hacer muchísimo, y sin embargo, todo el tiempo, es más obra de la carne humana que del Espíritu de Dios. ¡Qué pensamiento tan solemne, que el hombre pueda, sin advertirlo, ser desviado de la vía del Espíritu Santo a la vía de la carne; que pueda ser sumamente diligente y hacer grandes sacrificios, y sin embargo todo sea en el poder de la voluntad humana! Ah, la gran pregunta que debemos hacer a Dios al examinarnos a nosotros mismos es que se nos muestre si nuestra vida religiosa se vive más en el poder de la carne que en el poder del Espíritu Santo. Un hombre puede ser predicador, puede trabajar con suma diligencia en su ministerio, un hombre puede ser un obrero cristiano, y otros pueden decir de él que hace grandes sacrificios, y sin embargo puedes percibir que algo falta. Percibes que no es un hombre espiritual; no hay espiritualidad en su vida. ¡Cuántos cristianos hay de quienes a nadie se le ocurriría jamás decir: «¡Qué hombre tan espiritual es!»! Ah, ahí está la debilidad de la Iglesia de Cristo. Todo está en esa sola palabra: carne.
Ahora bien, la carne puede manifestarse de muchas maneras. Puede manifestarse en la sabiduría carnal. Mi mente puede estar muy activa en cuanto a la religión. Puedo predicar, escribir, pensar o meditar, y deleitarme en ocuparme de las cosas del Libro de Dios y del Reino de Dios; y sin embargo el poder del Espíritu Santo puede estar notoriamente ausente. Temo que, si consideras la predicación en toda la Iglesia de Cristo y preguntas por qué hay, ¡ay!, tan poco poder para convertir en la predicación de la Palabra, por qué hay tanto trabajo y a menudo tan poco fruto para la eternidad, por qué la Palabra tiene tan poco poder para edificar a los creyentes en la santidad y en la consagración, la respuesta vendrá: es la ausencia del poder del Espíritu Santo. ¿Y por qué es esto? No puede haber otra razón sino que la carne y la energía humana han ocupado el lugar que el Espíritu Santo debería tener. Eso fue cierto de los gálatas, fue cierto de los corintios. Sabes que Pablo les dijo: «No puedo hablaros como a espirituales; deberíais ser espirituales, pero sois carnales». Y sabes cuán a menudo, en el curso de sus epístolas, tuvo que reprenderlos y condenarlos por contiendas y por divisiones.
La falta del fruto del Espíritu Santo
Un tercer pensamiento: ¿Cuáles son las pruebas o señales de que una iglesia como la de los gálatas, o un cristiano, está sirviendo a Dios en el poder de la carne, está perfeccionando en la carne lo que fue comenzado en el Espíritu?
La respuesta es muy fácil. El esfuerzo propio religioso siempre acaba en carne pecaminosa. ¿Cuál era el estado de aquellos gálatas? Se esforzaban por ser justificados por las obras de la ley. Y sin embargo reñían y estaban en peligro de devorarse unos a otros. Cuenta las expresiones que el apóstol usa para señalar su falta de amor, y hallarás más de doce: envidia, celos, amargura, contienda, y toda clase de expresiones. Lee en los capítulos cuarto y quinto lo que dice al respecto. Ves cómo trataron de servir a Dios con sus propias fuerzas, y fracasaron por completo. Todo este esfuerzo religioso terminó en fracaso. El poder del pecado y la carne pecaminosa los vencieron, y toda su condición era una de las más tristes que pudieran imaginarse.
Esto nos llega con una solemnidad indecible. En toda la Iglesia cristiana hay una queja por la falta de un alto nivel de integridad y de piedad, incluso entre los miembros que profesan pertenecer a las iglesias cristianas. Recuerdo un sermón que oí predicar sobre la moral comercial. Y oh, si hablamos no solo de la moralidad o inmoralidad comercial, sino que entramos en los hogares de los cristianos, y si pensamos en la vida a la que Dios ha llamado a sus hijos, y que los capacita para vivir por el Espíritu Santo, y si pensamos en cuánto hay, no obstante, de desamor, de mal genio, de aspereza y de amargura, y si pensamos cuánto hay, muy a menudo, de contienda entre los miembros de las iglesias, y cuánto hay de envidia, de celos, de susceptibilidad y de orgullo, entonces nos vemos obligados a decir: «¿Dónde están las señales de la presencia del Espíritu del Cordero de Dios?». ¡Ausentes, tristemente ausentes!
Muchos hablan de estas cosas como si fueran el resultado natural de nuestra debilidad y no tuvieran remedio. Muchos hablan de estas cosas como pecados, y sin embargo han abandonado la esperanza de vencerlos. Muchos hablan de estas cosas en la iglesia que los rodea, y no ven la menor posibilidad de que las cosas cambien alguna vez. No hay posibilidad alguna hasta que venga un cambio radical, hasta que la Iglesia de Dios comience a ver que todo pecado en el creyente procede de la carne, de una vida carnal en medio de nuestras actividades religiosas, de un afanarse con el esfuerzo propio por servir a Dios. Hasta que aprendamos a hacer confesión, y hasta que comencemos a ver que, de un modo u otro, debemos hacer que el Espíritu de Dios con poder vuelva a su Iglesia, hemos de fracasar. ¿Dónde comenzó la Iglesia en Pentecostés? Allí comenzaron en el Espíritu. Pero, ¡ay, cómo la Iglesia del siglo siguiente se desvió hacia la carne! Pensaron perfeccionar la Iglesia en la carne.
No pensemos, porque la bendita Reforma restauró la gran doctrina de la justificación por la fe, que el poder del Espíritu Santo fue entonces plenamente restaurado. Si es nuestra fe que Dios va a tener misericordia de su Iglesia en estas últimas edades, será porque la doctrina y la verdad acerca del Espíritu Santo no solo serán estudiadas, sino buscadas de todo corazón; y no solo porque esa verdad será buscada, sino porque se hallará a ministros y a congregaciones inclinándose ante Dios en profundo abatimiento con un solo clamor: «Hemos contristado al Espíritu de Dios; hemos tratado de ser iglesias cristianas con la menor cantidad posible del Espíritu de Dios; no hemos procurado ser iglesias llenas del Espíritu Santo».
Toda la debilidad en la Iglesia se debe a la negativa de la Iglesia a obedecer a su Dios.
¿Y por qué es así? Conozco tu respuesta. Dices: «Somos demasiado débiles y demasiado impotentes, y tratamos de obedecer, y prometemos obedecer, pero de algún modo fracasamos».
Ah, sí, fracasas porque no aceptas la fortaleza de Dios. Solo Dios puede llevar a cabo su voluntad en ti. Tú no puedes llevar a cabo la voluntad de Dios, pero su Espíritu Santo sí puede; y hasta que la Iglesia, hasta que los creyentes capten esto, y dejen de tratar de hacer la voluntad de Dios con esfuerzo humano, y esperen en el Espíritu Santo para que venga con todo su poder omnipotente y capacitador, la Iglesia nunca será lo que Dios quiere que sea, ni lo que Dios está dispuesto a hacer de ella.
Ceder al Espíritu Santo
Llego ahora a mi último pensamiento, la pregunta: ¿Cuál es el camino a la restauración?
Amado amigo, la respuesta es sencilla y fácil. Si aquel tren ha sido desviado, no hay más remedio que volver al punto en que fue apartado. Los gálatas no tenían otro modo de regresar sino volver a donde se habían equivocado, volver de todo esfuerzo religioso hecho con sus propias fuerzas, y de buscar cualquier cosa por medio de su propia obra, y entregarse humildemente al Espíritu Santo. No hay otro camino para nosotros como individuos.
¿Hay algún hermano o hermana cuyo corazón sea consciente de esto: «¡Ay! Mi vida conoce muy poco del poder del Espíritu Santo»? Vengo a ti con el mensaje de Dios de que no puedes tener idea de lo que sería tu vida en el poder del Espíritu Santo. Es demasiado alto, demasiado bienaventurado y demasiado maravilloso, pero te traigo el mensaje de que, tan verdaderamente como el eterno Hijo de Dios vino a este mundo y realizó sus obras maravillosas, tan verdaderamente como en el Calvario murió y llevó a cabo tu redención por su preciosa sangre, así, con la misma certeza, puede el Espíritu Santo entrar en tu corazón para que con su poder divino te santifique y te capacite para hacer la bendita voluntad de Dios, y llene tu corazón de gozo y de fortaleza. Pero, ¡ay!, hemos olvidado, hemos contristado, hemos deshonrado al Espíritu Santo, y él no ha podido hacer su obra. Pero te traigo el mensaje: al Padre celestial le encanta llenar a sus hijos con su Espíritu Santo. Dios anhela dar a cada uno, individual y separadamente, el poder del Espíritu Santo para la vida diaria. El mandato nos llega individual y unidamente. Dios quiere que nosotros, como hijos suyos, nos levantemos y pongamos nuestros pecados delante de él, y clamemos a él por misericordia. Oh, ¿tan necios sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vais a acabar por la carne lo que fue comenzado en el Espíritu? Inclinémonos avergonzados, y confesemos delante de Dios cómo nuestra religión carnal, nuestro esfuerzo propio y nuestra autoconfianza han sido la causa de todo fracaso.
A menudo me han preguntado jóvenes cristianos: «¿Por qué fracaso tanto? Prometí tan solemnemente, con todo mi corazón, y deseaba servir a Dios; ¿por qué he fracasado?».
A tales personas siempre doy una sola respuesta: «Mi querido amigo, estás tratando de hacer con tus propias fuerzas lo que solo Cristo puede hacer en ti».
Y cuando me dicen: «Estoy seguro de que sabía que solo Cristo podía hacerlo, no confiaba en mí mismo», mi respuesta siempre es:
«Confiabas en ti mismo, pues de lo contrario no habrías podido fracasar. Si hubieras confiado en Cristo, él no podría fracasar».
Oh, este perfeccionar en la carne lo que fue comenzado en el Espíritu penetra en nosotros mucho más hondo de lo que sabemos. Pidamos a Dios que nos revele que solo cuando somos llevados a la más completa vergüenza y vaciedad estaremos preparados para recibir la bendición que viene de lo alto.
Y así vengo con estas dos preguntas. ¿Vives, amado hermano ministro —lo pregunto a todo ministro del Evangelio—, vives bajo el poder del Espíritu Santo? ¿Vives como un hombre ungido, lleno del Espíritu, en tu ministerio y en tu vida delante de Dios? Oh hermanos, nuestro lugar es tremendo. Tenemos que mostrar a la gente lo que Dios hará por nosotros, no con nuestras palabras y enseñanza, sino con nuestra vida. ¡Que Dios nos ayude a hacerlo!
Lo pregunto a todo miembro de la Iglesia de Cristo y a todo creyente: ¿Vives una vida bajo el poder del Espíritu Santo día tras día, o intentas vivir sin eso? Recuerda que no puedes. ¿Estás consagrado, entregado al Espíritu para que obre en ti y viva en ti? Oh, ven y confiesa toda falta de carácter, toda falta de la lengua por pequeña que sea, toda falta debida a la ausencia del Espíritu Santo y a la presencia del poder del yo. ¿Estás consagrado, estás entregado al Espíritu Santo?
Si tu respuesta es No, entonces vengo con una segunda pregunta: ¿Estás dispuesto a ser consagrado? ¿Estás dispuesto a entregarte al poder del Espíritu Santo?
Bien sabes que el lado humano de la consagración no te ayudará. Puedo consagrarme cien veces con toda la intensidad de mi ser, y eso no me ayudará. Lo que me ayudará es esto: que Dios, desde el cielo, acepte y selle la consagración.
Y ahora, ¿estás dispuesto a entregarte al Espíritu Santo? Puedes hacerlo ahora. Mucho puede seguir siendo oscuro y confuso, y más allá de lo que entendemos, y quizá no sientas nada; pero ven. Solo Dios puede efectuar el cambio. Solo Dios, que nos dio el Espíritu Santo, puede restaurar el Espíritu Santo con poder en nuestra vida. Solo Dios puede «fortalecernos con poder en el hombre interior por su Espíritu». Y a todo corazón que espera y que quiera hacer el sacrificio, y renunciar a todo, y dedicar tiempo a clamar y a orar a Dios, la respuesta vendrá. La bendición no está lejos. Nuestro Dios se deleita en ayudarnos. Él nos capacitará para perfeccionar, no en la carne, sino en el Espíritu, lo que fue comenzado en el Espíritu.
Capítulo 7 completado
Habiendo comenzado por el Espíritu