Capítulo 1 · 19 min de lectura
Entrega absoluta
«Entonces Ben-adad rey de Siria juntó a todo su ejército, y con él treinta y dos reyes, con caballos y carros; y subió y sitió a Samaria, y la combatió. Y envió mensajeros a la ciudad a Acab rey de Israel, diciendo: “Así ha dicho Ben-adad: Tu plata y tu oro son míos, y tus mujeres y tus hijos hermosos son míos”. Y el rey de Israel respondió y dijo: “Como tú dices, rey señor mío, yo soy tuyo, y todo lo que tengo”» (1 Reyes 20:1-4).
Lo que Ben-adad pedía era entrega absoluta; y lo que Acab dio fue lo que se le pedía: entrega absoluta. Quiero usar estas palabras, «rey señor mío, como tú dices, yo soy tuyo, y todo lo que tengo», como las palabras de entrega absoluta con que todo hijo de Dios debiera rendirse a su Padre. Ya lo hemos oído antes, pero necesitamos oírlo de manera muy concreta: la condición de la bendición de Dios es la entrega absoluta de todo en sus manos. ¡Alabado sea Dios! Si nuestro corazón está dispuesto a ello, no hay límite para lo que Dios hará por nosotros, ni para la bendición que Dios derramará.
Entrega absoluta: déjame decirte de dónde saqué esas palabras. Yo mismo las he usado a menudo, y tú las has oído innumerables veces. Pero una vez, en Escocia, estaba en una reunión donde hablábamos de la condición de la Iglesia de Cristo, y de cuál es la gran necesidad de la Iglesia y de los creyentes; y había entre nosotros un obrero piadoso que tiene mucho que ver con la formación de obreros, y le pregunté qué diría él que era la gran necesidad de la Iglesia, y el mensaje que se debía predicar. Él respondió muy serena, sencilla y resueltamente:
«La entrega absoluta a Dios es lo único».
Aquellas palabras me impactaron como nunca antes. Y aquel hombre comenzó a contar cómo, entre los obreros con quienes trataba, descubre que si están firmes en ese punto, aunque estén poco avanzados, se dejan enseñar y ayudar, y siempre progresan; mientras que otros que no están firmes en eso muy a menudo retroceden y abandonan la obra. La condición para obtener la plena bendición de Dios es la entrega absoluta a Él.
Y ahora, por la gracia de Dios, deseo darte este mensaje: que tu Dios en el cielo responde a las oraciones que has elevado pidiendo bendición para ti mismo y para los que te rodean, con una sola demanda: ¿Estás dispuesto a entregarte absolutamente en sus manos? ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta? Dios sabe que hay cientos de corazones que lo han dicho, y hay cientos más que anhelan decirlo pero apenas se atreven a hacerlo. Y hay corazones que lo han dicho, pero que aun así han fracasado miserablemente, y que se sienten condenados porque no hallaron el secreto del poder para vivir esa vida. ¡Que Dios tenga una palabra para todos!
Permíteme decir, ante todo, que Dios lo reclama de nosotros.
Dios espera tu entrega
Sí, tiene su fundamento en la naturaleza misma de Dios. Dios no puede hacer otra cosa. ¿Quién es Dios? Él es la Fuente de la vida, el único Origen de la existencia, del poder y de la bondad, y en todo el universo no hay nada bueno sino lo que Dios obra. Dios ha creado el sol, y la luna, y las estrellas, y las flores, y los árboles, y la hierba; ¿y no están todos absolutamente entregados a Dios? ¿No dejan que Dios obre en ellos justo lo que a Él le place? Cuando Dios reviste al lirio de su hermosura, ¿no está este cedido, entregado, puesto en manos de Dios mientras Él obra su hermosura? Y en cuanto a los hijos redimidos de Dios, oh, ¿acaso puedes pensar que Dios puede realizar su obra si solo la mitad o una parte de ellos está entregada? Dios no puede hacerlo. Dios es vida, y amor, y bendición, y poder, y hermosura infinita, y Dios se deleita en comunicarse a todo hijo que esté preparado para recibirlo; pero ¡ay!, esta única falta de entrega absoluta es precisamente lo que estorba a Dios. Y ahora Él viene, y como Dios, lo reclama.
En la vida diaria sabes lo que es la entrega absoluta. Sabes que cada cosa debe entregarse a su objeto y servicio propio y definido. Tengo una pluma en el bolsillo, y esa pluma está absolutamente entregada a la única tarea de escribir, y esa pluma debe estar absolutamente entregada a mi mano para que yo pueda escribir bien con ella. Si otro la sujeta en parte, no puedo escribir bien. Este abrigo está absolutamente entregado a mí para cubrir mi cuerpo. Este edificio está enteramente dedicado a los cultos religiosos. Y ahora, ¿esperas que en tu ser inmortal, en la naturaleza divina que has recibido por la regeneración, Dios pueda realizar su obra, cada día y cada hora, a menos que estés enteramente entregado a Él? Dios no puede. El templo de Salomón fue absolutamente entregado a Dios cuando le fue dedicado. Y cada uno de nosotros es un templo de Dios, en el cual Dios morará y obrará poderosamente con una sola condición: la entrega absoluta a Él. Dios la reclama, Dios es digno de ella, y sin ella Dios no puede realizar su bendita obra en nosotros.
Dios no solo la reclama, sino que Dios mismo la obrará.
Dios realiza tu entrega
Estoy seguro de que hay muchos corazones que dicen: «¡Ah, pero esa entrega absoluta implica tanto!». Alguno dice: «Oh, he pasado por tantas pruebas y sufrimientos, y aún queda tanto de la vida propia, y no me atrevo a afrontar su entrega total, porque sé que causará tanta angustia y agonía».
¡Ay, ay, que los hijos de Dios tengan tales pensamientos de Él, pensamientos tan crueles! Oh, vengo a ti con un mensaje, alma temerosa y angustiada. Dios no te pide que hagas la entrega perfecta con tus fuerzas, ni por el poder de tu voluntad; Dios está dispuesto a obrarla en ti. ¿No leemos acaso: «porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13)? Y eso es lo que debemos buscar: postrarnos sobre nuestro rostro delante de Dios, hasta que nuestro corazón aprenda a creer que el Dios eterno mismo entrará para echar fuera lo que está mal, para vencer lo que es malo, y para obrar lo que le agrada a su bendita vista. Dios mismo lo obrará en ti.
Mira a los hombres del Antiguo Testamento, como Abraham. ¿Crees que fue por casualidad que Dios halló a aquel hombre, el padre de los fieles y el amigo de Dios, y que fue Abraham mismo, aparte de Dios, quien tuvo tal fe, tal obediencia y tal devoción? Sabes que no es así. Dios lo levantó y lo preparó como instrumento para su gloria.
¿No le dijo Dios a Faraón: «Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder» (Éx. 9:16)?
Y si Dios dijo eso de él, ¿no lo dirá mucho más de cada hijo suyo?
Oh, quiero animarte, y quiero que arrojes lejos todo temor. Ven con ese deseo débil; y si está ese temor que dice: «Oh, mi deseo no es bastante fuerte, no estoy dispuesto a todo lo que pueda venir, no me siento lo bastante valiente para decir que puedo vencerlo todo», te ruego que aprendas a conocer y a confiar en tu Dios ahora mismo. Di: «Dios mío, estoy dispuesto a que tú me hagas dispuesto». Si hay algo que te retiene, o algún sacrificio que temes hacer, ven a Dios ahora, y comprueba cuán bondadoso es tu Dios, y no temas que Él te exija lo que no habrá de conceder.
Dios viene y se ofrece a obrar en ti esta entrega absoluta. Todas esas búsquedas y hambres y anhelos que hay en tu corazón, te digo que son los atractivos del imán divino, Cristo Jesús. Él vivió una vida de entrega absoluta, Él te posee; Él vive en tu corazón por su Espíritu Santo. Lo has estorbado y estorbado terriblemente, pero Él desea ayudarte a aferrarte a Él por completo. Y viene y te atrae ahora por su mensaje y sus palabras. ¿No vendrás a confiar en que Dios obre en ti esa entrega absoluta a sí mismo? Sí, ¡bendito sea Dios!, Él puede hacerlo, y lo hará.
Dios no solo la reclama y la obra, sino que Dios la acepta cuando se la traemos.
Dios acepta tu entrega
Dios la obra en lo secreto de nuestro corazón, Dios nos impulsa por el poder oculto de su Espíritu Santo a venir y expresarla, y nosotros hemos de traer y rendirle esa entrega absoluta. Pero recuerda: cuando vengas y traigas a Dios esa entrega absoluta, puede que, en cuanto a tus sentimientos o tu conciencia, sea algo muy imperfecto, y puede que dudes y vaciles y digas:
«¿Es absoluta?»
Pero, oh, recuerda que hubo una vez un hombre a quien Cristo le había dicho:
«Si puedes creer, al que cree todo le es posible» (Marcos 9:23).
Y su corazón tuvo miedo, y clamó:
«Creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24).
Aquella fue una fe que triunfó sobre el diablo, y el espíritu malo fue expulsado. Y si vienes y dices: «Señor, me rindo en entrega absoluta a mi Dios», aunque sea con el corazón tembloroso y con la conciencia de: «No siento el poder, no siento la determinación, no siento la seguridad», lo lograrás. No temas, sino ven tal como estás, y aun en medio de tu temblor el poder del Espíritu Santo obrará.
¿No has aprendido todavía la lección de que el Espíritu Santo obra con gran poder, mientras que del lado humano todo parece débil? Mira al Señor Jesucristo en Getsemaní. Leemos que Él, «mediante el Espíritu eterno» (Hebreos 9:14), se ofreció a sí mismo como sacrificio a Dios. El Espíritu todopoderoso de Dios lo capacitaba para hacerlo. Y sin embargo, ¡qué agonía y temor y profunda tristeza vinieron sobre Él, y cómo oró! Por fuera no puedes ver señal alguna del gran poder del Espíritu, pero el Espíritu de Dios estaba allí. Y así también, mientras tú estás débil y luchando y temblando, con fe en la obra oculta del Espíritu de Dios, no temas, sino entrégate.
Y cuando te rindas en entrega absoluta, que sea con la fe de que Dios la acepta ahora mismo. Ese es el gran punto, y eso es lo que tantas veces pasamos por alto: que los creyentes estén así ocupados con Dios en este asunto de la entrega. Te ruego que estés ocupado con Dios. Todos queremos recibir ayuda, cada uno de nosotros, para que en nuestra vida diaria Dios nos sea más claro, Dios tenga el lugar debido, y sea «todo en todos». Y si hemos de tener eso a lo largo de la vida, comencemos ahora y apartemos la mirada de nosotros mismos, y miremos a Dios. Que cada uno crea que —mientras yo, un pobre gusano en la tierra y un tembloroso hijo de Dios, lleno de fracaso, pecado y temor, me inclino aquí, y nadie sabe lo que pasa por mi corazón, y mientras con sencillez digo: Oh Dios, acepto tus condiciones; he suplicado bendición para mí y para otros, he aceptado tus condiciones de entrega absoluta—, mientras tu corazón dice eso en profundo silencio, recuerda que hay un Dios presente que lo toma en cuenta, y lo escribe en su libro, y hay un Dios presente que en ese mismo momento toma posesión de ti. Puede que no lo sientas, puede que no lo percibas, pero Dios toma posesión si confías en Él.
Dios no solo la reclama, y la obra, y la acepta cuando la traigo, sino que Dios la sostiene.
Dios sostiene tu entrega
Esa es la gran dificultad de muchos. La gente dice: «A menudo me he sentido conmovido en una reunión, o en una convención, y me he consagrado a Dios, pero se ha desvanecido. Sé que puede durar una semana o un mes, pero luego se apaga, y al cabo de un tiempo todo ha desaparecido».
¡Pero escucha! Es porque no crees lo que ahora voy a decirte y a recordarte. Cuando Dios ha comenzado en ti la obra de la entrega absoluta, y cuando Dios ha aceptado tu entrega, entonces Dios se considera obligado a cuidarla y a guardarla. ¿Lo creerás?
En este asunto de la entrega hay dos: Dios y yo; yo un gusano, Dios el eterno y omnipotente Jehová. Gusano, ¿tendrás miedo de confiarte a este Dios poderoso ahora mismo? Dios está dispuesto. ¿No crees que Él puede guardarte continuamente, día tras día, y momento a momento?
Momento a momento soy guardado en su amor;
momento a momento tengo vida de lo alto.
Si Dios permite que el sol brille sobre ti momento a momento, sin interrupción, ¿no dejará Dios que su vida brille sobre ti a cada momento? ¿Y por qué no lo has experimentado? Porque no has confiado en Dios para ello, y no te entregas absolutamente a Dios en esa confianza.
Una vida de entrega absoluta tiene sus dificultades. No lo niego. Es más, tiene algo mucho mayor que dificultades: es una vida que para los hombres es absolutamente imposible. Pero por la gracia de Dios, por el poder de Dios, por el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros, es una vida a la cual estamos destinados, y una vida que nos es posible, ¡alabado sea Dios! Creamos que Dios la sostendrá.
Quizás hayas leído las palabras de aquel anciano santo que, en su nonagésimo cumpleaños, contó toda la bondad de Dios para con él; me refiero a George Müller. ¿Qué dijo él que creía que era el secreto de su felicidad, y de toda la bendición que Dios le había dado? Dijo que creía que había dos razones. La una era que la gracia le había capacitado para mantener una buena conciencia delante de Dios día tras día; la otra era que amaba la Palabra de Dios. Ah, sí, una buena conciencia es la obediencia completa a Dios día tras día, y la comunión con Dios cada día en su Palabra, y la oración: eso es una vida de entrega absoluta.
Tal vida tiene dos lados: por un lado, la entrega absoluta para hacer lo que Dios quiere que tú hagas; por el otro, dejar que Dios obre lo que Él quiere hacer.
Primero, hacer lo que Dios quiere que tú hagas.
Entrégate absolutamente a la voluntad de Dios. Algo sabes de esa voluntad; no lo suficiente, ni de lejos todo. Pero dile de manera absoluta al Señor Dios: «Por tu gracia deseo hacer tu voluntad en todo, cada momento de cada día». Di: «Señor Dios, que no haya una palabra en mi lengua sino para tu gloria, ni un movimiento de mi carácter sino para tu gloria, ni un afecto de amor u odio en mi corazón sino para tu gloria, y conforme a tu bendita voluntad».
Alguno dice: «¿Crees que eso es posible?»
Yo pregunto: ¿qué te ha prometido Dios, y qué puede hacer Dios para llenar un vaso absolutamente entregado a Él? Oh, Dios quiere bendecirte de un modo que supera lo que esperas. Desde el principio, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9). Dios ha preparado cosas inauditas, bendiciones mucho más maravillosas de lo que puedes imaginar, más poderosas de lo que puedes concebir. Son bendiciones divinas. Oh, di ahora:
«Me entrego absolutamente a Dios, a su voluntad, para hacer solo lo que Dios quiere».
Es Dios quien te capacitará para llevar a cabo la entrega.
Y, por el otro lado, ven y di: «Me entrego absolutamente a Dios, para dejarle obrar en mí tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad, como ha prometido hacer».
Sí, el Dios vivo quiere obrar en sus hijos de un modo que no podemos comprender, pero que la Palabra de Dios ha revelado, y quiere obrar en nosotros cada momento del día. Dios está dispuesto a sostener nuestra vida. Solo que nuestra entrega absoluta sea de una confianza sencilla, infantil e ilimitada.
Dios bendice cuando te entregas
Esta entrega absoluta a Dios traerá una bendición maravillosa.
Lo que Acab le dijo a su enemigo, el rey Ben-adad —«rey señor mío, como tú dices, yo soy tuyo, y todo lo que tengo»—, ¿no se lo diremos a nuestro Dios y amoroso Padre? Si lo decimos, la bendición de Dios vendrá sobre nosotros. Dios quiere que estemos separados del mundo; somos llamados a salir del mundo que aborrece a Dios. Sal por Dios, y di: «Señor, cualquier cosa por ti». Si lo dices con oración, y lo hablas al oído de Dios, Él lo aceptará, y te enseñará lo que significa.
Lo digo de nuevo: Dios te bendecirá. Has estado orando por bendición. Pero recuerda: tiene que haber entrega absoluta. En cualquier mesa de té lo ves. ¿Por qué se vierte el té en aquella taza? Porque está vacía, y entregada para el té. Pero pon en ella tinta, o vinagre, o vino, ¿verterán el té en el recipiente? ¿Y puede Dios llenarte, puede Dios bendecirte, si no estás absolutamente entregado a Él? No puede. Creamos que Dios tiene bendiciones maravillosas para nosotros, con tal que nos pongamos de parte de Dios, y digamos, sea con voluntad temblorosa, pero con corazón creyente:
«Oh Dios, acepto tus demandas. Yo soy tuyo, y todo lo que tengo. La entrega absoluta es lo que mi alma te rinde por la gracia divina».
Quizá no tengas sentimientos de liberación tan fuertes y claros como quisieras tener, pero humíllate ante su presencia, y reconoce que has contristado al Espíritu Santo con tu propia voluntad, tu propia confianza y tu propio esfuerzo. Inclínate humildemente ante Él confesando eso, y pídele que quebrante tu corazón y te lleve hasta el polvo delante de Él. Entonces, mientras te inclinas ante Él, acepta simplemente la enseñanza de Dios de que en tu carne «no mora el bien» (Romanos 7:18), y que nada te ayudará sino otra vida que debe entrar. Debes negarte a ti mismo de una vez por todas. Negarte a ti mismo debe ser a cada momento el poder de tu vida, y entonces Cristo entrará y tomará posesión de ti.
¿Cuándo fue liberado Pedro? ¿Cuándo se realizó el cambio? El cambio comenzó con Pedro llorando, y el Espíritu Santo descendió y llenó su corazón.
A Dios el Padre le encanta darnos el poder del Espíritu. Tenemos al Espíritu de Dios morando dentro de nosotros. Venimos a Dios confesando eso, y alabándole por ello, y a la vez confesando cómo hemos contristado al Espíritu. Y entonces doblamos nuestras rodillas ante el Padre para pedirle que nos fortalezca con poder en el hombre interior por su Espíritu, y que nos llene de su gran poder. Y a medida que el Espíritu nos revela a Cristo, Cristo viene a vivir en nuestro corazón para siempre, y la vida propia es echada fuera.
Inclinémonos ante Dios en humildad, y en esa humildad confesemos delante de Él el estado de toda la Iglesia. No hay palabras que puedan expresar el triste estado de la Iglesia de Cristo en la tierra. Ojalá tuviera palabras para decir lo que a veces siento al respecto. Piensa tan solo en los cristianos que te rodean. No hablo de cristianos nominales, ni de cristianos de profesión, sino que hablo de cientos y miles de cristianos sinceros y fervientes que no viven una vida en el poder de Dios ni para su gloria. ¡Tan poco poder, tan poca devoción o consagración a Dios, tan poca percepción de la verdad de que un cristiano es un hombre totalmente entregado a la voluntad de Dios! Oh, queremos confesar los pecados del pueblo de Dios que nos rodea, y humillarnos. Somos miembros de ese cuerpo enfermizo, y la enfermedad del cuerpo nos estorbará, y nos quebrantará, a menos que vengamos a Dios y, en confesión, nos separemos de toda complicidad con la mundanalidad y con la frialdad de unos hacia otros, a menos que nos entreguemos a ser entera y totalmente para Dios.
¡Cuánta obra cristiana se hace en el espíritu de la carne y en el poder del yo! ¡Cuánta obra, día tras día, en la que la energía humana —nuestra voluntad y nuestros pensamientos acerca de la obra— se manifiesta continuamente, y en la que hay muy poco de esperar en Dios y en el poder del Espíritu Santo! Hagamos confesión. Pero al confesar el estado de la Iglesia y la debilidad y pecaminosidad de la obra que hacemos para Dios, volvamos a nosotros mismos. ¿Quién hay que verdaderamente anhele ser librado del poder de la vida propia, que verdaderamente reconozca que es el poder del yo y de la carne, y que esté dispuesto a echarlo todo a los pies de Cristo? Hay liberación.
Oí de uno que había sido un cristiano ferviente, y que hablaba del «cruel» pensamiento de la separación y la muerte. Pero tú no piensas eso, ¿verdad? ¿Qué hemos de pensar de la separación y la muerte? Esto: la muerte fue el camino a la gloria para Cristo. Por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz. La cruz fue la cuna de su gloria eterna. ¿Amas a Cristo? ¿Anhelas estar en Cristo y ser semejante a Él? Que la muerte sea para ti lo más deseable en la tierra: la muerte al yo, y la comunión con Cristo. La separación... ¿te parece cosa dura ser llamado a estar enteramente libre del mundo, y por esa separación quedar unido a Dios y a su amor, por la separación quedar preparado para vivir y andar con Dios cada día? Sin duda uno debería decir:
«Cualquier cosa que me lleve a la separación, a la muerte, por una vida de plena comunión con Dios y con Cristo».
Ven y echa esta vida propia y esta vida de la carne a los pies de Jesús. Luego confía en Él. No te inquietes tratando de entenderlo todo, sino ven con la fe viva de que Cristo entrará en ti con el poder de su muerte y el poder de su vida; y entonces el Espíritu Santo traerá al Cristo entero —Cristo crucificado y resucitado y viviente en gloria— a tu corazón.
Capítulo 1 completado
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