Capítulo 4 · 8 min de lectura
Más respuestas a la oración
El notable y bondadoso auxilio del que he hablado fue para mí un gran gozo, además de una firme confirmación de la fe; pero, por supuesto, diez chelines, por muy económicamente que se usaran, no alcanzan para mucho, y no dejaba de ser necesario continuar en oración, pidiendo que la suma mayor que aún se me debía fuese recordada y pagada. Sin embargo, todas mis peticiones parecían quedar sin respuesta; y antes de que transcurriera una quincena me encontré poco más o menos en la misma situación que había ocupado la noche del domingo ya hecha tan memorable. Entretanto, seguí rogando a Dios, cada vez con mayor fervor, que tuviera a bien recordarle a mi patrón que mi salario estaba vencido. Por supuesto, no era la falta del dinero lo que me angustiaba —eso lo habría podido obtener en cualquier momento con solo pedirlo—, sino que la cuestión que más me ocupaba la mente era esta: «¿Puedo ir a China? ¿O acaso mi falta de fe y de poder con Dios resultará un obstáculo tan serio que me impida emprender este tan anhelado servicio?»
A medida que la semana llegaba a su fin, me sentí sumamente incómodo. No solo tenía que pensar en mí mismo; el sábado por la noche vencía un pago a mi casera cristiana, del cual sabía yo que ella no podía prescindir fácilmente. ¿No debía yo, por consideración a ella, hablar del asunto del salario? Y, sin embargo, hacerlo habría sido, al menos para mí, admitir que no estaba capacitado para emprender una empresa misionera. Dediqué casi todo el jueves y el viernes —todo el tiempo que no ocupaban mis labores necesarias— a luchar fervientemente con Dios en oración. Pero el sábado por la mañana seguía yo en la misma situación que antes. Y ahora mi clamor ferviente pedía dirección sobre si era mi deber romper el silencio y hablar con mi patrón, o si debía seguir esperando el tiempo del Padre. Hasta donde pude juzgar, recibí la seguridad de que esperar Su tiempo era lo mejor; y que Dios, de un modo u otro, intervendría a mi favor. Así que esperé, con el corazón ya en reposo y desaparecida la carga.
Hacia las cinco de aquella tarde de sábado, cuando el doctor había terminado de escribir sus recetas y hecho su última ronda del día, se echó hacia atrás en su sillón, como era su costumbre, y empezó a hablar de las cosas de Dios. Era un hombre verdaderamente cristiano, y disfrutamos juntos de muchas temporadas de comunión espiritual muy dichosa. En aquel momento yo vigilaba atentamente un cazo en el que hervía una decocción que exigía bastante cuidado. Fue, en verdad, una fortuna para mí que así fuera, pues sin ninguna conexión evidente con lo que veníamos hablando, de repente dijo: «A propósito, Taylor, ¿no vuelve a estar vencido su salario?» ¡Ya puede imaginarse mi emoción! Tuve que tragar saliva dos o tres veces antes de poder responder. Con la mirada fija en el cazo y de espaldas al doctor, le dije con toda la calma que pude que estaba vencido desde hacía algún tiempo. ¡Cuán agradecido me sentí en aquel momento! Sin duda Dios había oído mi oración y le había movido, en esta hora de mi gran necesidad, a acordarse del salario sin una palabra ni una insinuación de mi parte. Él respondió: «¡Ah, cuánto lamento que no me lo recordara! Ya sabe lo ocupado que estoy; ojalá se me hubiera ocurrido un poco antes, pues esta misma tarde envié al banco todo el dinero que tenía; de lo contrario, le pagaría ahora mismo.» Es imposible describir el vuelco de sentimientos que causó esta declaración inesperada. No sabía qué hacer. Por fortuna para mí, mi cazo rompió a hervir, y tuve un buen motivo para salir presuroso de la habitación con él. Bien contento estuve de escaparme y mantenerme fuera de la vista hasta que el doctor hubo regresado a su casa, y muy agradecido de que no hubiera advertido mi emoción.
En cuanto se marchó, tuve que buscar mi pequeño retiro y derramar mi corazón delante del Señor durante un buen rato, hasta que se me devolvieron la calma —y más que la calma—, la gratitud y el gozo. Sentí que Dios tenía Su propio camino y que no iba a fallarme. Yo había procurado conocer Su voluntad temprano en el día y, hasta donde pude juzgar, había recibido dirección para esperar con paciencia; y ahora Dios iba a obrar por mí de algún otro modo.
Aquella tarde la pasé, como solían pasar mis tardes de sábado, leyendo la Palabra y preparando los temas sobre los que esperaba hablar al día siguiente en las diversas casas de huéspedes. Esperé, quizá, un poco más de lo habitual. Por fin, hacia las diez, sin interrupción de ninguna clase, me puse el abrigo y me disponía a partir a casa, más bien agradecido de saber que a esa hora tendría que entrar con mi propia llave, pues mi casera se retiraba temprano a descansar. Aquella noche no había, ciertamente, remedio alguno; pero acaso Dios intervendría por mí para el lunes, y quizá pudiera pagar a mi casera a comienzos de la semana el dinero que le habría dado antes, de haber sido posible.
Justo cuando me disponía a bajar el gas, oí los pasos del doctor en el jardín que se extendía entre la vivienda y el consultorio. Reía para sus adentros con muchas ganas, como si algo le hiciera mucha gracia. Al entrar en el consultorio, pidió el libro de cuentas y me dijo que, por extraño que pareciera, uno de sus pacientes más ricos acababa de venir a pagar su factura médica; ¿no era una cosa singular de hacer? Nunca se me ocurrió que aquello pudiera tener relación alguna con mi caso particular, pues de lo contrario habría podido sentirme incómodo; pero, mirándolo sencillamente desde la posición de un espectador desinteresado, también a mí me hizo mucha gracia que un hombre que nadaba en riquezas viniera después de las diez de la noche a pagar una factura médica que cualquier día habría podido saldar con un cheque con la mayor facilidad. Al parecer, de un modo u otro no lograba quedarse tranquilo con aquello en la mente, y se había visto impelido a venir a hora tan inusual para saldar su deuda.
La cuenta quedó debidamente saldada en el libro, y el doctor estaba a punto de marcharse cuando, de repente, se volvió y, entregándome algunos de los billetes que acababa de recibir, dijo, para mi sorpresa y gratitud: «A propósito, Taylor, bien puede llevarse estos billetes; no tengo cambio, pero le daré el resto la semana que viene.» Una vez más quedé —sin que se descubrieran mis sentimientos— para volver a mi pequeño aposento y alabar al Señor con corazón gozoso porque, después de todo, quizá pudiera ir a China.
Para mí este incidente no fue algo trivial; y recordarlo a veces, en circunstancias de gran dificultad, en China o en otras partes, me ha resultado un consuelo y una fortaleza nada pequeños.
Con el tiempo se acercó el momento en que se juzgó conveniente que dejara Hull para asistir al curso de medicina del Hospital de Londres. Un breve período allí, y luego tenía todas las razones para creer que comenzaría la obra de mi vida en China. Pero por mucho que me hubiera regocijado en la disposición de Dios a oír y responder la oración y a ayudar a su hijo mitad confiado, mitad tímido, sentía que no podía ir a China sin haber desarrollado y probado aún más mi capacidad de descansar en Su fidelidad; y providencialmente se me brindó una notable ocasión de hacerlo.
Mi querido padre se había ofrecido a costear todos los gastos de mi estancia en Londres. Sabía yo, sin embargo, que, a causa de pérdidas recientes, ello significaría para él un sacrificio considerable emprenderlo justo cuando parecía necesario que yo siguiera adelante. Poco antes había trabado conocimiento con el Comité de la Sociedad para la Evangelización de China, en relación con la cual finalmente partí hacia China, y en especial con su secretario, mi estimado y muy querido amigo el señor George Pearse, entonces de la Bolsa de Valores, pero ahora[1], y desde hace muchos años, él mismo misionero. Sin saber de la propuesta de mi padre, el Comité también tuvo la bondad de ofrecerse a sufragar mis gastos mientras estuviera en Londres. Cuando estas propuestas se me hicieron por primera vez, no tenía del todo claro qué debía hacer, y al escribir a mi padre y a los secretarios les dije que me tomaría unos días para orar sobre el asunto antes de decidir cualquier curso de acción. Mencioné a mi padre que había recibido este ofrecimiento de la Sociedad, y comuniqué también a los secretarios la ayuda que él me había ofrecido.
Después, mientras esperaba en Dios en oración pidiendo dirección, se me hizo claro que podía sin dificultad rehusar ambos ofrecimientos. Los secretarios de la Sociedad no sabrían que me había echado por entero en Dios para mi sustento, y mi padre concluiría que había aceptado el otro ofrecimiento. Escribí, pues, rehusando ambas propuestas, y sentí que, sin que nadie tuviera cuidado ni ansiedad por mí, me hallaba sencillamente en las manos de Dios, y que Él, que conocía mi corazón, si deseaba animarme a ir a China, bendeciría mi esfuerzo por depender solo de Él estando en casa.
Capítulo 4 completado
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