Capítulo 1 · 9 min de lectura
El poder de la oración
EL siguiente relato de algunas de las experiencias que con el tiempo condujeron a la formación de la Misión al Interior de la China, y a que esta tomara la forma en que se ha desarrollado, apareció por primera vez en las páginas de China’s Millions. Muchos de los que allí lo leyeron pidieron que apareciera en forma separada. La señorita Guinness lo incorporó en la Historia de la Misión al Interior de la China, un registro que contenía la narración de la bondad de Dios hasta comienzos de 1894. Mas, como los amigos seguían pidiéndolo en forma de folleto, para una difusión más amplia, se saca a luz esta edición.
Buena parte del material se tomó de notas de las pláticas dadas en la China durante una conferencia de nuestros misioneros; esto explicará la forma directa y narrativa de estos escritos, que no se ha creído necesario modificar.
Siempre nos es provechoso fijar la atención en el aspecto de la obra cristiana que mira hacia Dios; darnos cuenta de que la obra de Dios no significa tanto la obra del hombre para Dios, como la obra misma de Dios por medio del hombre. Además, en nuestra privilegiada posición de colaboradores con Él, aun reconociendo plenamente todos los beneficios y bendiciones que han de derramarse sobre un mundo herido por el pecado mediante la proclamación del Evangelio y la difusión de la Verdad, nunca deberíamos perder de vista el aspecto más elevado de nuestra obra: el de la obediencia a Dios, el de dar gloria a Su Nombre, el de alegrar el corazón de nuestro Dios y Padre viviendo y sirviendo como Sus hijos amados.
Muchas circunstancias ligadas a mi propia vida y servicio en los primeros años me presentaron con viveza este aspecto de la obra; y al pensar en algunas de ellas, recuerdo cuánto debe la causa de las misiones a muchos a quienes nunca les es concedido ver por sí mismos el campo misionero; muchos, tal vez, que no pueden dar en abundancia de sus bienes, y que no poco se sorprenderán en el Gran Día al ver cuánto se ha adelantado la obra por su amor, su compasión y sus oraciones.
En cuanto a mí, y a la obra que se me ha permitido hacer para Dios, debo una deuda inefable de gratitud a mis amados y honrados padres, que ya han partido y entrado en el reposo, pero cuya influencia de vida jamás pasará.
Hace muchos años, probablemente alrededor de 1830, el corazón de mi querido padre, entonces él mismo un fervoroso y exitoso evangelista en su patria, fue hondamente conmovido por el estado espiritual de la China al leer varios libros, y en especial un relato de los viajes del capitán Basil Hall. Sus circunstancias eran tales que le impedían toda esperanza de ir alguna vez a la China para servir personalmente; pero fue guiado a orar que, si Dios le daba un hijo, este pudiera ser llamado y tener el privilegio de trabajar en el vasto y necesitado imperio que entonces parecía tan cerrado a la verdad. Yo mismo no supe de este deseo ni de esta oración hasta mi regreso a Inglaterra, más de siete años después de haber zarpado hacia la China; pero fue muy interesante saber entonces cómo una oración ofrecida antes de mi nacimiento había sido contestada en este asunto.
Todo pensamiento de que yo llegara a ser misionero fue abandonado durante muchos años por mis queridos padres a causa de lo endeble de mi salud. Sin embargo, cuando llegó el tiempo, Dios me dio mayor salud, y mi vida ha sido preservada, y se me ha dado fuerza para no poco servicio fatigoso, tanto en el campo misionero como en casa, mientras que muchos hombres y mujeres más fuertes han sucumbido.
Tuve en mis primeros años muchas oportunidades de aprender el valor de la oración y de la Palabra de Dios; porque era la delicia de mis queridos padres señalar que, si existía un Ser tal como Dios, confiar en Él, obedecerle y entregarse por completo a Su servicio había de ser por necesidad el proceder mejor y más sabio, tanto para mí como para los demás. Pero, a pesar de estos ejemplos y preceptos tan útiles, mi corazón seguía sin cambiar. A menudo había intentado hacerme cristiano; y fracasando, por supuesto, en tales esfuerzos, empecé al fin a pensar que por una u otra razón no podía ser salvo, y que lo mejor que podía hacer era saciarme de este mundo, ya que para mí no había esperanza más allá de la tumba.
Hallándome en este estado de ánimo entré en contacto con personas que sostenían opiniones escépticas e incrédulas, y acepté sus enseñanzas, harto agradecido de tener alguna esperanza de escapar de la condenación que, si mis padres tenían razón y la Biblia era verdadera, aguardaba a los impenitentes. Puede parecer extraño decirlo, pero muchas veces me he sentido agradecido por la experiencia de aquel tiempo de escepticismo. Las incongruencias de los cristianos, que aun profesando creer en sus Biblias se contentaban con vivir tal como vivirían si no existiera tal libro, habían sido uno de los argumentos más fuertes de mis compañeros escépticos; y con frecuencia sentí en aquel tiempo, y dije, que si yo pretendía creer en la Biblia al menos intentaría vivir conforme a ella, poniéndola sin reservas a prueba, y que si no resultaba verdadera y digna de confianza, la echaría por la borda del todo. Estas opiniones las conservé cuando el Señor tuvo a bien traerme a Sí; y creo poder decir que, desde entonces, he puesto la Palabra de Dios a prueba. Ciertamente, jamás me ha fallado. Nunca he tenido razón para lamentar la confianza que he depositado en sus promesas, ni para deplorar el haber seguido la dirección que he hallado en sus indicaciones.
Permítame contarle cómo contestó Dios las oraciones de mi querida madre y de mi amada hermana, hoy la señora Broomhall, por mi conversión. En un día que jamás olvidaré, cuando tenía unos quince años, hallándose mi querida madre ausente de casa, tuve un día de asueto, y por la tarde recorrí la biblioteca de mi padre en busca de algún libro con que pasar las horas desocupadas. Como nada me atraía, revolví un pequeño cesto de folletos y escogí de entre ellos un tratado evangélico que parecía interesante, diciéndome a mí mismo: «Habrá un relato al comienzo, y un sermón o una moraleja al final: tomaré lo primero y dejaré lo segundo para quien guste de ello».
Me senté a leer el librito con un ánimo por completo indiferente, creyendo en verdad por entonces que, si había alguna salvación, no era para mí, y con la clara intención de apartar el tratado en cuanto me pareciera aburrido. Puedo decir que no era raro en aquellos días llamar a la conversión «ponerse serio»; y a juzgar por los rostros de algunos de los que la profesaban, parecía ser, en efecto, un asunto muy serio. ¿No sería bueno que el pueblo de Dios tuviera siempre rostros reveladores, que mostraran las bendiciones y la alegría de la salvación con tal claridad que los inconversos hubieran de llamar a la conversión «ponerse alegre» en lugar de «ponerse serio»?
Poco sabía yo en aquel momento lo que ocurría en el corazón de mi querida madre, a setenta u ochenta millas de distancia. Aquella tarde se levantó de la mesa con un intenso anhelo por la conversión de su hijo, y sintiendo que —lejos de casa, y disponiendo de más sosiego del que de otro modo podría conseguir— se le brindaba una ocasión especial para interceder ante Dios en mi favor. Fue a su cuarto y dio vuelta a la llave en la puerta, resuelta a no salir de allí hasta que sus oraciones fueran contestadas. Hora tras hora rogó aquella querida madre por mí, hasta que al fin ya no pudo orar más, sino que se vio impelida a alabar a Dios por lo que Su Espíritu le enseñaba que ya había sido consumado: la conversión de su único hijo.
Yo, entretanto, había sido guiado del modo que he mencionado a tomar este pequeño tratado, y al leerlo me impresionó la frase: «La obra consumada de Cristo». Pasó por mi mente el pensamiento: «¿Por qué emplea el autor esta expresión? ¿por qué no decir la obra expiatoria o propiciatoria de Cristo?». En seguida acudieron a mi mente las palabras: «Consumado es». ¿Qué había sido consumado? Y al instante me respondí: «Una plena y perfecta expiación y satisfacción por el pecado: la deuda fue pagada por el Sustituto; Cristo murió por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo». Vino entonces el pensamiento: «Si toda la obra fue consumada y toda la deuda pagada, ¿qué me queda a mí por hacer?». Y con esto alboreó la gozosa convicción, al hacer brillar el Espíritu Santo la luz en mi alma, de que no había nada en el mundo por hacer sino postrarse de rodillas y, aceptando a este Salvador y Su salvación, alabarle para siempre. Así, mientras mi querida madre alababa a Dios de rodillas en su aposento, yo le alababa en el viejo almacén al que había ido a solas para leer con calma este pequeño librito.
Pasaron varios días antes de que me atreviera a hacer a mi amada hermana confidente de mi gozo, y aun entonces solo después de que ella prometiera no contar a nadie el secreto de mi alma. Cuando nuestra querida madre volvió a casa quince días más tarde, fui el primero en salir a recibirla a la puerta, y en decirle que tenía tan buenas nuevas que darle. Casi puedo sentir los brazos de aquella querida madre en torno a mi cuello, cuando me estrechó contra su pecho y dijo: «Lo sé, hijo mío; llevo quince días regocijándome en las buenas nuevas que tienes que darme». «¿Cómo?», pregunté sorprendido, «¿ha faltado Amelia a su promesa? Dijo que no se lo contaría a nadie». Mi querida madre me aseguró que no era de fuente humana alguna de donde había sabido las nuevas, y pasó a contarme el pequeño incidente mencionado más arriba. Convendrá conmigo en que sería en verdad extraño que yo no fuera creyente en el poder de la oración.
Y no fue esto todo. Poco tiempo después tomé una libreta de bolsillo exactamente igual a una de las mías, y creyendo que era la mía, la abrí. Las líneas que llamaron mi atención eran una anotación en el pequeño diario, que pertenecía a mi hermana, en el sentido de que ella se entregaría cada día a la oración hasta que Dios respondiera con la conversión de su hermano. Exactamente un mes más tarde, el Señor tuvo a bien volverme de las tinieblas a la luz.
Criado en semejante círculo y salvado en tales circunstancias, era quizá natural que, desde el comienzo mismo de mi vida cristiana, fuera llevado a sentir que las promesas eran muy reales, y que la oración era, en sobria realidad, tratar negocios con Dios, ya fuera en favor propio o en favor de aquellos para quienes uno buscaba Su bendición.
Capítulo 1 completado
El poder de la oración