Capítulo 9 · 24 min de lectura
Vosotros los pámpanos
Un mensaje a los obreros cristianos
Todo depende de que nosotros mismos estemos bien en Cristo. Si quiero buenas manzanas, necesito un buen manzano; y si cuido la salud del manzano, el manzano me dará buenas manzanas. Y así ocurre exactamente con nuestra vida y nuestra obra cristianas. Si nuestra vida con Cristo está bien, todo saldrá bien. Puede que haga falta instrucción, sugerencias, ayuda y preparación en los distintos campos de la obra; todo eso tiene su valor. Pero, a la larga, lo más esencial es tener la vida plena en Cristo; en otras palabras, tener a Cristo en nosotros, obrando a través de nosotros. Sé cuánto hay a menudo que nos inquieta o que nos suscita preguntas angustiosas; pero el Maestro tiene tal bendición para cada uno de nosotros, y una paz y un reposo tan perfectos, y tal gozo y fortaleza, con tal de que lleguemos a la actitud correcta hacia él, y seamos guardados en ella.
Tomaré mi texto de la parábola de la Vid y los Pámpanos, en Juan 15:5: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos». Especialmente estas palabras: «vosotros los pámpanos».
¡Qué cosa tan sencilla es ser un pámpano, la rama de un árbol o el pámpano de una vid! El pámpano brota de la vid, o del árbol, y allí vive y crece, y a su debido tiempo lleva fruto. No tiene más responsabilidad que recibir del tronco y de la raíz la savia y el alimento. Y si tan solo, por el Espíritu Santo, conociéramos nuestra relación con Jesucristo, nuestra obra se transformaría en lo más luminoso y celestial que hay sobre la tierra. En lugar de haber jamás cansancio o agotamiento del alma, nuestra obra sería como una experiencia nueva, que nos une a Jesús como ninguna otra cosa puede hacerlo. Pues, ¡ay!, ¿no es cierto muchas veces que nuestra obra se interpone entre nosotros y Jesús? ¡Qué locura! La obra misma que él tiene que hacer en mí, y yo para él, la emprendo de tal manera que me separa de Cristo. Más de un obrero en la viña se ha quejado de que tiene demasiado trabajo y no le queda tiempo para la comunión íntima con Jesús, y de que su trabajo habitual debilita sus ganas de orar, y de que su exceso de trato con los hombres oscurece la vida espiritual. ¡Triste idea, que el llevar fruto separe al pámpano de la vid! Eso solo puede deberse a que hemos considerado nuestra obra como algo distinto del pámpano que lleva fruto. Que Dios nos libre de todo pensamiento falso acerca de la vida cristiana.
Ahora bien, solo unos pocos pensamientos acerca de esta bendita vida de pámpano.
Dependencia absoluta
En primer lugar, es una vida de dependencia absoluta. El pámpano no tiene nada; depende de la vid para todo. La dependencia absoluta es uno de los pensamientos más solemnes y preciosos. Un gran teólogo alemán escribió hace algunos años dos voluminosos tomos para demostrar que toda la teología de Calvino se resume en ese único principio de la dependencia absoluta de Dios; y tenía razón. Otro gran escritor ha dicho que la dependencia absoluta e inalterable de Dios sola es la esencia de la religión de los ángeles, y que debería serlo también de los hombres. Dios lo es todo para los ángeles, y está dispuesto a serlo todo para el cristiano. Si logro aprender a depender de Dios en cada momento del día, todo saldrá bien. Alcanzarás la vida más alta si dependes absolutamente de Dios.
Ahora bien, esto lo encontramos en la vid y los pámpanos. Cada vid que veas, o cada racimo de uvas que llegue a tu mesa, que te recuerde que el pámpano depende absolutamente de la vid. La vid tiene que hacer la obra, y el pámpano disfruta del fruto de ella.
¿Qué tiene que hacer la vid? Tiene que realizar una gran obra. Tiene que echar sus raíces en la tierra y rebuscar bajo el suelo —las raíces se extienden a menudo muy lejos— en busca de alimento, y beber la humedad. Coloca ciertos abonos en ciertas direcciones, y la vid envía allí sus raíces, y entonces, en sus raíces o en sus tallos, convierte la humedad y el abono en esa savia especial que ha de producir el fruto que se lleva. La vid hace la obra, y el pámpano no tiene más que recibir de la vid la savia, que se transforma en uvas. Me han contado que en Hampton Court, en Londres, hay una vid que a veces llegó a dar un par de miles de racimos de uvas, y la gente quedaba asombrada de su gran desarrollo y su rica cosecha. Después se descubrió cuál era la causa. No muy lejos corre el río Támesis, y la vid había extendido sus raíces a cientos de metros bajo tierra, hasta llegar a la orilla del río, y allí, en todo el rico légamo del lecho, había hallado abundante alimento y obtenido humedad, y las raíces habían llevado la savia toda esa distancia hacia arriba, y más arriba, hasta la vid, y como resultado se daba la abundante y rica cosecha. La vid tenía la obra que hacer, y los pámpanos no tenían más que depender de la vid y recibir lo que ella les daba.
¿Es esto literalmente cierto de mi Señor Jesús? ¿Debo entender que, cuando tengo que trabajar, cuando tengo que predicar un sermón, o dirigir una clase bíblica, o salir a visitar a los pobres y abandonados, toda la responsabilidad de la obra recae sobre Cristo?
Eso es exactamente lo que Cristo quiere que entiendas. Cristo quiere que, en toda tu obra, el fundamento mismo sea la sencilla y bendita certeza: Cristo debe encargarse de todo.
¿Y cómo cumple él la confianza de esa dependencia? Lo hace enviando al Espíritu Santo; no de vez en cuando, como un don especial, pues recuerda que la relación entre la vid y los pámpanos es tal que a cada hora, cada día, sin cesar, se mantiene la conexión viva. La savia no fluye por un tiempo, y luego se detiene, y luego vuelve a fluir, sino que de momento a momento la savia fluye de la vid a los pámpanos. Y así también, mi Señor Jesús quiere que yo asuma esa bendita posición como obrero, y mañana tras mañana, día tras día, hora tras hora y paso a paso, en toda obra a la que tenga que salir, permanezca sencillamente ante él en la total impotencia de quien nada sabe, y nada es, y nada puede hacer. Oh, amado obrero, estudia esa palabra nada. A veces cantas: «Oh, ser nada, nada»; pero ¿has estudiado de veras esa palabra, y orado cada día, y adorado a Dios a la luz de ella? ¿Conoces la bienaventuranza de esa palabra nada?
Si yo soy algo, entonces Dios no lo es todo; pero cuando llego a ser nada, Dios puede llegar a ser todo, y el Dios eterno en Cristo puede revelarse plenamente. Esa es la vida más alta. Necesitamos llegar a ser nada. Bien ha dicho alguien que los serafines y querubines son llamas de fuego porque saben que no son nada, y permiten que Dios ponga en ellos su plenitud, su gloria y su resplandor. Oh, llega a ser nada en lo más hondo de la realidad y, como obrero, estudia una sola cosa: llegar a ser más pobre, más pequeño y más impotente, para que Cristo lo obre todo en ti.
Obrero, aquí tienes tu primera lección: aprende a no ser nada, aprende a ser impotente. El hombre que tiene algo no depende de forma absoluta; pero el hombre que no tiene nada depende de forma absoluta. La dependencia absoluta de Dios es el secreto de todo poder en la obra. El pámpano no tiene nada sino lo que recibe de la vid, y tú y yo no podemos tener nada sino lo que recibimos de Jesús.
Profundo reposo
Pero, en segundo lugar, la vida del pámpano no es solo una vida de entera dependencia, sino de profundo reposo.
Ese pequeño pámpano, si pudiera pensar, y si pudiera sentir, y si pudiera hablar —ese pámpano de allá, en la vid de Hampton Court, o en alguna de los millones de vides que tenemos en Sudáfrica, en nuestra tierra soleada—, si pudiéramos tener aquí hoy un pequeño pámpano que nos hablara, y si pudiéramos decirle: «Ven, pámpano de la vid, quiero aprender de ti cómo puedo ser un verdadero pámpano de la Vid viva», ¿qué respondería? El pequeño pámpano susurraría:
«Hombre, oigo que eres sabio, y sé que puedes hacer muchísimas cosas maravillosas. Sé que se te ha dado mucha fuerza y sabiduría, pero tengo una lección para ti. Con toda tu prisa y tu esfuerzo en la obra de Cristo, nunca prosperas. Lo primero que necesitas es venir y reposar en tu Señor Jesús. Eso es lo que yo hago. Desde que broté de aquella vid he pasado años y años, y todo lo que he hecho ha sido reposar en la vid. Cuando llegó la primavera, no tuve pensamiento ansioso ni cuidado alguno. La vid comenzó a derramar su savia en mí, y a darme el brote y la hoja. Y cuando llegó el verano, no tuve cuidado, y en el gran calor confié en que la vid me traería la humedad para mantenerme fresco. Y en el tiempo de la cosecha, cuando el dueño vino a recoger las uvas, no tuve cuidado. Si había algo que no estaba bien en las uvas, el dueño nunca culpaba al pámpano; la culpa recaía siempre en la vid. Y si quieres ser un verdadero pámpano de Cristo, la Vid viva, simplemente reposa en él. Deja que Cristo lleve la responsabilidad.»
Tú dices: «¿No me volverá eso perezoso?»
Te digo que no. Nadie que aprende a reposar en el Cristo vivo puede volverse perezoso, porque cuanto más estrecho sea tu contacto con Cristo, tanto más del Espíritu de su celo y de su amor se derramará en ti. Pero, oh, comienza a trabajar, en medio de tu entera dependencia, añadiéndole ese profundo reposo. A veces un hombre intenta e intenta depender de Cristo, pero se atormenta por esa dependencia absoluta; lo intenta y no lo consigue. Que se hunda, más bien, en el entero reposo cada día.
En tu mano poderosa me reclino.
Así la obra se hará;
pues ¿quién puede obrar tan maravillosamente
como el Omnipotente?
Obrero, ocupa tu lugar cada día a los pies de Jesús, en la bendita paz y el reposo que nacen de saber —
¡No tengo cuidado alguno, mis cuidados son suyos!
No tengo temor, él cuida de todos mis temores.
Ven, hijo de Dios, y entiende que es el Señor Jesús quien quiere obrar a través de ti. Te quejas de la falta de amor ferviente. Vendrá de Jesús. Él pondrá en tu corazón el amor divino con el cual puedas amar a la gente. Ese es el sentido de la certeza: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5:5); y de aquella otra palabra: «el amor de Cristo nos constriñe» (2 Corintios 5:14). Cristo puede darte una fuente de amor, de modo que no puedas menos que amar a los más miserables y a los más ingratos, o a los que hasta ahora te han cansado. Reposa en Cristo, que puede dar sabiduría y fuerza, y no sabes cuántas veces ese reposo resultará ser la mejor parte de tu mensaje. Ruegas a la gente y argumentas, y ellos se hacen a la idea: «Ahí hay un hombre que discute y porfía conmigo». Solo sienten: «Aquí hay dos hombres lidiando el uno con el otro». Pero si dejas que el profundo reposo de Dios venga sobre ti, el reposo en Cristo Jesús, la paz, el reposo y la santidad del Cielo, ese reposo llevará bendición al corazón, aún más que las palabras que digas.
Mucha fecundidad
Pero, en tercer lugar, el pámpano enseña una lección de mucha fecundidad.
El Señor Jesucristo repitió a menudo la palabra fruto en aquella parábola. Habló, primero, de fruto, y luego de más fruto, y luego de mucho fruto. Sí, estás destinado no solo a llevar fruto, sino a llevar mucho fruto. «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto» (Juan 15:8). En primer lugar, Cristo dijo: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Mi Padre es el labrador que se encarga de mí y de ti». Quien vela por la conexión entre Cristo y los pámpanos es Dios; y es en el poder de Dios, por medio de Cristo, como hemos de llevar fruto.
Oh, cristiano, tú sabes que este mundo perece por falta de obreros. Y no le faltan solo más obreros; los obreros dicen, unos con más fervor que otros: «No necesitamos solo más obreros, sino que necesitamos que nuestros obreros tengan un poder nuevo, una vida distinta; que los obreros seamos capaces de traer más bendición». Hijo de Dios, te lo suplico. Tú sabes cuántas molestias te tomas, por ejemplo, en un caso de enfermedad. Tienes un amigo querido en aparente peligro de muerte, y nada puede reanimarlo tanto como unas pocas uvas, y no es su temporada; pero ¡cuántas molestias te tomarás para conseguir las uvas que han de ser el alimento de este amigo moribundo! Y, oh, hay a tu alrededor personas que nunca van a la iglesia, y muchísimas que van a la iglesia, pero no conocen a Cristo. Y sin embargo, las uvas celestiales, las uvas de la Vid celestial, no se consiguen a ningún precio, sino cuando el hijo de Dios las lleva desde su vida interior en comunión con Cristo. A menos que los hijos de Dios estén llenos de la savia de la Vid celestial, a menos que estén llenos del Espíritu Santo y del amor de Jesús, no pueden llevar mucho de la verdadera uva celestial. Todos confesamos que hay muchísimo trabajo, muchísima predicación, enseñanza y visitación, muchísima maquinaria, muchísimo esfuerzo sincero de toda clase; pero no hay mucha manifestación del poder de Dios en ello.
¿Qué falta? Falta la conexión estrecha entre el obrero y la Vid celestial. Cristo, la Vid celestial, tiene bendiciones que podría derramar sobre decenas de miles que están pereciendo. Cristo, la Vid celestial, tiene poder para proveer las uvas celestiales. Pero «vosotros los pámpanos», y no puedes llevar fruto celestial a menos que estés en estrecha conexión con Jesucristo.
No confundas la obra con el fruto. Puede haber mucha obra para Cristo que no sea el fruto de la Vid celestial. No busques solo la obra. ¡Oh, estudia esta cuestión del llevar fruto! Significa la vida misma, el poder mismo, el espíritu mismo y el amor mismo dentro del corazón del Hijo de Dios; significa la Vid celestial misma viniendo a tu corazón y al mío.
Sabes que hay distintas clases de uvas, cada una con un nombre diferente, y cada vid da exactamente ese aroma y ese jugo peculiares que confieren a la uva su sabor y su gusto particulares. Así también, hay en el corazón de Cristo Jesús una vida, y un amor, y un Espíritu, y una bendición, y un poder para los hombres, que son enteramente celestiales y divinos, y que descenderán a nuestros corazones. Ponte en estrecha conexión con la Vid celestial y di:
«Señor Jesús, nada menos que la savia que fluye a través de ti mismo, nada menos que el Espíritu de tu vida divina es lo que pedimos. Señor Jesús, te ruego que dejes fluir tu Espíritu por mí en toda mi obra para ti.»
Te digo de nuevo que la savia de la Vid celestial no es otra cosa que el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la vida de la Vid celestial, y lo que has de recibir de Cristo no es nada menos que una fuerte afluencia del Espíritu Santo. Lo necesitas sobremanera, y no quieres nada más que eso. Recuérdalo. No esperes que Cristo te dé un poco de fuerza aquí, y un poco de bendición allá, y un poco de ayuda más allá. Como la vid hace su obra al dar su propia savia peculiar al pámpano, así espera que Cristo dé su propio Espíritu Santo a tu corazón, y entonces llevarás mucho fruto. Y si apenas has comenzado a llevar fruto, y estás escuchando la palabra de Cristo en la parábola, «más fruto», «mucho fruto», recuerda que, para que lleves más fruto, solo necesitas más de Jesús en tu vida y en tu corazón.
Nosotros, ministros del Evangelio, ¡cómo corremos el peligro de caer en un estado de trabajar, trabajar, trabajar! Y oramos sobre ello, pero la frescura, el brío y el gozo de la vida celestial no siempre están presentes. Procuremos entender que la vida del pámpano es una vida de mucho fruto, porque es una vida arraigada en Cristo, la Vid viva y celestial.
Comunión estrecha
Y, en cuarto lugar, la vida del pámpano es una vida de comunión estrecha.
Preguntemos de nuevo: ¿qué tiene que hacer el pámpano? Conoces esa palabra preciosa e inagotable que Cristo usó: Permaneced. Tu vida ha de ser una vida de permanencia. ¿Y cómo ha de ser esa permanencia? Ha de ser justo como la del pámpano en la vid, permaneciendo cada minuto del día. Ahí están los pámpanos, en comunión estrecha, en comunión ininterrumpida con la vid, de enero a diciembre. ¿Y no puedo yo vivir cada día —para mí es algo casi terrible que tengamos que plantear la pregunta— no puedo yo vivir en permanente comunión con la Vid celestial?
Tú dices: «Pero estoy tan ocupado con otras cosas».
Puede que tengas diez horas de trabajo duro al día, durante las cuales tu mente ha de ocuparse de cosas temporales; Dios lo dispone así. Pero la obra de permanecer es obra del corazón, no de la mente; la obra del corazón que se aferra a Jesús y reposa en él, una obra en la que el Espíritu Santo nos une a Cristo Jesús. Oh, cree de veras que, más hondo que la mente, en lo hondo de la vida interior, puedes permanecer en Cristo, de modo que, en cada momento en que estés libre, te venga esta certeza:
«Bendito Jesús, aún estoy en ti».
Si aprendes por un tiempo a dejar a un lado las demás ocupaciones y a entrar en este contacto permanente con la Vid celestial, descubrirás que el fruto vendrá.
¿Cuál es la aplicación de esta comunión permanente a nuestra vida? ¿Qué significa?
Significa una comunión estrecha con Cristo en la oración secreta. Estoy seguro de que hay cristianos que anhelan la vida más alta, y que a veces han recibido una gran bendición, y que en ocasiones han hallado una gran afluencia de gozo celestial y un gran desbordamiento de alegría celestial; y sin embargo, al cabo de un tiempo, se ha desvanecido. No han entendido que la comunión personal, real y estrecha con Cristo es una necesidad absoluta para la vida diaria. Toma tiempo para estar a solas con Cristo. Nada en el Cielo ni en la tierra puede eximirte de esa necesidad, si has de ser un cristiano feliz y santo.
¡Oh, cuántos cristianos ven como una carga, un tributo, un deber y una dificultad el estar a menudo a solas con Dios! Ese es el gran estorbo de nuestra vida cristiana por todas partes. Necesitamos más comunión sosegada con Dios, y te digo, en el nombre de la Vid celestial, que no puedes ser un pámpano sano, un pámpano en el que pueda fluir la savia celestial, a menos que tomes tiempo en abundancia para la comunión con Dios. Si no estás dispuesto a sacrificar tiempo para estar a solas con él, y a darle tiempo cada día para que obre en ti, y para mantener el lazo de unión entre tú y él, no podrá darte esa bendición de su comunión ininterrumpida. Jesucristo te pide que vivas en comunión estrecha con él. Que cada corazón diga: «Oh, Cristo, esto es lo que anhelo, esto es lo que escojo». Y él te lo dará con gozo.
Entrega absoluta
Y, por último, la vida del pámpano es una vida de entrega absoluta.
Esta expresión, entrega absoluta, es una expresión grande y solemne, y creo que no entendemos su significado. Y sin embargo, el pequeño pámpano la predica.
«¿Tienes algo que hacer, pequeño pámpano, además de llevar uvas?»
«No, nada.»
«¿No sirves para nada?»
¡No sirve para nada! La Biblia dice que un trozo de vid no sirve ni siquiera como estaca; no sirve para nada sino para ser quemado.
«Y ahora, ¿qué entiendes, pequeño pámpano, acerca de tu relación con la vid?»
«Mi relación es simplemente esta: estoy del todo entregado a la vid, y la vid puede darme tanta o tan poca savia como quiera. Aquí estoy, a su disposición, y la vid puede hacer conmigo lo que le plazca.»
Oh, amigos, necesitamos esta entrega absoluta al Señor Jesucristo. Cuanto más hablo, más siento que este es uno de los puntos más difíciles de aclarar, y uno de los más importantes y necesarios de explicar: qué es esta entrega absoluta. A menudo le resulta fácil a un hombre, o a un grupo de hombres, presentarse y ofrecerse a Dios para una consagración entera, y decir: «Señor, mi deseo es entregarme por completo a ti». Eso tiene gran valor, y a menudo trae una bendición muy rica. Pero la única pregunta que debo meditar en silencio es esta: ¿qué se entiende por entrega absoluta?
Significa que, tan literalmente como Cristo se entregó por entero a Dios, yo me entrego por entero a Cristo. ¿Es esto demasiado fuerte? Algunos lo creen. Algunos piensan que eso nunca puede ser; que, tan entera y absolutamente como Cristo entregó su vida para no hacer otra cosa que buscar el agrado del Padre, y depender del Padre absoluta y enteramente, así yo no he de hacer otra cosa que buscar el agrado de Cristo. Pero esto es realmente cierto. Cristo Jesús vino a infundir su propio Espíritu en nosotros, para hacernos hallar nuestra más alta felicidad en vivir enteramente para Dios, tal como él lo hizo. Oh, amados hermanos, si así es, entonces debo decir:
«Sí, tan cierto como lo es de aquel pequeño pámpano de la vid, así de cierto, por la gracia de Dios, quisiera que lo fuera de mí. Quisiera vivir día tras día para que Cristo pueda hacer conmigo lo que quiera.»
¡Ah! Aquí aparece el terrible error que está en el fondo de tanta parte de nuestra propia religión. Un hombre piensa:
«Tengo mis negocios y mis deberes de familia, y mis relaciones como ciudadano, y todo esto no lo puedo cambiar. Y ahora, junto a todo esto, he de añadir la religión y el servicio de Dios, como algo que me guarde del pecado. ¡Que Dios me ayude a cumplir bien con mis deberes!»
Esto no está bien. Cuando Cristo vino, vino y compró al pecador con su sangre. Si hubiera aquí un mercado de esclavos y yo comprara un esclavo, me lo llevaría a mi propia casa, lejos de su antiguo entorno, y viviría en mi casa como propiedad mía, y yo podría mandarlo todo el día. Y si fuera un esclavo fiel, viviría como quien no tiene voluntad ni intereses propios, siendo su único cuidado promover el bienestar y la honra de su amo. Y del mismo modo, yo, que he sido comprado con la sangre de Cristo, he sido comprado para vivir cada día con un solo pensamiento: ¿cómo puedo agradar a mi Amo?
Oh, encontramos la vida cristiana tan difícil porque buscamos la bendición de Dios mientras vivimos en nuestra propia voluntad. De buena gana viviríamos la vida cristiana a nuestro gusto. Hacemos nuestros propios planes y escogemos nuestro propio trabajo, y entonces pedimos al Señor Jesús que entre y se ocupe de que el pecado no nos venza demasiado, y de que no nos desviemos demasiado; le pedimos que entre y nos dé una buena porción de su bendición. Pero nuestra relación con Jesús debería ser tal que estemos enteramente a su disposición, y que cada día vayamos a él con humildad y sencillez, y le digamos:
«Señor, ¿hay algo en mí que no sea conforme a tu voluntad, que no haya sido dispuesto por ti, o que no esté enteramente entregado a ti?»
Oh, si esperáramos, y esperáramos con paciencia, te digo cuál sería el resultado. Brotaría entre nosotros y Cristo una relación tan estrecha y tan tierna que después nos asombraríamos de cómo antes pudimos vivir con la idea: «Estoy entregado a Cristo». Sentiríamos cuán distante había sido antes nuestro trato con él, y que él puede, y de hecho lo hace, venir y tomar posesión real de nosotros, y darnos comunión ininterrumpida todo el día. El pámpano nos llama a la entrega absoluta.
No hablo ahora tanto del abandono de los pecados. Hay personas que necesitan eso, personas de genio violento, con malos hábitos, y pecados concretos que de vez en cuando cometen, y que nunca han entregado al seno mismo del Cordero de Dios. Te ruego que, si eres pámpano de la Vid viva, no retengas ni un solo pecado. Sé que hay muchísimas dificultades en torno a esta cuestión de la santidad. Sé que no todos piensan exactamente lo mismo al respecto. Eso me sería relativamente indiferente si pudiera ver que todos anhelan sinceramente quedar libres de todo pecado. Pero me temo que, sin darse cuenta, hay a menudo en los corazones transigencias con la idea de que no podemos estar sin pecado, que debemos pecar un poco cada día; que no lo podemos evitar. Oh, ¡ojalá la gente clamara de veras a Dios: «¡Señor, guárdame del pecado!»! Entrégate por entero a Jesús, y pídele que haga por ti todo cuanto pueda para guardarte del pecado.
Hay mucho en nuestra obra, en nuestra iglesia y en nuestro entorno que encontramos en el mundo cuando nacimos en él, y que ha crecido a nuestro alrededor, y pensamos que está todo bien, que no se puede cambiar. No acudimos al Señor Jesús ni le preguntamos por ello. ¡Oh, te aconsejo, cristiano: lleva todo a una relación con Jesús y di:
«Señor, todo en mi vida ha de estar en la más completa armonía con mi posición como pámpano tuyo, la Vid bendita.»
Que tu entrega a Cristo sea absoluta. Yo no entiendo del todo esa palabra, entrega; adquiere nuevos significados cada cierto tiempo; se ensancha inmensamente de vez en cuando. Pero te aconsejo que la pronuncies: «Entrega absoluta a ti, oh Cristo, es lo que he escogido». Y Cristo te mostrará lo que no es conforme a su parecer, y te llevará a una bienaventuranza más honda y más alta.
Para concluir, permíteme recogerlo todo en una sola frase. Cristo Jesús dijo: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos». En otras palabras: «Yo, el Viviente que tan completamente me he entregado a vosotros, soy la Vid. No podéis confiar en mí demasiado. Yo soy el Obrero Omnipotente, lleno de vida y de poder divinos». Tú eres un pámpano del Señor Jesucristo. Si hay en tu corazón la conciencia de que no eres un pámpano fuerte, sano y fructífero, de que no estás estrechamente unido a Jesús, de que no vives en él como deberías, entonces escúchalo decir: «Yo soy la Vid; yo os recibiré, yo os atraeré hacia mí, yo os bendeciré, yo os fortaleceré, yo os llenaré de mi Espíritu. Yo, la Vid, os he tomado por pámpanos míos, me he entregado por entero a vosotros; hijos, entregaos por entero a mí. Yo, como Dios, me he entregado absolutamente a vosotros; me hice hombre y morí por vosotros para ser enteramente vuestro. Venid y entregaos enteramente para ser míos».
¿Cuál será nuestra respuesta? Oh, que sea una oración desde lo más hondo de nuestro corazón: que el Cristo vivo tome a cada uno de nosotros y nos una estrechamente a sí mismo. Que nuestra oración sea que él, la Vid viva, una a cada uno de nosotros a sí mismo de tal modo que nos vayamos con el corazón cantando: «Él es mi Vid, y yo soy su pámpano; no quiero nada más; ahora tengo la Vid eterna». Entonces, cuando estés a solas con él, adóralo y venéralo, alábalo y confía en él, ámalo y espera su amor. «Tú eres mi Vid, y yo soy tu pámpano. Es suficiente; mi alma está satisfecha.»
¡Gloria a su bendito nombre!
Capítulo 9 completado
Vosotros los pámpanos