Capítulo 2 · 26 min de lectura
El fruto del Espíritu es amor
Quiero considerar el hecho de una vida llena del Espíritu Santo más desde el lado práctico, y mostrar cómo esta vida se manifestará en nuestro andar y conducta de cada día.
En el Antiguo Testamento, como sabes, el Espíritu Santo a menudo venía sobre los hombres como un divino Espíritu de revelación, para revelar los misterios de Dios, o para dar poder para hacer la obra de Dios. Pero entonces no moraba en ellos. Hoy muchos solo quieren el don del Antiguo Testamento —poder para el trabajo—, pero saben muy poco del don del Nuevo Testamento: el Espíritu que mora dentro, que anima y renueva la vida entera. Cuando Dios da el Espíritu Santo, su gran propósito es la formación de un carácter santo. Es el don de una mente santa y una disposición espiritual, y lo que necesitamos por encima de todo es decir:
«Debo tener al Espíritu Santo santificando toda mi vida interior si de veras he de vivir para la gloria de Dios.»
Podrías decir que, cuando Cristo prometió el Espíritu a los discípulos, lo hizo para que tuvieran poder para ser testigos. Es cierto; pero entonces recibieron al Espíritu Santo con tal poder y realidad celestiales que él tomó posesión de todo su ser de una vez, y así los capacitó, como hombres santos, para hacer la obra con poder tal como debían hacerla. Cristo habló de poder a los discípulos, pero fue el Espíritu llenando todo su ser lo que obró el poder.
Deseo ahora detenerme en el pasaje que se halla en Gálatas 5:22:
«El fruto del Espíritu es amor.»
Leemos que «el amor es el cumplimiento de la ley» (Romanos 13:10), y mi deseo es hablar del amor como fruto del Espíritu con un doble fin. Uno es que esta palabra sea un reflector en nuestros corazones y nos dé una prueba con la cual examinar todos nuestros pensamientos acerca del Espíritu Santo y toda nuestra experiencia de la vida santa. Examinémonos por esta palabra. ¿Ha sido este nuestro hábito diario: buscar ser llenos del Espíritu Santo como el Espíritu de amor? «El fruto del Espíritu es amor.» ¿Ha sido nuestra experiencia que, cuanto más tenemos del Espíritu Santo, más amorosos nos volvemos? Al reclamar el Espíritu Santo, debemos hacer de esto el primer objeto de nuestra expectación. El Espíritu Santo viene como Espíritu de amor.
¡Oh, si esto fuera verdad en la Iglesia de Cristo, cuán diferente sería su estado! Que Dios nos ayude a aferrarnos a esta verdad sencilla y celestial: que el fruto del Espíritu es un amor que se manifiesta en la vida, y que, tan pronto como el Espíritu Santo toma verdadera posesión de la vida, el corazón se llena de un amor real, divino y universal.
Una de las grandes causas por las que Dios no puede bendecir a su Iglesia es la falta de amor. Cuando el cuerpo está dividido, no puede haber fuerza. En tiempo de sus grandes guerras de religión, cuando Holanda resistió tan noblemente a España, uno de sus lemas era: «La unión hace la fuerza.» Solo cuando el pueblo de Dios se mantiene como un solo cuerpo —uno delante de Dios en la comunión del amor, unidos entre sí en profundo afecto, uno ante el mundo en un amor que el mundo pueda ver—, solo entonces tendrá poder para obtener la bendición que pide a Dios. Recuerda que, si una vasija que debería ser un todo se quiebra en muchos pedazos, no puede llenarse. Puedes tomar un tiesto, un fragmento de una vasija, y recoger en él un poco de agua; pero si quieres la vasija llena, la vasija ha de estar entera. Esto es literalmente cierto de la Iglesia de Cristo, y si hay algo por lo que aún debemos orar es esto: Señor, fúndenos en uno por el poder del Espíritu Santo; que el Espíritu Santo, que en Pentecostés los hizo a todos de un corazón y un alma, haga su bendita obra entre nosotros. Gracias a Dios, podemos amarnos unos a otros con un amor divino, porque «el fruto del Espíritu es amor.» Entrégate al amor, y el Espíritu Santo vendrá; recibe al Espíritu, y él te enseñará a amar más.
Dios es amor
Ahora bien, ¿por qué el fruto del Espíritu es amor? Porque Dios es amor (1 Juan 4:8).
¿Y qué significa eso?
Es la naturaleza y el ser mismos de Dios deleitarse en comunicarse a sí mismo. Dios no tiene egoísmo; Dios no guarda nada para sí. La naturaleza de Dios es estar siempre dando. En el sol, en la luna y en las estrellas, en cada flor lo ves, en cada ave del aire, en cada pez del mar. Dios comunica vida a sus criaturas. Y los ángeles alrededor de su trono, los serafines y querubines que son llamas de fuego, ¿de dónde tienen su gloria? Es porque Dios es amor, y les imparte de su resplandor y de su bienaventuranza. Y a nosotros, sus hijos redimidos, Dios se deleita en derramar su amor en nosotros. ¿Y por qué? Porque, como dije, Dios no guarda nada para sí. Desde la eternidad Dios tuvo a su Hijo unigénito, y el Padre le dio todas las cosas, y nada de lo que Dios tenía fue retenido. «Dios es amor.»
Uno de los antiguos padres de la Iglesia dijo que no podemos entender mejor la Trinidad que como una revelación del amor divino: el Padre, el que ama, la Fuente del amor; el Hijo, el amado, el Manantial del amor, en quien el amor fue derramado; y el Espíritu, el amor vivo que unió a ambos y luego se desbordó sobre este mundo. El Espíritu de Pentecostés, el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo es amor. Y cuando el Espíritu Santo viene a nosotros y a otros hombres, ¿será menos Espíritu de amor de lo que es en Dios? No puede ser; él no puede cambiar su naturaleza. El Espíritu de Dios es amor, y «el fruto del Espíritu es amor.»
La humanidad necesita amor
¿Por qué es así? Esa era la gran necesidad de la humanidad, eso era lo que la redención de Cristo vino a lograr: restaurar el amor a este mundo.
Cuando el hombre pecó, ¿por qué pecó? Triunfó el egoísmo: buscó el yo en lugar de Dios. ¡Y mira! Adán en seguida comienza a acusar a la mujer de haberlo extraviado. El amor a Dios se había ido; el amor al prójimo se había perdido. Mira de nuevo: de los dos primeros hijos de Adán, uno se vuelve asesino de su hermano.
¿No nos enseña esto que el pecado había despojado al mundo del amor? ¡Ah, qué prueba ha sido la historia del mundo de que el amor se ha perdido! Puede que haya habido hermosos ejemplos de amor incluso entre los paganos, pero solo como un pequeño remanente de lo que se perdió. Una de las peores cosas que el pecado hizo al hombre fue hacerlo egoísta, pues el egoísmo no puede amar.
El Señor Jesucristo descendió del cielo como el Hijo del amor de Dios. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). El Hijo de Dios vino a mostrar lo que es el amor, y vivió una vida de amor aquí en la tierra en comunión con sus discípulos, en compasión por los pobres y miserables, en amor aun hacia sus enemigos, y murió la muerte del amor. Y cuando ascendió al cielo, ¿a quién envió? Al Espíritu de amor, para venir a desterrar el egoísmo, la envidia y el orgullo, y traer el amor de Dios a los corazones de los hombres. «El fruto del Espíritu es amor.»
¿Y cuál fue la preparación para la promesa del Espíritu Santo? Conoces esa promesa tal como se halla en el capítulo catorce del Evangelio de Juan. Pero recuerda lo que la precede en el capítulo trece. Antes de prometer el Espíritu Santo, Cristo dio un mandamiento nuevo, y acerca de ese mandamiento nuevo dijo cosas maravillosas. Una de ellas fue: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros.» Para ellos, su amor hasta la muerte había de ser la única ley de su conducta y de su trato mutuo. ¡Qué mensaje para aquellos pescadores, para aquellos hombres llenos de orgullo y egoísmo! «Aprended a amaros unos a otros —dijo Cristo—, como yo os he amado.» Y por la gracia de Dios lo hicieron. Cuando llegó Pentecostés, eran de un corazón y un alma. Cristo lo hizo por ellos.
Y ahora él nos llama a morar y a andar en amor. Exige que, aunque un hombre te aborrezca, tú lo ames. El amor verdadero no puede ser vencido por nada en el cielo ni en la tierra. Cuanto más odio hay, más triunfa el amor a través de todo ello y muestra su verdadera naturaleza. Este es el amor que Cristo mandó a sus discípulos ejercer.
¿Qué más dijo? «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35).
Sabes lo que es llevar una insignia. Y Cristo dijo a sus discípulos, en efecto: «Os doy una insignia, y esa insignia es el amor. Ese ha de ser vuestro distintivo. Es lo único en el cielo o en la tierra por lo cual los hombres pueden conocerme.»
¿No empezamos a temer que el amor haya huido de la tierra? ¿Que, si preguntáramos al mundo: «¿Nos has visto llevar la insignia del amor?», el mundo diría: «No; lo que hemos oído de la Iglesia de Cristo es que no hay lugar donde no haya disputas y divisiones»? Pidamos a Dios de todo corazón que podamos llevar la insignia del amor de Jesús. Dios puede darla.
El amor vence al egoísmo
«El fruto del Espíritu es amor.» ¿Por qué? Porque nada sino el amor puede expulsar y vencer nuestro egoísmo.
El yo es la gran maldición, sea en su relación con Dios, o con nuestros semejantes en general, o con los hermanos en la fe, pensando en nosotros mismos y buscando lo nuestro. El yo es nuestra mayor maldición. Pero, gracias a Dios, Cristo vino a redimirnos del yo. A veces hablamos de la liberación de la vida propia —y gracias a Dios por cada palabra que pueda decirse al respecto para ayudarnos—, pero me temo que algunos piensan que la liberación de la vida propia significa que ya no tendrán ninguna dificultad en servir a Dios; y olvidan que la liberación de la vida propia significa ser una vasija que rebosa amor hacia todos todo el día.
Y ahí tienes la razón por la que muchos oran por el poder del Espíritu Santo, y reciben algo, pero, oh, ¡tan poco!, porque oraron por poder para el trabajo y poder para la bendición, pero no han orado por poder para la plena liberación del yo. Eso significa no solo el yo que se cree justo en su trato con Dios, sino el yo sin amor en su trato con los hombres. Y hay liberación. «El fruto del Espíritu es amor.» Te traigo la gloriosa promesa de Cristo: que él puede llenar nuestros corazones de amor.
Muchísimos de nosotros nos esforzamos a veces por amar. Tratamos de forzarnos a amar, y no digo que eso esté mal; es mejor que nada. Pero el final siempre es muy triste. «Fracaso continuamente», tiene que confesar quien así obra. ¿Y cuál es la razón? La razón es simplemente esta: que nunca han aprendido a creer y aceptar la verdad de que el Espíritu Santo puede derramar el amor de Dios en su corazón. ¡Ese texto bendito, cuántas veces ha sido limitado! «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Romanos 5:5). A menudo se ha entendido en este sentido: significa el amor de Dios hacia mí. ¡Oh, qué limitación! Eso es solo el comienzo. El amor de Dios es siempre el amor de Dios en su totalidad, en su plenitud como un poder que mora dentro: un amor de Dios hacia mí que salta de vuelta a él en amor, y se desborda hacia mis semejantes en amor: el amor de Dios hacia mí, mi amor a Dios y mi amor a mis semejantes. Los tres son uno; no puedes separarlos.
Cree de veras que el amor de Dios puede ser derramado en tu corazón y en el mío, de modo que podamos amar todo el día.
«¡Ah!», dices, «¡qué poco he comprendido eso!»
¿Por qué un cordero es siempre manso? Porque esa es su naturaleza. ¿Le cuesta algún esfuerzo al cordero ser manso? No. ¿Por qué no? Es tan hermoso y manso. ¿Tiene el cordero que estudiar para ser manso? No. ¿Por qué le resulta tan fácil? Es su naturaleza. Y un lobo, ¿por qué no le cuesta ningún esfuerzo ser cruel y clavar sus colmillos en el pobre cordero o en la oveja? Porque esa es su naturaleza. No tiene que armarse de valor; la naturaleza de lobo está allí.
¿Y cómo puedo aprender a amar? Nunca, hasta que el Espíritu de Dios llene mi corazón con el amor de Dios, y comience a anhelar el amor de Dios en un sentido muy distinto de aquel con que lo he buscado tan egoístamente, como un consuelo, un gozo, una felicidad y un placer para mí mismo; nunca, hasta que comience a aprender que «Dios es amor», y a reclamarlo, y a recibirlo como un poder que mora dentro para el sacrificio propio; nunca, hasta que comience a ver que mi gloria, mi bienaventuranza, es ser semejante a Dios y a Cristo, entregando todo lo mío por mis semejantes. ¡Que Dios nos enseñe eso! ¡Oh, la divina bienaventuranza del amor con que el Espíritu Santo puede llenar nuestros corazones! «El fruto del Espíritu es amor.»
El amor es don de Dios
Una vez más pregunto: ¿por qué ha de ser así? Y mi respuesta es: sin esto no podemos vivir la vida diaria del amor.
Cuántas veces, al hablar de la vida consagrada, tenemos que hablar del genio, y algunos han dicho a veces:
«Das demasiada importancia al genio.»
No creo que podamos exagerar su importancia. Piensa por un momento en un reloj y en lo que significan sus manecillas. Las manecillas me dicen lo que hay dentro del reloj, y si veo que las manecillas se detienen, o que señalan mal, o que el reloj atrasa o adelanta, digo que algo dentro del reloj no está funcionando bien. Y el genio es justamente como la revelación que el reloj da de lo que hay dentro. El genio es una prueba de si el amor de Cristo está llenando el corazón o no. ¡Cuántos hay que hallan más fácil ser santos y felices en la iglesia, o en la reunión de oración, o en la obra del Señor —trabajo diligente y ferviente— que en la vida diaria con la esposa y los hijos; más fácil ser santos y felices fuera del hogar que dentro de él! ¿Dónde está el amor de Dios? En Cristo. Dios nos ha preparado una redención maravillosa en Cristo, y anhela hacer de nosotros algo sobrenatural. ¿Hemos aprendido a anhelarlo, a pedirlo y a esperarlo en su plenitud?
¡Y luego está la lengua! A veces hablamos de la lengua cuando tratamos de la vida mejor y de la vida de reposo, pero piensa qué libertad dan muchos cristianos a su lengua. Dicen:
«Tengo derecho a pensar lo que quiera.»
Cuando hablan unos de otros, cuando hablan de sus prójimos, cuando hablan de otros cristianos, ¡cuántas veces hay comentarios cortantes! Que Dios me guarde de decir algo que sea falto de amor; que Dios cierre mi boca si no he de hablar con amor tierno. Pero lo que digo es un hecho. ¡Cuántas veces se hallan, entre cristianos unidos en la obra, la crítica cortante, el juicio severo, la opinión precipitada, las palabras sin amor, el desprecio secreto de unos hacia otros, la condenación secreta de unos hacia otros! Oh, así como el amor de una madre cubre a sus hijos y se deleita en ellos y tiene la más tierna compasión de sus flaquezas o fracasos, así debería haber en el corazón de todo creyente un amor maternal hacia todo hermano y hermana en Cristo. ¿Has aspirado a eso? ¿Lo has buscado? ¿Has rogado alguna vez por ello? Jesucristo dijo: «Como yo os he amado... que también os améis unos a otros» (Juan 13:34). Y no puso eso entre los demás mandamientos, sino que dijo, en efecto:
«Ese es un mandamiento nuevo, el único mandamiento: Amaos unos a otros como yo os he amado» (Juan 13:34).
Es en nuestra vida y conducta diarias donde el fruto del Espíritu es amor. De ahí proceden todas las gracias y virtudes en que el amor se manifiesta: gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad; ninguna aspereza ni dureza en tu tono, ninguna descortesía ni egoísmo; mansedumbre delante de Dios y de los hombres. Ves que todas estas son las virtudes más suaves. Muchas veces he pensado, al leer aquellas palabras en Colosenses —«Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:12)—, que, si nosotros lo hubiéramos escrito, habríamos puesto en primer plano las virtudes varoniles, como el celo, el valor y la diligencia; pero necesitamos ver cómo las virtudes más suaves, las más femeninas, están especialmente ligadas a la dependencia del Espíritu Santo. Estas son, en verdad, gracias celestiales. Nunca se hallaron en el mundo pagano. Fue necesario que Cristo viniera del cielo para enseñárnoslas. Tu bienaventuranza es la paciencia, la mansedumbre, la bondad; tu gloria es la humildad delante de Dios. El fruto del Espíritu que él trajo del cielo, del corazón del Cristo crucificado, y que da en nuestro corazón, es, ante todo y sobre todo: amor.
Sabes lo que dice Juan: «Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros» (1 Juan 4:12). Es decir: no puedo ver a Dios, pero, como compensación, puedo ver a mi hermano, y si lo amo, Dios mora en mí. ¿Es eso realmente cierto? ¿Que no puedo ver a Dios, pero debo amar a mi hermano, y Dios morará en mí? Amar a mi hermano es el camino a la verdadera comunión con Dios. Sabes lo que Juan dice además en aquella prueba tan solemne: «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20). Hay un hermano, un hombre nada amable. Te fastidia cada vez que te encuentras con él. Es de un temperamento totalmente opuesto al tuyo. Tú eres un hombre de negocios cuidadoso, y tienes que tratar con él en tus asuntos. Él es de lo más desordenado y poco formal. Dices:
«No puedo amarlo.»
Oh, amigo, no has aprendido la lección que Cristo quiso enseñar por encima de todo. Sea el hombre como sea, has de amarlo. El amor ha de ser el fruto del Espíritu todo el día y cada día. ¡Sí, escucha! Si uno no ama a su hermano a quien ha visto —si tú no amas a ese hombre poco amable a quien has visto—, ¿cómo puedes amar a Dios a quien no has visto? Puedes engañarte a ti mismo con hermosos pensamientos acerca de amar a Dios. Debes probar tu amor a Dios por tu amor a tu hermano; esa es la única medida por la cual Dios juzgará tu amor hacia él. Si el amor de Dios está en tu corazón, amarás a tu hermano. El fruto del Espíritu es amor.
¿Y cuál es la razón de que el Espíritu Santo de Dios no pueda venir con poder? ¿No es posible?
Recuerdas la comparación que usé al hablar de la vasija. Puedo recoger un poco de agua en un tiesto, un fragmento de una vasija; pero si una vasija ha de estar llena, ha de estar entera. Y los hijos de Dios, dondequiera que se reúnan, a cualquier iglesia, misión o sociedad que pertenezcan, deben amarse intensamente unos a otros, o el Espíritu de Dios no puede hacer su obra. Hablamos de contristar al Espíritu de Dios con la mundanalidad, el ritualismo, el formalismo, el error y la indiferencia; pero yo te digo que lo único que, por encima de todo, contrista al Espíritu de Dios es esta falta de amor. Que cada corazón se examine a sí mismo, y pida que Dios lo escudriñe.
Nuestro amor muestra el poder de Dios
¿Por qué se nos enseña que «el fruto del Espíritu es amor»? Porque el Espíritu de Dios ha venido a hacer de nuestra vida diaria una exhibición de poder divino y una revelación de lo que Dios puede hacer por sus hijos.
En los capítulos segundo y cuarto de Hechos leemos que los discípulos eran de un corazón y de un alma. Durante los tres años que habían caminado con Cristo, nunca habían tenido ese espíritu. Toda la enseñanza de Cristo no pudo hacerlos de un corazón y un alma. Pero el Espíritu Santo vino del cielo y derramó el amor de Dios en sus corazones, y fueron de un corazón y un alma. El mismo Espíritu Santo que trajo el amor del cielo a sus corazones debe llenarnos también a nosotros. Nada menos bastará. Igual que hizo Cristo, uno podría predicar el amor durante tres años con lengua de ángel, pero eso no enseñaría a nadie a amar, a menos que el poder del Espíritu Santo viniera sobre él para traer el amor del cielo a su corazón.
Piensa en la iglesia en su conjunto. ¡Qué divisiones! Piensa en los distintos cuerpos. Toma la cuestión de la santidad, toma la cuestión de la sangre que limpia, toma la cuestión del bautismo del Espíritu: ¡qué diferencias causan tales cuestiones entre amados creyentes! Que haya diferencias de opinión no me inquieta. No tenemos la misma constitución, ni el mismo temperamento, ni la misma mente. Pero ¡cuántas veces el odio, la amargura, el desprecio, la división y la falta de amor son causados por las más santas verdades de la Palabra de Dios! Nuestras doctrinas, nuestros credos, han sido más importantes que el amor. A menudo pensamos que somos valientes por la verdad, y olvidamos el mandato de Dios de decir la verdad en amor. Y así fue en tiempos de la Reforma, entre las iglesias luteranas y calvinistas. ¡Qué amargura hubo entonces respecto a la Santa Cena, que debía ser el vínculo de unión entre todos los creyentes! Y así, a lo largo de los siglos, las verdades más preciadas de Dios se han convertido en montañas que nos han separado.
Si queremos orar con poder, y si queremos esperar que el Espíritu Santo descienda con poder, y si de veras queremos que Dios derrame su Espíritu, debemos entrar en pacto con Dios de amarnos unos a otros con un amor celestial.
¿Estás dispuesto a ello? Solo es amor verdadero el que es lo bastante amplio para abarcar a todos los hijos de Dios: los más faltos de amor y menos amables, los más indignos, insoportables y difíciles. Si mi voto —entrega absoluta a Dios— era verdadero, entonces ha de significar entrega absoluta al amor divino para que me llene; ser un siervo del amor para amar a cada hijo de Dios que me rodea. «El fruto del Espíritu es amor.»
¡Oh, Dios hizo algo maravilloso cuando dio a Cristo, a su diestra, el Espíritu Santo para que descendiera del corazón del Padre y de su amor eterno! ¡Y cómo hemos degradado al Espíritu Santo, reduciéndolo a un mero poder con el que hemos de hacer nuestra obra! ¡Que Dios nos perdone! ¡Oh, que el Espíritu Santo sea tenido en honor como un poder para llenarnos de la vida y la naturaleza mismas de Dios y de Cristo!
La obra cristiana requiere amor
«El fruto del Espíritu es amor.» Pregunto una vez más: ¿por qué es así? Y la respuesta llega: Ese es el único poder con el que los cristianos pueden realmente hacer su obra.
Sí, eso es lo que necesitamos. No solo queremos un amor que nos una unos a otros, sino que queremos un amor divino en nuestra obra por los perdidos que nos rodean. Oh, ¿no emprendemos muchas veces gran cantidad de obra, tal como los hombres emprenden obras de filantropía, por un natural espíritu de compasión hacia nuestros semejantes? ¿No emprendemos muchas veces la obra cristiana porque nuestro pastor o un amigo nos llama a ella? ¿Y no realizamos muchas veces la obra cristiana con cierto celo, pero sin haber tenido un bautismo de amor?
A menudo la gente pregunta: «¿Qué es el bautismo de fuego?»
He respondido más de una vez: no conozco fuego como el fuego de Dios, el fuego del amor eterno que consumió el sacrificio en el Calvario. El bautismo de amor es lo que la Iglesia necesita, y para obtenerlo debemos comenzar en seguida a postrarnos sobre nuestro rostro delante de Dios en confesión, y suplicar:
«Señor, deja que el amor del cielo fluya hasta mi corazón. Estoy entregando mi vida para orar y vivir como quien se ha entregado a sí mismo para que el amor eterno more en él y lo llene.»
Ah, sí, si el amor de Dios estuviera en nuestros corazones, ¡qué diferencia habría! Hay cientos de creyentes que dicen:
«Trabajo para Cristo, y siento que podría trabajar mucho más, pero no tengo el don. No sé cómo ni por dónde empezar. No sé qué puedo hacer.»
Hermano, hermana, pide a Dios que te bautice con el Espíritu de amor, y el amor hallará su camino. El amor es un fuego que arderá a través de toda dificultad. Puedes ser un hombre tímido y vacilante, que no sabe hablar bien, pero el amor puede arder a través de todo. ¡Que Dios nos llene de amor! Lo necesitamos para nuestra obra.
Has leído muchas historias conmovedoras de amor manifestado, y has dicho: ¡Qué hermoso! Oí una no hace mucho. Habían pedido a una dama que hablara en un Hogar de Rescate donde había cierto número de mujeres pobres. Al llegar allí y acercarse a la ventana con la encargada, vio afuera a una criatura miserable sentada, y preguntó:
«¿Quién es esa?»
La encargada respondió: «Ha entrado en la casa treinta o cuarenta veces, y siempre se ha marchado de nuevo. Nada puede hacerse con ella; está tan degradada y endurecida.»
Pero la dama dijo: «Tiene que entrar.»
La encargada dijo entonces: «La hemos estado esperando, y la concurrencia está reunida, y solo tiene una hora para la charla.»
La dama respondió: «No, esto es de mayor importancia»; y salió afuera, donde la mujer estaba sentada, y dijo:
«Hermana mía, ¿qué te pasa?»
«No soy tu hermana», fue la respuesta.
Entonces la dama puso su mano sobre ella y dijo: «Sí, soy tu hermana, y te amo»; y así habló hasta que el corazón de la pobre mujer fue conmovido.
La conversación duró un rato, y la concurrencia esperaba pacientemente. Finalmente la dama llevó a la mujer a la sala. Allí estaba la pobre criatura miserable y degradada, llena de vergüenza. No quiso sentarse en una silla, sino que se sentó en un taburete junto al asiento de la oradora, y esta la dejó recostarse contra sí, con los brazos alrededor del cuello de la pobre mujer, mientras hablaba a la gente reunida. Y aquel amor conmovió el corazón de la mujer; había hallado a alguien que de veras la amaba, y aquel amor dio acceso al amor de Jesús.
¡Alabado sea Dios! Hay amor en la tierra, en los corazones de los hijos de Dios; pero, ¡oh, ojalá hubiera más!
Oh Dios, bautiza a nuestros ministros con un amor tierno, y a nuestros misioneros, y a nuestros lectores de la Biblia, y a nuestros obreros, y a nuestras asociaciones de jóvenes, hombres y mujeres. ¡Oh, que Dios comience con nosotros ahora, y nos bautice con amor celestial!
El amor inspira la intercesión
Una vez más. Solo el amor puede capacitarnos para la obra de la intercesión.
He dicho que el amor debe capacitarnos para nuestra obra. ¿Sabes cuál es la obra más difícil y más importante que debe hacerse por este mundo pecador? Es la obra de la intercesión, la obra de ir a Dios y tomar tiempo para asirse de él.
Un hombre puede ser un cristiano ferviente, un ministro ferviente, y puede hacer el bien; pero, ¡ay!, ¡cuántas veces tiene que confesar que sabe muy poco de lo que es esperar en Dios! ¡Que Dios nos dé el gran don de un espíritu intercesor, un espíritu de oración y de súplica! Permíteme pedirte, en el nombre de Jesús, que no dejes pasar un día sin orar por todos los santos y por todo el pueblo de Dios.
Encuentro que hay cristianos que dan poca importancia a eso. Encuentro que hay uniones de oración donde oran por los miembros, y no por todos los creyentes. Te ruego que tomes tiempo para orar por la Iglesia de Cristo. Está bien orar por los paganos, como ya he dicho. Que Dios nos ayude a orar más por ellos. Está bien orar por los misioneros, por la obra evangelística y por los no convertidos. Pero Pablo no dijo a la gente que orara por los paganos ni por los no convertidos. Pablo les dijo que oraran por los creyentes. Haz de esta tu primera oración cada día: «Señor, bendice a tus santos en todas partes.»
El estado de la Iglesia de Cristo es indescriptiblemente bajo. Ruega por el pueblo de Dios, para que él los visite; ruega unos por otros; ruega por todos los creyentes que tratan de trabajar para Dios. Deja que el amor llene tu corazón. Pide a Cristo que lo derrame de nuevo en ti cada día. Procura que entre en ti por el Espíritu Santo de Dios: estoy apartado para el Espíritu Santo, y el fruto del Espíritu es amor. Que Dios nos ayude a comprenderlo.
Que Dios conceda que aprendamos, día tras día, a esperar en él más serenamente. No esperemos en Dios solo por nosotros mismos, o el poder para hacerlo pronto se perderá; sino entreguémonos al ministerio y al amor de la intercesión, y oremos más por el pueblo de Dios, por el pueblo de Dios que nos rodea, por el Espíritu de amor en nosotros y en ellos, y por la obra de Dios con la que estamos vinculados; y la respuesta ciertamente vendrá, y nuestro esperar en Dios será fuente de indecible bendición y poder. «El fruto del Espíritu es amor.»
¿Tienes una falta de amor que confesar delante de Dios? Entonces confiésalo y di delante de él: «Oh Señor, mi falta de corazón, mi falta de amor: lo confieso.» Y entonces, al echar esa falta a sus pies, cree que la sangre te limpia, que Jesús viene con su poder poderoso, limpiador y salvador para librarte, y que él te dará su Espíritu Santo.
«El fruto del Espíritu es amor.»
Capítulo 2 completado
El fruto del Espíritu es amor