Entrega absoluta
Apartados para el Espíritu Santo

Capítulo 3 · 17 min de lectura

Apartados para el Espíritu Santo

SEPARADOS PARA EL ESPÍRITU SANTO

«Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén . . . y Saulo.

«Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.

«Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia» (Hechos 13:1-4).

En el relato de nuestro texto hallaremos algunos pensamientos preciosos que nos guían en cuanto a lo que Dios quiere de nosotros y lo que Dios quiere hacer por nosotros. La gran lección de los versículos citados es esta: el Espíritu Santo es el director de la obra de Dios sobre la tierra. Y lo que debemos hacer, si hemos de trabajar rectamente para Dios y si Dios ha de bendecir nuestra obra, es procurar que estemos en una relación correcta con el Espíritu Santo, que le demos cada día el lugar de honor que le pertenece, y que en toda nuestra obra y —más aún— en toda nuestra vida íntima y privada, el Espíritu Santo tenga siempre el primer lugar. Permíteme señalarte algunos de los pensamientos preciosos que nuestro pasaje sugiere.

Ante todo, vemos que Dios tiene sus propios planes respecto a su reino.

Su iglesia en Antioquía había sido establecida. Dios tenía ciertos planes e intenciones respecto a Asia y respecto a Europa. Los había concebido; eran suyos, y los dio a conocer a sus siervos.

Nuestro gran Comandante organiza cada campaña, y sus generales y oficiales no siempre conocen los grandes planes. A menudo reciben órdenes selladas, y tienen que esperar en Él las órdenes que les dé. Dios en el cielo tiene deseos, y una voluntad, respecto a cualquier obra que deba hacerse y a la manera en que ha de hacerse. Bienaventurado el hombre que penetra en los secretos de Dios y trabaja bajo su dirección.

Hace algunos años, en Wellington, Sudáfrica, donde vivo, inauguramos un Instituto de Misiones —lo que allí se considera un edificio grande y hermoso. En los cultos de inauguración, el director dijo algo que nunca he olvidado. Comentó:

«El año pasado nos reunimos aquí para poner la primera piedra, ¿y qué había entonces que ver? Nada más que escombros, piedras, ladrillos y las ruinas de un viejo edificio que había sido derribado. Allí pusimos la primera piedra, y muy pocos sabían qué edificio se levantaría. Nadie lo conocía perfectamente en cada detalle, salvo un hombre: el arquitecto. En su mente todo estaba claro, y cuando el contratista, el albañil y el carpintero llegaban a su trabajo, recibían de él sus órdenes, y el obrero más humilde tenía que obedecer las instrucciones; así se levantó la estructura, y este hermoso edificio ha quedado terminado. Y del mismo modo,» añadió, «este edificio que inauguramos hoy no es sino la colocación del fundamento de una obra de la que solo Dios sabe qué llegará a ser.»

Pero Dios tiene a sus obreros y sus planes claramente trazados, y nuestra posición es esperar, para que Dios nos comunique tanto de su voluntad como sea necesario en cada momento.

Sencillamente hemos de ser fieles en la obediencia, cumpliendo sus órdenes. Dios tiene un plan para su Iglesia sobre la tierra. Pero ¡ay!, con demasiada frecuencia hacemos nuestro propio plan y creemos saber lo que debe hacerse. Pedimos primero a Dios que bendiga nuestros débiles esfuerzos, en lugar de negarnos por completo a avanzar a menos que Dios vaya delante de nosotros. Dios ha trazado el plan para la obra y la extensión de su reino. Y esa obra ha sido puesta al cuidado del Espíritu Santo. «La obra a que los he llamado.» Que Dios, por tanto, nos ayude a todos a temer el tocar «el arca de Dios», salvo cuando somos guiados por el Espíritu Santo.

Luego, el segundo pensamiento: Dios está dispuesto y es capaz de revelar a sus siervos cuál es su voluntad.

Sí, ¡bendito sea Dios, todavía descienden comunicaciones del cielo! Así como leemos aquí lo que dijo el Espíritu Santo, así el Espíritu Santo seguirá hablando a su Iglesia y a su pueblo. En estos últimos días lo ha hecho muchas veces. Ha venido a hombres concretos, y por su enseñanza divina los ha llevado a campos de labor que otros no podían al principio comprender ni aprobar, a caminos y métodos que no se recomendaban por sí solos a la mayoría. Pero el Espíritu Santo sigue enseñando en nuestro tiempo a su pueblo. Gracias a Dios, en nuestras sociedades misioneras en el extranjero, en nuestras misiones locales y en mil formas de trabajo, la guía del Espíritu Santo se conoce, aunque —creo que todos estamos dispuestos a confesarlo— se conoce demasiado poco. No hemos aprendido lo suficiente a esperar en Él, y por eso debiéramos hacer una solemne declaración delante de Dios: oh Dios, queremos esperar más en ti para que nos muestres tu voluntad.

No pidas a Dios solamente poder. Muchos cristianos tienen su propio plan de trabajo, pero Dios ha de enviar el poder. El hombre trabaja según su propia voluntad, y Dios ha de dar la gracia; esa es la única razón por la que a menudo Dios da tan poca gracia y tan poco éxito. Pero pongámonos todos en nuestro lugar delante de Dios y digamos:

«Lo que se hace en la voluntad de Dios, la fortaleza de Dios no le será negada; lo que se hace en la voluntad de Dios ha de tener la poderosa bendición de Dios.»

Y así, que nuestro primer deseo sea que la voluntad de Dios nos sea revelada.

Si me preguntas: ¿es cosa fácil recibir estas comunicaciones del cielo y entenderlas? Puedo darte la respuesta. Es fácil para quienes están en debida comunión con el cielo y comprenden el arte de esperar en Dios en oración.

¡Cuántas veces preguntamos: cómo puede alguien conocer la voluntad de Dios! Y la gente quiere, cuando está en perplejidad, orar con mucho fervor para que Dios le responda de inmediato. Pero Dios solo puede revelar su voluntad a un corazón que es humilde, sensible y vacío. Dios solo puede revelar su voluntad, en las perplejidades y en las dificultades especiales, a un corazón que ha aprendido a obedecerle y honrarle con lealtad en las cosas pequeñas y en la vida diaria.

Eso me lleva al tercer pensamiento: fíjate en la disposición a la que el Espíritu revela la voluntad de Dios.

¿Qué leemos aquí? Había un grupo de hombres ministrando al Señor y ayunando, y el Espíritu Santo vino y les habló. Algunos entienden este pasaje muy a la manera en que lo harían respecto a un comité misionero de nuestros días. Vemos que hay un campo abierto, y hemos tenido nuestras misiones en otros campos, y vamos a entrar en aquel campo. Prácticamente lo hemos decidido, y oramos por ello. Pero la situación era muy distinta en aquellos tiempos. Dudo que alguno de ellos pensara en Europa, pues más tarde el mismo Pablo intentó volver a Asia, hasta que la visión nocturna lo llamó por la voluntad de Dios. Mira a aquellos hombres. Dios había hecho maravillas. Había extendido la Iglesia hasta Antioquía y había dado rica y abundante bendición. Ahora bien, allí estaban estos hombres ministrando al Señor, sirviéndole con oración y ayuno. ¡Qué profunda convicción tienen! «Todo ha de venir directamente del cielo. Estamos en comunión con el Señor resucitado; hemos de tener una unión estrecha con Él, y de algún modo Él nos hará saber lo que quiere.» Y allí estaban, vacíos, ignorantes, impotentes, alegres y gozosos, pero profundamente humillados.

«Oh Señor,» parecen decir, «somos tus siervos, y en ayuno y oración esperamos en ti. ¿Cuál es tu voluntad para nosotros?»

¿No sucedió lo mismo con Pedro? Estaba en la azotea, ayunando y orando, y poco pensaba en la visión y en el mandato de ir a Cesarea. Ignoraba cuál podría ser su obra.

Es en corazones enteramente entregados al Señor Jesús, en corazones que se apartan del mundo, e incluso de los ejercicios religiosos ordinarios, y que se entregan en oración intensa para mirar a su Señor; es en tales corazones donde la celestial voluntad de Dios se manifestará.

Sabes que la palabra ayuno aparece por segunda vez (en el versículo tercero): «ayunaron y oraron». Cuando oras, te gusta entrar en tu aposento, según el mandato de Jesús, y cerrar la puerta. Dejas fuera los negocios, la compañía, el placer y cualquier cosa que pueda distraerte, y quieres estar a solas con Dios. Pero, de cierta manera, aun el mundo material te sigue hasta allí. Tienes que comer. Estos hombres querían apartarse de las influencias de lo material y lo visible, y ayunaron. Lo que comían era apenas lo suficiente para suplir las necesidades de la naturaleza, y en la intensidad de sus almas quisieron dar expresión, en su ayuno delante de Dios, a su renuncia a todo lo terrenal. Oh, que Dios nos dé esa intensidad de deseo, esa separación de todas las cosas, porque queremos esperar en Dios, para que el Espíritu Santo nos revele la bendita voluntad de Dios.

El cuarto pensamiento: ¿cuál es ahora la voluntad de Dios tal como el Espíritu Santo la revela? Está contenida en una sola frase: separación para el Espíritu Santo. Esa es la nota clave del mensaje del cielo.

«Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. La obra es mía, y yo cuido de ella, y he escogido a estos hombres y los he llamado, y quiero que vosotros, que representáis a la Iglesia de Cristo sobre la tierra, los apartéis para mí.»

Mira este mensaje celestial en su doble aspecto. Los hombres habían de ser apartados para el Espíritu Santo, y la Iglesia había de hacer esta obra de separación. El Espíritu Santo podía confiar en que estos hombres la harían con recto espíritu. Allí permanecían en comunión con lo celestial, y el Espíritu Santo podía decirles: «Haced la obra de apartar a estos hombres.» Y estos eran los hombres que el Espíritu Santo había preparado, y de ellos podía decir: «Sean apartados para mí.»

Aquí llegamos a la raíz misma, a la vida misma de la necesidad de los obreros cristianos. La pregunta es esta: ¿qué se necesita para que el poder de Dios repose sobre nosotros con más fuerza, para que la bendición de Dios se derrame con más abundancia entre esa pobre gente desdichada y esos pecadores que perecen, entre quienes trabajamos? Y la respuesta del cielo es:

«Quiero hombres apartados para el Espíritu Santo.»

¿Qué implica eso? Sabes que hay dos espíritus en la tierra. Cristo dijo, al hablar del Espíritu Santo: «al cual el mundo no puede recibir» (Juan 14:17). Pablo dijo: «no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios» (1 Corintios 2:12). Esa es la gran carencia en todo obrero: que el espíritu del mundo salga, y que el Espíritu de Dios entre a tomar posesión de la vida interior y de todo el ser.

Estoy seguro de que hay obreros que a menudo claman a Dios para que el Espíritu Santo venga sobre ellos como un Espíritu de poder para su obra, y cuando sienten esa medida de poder y reciben bendición, dan gracias a Dios por ello. Pero Dios quiere algo más y algo más alto. Dios quiere que busquemos al Espíritu Santo como un Espíritu de poder en nuestro propio corazón y en nuestra propia vida, para vencer al yo y expulsar el pecado, y para formar en nosotros la bendita y hermosa imagen de Jesús.

Hay una diferencia entre el poder del Espíritu como don y el poder del Espíritu para la gracia de una vida santa. Un hombre puede tener a menudo cierta medida del poder del Espíritu, pero si no hay una amplia medida del Espíritu como Espíritu de gracia y santidad, el defecto se hará manifiesto en su obra. Podrá ser instrumento de conversión, pero nunca ayudará a las personas a alcanzar un nivel más alto de vida espiritual, y cuando él muera, buena parte de su obra podrá morir también. Pero un hombre que está apartado para el Espíritu Santo es un hombre que se ha entregado a decir:

«Padre, que el Espíritu Santo tenga pleno dominio sobre mí: en mi hogar, en mi carácter, en cada palabra de mi lengua, en cada pensamiento de mi corazón, en cada sentimiento hacia mis semejantes; que el Espíritu Santo tenga posesión entera.»

¿Es eso lo que ha sido el anhelo y el pacto de tu corazón con tu Dios: ser un hombre o una mujer apartado y entregado al Espíritu Santo? Te ruego que escuches la voz del cielo. «Apartadme,» dijo el Espíritu Santo. Sí, apartado para el Espíritu Santo. Que Dios conceda que la Palabra entre hasta lo más profundo de nuestro ser para escudriñarnos, y si descubrimos que no hemos salido del mundo por completo, si Dios nos revela que la vida propia, la propia voluntad y la propia exaltación están allí, humillémonos delante de Él.

Hombre, mujer, hermano, hermana: eres un obrero apartado para el Espíritu Santo. ¿Es cierto eso? ¿Ha sido ese tu anhelo? ¿Ha sido esa tu entrega? ¿Ha sido eso lo que has esperado mediante la fe en el poder de nuestro resucitado y todopoderoso Señor Jesús? Si no, aquí está el llamado de la fe, y aquí está la llave de la bendición: apartado para el Espíritu Santo. ¡Que Dios escriba la palabra en nuestros corazones!

Dije que el Espíritu Santo habló a aquella iglesia como a una iglesia capaz de hacer esa obra. El Espíritu Santo confió en ellos. Que Dios conceda que nuestras iglesias, nuestras sociedades misioneras y nuestras uniones de obreros, que todos nuestros directores, concilios y comités sean hombres y mujeres idóneos para la obra de apartar obreros para el Espíritu Santo. También eso podemos pedírselo a Dios.

Luego viene mi quinto pensamiento, y es este: esta santa colaboración con el Espíritu Santo en esta obra se vuelve cuestión de conciencia y de acción.

Estos hombres, ¿qué hicieron? Apartaron a Pablo y a Bernabé, y luego se escribe de los dos que, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia. ¡Oh, qué comunión! El Espíritu Santo en el cielo haciendo parte de la obra, y los hombres en la tierra haciendo la otra parte. Después de la ordenación de los hombres sobre la tierra, está escrito en la Palabra inspirada de Dios que fueron enviados por el Espíritu Santo.

Y mira cómo esta colaboración llama a nueva oración y ayuno. Durante cierto tiempo habían estado ministrando al Señor y ayunando, quizá días; y el Espíritu Santo habla, y ellos tienen que hacer la obra y entrar en la colaboración, y de inmediato se reúnen para más oración y ayuno. Ese es el espíritu con que obedecen el mandato de su Señor. Y eso nos enseña que no solo al comienzo de nuestra obra cristiana, sino a lo largo de toda ella, necesitamos tener nuestra fuerza en la oración. Si hay un pensamiento respecto a la Iglesia de Cristo que a veces me llega con un dolor abrumador; si hay un pensamiento respecto a mi propia vida del cual me avergüenzo; si hay un pensamiento que siento que la Iglesia de Cristo no ha aceptado ni ha captado; si hay un pensamiento que me hace orar a Dios: «Oh, enséñanos por tu gracia cosas nuevas», es el maravilloso poder que la oración está destinada a tener en el reino. Tan poco nos hemos valido de él.

Todos hemos leído la expresión de Cristiano en la gran obra de Bunyan, cuando descubrió que llevaba en el pecho la llave que abriría el calabozo. Nosotros tenemos la llave que puede abrir el calabozo del ateísmo y del paganismo. Pero, ¡ay!, estamos mucho más ocupados con nuestro trabajo que con la oración. Creemos más en hablar a los hombres que en hablar a Dios. Aprende de estos hombres que la obra que el Espíritu Santo ordena ha de llamarnos a nuevo ayuno y oración, a nueva separación del espíritu y los placeres del mundo, a nueva consagración a Dios y a su comunión. Aquellos hombres se entregaron al ayuno y la oración, y si en toda nuestra obra cristiana ordinaria hubiera más oración, habría más bendición en nuestra propia vida interior. Si sintiéramos, comprobáramos y testificáramos al mundo que nuestra única fuerza está en mantenernos cada minuto en contacto con Cristo, permitiendo cada minuto que Dios obre en nosotros —si tal fuera nuestro espíritu—, ¿no serían, por la gracia de Dios, más santas nuestras vidas? ¿No serían más abundantemente fructíferas?

Apenas conozco una advertencia más solemne en la Palabra de Dios que la que hallamos en el tercer capítulo de Gálatas, donde Pablo preguntó:

«¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?» (Gálatas 3:3).

¿Entiendes lo que eso significa? Un peligro terrible en la obra cristiana, igual que en una vida cristiana que comienza con mucha oración, comenzada en el Espíritu Santo, es que poco a poco sea desviada hacia los rieles de la carne; y viene la palabra: «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?». En el tiempo de nuestra primera perplejidad e impotencia oramos mucho a Dios, y Dios respondió y bendijo, y nuestra organización se perfeccionó, y nuestro grupo de obreros creció; pero poco a poco la organización, el trabajo y el ajetreo se han apoderado de tal modo de nosotros que el poder del Espíritu, en el cual comenzamos cuando éramos una pequeña compañía, casi se ha perdido. ¡Oh, te ruego que lo notes bien! Fue con nueva oración y ayuno, con más oración y ayuno, como esta compañía de discípulos cumplió el mandato del Espíritu Santo: «Alma mía, en Dios solamente reposa». Esa es nuestra obra más elevada y más importante. El Espíritu Santo viene en respuesta a la oración de fe.

Sabes que, cuando el Jesús exaltado hubo ascendido al trono, durante diez días el estrado del trono fue el lugar donde sus discípulos, en espera, clamaban a Él. Y esa es la ley del reino: el Rey sobre el trono, los siervos sobre el estrado. ¡Que Dios nos halle allí sin cesar!

Luego viene el último pensamiento: ¡qué bendición tan maravillosa llega cuando se permite al Espíritu Santo dirigir y guiar la obra, y cuando esta se lleva a cabo en obediencia a Él!

Conoces la historia de la misión a la que fueron enviados Bernabé y Saulo. Sabes cuánto poder había con ellos. El Espíritu Santo los envió, y fueron de lugar en lugar con gran bendición. El Espíritu Santo fue su guía en adelante. Recuerdas cómo fue por el Espíritu que a Pablo se le impidió entrar de nuevo en Asia, y fue llevado hasta Europa. ¡Oh, la bendición que reposó sobre aquella pequeña compañía de hombres y sobre su ministerio al Señor!

Te ruego que aprendamos a creer que Dios tiene una bendición para nosotros. Al Espíritu Santo, en cuyas manos ha puesto Dios la obra, se le ha llamado «el ejecutor de la Santísima Trinidad». El Espíritu Santo no solo tiene poder, sino que tiene el Espíritu de amor. Se cierne sobre este mundo tenebroso y sobre cada esfera de trabajo en él, y está dispuesto a bendecir. ¿Y por qué no hay más bendición? No puede haber sino una respuesta. No hemos honrado al Espíritu Santo como debíamos. ¿Hay alguien que pueda decir que eso no es verdad? ¿No está todo corazón reflexivo dispuesto a clamar: «Dios, perdóname por no haber honrado al Espíritu Santo como debía, por haberlo contristado, por haber permitido que el yo, la carne y mi propia voluntad obraran donde el Espíritu Santo debía haber sido honrado! Que Dios me perdone por haber permitido que el yo, la carne y la voluntad tuvieran en realidad el lugar que Dios quería que tuviera el Espíritu Santo.»?

¡Oh, el pecado es mayor de lo que sabemos! ¡No es de extrañar que haya tanta debilidad y tanto fracaso en la Iglesia de Cristo!

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