Capítulo 6 · 14 min de lectura
¡Miserable de mí!
«¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:24, 25).
Tú conoces el lugar admirable que este texto ocupa en la admirable epístola a los Romanos. Se halla aquí al final del capítulo séptimo, como la puerta de entrada al octavo. En los primeros dieciséis versículos del capítulo octavo, el nombre del Espíritu Santo aparece dieciséis veces; allí tienes la descripción y la promesa de la vida que un hijo de Dios puede vivir en el poder del Espíritu Santo. Comienza en el versículo segundo: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:2). De ahí, Pablo pasa a hablar de los grandes privilegios del hijo de Dios, que ha de ser guiado por el Espíritu de Dios. La puerta de entrada a todo esto está en el versículo veinticuatro del capítulo séptimo:
«¡Miserable de mí!»
Ahí tienes las palabras de un hombre que ha llegado al fin de sí mismo. En los versículos anteriores ha descrito cómo había luchado y forcejeado con sus propias fuerzas por obedecer la santa ley de Dios, y había fracasado. Pero, en respuesta a su propia pregunta, ahora encuentra la verdadera respuesta y exclama: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». De ahí pasa a hablar de qué es esa liberación que ha hallado.
Quiero, partiendo de estas palabras, describir el camino por el cual un hombre puede ser sacado del espíritu de esclavitud al espíritu de libertad. Sabes con qué claridad se dice: «no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor». Se nos advierte de continuo que este es el gran peligro de la vida cristiana: volver de nuevo a la esclavitud; y quiero describir el camino por el cual un hombre puede salir de la esclavitud a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Mejor dicho, quiero describir al hombre mismo.
Primero, estas palabras son el lenguaje de un hombre regenerado; segundo, de un hombre impotente; tercero, de un hombre miserable; y cuarto, de un hombre al borde de la libertad completa.
El hombre regenerado
Hay muchas pruebas de regeneración desde el versículo catorce del capítulo hasta el veintitrés. «Ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí» (Romanos 7:17): ese es el lenguaje de un hombre regenerado, un hombre que sabe que su corazón y su naturaleza han sido renovados, y que el pecado es ahora en él un poder que no es él mismo. «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios» (Romanos 7:22): eso también es el lenguaje de un hombre regenerado. Se atreve a decir, cuando hace lo malo: «Ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí». Es de gran importancia entender esto.
En las dos primeras grandes secciones de la epístola, Pablo trata de la justificación y de la santificación. Al tratar de la justificación, asienta el fundamento de la doctrina en la enseñanza sobre el pecado, no en singular, pecado, sino en plural, pecados: las transgresiones concretas. En la segunda parte del capítulo quinto comienza a tratar del pecado, no como transgresión concreta, sino como un poder. Imagina tan solo qué pérdida habría sido para nosotros no tener esta segunda mitad del capítulo séptimo de la Epístola a los Romanos, si Pablo hubiera omitido en su enseñanza esta cuestión vital de la pecaminosidad del creyente. Nos habría faltado la pregunta que todos queremos ver respondida en cuanto al pecado en el creyente. ¿Cuál es la respuesta? El hombre regenerado es aquel en quien la voluntad ha sido renovada, y que puede decir: «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios».
El hombre impotente
Aquí está el gran error que cometen muchos cristianos: piensan que, cuando hay una voluntad renovada, basta con eso; pero no es así. Este hombre regenerado nos dice: «Quiero hacer lo que es bueno, pero no hallo el poder para llevarlo a cabo». ¡Cuántas veces nos dicen que, si te lo propones con determinación, puedes cumplir lo que quieras! Pero este hombre estaba tan determinado como cualquiera pueda estarlo, y sin embargo hizo esta confesión: «el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo» (Romanos 7:18).
Pero preguntas: «¿Cómo es que Dios hace que un hombre regenerado profiera semejante confesión, teniendo una voluntad recta, un corazón que anhela hacer el bien y que anhela poner todo su empeño en amar a Dios?»
Examinemos esta pregunta. ¿Para qué nos ha dado Dios nuestra voluntad? Los ángeles que cayeron, ¿tenían en su propia voluntad la fuerza para mantenerse en pie? Ciertamente no. La voluntad de la criatura no es más que un vaso vacío en el cual ha de manifestarse el poder de Dios. La criatura debe buscar en Dios todo lo que ha de ser. Lo tienes en el capítulo segundo de la epístola a los Filipenses, y lo tienes también aquí: que la obra de Dios es obrar en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Aquí hay un hombre que parece decir: «Dios no ha obrado el hacer en mí». Pero se nos enseña que Dios obra así el querer como el hacer. ¿Cómo se ha de conciliar la aparente contradicción?
Verás que en este pasaje (Romanos 7:6-25) no aparece ni una sola vez el nombre del Espíritu Santo, ni tampoco aparece el nombre de Cristo. El hombre forcejea y lucha por cumplir la ley de Dios. En lugar del Espíritu Santo y de Cristo, la ley se menciona casi veinte veces. En este capítulo se muestra a un creyente que hace todo lo posible por obedecer la ley de Dios con su voluntad regenerada. Y no solo eso; verás además que las palabritas yo, me, mi, aparecen más de cuarenta veces. Es el yo regenerado que, en su impotencia, busca obedecer la ley sin estar lleno del Espíritu. Esta es la experiencia de casi todo santo. Después de la conversión, un hombre empieza a hacer lo mejor que puede, y fracasa; pero, si somos llevados a la plena luz, ya no tenemos por qué fracasar. Ni tenemos por qué fracasar en absoluto si hemos recibido al Espíritu en su plenitud en la conversión.
Dios permite ese fracaso para que el hombre regenerado sea enseñado en cuanto a su propia y total impotencia. Es en el transcurso de esta lucha cuando nos sobreviene este sentir de nuestra total pecaminosidad. Es la manera en que Dios trata con nosotros. Permite que ese hombre se esfuerce por cumplir la ley para que, al esforzarse y forcejear, sea llevado a esto: «Soy un hijo de Dios regenerado, pero soy totalmente incapaz de obedecer su ley». Mira qué palabras tan fuertes se emplean a lo largo de todo el capítulo para describir esta condición: «yo soy carnal, vendido al pecado» (Romanos 7:14); «veo otra ley en mis miembros, que me lleva cautivo» (Romanos 7:23); y, por último: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24). Este creyente que se inclina aquí en profunda contrición es totalmente incapaz de obedecer la ley de Dios.
El hombre miserable
El hombre que hace esta confesión no solo es un hombre regenerado e impotente, sino que además es un hombre miserable. Es totalmente infeliz y desdichado; y ¿qué es lo que lo hace tan totalmente desdichado? Es porque Dios le ha dado una naturaleza que le ama a Él. Es profundamente desdichado porque siente que no está obedeciendo a su Dios. Dice, con el corazón quebrantado: «No soy yo quien lo hace, sino que estoy bajo el terrible poder del pecado, que me tiene sujeto. Soy yo, y a la vez no soy yo; ¡ay, ay!, soy yo mismo; tan estrechamente estoy ligado a él, y tan estrechamente está entretejido con mi propia naturaleza». Bendito sea Dios cuando un hombre aprende a decir, desde lo hondo de su corazón: «¡Miserable de mí!». Va camino del capítulo octavo de Romanos.
Hay muchos que hacen de esta confesión una almohada para el pecado. Dicen que, si Pablo tuvo que confesar de esta manera su debilidad y su impotencia, ¿quiénes son ellos para intentar hacerlo mejor? Y así el llamado a la santidad queda tranquilamente hecho a un lado. ¡Quiera Dios que cada uno de nosotros hubiera aprendido a decir estas palabras en el mismísimo espíritu en que aquí están escritas! Cuando oímos hablar del pecado como la cosa abominable que Dios aborrece, ¿no nos estremecemos muchos de nosotros ante la palabra? ¡Ojalá todos los cristianos que siguen pecando y pecando tomaran a pecho este versículo! Si alguna vez profieres una palabra áspera, di: «¡Miserable de mí!». Y cada vez que pierdas los estribos, arrodíllate y comprende que Dios nunca quiso que este fuera el estado en que su hijo hubiera de permanecer. ¡Quiera Dios que lleváramos esta palabra a nuestra vida diaria, y la dijéramos cada vez que se toca nuestra propia honra, y cada vez que decimos cosas ásperas, y cada vez que pecamos contra el Señor Dios, y contra el Señor Jesucristo en su humildad, en su obediencia y en su sacrificio! ¡Quisiera Dios que pudieras olvidar todo lo demás y clamar: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?»!
¿Por qué habrías de decir esto cada vez que cometes pecado? Porque es cuando un hombre es llevado a esta confesión que la liberación está cerca.
Y recuerda que no fue solo el sentir de hallarse impotente y llevado cautivo lo que lo hacía desdichado, sino que fue, sobre todo, el sentir de estar pecando contra su Dios. La ley estaba haciendo su obra, mostrando el pecado sobremanera pecaminoso ante sus ojos. El pensamiento de contristar de continuo a Dios se le hizo del todo insoportable; fue esto lo que arrancó el clamor penetrante: «¡Hombre miserable!». Mientras hablemos y razonemos acerca de nuestra impotencia y de nuestro fracaso, y solo intentemos averiguar qué significa Romanos 7, nos aprovechará bien poco; pero una vez que cada pecado dé nueva intensidad al sentir de la desdicha, y sintamos todo nuestro estado como uno no solo de impotencia, sino de real y sobremanera grande pecaminosidad, seremos impulsados no solo a preguntar: «¿Quién nos librará?», sino a clamar: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo mi Señor».
El hombre casi liberado
El hombre ha intentado obedecer la hermosa ley de Dios. La ha amado, ha llorado sobre su pecado, ha intentado vencer, ha intentado superar falta tras falta, pero cada vez ha terminado en fracaso.
¿Qué quiso decir con «este cuerpo de muerte»? ¿Se refería a mi cuerpo cuando muera? Ciertamente no. En el capítulo octavo tienes la respuesta a esta pregunta en las palabras: «si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Ese es el cuerpo de muerte del cual busca ser librado.
¡Y ahora está al borde de la liberación! En el versículo veintitrés del capítulo séptimo tenemos las palabras: «veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». Es un cautivo el que clama: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Es un hombre que se siente atado. Pero mira el contraste en el versículo segundo del capítulo octavo: «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Esa es la liberación por medio de Jesucristo Señor nuestro; la libertad para el cautivo que trae el Espíritu. ¿Puedes mantener cautivo por más tiempo a un hombre hecho libre por la «ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús»?
Pero dices: el hombre regenerado, ¿acaso no tenía el Espíritu de Jesús cuando hablaba en el capítulo sexto? Sí, pero no sabía lo que el Espíritu Santo podía hacer por él.
Dios no obra por su Espíritu como obra por una fuerza ciega en la naturaleza. Guía a los suyos como a seres racionales e inteligentes; y por eso, cuando quiere darnos ese Espíritu Santo que ha prometido, primero nos lleva al fin de nosotros mismos, a la convicción de que, aunque nos hemos esforzado por obedecer la ley, hemos fracasado. Cuando hemos llegado al fin de eso, entonces nos muestra que en el Espíritu Santo tenemos el poder de la obediencia, el poder de la victoria y el poder de la verdadera santidad.
Dios obra el querer, y está dispuesto a obrar el hacer; pero, ¡ay!, muchos cristianos entienden mal esto. Piensan que, porque tienen la voluntad, basta con eso, y que ya son capaces de hacer. No es así. La nueva voluntad es un don permanente, un atributo de la nueva naturaleza. El poder para hacer no es un don permanente, sino que ha de recibirse a cada momento del Espíritu Santo. Es el hombre que es consciente de su propia impotencia como creyente quien aprenderá que por el Espíritu Santo puede vivir una vida santa. Este hombre está al borde de aquella gran liberación; el camino ha quedado preparado para el glorioso capítulo octavo. Ahora hago esta solemne pregunta: ¿Dónde estás viviendo? ¿Es contigo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?», con de vez en cuando una pequeña experiencia del poder del Espíritu Santo? ¿O es: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo. La ley del Espíritu me ha librado de la ley del pecado y de la muerte»?
Lo que hace el Espíritu Santo es dar la victoria. «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos 8:13). Es el Espíritu Santo quien hace esto: la tercera Persona de la Deidad. Es Él quien, cuando el corazón se abre de par en par para recibirlo, entra y reina allí, y hace morir las obras del cuerpo, día tras día, hora tras hora, y momento tras momento.
Quiero llevar esto a un punto concreto. Recuerda, querido amigo, que lo que necesitamos es llegar a la decisión y a la acción. Hay en la Escritura dos clases muy distintas de cristianos. La Biblia habla en Romanos, Corintios y Gálatas de ceder a la carne; y esa es la vida de decenas de miles de creyentes. Toda su falta de gozo en el Espíritu Santo, y su falta de la libertad que Él da, se debe precisamente a la carne. El Espíritu está dentro de ellos, pero la carne gobierna la vida. Ser guiados por el Espíritu de Dios es lo que necesitan. ¡Quiera Dios que yo pudiera hacer que cada hijo suyo se diera cuenta de lo que significa que el Dios eterno haya dado a su amado Hijo, Cristo Jesús, para velar por ti cada día, y que lo que tú tienes que hacer es confiar; y que la obra del Espíritu Santo es capacitarte a cada momento para recordar a Jesús y confiar en Él! El Espíritu ha venido para mantener sin quebrantarse, a cada momento, el vínculo con Él. ¡Alabado sea Dios por el Espíritu Santo! Estamos tan acostumbrados a pensar en el Espíritu Santo como un lujo, para tiempos especiales, o para ministros y hombres especiales. Pero el Espíritu Santo es necesario para cada creyente, en cada momento del día. ¡Alabado sea Dios porque lo tienes, y porque Él te da la plena experiencia de la liberación en Cristo, al hacerte libre del poder del pecado!
¿Quién anhela tener el poder y la libertad del Espíritu Santo? Oh, hermano, inclínate delante de Dios en un último clamor de desesperación:
«Oh Dios, ¿he de seguir pecando de esta manera para siempre? ¿Quién me librará, miserable de mí, de este cuerpo de muerte?»
¿Estás dispuesto a hundirte delante de Dios en ese clamor y a buscar el poder de Jesús para que more y obre en ti? ¿Estás dispuesto a decir: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo»?
¿De qué sirve que vayamos a la iglesia o asistamos a convenciones, que estudiemos nuestras Biblias y oremos, si nuestras vidas no están llenas del Espíritu Santo? Eso es lo que Dios quiere; y ninguna otra cosa nos capacitará para vivir una vida de poder y de paz. Sabes que, cuando un ministro o un padre usa el catecismo, al hacerse una pregunta se espera una respuesta. ¡Ay!, cuántos cristianos se contentan con la pregunta que aquí se plantea: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?», pero nunca dan la respuesta. En lugar de responder, callan. En lugar de decir: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro», repiten para siempre la pregunta sin la respuesta. Si quieres el camino a la plena liberación de Cristo, y a la libertad del Espíritu, la gloriosa libertad de los hijos de Dios, tómalo a través del capítulo séptimo de Romanos; y luego di: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». No te contentes con quedarte gimiendo para siempre, sino di: «Yo, hombre miserable, doy gracias a Dios, por Jesucristo. Aunque no lo vea todo, voy a alabar a Dios».
Hay liberación, hay la libertad del Espíritu Santo. El reino de Dios es «gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14:17).
Capítulo 6 completado
¡Miserable de mí!