Una Retrospectiva
La vida en Londres

Capítulo 5 · 9 min de lectura

La vida en Londres

No debo intentar ahora detallar las maneras en que el Señor tuvo a bien —muchas veces para sorpresa mía, y también para mi deleite— ayudarme de vez en cuando. Pronto descubrí que no era posible vivir en Londres con tanta economía como en Hull. Para reducir gastos compartí una habitación con un primo, a cuatro millas del hospital, corriendo yo con mi propia manutención; y tras varios experimentos comprobé que la manera más económica era vivir casi exclusivamente de pan integral y agua. Así pude hacer que los recursos que Dios me daba durasen todo lo posible. Algunos de mis gastos no podía disminuirlos, pero mi manutención estaba en gran parte bajo mi propio control. Una gran hogaza de pan integral de dos peniques, comprada a diario en mi larga caminata desde el hospital, me proporcionaba la cena y el desayuno; y con esa dieta, más unas pocas manzanas para el almuerzo, lograba caminar ocho o nueve millas al día, además de andar bastante a pie mientras asistía a la práctica del hospital y de la escuela de medicina.

Debo referirme a un incidente que ocurrió justo por esta época. El esposo de mi antigua casera en Hull era el primer oficial de un barco que zarpaba de Londres, y al recibir yo mensualmente la mitad de su paga y remitírsela a ella, podía ahorrarle el costo de una comisión. Esto lo había estado haciendo durante varios meses, cuando ella me escribió pidiéndome que obtuviera el siguiente pago lo antes posible, pues casi vencía su alquiler y contaba con esa suma para cubrirlo. La petición llegó en un momento inoportuno. Yo trabajaba con ahínco para un examen, con la esperanza de obtener una beca que me sería de utilidad, y sentía que difícilmente podía disponer del tiempo para ir, durante la parte más ocupada del día, hasta la ciudad a conseguir el dinero. Tenía, sin embargo, suficiente de lo mío a mano para poder enviar la suma requerida. Hice, pues, la remesa, proponéndome ir, en cuanto terminara el examen, a cobrar la asignación habitual con que reembolsarme.

Antes de la fecha del examen, la escuela de medicina cerró un día con motivo del funeral del duque de Wellington, y tuve la oportunidad de ir enseguida a la oficina, que estaba situada en una calle de Cheapside, a solicitar la cantidad debida. Para mi sorpresa y consternación, el empleado me dijo que no podía pagarla, pues el oficial en cuestión había huido de su barco y se había marchado a los yacimientos de oro. «Bien», comenté, «esto me resulta muy inconveniente, pues ya he adelantado el dinero, y sé que su esposa no tendrá medios para reembolsármelo». El empleado dijo que lo lamentaba, pero que por supuesto solo podía actuar conforme a las órdenes recibidas; así que no había remedio para mí por ese lado. Un poco más de tiempo y reflexión, sin embargo, trajeron a mi mente la reconfortante conclusión de que, como yo dependía del Señor para todo, y sus recursos no eran limitados, era cosa de poca importancia verme llevado un poco antes o un poco después a la situación de necesitar nuevas provisiones de su parte; y así, el gozo y la paz no se vieron perturbados por mucho tiempo.

Muy poco después de esto, posiblemente esa misma tarde, mientras cosía unas hojas de papel en las que tomar apuntes de las clases, me pinché por accidente el índice de la mano derecha, y a los pocos momentos me olvidé por completo del asunto. Al día siguiente, en el hospital, seguí disecando como antes. El cadáver era el de una persona que había muerto de fiebre, y resultaba más desagradable y peligroso de lo habitual. Apenas necesito decir que quienes trabajábamos en él disecábamos con especial cuidado, sabiendo que el más leve rasguño podía costarnos la vida. Antes de que la mañana estuviera muy avanzada, empecé a sentirme muy cansado, y al recorrer las salas de cirugía al mediodía me vi obligado a salir corriendo, sintiéndome de pronto muy indispuesto: una circunstancia de lo más insólita en mí, pues tomaba poco alimento y nada que pudiera sentarme mal. Después de sentirme desfallecido durante un rato, un trago de agua fría me reanimó, y pude reunirme de nuevo con los estudiantes. No obstante, me fui sintiendo cada vez peor, y antes de que terminara la clase de cirugía de la tarde me resultó imposible sostener el lápiz y seguir tomando apuntes. Para cuando concluyó la clase siguiente, todo el brazo y el costado derecho me ardían de un dolor intenso, y tenía tanto el aspecto como la sensación de estar muy enfermo.

Al ver que no podía reanudar el trabajo, entré en la sala de disección para vendar la parte en que estaba ocupado y guardar mis instrumentos, y le dije al instructor de disección, que era un cirujano muy hábil: «No consigo imaginar qué me ha sobrevenido», describiéndole los síntomas. «Vaya», dijo él, «lo que ha ocurrido está bastante claro: debes de haberte cortado al disecar, y ya sabes que este es un caso de fiebre maligna». Le aseguré que había tenido sumo cuidado, y que estaba del todo seguro de que no tenía ningún corte ni rasguño. «Pues», respondió, «sin duda alguna tuviste que hacértelo»; y examinó mi mano muy de cerca para hallarlo, pero en vano. De repente me acordé de que la noche anterior me había pinchado el dedo, y le pregunté si era posible que un pinchazo de aguja, en aquel momento, hubiera podido quedar aún sin cerrar. Su opinión fue que esa era probablemente la causa del mal, y me aconsejó que tomara un coche de alquiler, condujera a casa lo más rápido que pudiera y arreglara mis asuntos sin demora. «Porque», dijo, «eres hombre muerto».

Mi primer pensamiento fue de pena por no poder ir a China; pero muy pronto vino el sentimiento: «A menos que esté muy equivocado, tengo una obra que hacer en China, y no moriré». Me alegró, sin embargo, aprovechar la ocasión para hablarle a mi amigo médico, que era un escéptico convencido en cuanto a las cosas espirituales, del gozo que me daba la perspectiva de estar quizá pronto con mi Maestro; diciéndole al mismo tiempo que no creía que fuera a morir, pues, a menos que estuviera muy equivocado, tenía una obra que hacer en China; y si así era, por severa que fuese la lucha, había de salir adelante. «Todo eso está muy bien», respondió, «pero toma un coche de alquiler y conduce a casa lo más rápido que puedas. No tienes tiempo que perder, porque pronto serás incapaz de poner en orden tus asuntos».

Sonreí un poco ante la idea de conducir a casa en un coche de alquiler, pues para entonces mis recursos estaban demasiado agotados para permitir tal gestión, y me dispuse a recorrer a pie la distancia, si me era posible. Al poco, sin embargo, me fallaron las fuerzas, y sentí que de nada servía intentar llegar a casa caminando. Valiéndome de un ómnibus desde la iglesia de Whitechapel hasta Farringdon Street, y de otro desde Farringdon Street en adelante, llegué, con gran sufrimiento, a las inmediaciones de Soho Square, detrás del cual vivía. Al entrar en la casa conseguí un poco de agua caliente de la sirvienta, y encareciéndole con toda seriedad —literalmente como un moribundo— que aceptara la vida eterna como el don de Dios por medio de Jesucristo, me bañé la cabeza y me sajé el dedo, con la esperanza de dejar salir algo de la sangre envenenada. El dolor era muy intenso; me desmayé, y quedé por algún tiempo sin conocimiento, tanto que, cuando volví en mí, hallé que me habían llevado a la cama.

Un tío mío que vivía cerca había venido, y mandó llamar a su propio médico, un cirujano ayudante del Hospital Westminster. Le aseguré a mi tío que la ayuda médica no me sería de ningún provecho, y que no deseaba incurrir en el gasto que suponía. Él, sin embargo, me tranquilizó al respecto, diciendo que había mandado llamar a su propio médico, y que la cuenta correría por su cuenta. Cuando llegó el cirujano y se enteró de todos los pormenores, dijo: «Bien, si has vivido con moderación, quizá salgas de esta; pero si te has dado a la cerveza y a esa clase de cosas, no tienes ninguna posibilidad». Pensé que, si la vida sobria había de servir de algo, pocos podían tener mejor posibilidad, pues durante bastante tiempo mi dieta había sido poco más que pan y agua. Le dije que había vivido con sobriedad, y que había comprobado que ello me ayudaba en el estudio. «Pero ahora», dijo, «debes mantener las fuerzas, pues será una lucha bastante dura». Y me recetó una botella de vino de Oporto cada día, y tantas chuletas como pudiera consumir. De nuevo sonreí para mis adentros, no teniendo medios para la compra de tales lujos. Mas también esta dificultad la resolvió mi bondadoso tío, que me envió enseguida todo lo necesario.

A pesar de la agonía que padecía, me preocupaba mucho que no se pusiera en conocimiento de mis queridos padres mi estado. La reflexión y la oración me habían convencido de que no iba a morir, sino que en verdad había una obra que yo debía hacer en China. Si mis queridos padres subían y me encontraban en aquella condición, perdería la oportunidad de ver cómo Dios iba a obrar por mí, ahora que mi dinero casi se había acabado. Así que, tras orar pidiendo dirección, obtuve de mi tío y de mi primo la promesa de no escribir a mis padres, sino de dejar que yo mismo me comunicara con ellos. Sentí que era una respuesta muy clara a la oración cuando me dieron esa promesa, y tuve cuidado de aplazar toda comunicación con ellos hasta que la crisis hubiera pasado y lo peor del ataque quedara atrás. En casa sabían que yo trabajaba con ahínco para un examen, y no se extrañaron de mi silencio.

Días y noches de sufrimiento pasaron lentamente; pero al fin, tras varias semanas, me hallé suficientemente restablecido para salir de mi habitación; y entonces supe que dos hombres, aunque no del Hospital de Londres, que habían sufrido heridas de disección al mismo tiempo que yo, habían sucumbido ambos, mientras que a mí se me perdonó la vida, en respuesta a la oración, para trabajar para Dios en China.


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