Una Retrospectiva
Primeras experiencias misioneras

Capítulo 9 · 6 min de lectura

Primeras experiencias misioneras

AL desembarcar en Shanghái el 1 de marzo de 1854, me encontré rodeado de dificultades del todo inesperadas. Una banda de rebeldes, conocidos como los «Turbantes Rojos», se había apoderado de la ciudad nativa, frente a la cual estaba acampado un ejército imperial de cuarenta a cincuenta mil hombres, que eran para la pequeña comunidad europea una fuente de incomodidad y de peligro mucho mayor que los mismos rebeldes. Al desembarcar, se me dijo que vivir fuera del Asentamiento era imposible, mientras que dentro de la concesión extranjera apenas se conseguían habitaciones a ningún precio. El dólar, que ahora vale unos tres chelines, había subido a un valor de ocho chelines con nueve peniques, y el panorama para quien solo contaba con una pequeña renta en dinero inglés era en verdad sombrío. Sin embargo, yo llevaba tres cartas de presentación, y contaba con consejo y ayuda, especialmente de uno de aquellos a quienes había sido recomendado, cuyos amigos yo conocía bien y estimaba en mucho. Por supuesto, lo busqué enseguida, solo para enterarme de que había sido sepultado uno o dos meses antes, habiendo muerto de fiebre durante el tiempo de mi travesía.

Entristecido por estas noticias, pregunté por un misionero a quien iba dirigida otra de mis cartas de presentación; pero me aguardaba una nueva decepción: había partido para América. Quedaba la tercera carta; pero como me la había dado un desconocido relativo, esperaba de ella menos que de las otras dos. Resultó, sin embargo, ser el canal de ayuda de Dios. El reverendo doctor Medhurst, de la Misión de Londres, a quien iba dirigida, me presentó al doctor Lockhart, quien bondadosamente me permitió vivir con él durante seis meses. El doctor Medhurst me consiguió mi primer maestro de chino; y él, el doctor Edkins y el difunto señor Alexander Wylie me prestaron considerable ayuda con el idioma.

Aquellos fueron, en verdad, tiempos revueltos, y tiempos de peligro. Saliendo un día de la ciudad con el señor Wylie, este entró en conversación con dos culíes, mientras aguardábamos un rato en la Puerta Oriental a un compañero que venía tras de nosotros. Antes de que nuestro compañero nos alcanzara, comenzó un ataque contra la ciudad desde las baterías situadas en la orilla opuesta del río, lo cual nos obligó a alejarnos de prisa a un lugar de menos peligro, pues el silbido de las balas se sentía desagradablemente cercano. Los culíes, por desgracia, se quedaron demasiado tiempo, y fueron heridos. Al llegar al Asentamiento nos detuvimos unos minutos para hacer una compra, y luego nos dirigimos enseguida al recinto de la Misión de Londres, donde, a la puerta del hospital, hallamos a los dos pobres culíes con quienes el señor Wylie había conversado, con sus cuatro tobillos terriblemente destrozados por una bala de cañón. Los pobres hombres rehusaron la amputación, y ambos murieron. Sentimos cuán estrecha había sido nuestra escapatoria.

En otra ocasión, muy de mañana, me había reunido con uno de los misioneros en su galería para contemplar la batalla que proseguía, a una distancia de acaso tres cuartos de milla, cuando de repente una bala perdida pasó entre nosotros y se incrustó en la pared de la galería. Otro día, mi amigo el señor Wylie dejó un libro sobre la mesa después del almuerzo, y al volver por él unos cinco minutos más tarde, halló que el brazo de la silla en que había estado sentado había sido arrancado de cuajo por un disparo. Pero en medio de estos y de otros muchos peligros, Dios nos protegió.

Tras seis meses de estancia con el doctor Lockhart, alquilé una casa nativa fuera del Asentamiento, y comencé una pequeña obra misionera entre mis vecinos chinos, la cual, por unos meses, siguió siendo practicable. Cuando los franceses se unieron a los imperiales para atacar la ciudad, la posición de mi casa se volvió tan peligrosa que, durante las últimas semanas, a causa de las escaramuzas que se repetían cada noche, renuncié a intentar dormir salvo de día. Una noche apareció un incendio muy cerca, y trepé a un pequeño observatorio que había dispuesto en el tejado de la casa, para ver si era necesario intentar huir. Estando allí, una bala golpeó el caballete del tejado en el lado opuesto del patio, esparciendo pedazos de teja rota por todo alrededor de mí, mientras que la bala misma rodó hasta el patio de abajo. Pesaba cuatro o cinco libras; y de haber venido unas pulgadas más alta, probablemente habría descargado su fuerza sobre mí en lugar de sobre el edificio. Mi querida madre guardó la bala durante muchos años. Poco después de esto tuve que abandonar la casa y regresar al Asentamiento Extranjero: paso que no se dio demasiado pronto, pues antes de que se retirara lo último de mis pertenencias, la casa fue reducida a cenizas.

De las pruebas de este primer período apenas es posible dar una idea adecuada. Para alguien de naturaleza sensible, los horrores, las atrocidades y la miseria ligadas a la guerra fueron una terrible prueba. También el apuro económico de aquellos tiempos era considerable. Con una renta de solo ochenta libras al año, me vi obligado, al trasladarme al Asentamiento, a pagar ciento veinte de alquiler, y a subarrendar la mitad de la casa; y aunque el Comité de la Sociedad de Evangelización de China aumentó mi renta cuando, tras la llegada del doctor Parker, supieron más de nuestras circunstancias, hubo que pasar necesariamente por muchas experiencias dolorosas. Pocos pueden imaginar cuán angustiantes parecían estas dificultades a un obrero tan joven y sin experiencia, ni la intensa soledad de la posición de un pionero que no podía siquiera insinuar muchas de sus circunstancias, pues hacerlo habría sido una tácita petición de ayuda.

El gran enemigo siempre está presto con su repetida sugestión: «Todas estas cosas son contra mí.» Pero ¡oh, cuán falsa es esa palabra! El frío, y aun el hambre, las vigilias y el desvelo de las noches de peligro, y el sentimiento, a veces, de total aislamiento y desamparo, fueron bien y sabiamente escogidos, y con ternura y amor dispensados. ¿Qué circunstancias podrían haber hecho más dulce la Palabra de Dios, más real la presencia de Dios, más preciosa la ayuda de Dios? Fueron tiempos, en verdad, de vaciamiento y humillación, pero fueron experiencias que no avergonzaron, y que fortalecieron el propósito de seguir adelante según Dios lo dispusiera, con Su probada promesa: «No te dejaré, ni te desampararé.» Se puede ver, aun ahora, que en cuanto a Dios, perfecto es Su camino, y con todo cabe alegrarse de que la senda misionera de hoy sea comparativamente llana y fácil.

Viajar hacia el interior era contrario a los acuerdos del tratado, y venía acompañado de mucha dificultad, especialmente durante algún tiempo después de la batalla de Muddy Flat, en la cual un contingente angloamericano de unos trescientos infantes de marina y marineros, con un cuerpo de voluntarios de menos de un centenar de residentes, atacó el campamento imperial e hizo huir de treinta a cincuenta mil soldados chinos, pues el alcance de nuestros disparos y proyectiles dejaba inútil la artillería nativa. Aun así, en el otoño de 1854 se realizó con felicidad un viaje de acaso una semana de duración con el doctor Edkins, quien por supuesto se encargó de hablar y predicar, mientras que yo pude ayudar en la distribución de libros.


Capítulo 9 completado

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