Capítulo 5 · 16 min de lectura
Imposible para el hombre, posible para Dios
«Y él dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lucas 18:27).
Cristo le había dicho al joven rico y principal: «Vende todo lo que tienes... y ven, sígueme». El joven se fue triste. Entonces Cristo se volvió a los discípulos y dijo: «¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!». Los discípulos, leemos, se asombraron en gran manera y respondieron: «Si es tan difícil entrar en el reino, ¿quién, pues, podrá ser salvo?». Y Cristo dio esta bendita respuesta:
«Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».
El texto encierra dos pensamientos: que en la religión, en la cuestión de la salvación y de seguir a Cristo en una vida santa, al hombre le es imposible lograrlo. Y junto a ese va el otro pensamiento: lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios.
Los dos pensamientos señalan las dos grandes lecciones que el hombre ha de aprender en la vida religiosa. A menudo cuesta mucho tiempo aprender la primera lección: que en la religión el hombre nada puede hacer, que la salvación le es imposible. Y con frecuencia un hombre la aprende, y sin embargo no aprende la segunda lección: que lo que le ha sido imposible es posible para Dios. ¡Bienaventurado el hombre que aprende ambas lecciones! Aprenderlas marca etapas en la vida del cristiano.
El hombre no puede
La primera etapa es cuando un hombre trata de hacer todo cuanto puede y fracasa; cuando procura hacerlo mejor y fracasa de nuevo; cuando se esfuerza mucho más y siempre fracasa. Y, sin embargo, muy a menudo ni siquiera entonces aprende la lección: al hombre le es imposible servir a Dios y a Cristo. Pedro pasó tres años en la escuela de Cristo, y nunca aprendió que es imposible, hasta que hubo negado a su Señor y salió y lloró amargamente. Entonces lo aprendió.
Mira por un momento a un hombre que está aprendiendo esta lección. Al principio lucha contra ella; luego se somete, pero de mala gana y con desesperación; al fin la acepta de buen grado y se regocija en ella. Al comienzo de la vida cristiana, el joven converso no tiene idea de esta verdad. Se ha convertido, tiene el gozo del Señor en su corazón, empieza a correr la carrera y a pelear la batalla; está seguro de que puede vencer, porque es sincero y honesto, y Dios lo ayudará. Sin embargo, de algún modo, muy pronto fracasa donde no lo esperaba, y el pecado lo domina. Se desanima; pero piensa: «No estuve lo bastante vigilante, no hice mis resoluciones lo bastante firmes». Y otra vez hace votos, y otra vez ora, y de nuevo fracasa. Pensaba: «¿No soy acaso un hombre regenerado? ¿No tengo la vida de Dios dentro de mí?». Y vuelve a pensar: «Sí, y tengo a Cristo para ayudarme; puedo vivir la vida santa».
En un período posterior llega a otro estado de ánimo. Comienza a ver que semejante vida es imposible, pero no lo acepta. Hay multitudes de cristianos que llegan a este punto: «No puedo»; y entonces piensan que Dios nunca esperó de ellos que hicieran lo que no pueden hacer. Si les dices que Dios sí lo espera, les parece un misterio. Muchos cristianos viven una vida baja, una vida de fracaso y de pecado, en lugar de una de reposo y victoria, porque empezaron a ver: «No puedo, es imposible». Y, sin embargo, no lo comprenden del todo, y así, bajo la impresión de «no puedo», se entregan a la desesperación. Harán lo mejor que puedan, pero nunca esperan avanzar mucho.
Pero Dios lleva a sus hijos a una tercera etapa, cuando un hombre llega a tomar aquel es imposible en toda su verdad, y al mismo tiempo dice: «Debo hacerlo, y lo haré; es imposible para el hombre, y no obstante debo hacerlo»; cuando la voluntad renovada empieza a ejercer todo su poder, y en intenso anhelo y oración comienza a clamar a Dios: «Señor, ¿qué significa esto? ¿Cómo he de ser librado del poder del pecado?».
Es el estado del hombre regenerado en Romanos 7. Allí hallarás al hombre cristiano esforzándose con todas sus fuerzas por vivir una vida santa. La ley de Dios se le ha revelado como algo que penetra hasta lo más hondo de los deseos del corazón, y el hombre puede atreverse a decir:
«Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios. El querer el bien está en mí. Mi corazón ama la ley de Dios, y mi voluntad ha escogido esa ley».
¿Puede fracasar un hombre así, con el corazón lleno de deleite en la ley de Dios y con la voluntad decidida a hacer lo recto? Sí. Eso es lo que nos enseña Romanos 7. Hace falta algo más. No solo debo deleitarme en la ley de Dios según el hombre interior y querer lo que Dios quiere, sino que necesito una omnipotencia divina que lo obre en mí. Y eso es lo que enseña el apóstol Pablo en Filipenses 2:13:
«Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer».
Nota el contraste. En Romanos 7, el hombre regenerado dice: «El querer está en mí, pero el hacer... hallo que no puedo. Quiero, pero no puedo llevarlo a cabo». Pero en Filipenses 2 tienes a un hombre que ha sido llevado más adelante, un hombre que comprende que, cuando Dios ha obrado la voluntad renovada, Dios dará el poder para realizar lo que esa voluntad desea. Recibamos esto como la primera gran lección de la vida espiritual: «Me es imposible, Dios mío; que haya un fin de la carne y de todas sus fuerzas, un fin del yo, y sea mi gloria el ser desvalido».
¡Alabado sea Dios por la enseñanza divina que nos deja del todo desvalidos!
Cuando pensaste en la entrega absoluta a Dios, ¿no llegaste al fin de ti mismo, a sentir que no alcanzabas a ver cómo podrías vivir realmente como un hombre absolutamente entregado a Dios en cada momento del día: en tu mesa, en tu casa, en tus negocios, en medio de pruebas y tentaciones? Te ruego que aprendas ahora la lección. Si sentiste que no podías hacerlo, vas por buen camino, con tal que te dejes guiar. Acepta esa posición y mantenla delante de Dios: «El deseo y el deleite de mi corazón, oh Dios, es la entrega absoluta, pero no puedo cumplirla. Me es imposible vivir esa vida. Está por encima de mis fuerzas». Póstrate y aprende que, cuando estés totalmente desvalido, Dios vendrá a obrar en ti no solo el querer, sino también el hacer.
Dios puede
Ahora viene la segunda lección: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».
Dije hace un momento que hay muchos que han aprendido la lección, es imposible para los hombres, y entonces se rinden en desesperación impotente, y viven una vida cristiana miserable, sin gozo, sin fuerza, sin victoria. ¿Y por qué? Porque no se humillan a aprender aquella otra lección: para Dios todas las cosas son posibles.
Tu vida religiosa ha de ser cada día una prueba de que Dios obra imposibles; tu vida religiosa ha de ser una serie de imposibles hechos posibles y reales por el poder omnipotente de Dios. Eso es lo que el cristiano necesita. Tiene un Dios omnipotente a quien adora, y debe llegar a comprender que no necesita un poco del poder de Dios, sino que necesita —dígase con reverencia— toda la omnipotencia de Dios para mantenerse firme y para vivir como cristiano.
Todo el cristianismo es una obra de la omnipotencia de Dios. Mira el nacimiento de Cristo Jesús. Fue un milagro del poder divino, y a María se le dijo: «porque nada hay imposible para Dios». Fue la omnipotencia de Dios. Mira la resurrección de Cristo. Se nos enseña que fue conforme a la supereminente grandeza de su poder que Dios resucitó a Cristo de los muertos.
Todo árbol ha de crecer sobre la raíz de la que brota. Un roble de trescientos años crece todo el tiempo sobre la única raíz de la que tuvo su comienzo. El cristianismo tuvo su comienzo en la omnipotencia de Dios, y en cada alma ha de tener su continuación en esa omnipotencia. Todas las posibilidades de la vida cristiana superior tienen su origen en una nueva comprensión del poder de Cristo para obrar en nosotros toda la voluntad de Dios.
Quiero invitarte ahora a venir y adorar a un Dios omnipotente. ¿Has aprendido a hacerlo? ¿Has aprendido a tratar tan de cerca con un Dios omnipotente que sepas que la omnipotencia obra en ti? En la apariencia exterior a menudo hay tan poca señal de ello. El apóstol Pablo dijo: «Estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor, y... mi predicación... con demostración del Espíritu y de poder». Del lado humano había flaqueza; del lado divino había omnipotencia divina. Y eso es cierto de toda vida piadosa; y si tan solo aprendiéramos mejor esa lección, y nos entregáramos a ella de todo corazón y sin reservas, aprenderíamos cuánta bienaventuranza hay en morar cada hora y cada momento con un Dios omnipotente. ¿Has estudiado alguna vez en la Biblia el atributo de la omnipotencia de Dios? Sabes que fue la omnipotencia de Dios la que creó el mundo, y creó la luz de las tinieblas, y creó al hombre. Pero ¿has estudiado la omnipotencia de Dios en las obras de la redención?
Mira a Abraham. Cuando Dios lo llamó a ser el padre de aquel pueblo del cual había de nacer Cristo, Dios le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto». Y Dios adiestró a Abraham para que confiara en él como el Omnipotente; y ya fuera su partida hacia una tierra que no conocía, o su fe como peregrino en medio de los miles de cananeos —su fe decía: esta es mi tierra—, o su fe al esperar veinticinco años un hijo en su vejez, contra toda esperanza, o el resucitar a Isaac de entre los muertos en el monte Moriah cuando iba a sacrificarlo, Abraham creyó a Dios. Se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, porque estaba plenamente convencido de que aquel que había prometido era también poderoso para cumplirlo.
La causa de la debilidad de tu vida cristiana es que quieres realizarla en parte tú mismo, y dejar que Dios te ayude. Y eso no puede ser. Debes llegar a estar totalmente desvalido, a dejar que Dios obre, y Dios obrará gloriosamente. Esto es lo que necesitamos si de veras hemos de ser obreros para Dios. Podría recorrer la Escritura y demostrarte cómo Moisés, cuando sacó a Israel de Egipto; cómo Josué, cuando los introdujo en la tierra de Canaán; cómo todos los siervos de Dios en el Antiguo Testamento contaron con la omnipotencia de Dios para hacer imposibles. Y este Dios vive hoy, y este Dios es el Dios de cada uno de sus hijos. Y sin embargo, algunos de nosotros queremos que Dios nos dé un poco de ayuda mientras hacemos lo mejor que podemos, en lugar de llegar a comprender lo que Dios quiere, y decir: «Nada puedo hacer. Dios debe hacerlo todo, y lo hará». ¿Has dicho: «En la adoración, en el trabajo, en la santificación, en la obediencia a Dios, nada puedo hacer por mí mismo, y por eso mi lugar es adorar al Dios omnipotente y creer que él obrará en mí a cada momento»? ¡Oh, quiera Dios enseñarnos esto! ¡Oh, que Dios, por su gracia, te muestre qué Dios tienes, y a qué Dios te has confiado: un Dios omnipotente, dispuesto con toda su omnipotencia a ponerse a disposición de cada uno de sus hijos! ¿No tomaremos la lección del Señor Jesús y diremos: «Amén; lo que es imposible para los hombres es posible para Dios»?
Recuerda lo que hemos dicho de Pedro, de su confianza en sí mismo, su poder propio, su propia voluntad, y de cómo llegó a negar a su Señor. Sientes: «¡Ah! ¡Ahí está la vida propia, ahí está la vida de la carne que gobierna en mí!». Y ahora, ¿has creído que hay liberación de eso? ¿Has creído que el Dios omnipotente puede revelar de tal modo a Cristo en tu corazón, dejar que el Espíritu Santo gobierne de tal manera en ti, que la vida propia no tenga poder ni dominio sobre ti? ¿Has unido las dos cosas, y con lágrimas de arrepentimiento y con profunda humillación y flaqueza has clamado: «Oh Dios, me es imposible; el hombre no puede hacerlo, pero, gloria a tu nombre, es posible para Dios»? ¿Has reclamado la liberación? Hazlo ahora. Ponte de nuevo, en entrega absoluta, en las manos de un Dios de amor infinito; y tan infinito como su amor es su poder para hacerlo.
Dios obra en el hombre
Pero, una vez más, llegamos a la cuestión de la entrega absoluta, y sentimos que eso es lo que falta en la Iglesia de Cristo, y que por eso el Espíritu Santo no puede llenarnos, y por qué no podemos vivir como personas enteramente separadas para el Espíritu Santo; por eso la carne y la vida propia no pueden ser vencidas. Nunca hemos comprendido lo que es estar absolutamente entregados a Dios como lo estuvo Jesús. Sé que más de uno dice sincera y honestamente: «Amén, acepto el mensaje de la entrega absoluta a Dios»; y sin embargo piensa: «¿Será eso alguna vez mío? ¿Puedo contar con que Dios me haga uno de quien se diga en el cielo, en la tierra y en el infierno: vive en entrega absoluta a Dios?». Hermano, hermana, «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios». Cree que, cuando él te toma a su cargo en Cristo, le es posible a Dios hacer de ti un hombre de entrega absoluta. Y Dios puede sostener eso. Él puede hacer que te levantes de la cama cada mañana de la semana con este bendito pensamiento, directa o indirectamente: «Estoy al cuidado de Dios. Mi Dios está obrando mi vida por mí».
Algunos están cansados de pensar en la santificación. Has orado, la has anhelado y clamado por ella, ¡y sin embargo parecía tan lejana! La santidad y la humildad de Jesús: eres tan consciente de cuán distantes están. Amados amigos, la única doctrina de la santificación que es bíblica, real y eficaz es esta: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios». Dios puede santificar a los hombres, y por su poder omnipotente y santificador Dios puede guardarlos a cada momento. ¡Oh, que pudiéramos acercarnos ahora un paso más a nuestro Dios! ¡Oh, que la luz de Dios brillara, y que conociéramos mejor a nuestro Dios!
Podría seguir hablando de la vida de Cristo en nosotros: vivir como Cristo, tomar a Cristo como nuestro Salvador del pecado y como nuestra vida y fuerza. Es Dios en el cielo quien puede revelar eso en ti. ¿Qué dice aquella oración del apóstol Pablo: «que os dé, conforme a las riquezas de su gloria» —seguramente será algo muy maravilloso si es conforme a las riquezas de su gloria— «el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu»? ¿No ves que es un Dios omnipotente obrando por su omnipotencia en el corazón de sus hijos creyentes, de modo que Cristo pueda llegar a ser un Salvador que mora dentro? Has tratado de asirlo y aferrarlo, y has tratado de creerlo, y no venía. Era porque no habías sido llevado a creer que «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios».
Y así, confío en que la palabra dicha acerca del amor haya llevado a muchos a ver que debemos tener una entrada de amor de una manera del todo nueva; nuestro corazón debe ser lleno de vida de lo alto, de la Fuente del amor eterno, si ha de desbordarse todo el día; entonces nos será tan natural amar a nuestros semejantes como le es natural al cordero ser manso y al lobo ser cruel. Hasta que sea llevado a tal estado que, cuanto más un hombre me odie y hable mal de mí, cuanto más antipático y desagradable sea, más lo ame yo; hasta que sea llevado a tal estado que, cuanto mayores sean los obstáculos, el odio y la ingratitud, más pueda triunfar en mí el poder del amor; hasta que sea llevado a ver eso, no estoy diciendo: «Es imposible para los hombres». Pero si has sido llevado a decir: «Este mensaje me ha hablado de un amor totalmente más allá de mis fuerzas; es absolutamente imposible», entonces podemos ir a Dios y decir: «Contigo es posible».
Algunos claman a Dios por un gran avivamiento. Puedo decir que esa es la oración incesante de mi corazón. ¡Oh, si Dios tan solo avivara a su pueblo creyente! No puedo pensar, en primer lugar, en los formalistas no convertidos de la Iglesia, ni en los infieles y escépticos, ni en todos los desdichados y perecientes que me rodean; mi corazón ora, en primer lugar: «Dios mío, aviva a tu Iglesia y a tu pueblo». No es en vano que en millares de corazones haya anhelos de santidad y de consagración: es un precursor del poder de Dios. Dios obra el querer y luego obra el hacer. Estos anhelos son un testimonio y una prueba de que Dios ha obrado el querer. ¡Oh, creamos por fe que el Dios omnipotente obrará el hacer entre su pueblo más de lo que podemos pedir! «A Aquel», dijo Pablo, «que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos... a él sea gloria». Diga esto nuestro corazón. ¡Gloria a Dios, el Omnipotente, que puede hacer más de lo que osamos pedir o entender!
«Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios». Por todas partes a tu alrededor hay un mundo de pecado y de dolor, y allí está el diablo. Pero recuerda: Cristo está en el trono, Cristo es más fuerte, Cristo ha vencido, y Cristo vencerá. Pero espera en Dios. Mi texto nos derriba: «Lo que es imposible para los hombres»; pero al fin nos levanta muy alto: «es posible para Dios.». Vincúlate a Dios. Adóralo y confía en él como el Omnipotente, no solo para tu propia vida, sino para todas las almas que te han sido confiadas. Nunca ores sin adorar su omnipotencia, diciendo: «Dios poderoso, reclamo tu omnipotencia». Y la respuesta a la oración vendrá, y como Abraham te fortalecerás en fe, dando gloria a Dios, porque estás plenamente convencido de que aquel que ha prometido es también poderoso para cumplirlo.
Capítulo 5 completado
Imposible para el hombre, posible para Dios