Capítulo 2 · 9 min de lectura
El llamado al servicio
LOS primeros gozos de la conversión se disiparon con el tiempo, y les sucedió un período de dolorosa aridez del alma, con mucho conflicto. Pero también esto llegó a su fin, dejando un sentido más profundo de la debilidad personal y de la dependencia del Señor como único Guardador, además de Salvador, de su pueblo. ¡Cuán dulce es para el alma, fatigada y decepcionada en sus luchas contra el pecado, el reposo sereno de la confianza en el Pastor de Israel!
No muchos meses después de mi conversión, teniendo una tarde libre, me retiré a mi propio aposento para pasarla en gran parte en comunión con Dios. Bien recuerdo aquella ocasión. ¡Cómo, en la alegría de mi corazón, derramé mi alma delante de Dios; y una y otra vez, confesando mi amor agradecido hacia Aquel que lo había hecho todo por mí —que me había salvado cuando yo había abandonado toda esperanza y aun todo deseo de salvación—, le supliqué que me diera alguna obra que hacer para Él, como cauce para el amor y la gratitud; algún servicio abnegado, cualquiera que fuese, por penoso o por trivial que resultara; algo con lo que Él se agradara, y que yo pudiera hacer por Aquel que tanto había hecho por mí. Bien recuerdo, mientras en consagración sin reservas me ponía a mí mismo, mi vida, mis amigos, mi todo, sobre el altar, la profunda solemnidad que sobrevino a mi alma con la certeza de que mi ofrenda era aceptada. La presencia de Dios se volvió indeciblemente real y bendita; y aunque no era más que un niño de menos de dieciséis años, recuerdo que me tendí en el suelo y me quedé allí en silencio delante de Él, con indecible reverencia e indecible gozo.
Para qué servicio fui aceptado, no lo sabía; pero una honda conciencia de que ya no me pertenecía a mí mismo se apoderó de mí, y desde entonces jamás se ha borrado. Ha sido una conciencia muy práctica. Dos o tres años más tarde se me hicieron propuestas de índole excepcionalmente favorable respecto al estudio de la medicina, con la condición de que quedara como aprendiz del médico que era mi amigo y maestro. Pero sentí que no me atrevía a aceptar ningún compromiso vinculante como el que se sugería. No era dueño de mí mismo para entregarme; porque no sabía cuándo ni cómo Aquel de quien yo era exclusivamente, y para cuya disposición sentía que debía mantenerme siempre libre, podría llamarme al servicio.
A los pocos meses de este tiempo de consagración quedó grabada en mi alma la impresión de que era en China donde el Señor me quería. Me parecía muy probable que la obra a la que así era llamado pudiera costarme la vida, pues China no estaba entonces abierta como lo está ahora. Pocas sociedades misioneras tenían en aquel tiempo obreros en China, y pocos libros sobre el tema de las misiones en China me resultaban accesibles. Supe, sin embargo, que el ministro congregacionalista de mi ciudad natal poseía un ejemplar de China de Medhurst, y fui a verle para pedirle prestado el libro. Me lo concedió con amabilidad, preguntándome por qué deseaba leerlo. Le dije que Dios me había llamado a emplear mi vida en el servicio misionero en aquella tierra. «¿Y cómo se propone llegar allá?», inquirió. Le respondí que no lo sabía en absoluto; que me parecía probable que tuviera que hacer como los Doce y los Setenta habían hecho en Judea: ir sin bolsa ni alforja, confiando en Aquel que me había llamado para suplir toda mi necesidad. Poniéndome bondadosamente la mano sobre el hombro, el ministro respondió: «Ah, muchacho, a medida que crezcas te volverás más sensato que eso. Semejante idea habría servido muy bien en los días en que Cristo mismo estaba en la tierra, pero no ahora.»
He envejecido desde entonces, pero no me he vuelto más sensato. Estoy más convencido que nunca de que, si tomáramos las instrucciones de nuestro Maestro y las seguridades que dio a sus primeros discípulos más plenamente como nuestra guía, las hallaríamos tan adecuadas para nuestros tiempos como para aquellos en que fueron dadas originalmente.
El libro de Medhurst sobre China recalcaba el valor de las misiones médicas allí, y esto dirigió mi atención hacia los estudios de medicina como un valioso medio de preparación.
Mis amados padres ni desalentaron ni alentaron mi deseo de dedicarme a la obra misionera. Me aconsejaron, con tales convicciones, que empleara todos los medios a mi alcance para desarrollar los recursos del cuerpo, la mente, el corazón y el alma, y que esperara en Dios con oración, bien dispuesto, si Él me mostraba que estaba equivocado, a seguir su guía, o a seguir adelante si a su debido tiempo Él abría el camino al servicio misionero. La importancia de este consejo he tenido ocasión de comprobarla muchas veces después. Comencé a hacer más ejercicio al aire libre para fortalecer mi constitución. Había hecho retirar mi colchón de plumas, y procuré prescindir de cuantas otras comodidades del hogar pude, a fin de prepararme para formas de vida más duras. Comencé también a hacer la obra cristiana que estaba en mi mano, mediante la distribución de folletos, la enseñanza en la escuela dominical y la visita a los pobres y enfermos, según se presentaba la oportunidad.
Tras un tiempo de estudio preparatorio en casa, fui a Hull para la formación médica y quirúrgica. Allí llegué a ser ayudante de un médico que estaba vinculado a la escuela de medicina de Hull, y que era además cirujano de varias fábricas, lo cual traía muchos casos de accidentes a nuestro dispensario y me daba la oportunidad de ver y practicar las operaciones menores de cirugía.
Y aquí tuvo lugar un suceso que no debo omitir mencionar. Antes de salir de casa se me llamó la atención sobre el tema de apartar las primicias de todo aumento y una parte proporcional de las propias posesiones para el servicio del Señor. Me pareció bien estudiar la cuestión con mi Biblia en mano antes de marcharme de casa y de verme en circunstancias que pudieran sesgar mis conclusiones por la presión de las necesidades y afanes que me rodearan. Fui llevado así a la determinación de apartar no menos de la décima parte de cualesquiera dineros que ganara o llegara a poseer para el servicio del Señor. El salario que recibía como ayudante médico en Hull en el tiempo al que ahora me refiero me habría permitido hacerlo con holgura. Pero, a causa de cambios en la familia de mi bondadoso amigo y patrón, me fue necesario residir fuera. Se me consiguió un alojamiento cómodo con un pariente, y además de la suma fijada como remuneración por mis servicios, recibía la cantidad exacta que tenía que pagar por el hospedaje y la comida.
Surgió entonces en mi mente la pregunta: ¿No debía también diezmarse esta suma? Ciertamente era parte de mis ingresos, y sentía que, si hubiera sido cuestión del impuesto sobre la renta del Gobierno, sin duda no se habría excluido. Por otra parte, tomar el diezmo del total no me dejaría lo suficiente para otros fines; y por algún tiempo estuve muy perplejo sin saber qué hacer. Tras mucho pensar y orar, fui llevado a dejar el alojamiento cómodo y el círculo dichoso en que ahora residía, y a tomar un pequeño cuarto en las afueras —sala y dormitorio en uno solo—, comprometiéndome a proveerme yo mismo la comida. De este modo pude sin dificultad diezmar la totalidad de mis ingresos; y aunque sentí bastante el cambio, vino acompañado de no pequeña bendición.
En mi soledad se dedicó más tiempo al estudio de la Palabra de Dios, a visitar a los pobres y a la obra evangelística en las tardes de verano del que se le habría dedicado de otro modo. Puesto así en contacto con muchos que estaban en aflicción, pronto vi el privilegio de economizar todavía más, y no me resultó difícil dar mucho más que la proporción de mis ingresos que al principio había pensado.
Por este tiempo un amigo llamó mi atención sobre la cuestión de la venida personal y premilenial de nuestro Señor Jesucristo, y me dio una lista de pasajes referentes a ella, sin nota ni comentario, aconsejándome que meditara en el tema. Durante un tiempo dediqué mucho al estudio de las Escrituras acerca de esto, con el resultado de que fui llevado a ver que este mismo Jesús que dejó nuestra tierra en su cuerpo de resurrección había de venir otra vez de tal manera, que sus pies habían de posarse sobre el monte de los Olivos, y que había de tomar posesión del trono temporal de su padre David, que le fue prometido antes de su nacimiento. Vi, además, que a lo largo de todo el Nuevo Testamento la venida del Señor era la gran esperanza de su pueblo, y siempre se apelaba a ella como el motivo más fuerte para la consagración y el servicio, y como el mayor consuelo en la prueba y la aflicción. Aprendí también que el tiempo de su regreso por su pueblo no había sido revelado, y que era su privilegio, día tras día y hora tras hora, vivir como hombres que esperan al Señor; que, viviendo así, era indiferente, por decirlo de algún modo, que Él viniera o no a una hora determinada, siendo lo importante estar tan preparados para Él que pudieran, cuandoquiera que apareciese, dar cuenta de su mayordomía con gozo, y no con dolor.
El efecto de esta bienaventurada esperanza fue del todo práctico. Me llevó a repasar cuidadosamente mi pequeña biblioteca para ver si había allí libros que no fueran necesarios ni probablemente de mayor utilidad, y a examinar mi escaso guardarropa, para estar bien seguro de que no contenía nada de lo que me pesara dar cuenta si el Maestro viniese de inmediato. El resultado fue que la biblioteca quedó considerablemente reducida, para provecho de algunos vecinos pobres, y para provecho mucho mayor del mío propio; y hallé que tenía también prendas de vestir que podrían aprovecharse mejor en otras direcciones.
Me ha sido muy provechoso de vez en cuando a lo largo de la vida, según se ha presentado la ocasión, obrar de nuevo de manera semejante; y jamás he recorrido mi casa, desde el sótano hasta el desván, con este propósito, sin recibir un gran aumento de gozo y bendición espiritual. Creo que todos corremos el peligro de acumular —sea por descuido, sea por la presión de las ocupaciones— cosas que serían útiles a otros, aunque nosotros no las necesitamos, y cuya retención acarrea pérdida de bendición. ¡Si todos los recursos de la Iglesia de Dios se emplearan bien, cuánto más podría realizarse! ¡A cuántos pobres podría alimentarse y a cuántos desnudos vestirse, y a cuántos de aquellos aún no alcanzados podría llevarse el Evangelio! Permítaseme aconsejar esta línea de conducta como un hábito constante de la mente, y un curso provechoso que ha de adoptarse en la práctica siempre que las circunstancias lo permitan.
Capítulo 2 completado
El llamado al servicio