Capítulo 13 · 23 min de lectura
El hombre propone, Dios dispone
Es interesante observar los diversos sucesos que se unieron, en la providencia de Dios, para impedir mi regreso a Swatow, y que finalmente me llevaron a establecerme en Ningpo, haciendo de ella el centro para el desarrollo de labores futuras.
Al llegar a Shanghai, grande fue mi consternación al hallar que el local donde se habían almacenado mis medicinas e instrumentos se había incendiado, y que todas las medicinas y muchos de los instrumentos quedaron enteramente destruidos. Esto me pareció una gran calamidad, y temo que estuve más dispuesto a decir, con el incrédulo Jacob, «Todas estas cosas son contra mí», que a reconocer que «todas las cosas les ayudan a bien». No había aprendido entonces a pensar en Dios como la Gran Circunstancia única «en quien vivimos, y nos movemos, y somos»; ni en todas las circunstancias menores y externas como necesariamente las más bondadosas, sabias y buenas, por ser ordenadas o permitidas por Él. De ahí que mi desilusión y prueba fueran muy grandes.
Las medicinas eran caras en Shanghai, y mis recursos eran limitados. Por tanto emprendí un viaje tierra adentro hacia Ningpo, con la esperanza de obtener provisión del Dr. William Parker, miembro de la misma misión que yo. Llevé conmigo mis pocas posesiones restantes, siendo las principales mi reloj, algunos instrumentos quirúrgicos, una concertina, libros para el estudio del chino, que en aquellos días eran muy costosos; pero dejé en Shanghai una parte de mi dinero.
La región por la que tenía que pasar sufría mucho a causa de la sequía; era pleno verano; y el agua del Gran Canal estaba muy baja, por haberse empleado en gran parte para los arrozales vecinos, además de evaporarse por el intenso calor. Había resuelto hacer del viaje, en lo posible, una gira misionera, y partí bien provisto de tratados y libros cristianos. Después de catorce días empleados en viajar lentamente por aquella comarca populosa, predicando y distribuyendo libros, etc., llegamos a una gran población llamada Shih-mun-wan, y allí, hallando que mi provisión de literatura se había agotado, resolví no demorarme en el resto del viaje, sino llegar a Ningpo lo más pronto posible, vía la ciudad de Hai-ning.
4 de agosto de 1856.
No había agua más allá de Shih-mun-wan, así que pagué mi barca, contraté culíes para que llevaran mis cosas hasta Chang-gan, y antes del amanecer ya íbamos de camino. Caminé solo por delante, dejando que mi criado siguiera con los hombres, que hacían frecuentes paradas para descansar; y al llegar a una ciudad por la que teníamos que pasar, los esperé en una casa de té justo a la salida de la Puerta Norte. Los culíes venían muy despacio, y parecían cansados cuando llegaron. Pronto descubrí que ambos eran fumadores de opio, de modo que, aunque solo habían cargado un peso que un hombre fuerte no tendría reparo en llevar tres veces esa distancia, en verdad parecían agotados.
Después de algo de arroz y té y una hora de descanso —incluyendo, no lo dudo, una pipa de opio— quedaron un poco reanimados, y propuse seguir adelante, para que pudiéramos llegar a Chang-gan antes de que el sol se hiciera demasiado fuerte. Mi criado, sin embargo, tenía un amigo en la ciudad, y deseaba pasar allí el día y continuar a la mañana siguiente. Pero a esto me opuse, deseando llegar a Hai-ning esa noche si era posible. . . . Partimos, pues, entramos por la Puerta Norte, y habíamos recorrido cerca de un tercio de la ciudad, cuando los culíes se detuvieron a descansar, y dijeron que no podrían llevar la carga hasta Chang-gan. Finalmente, accedieron a llevarla hasta la Puerta Sur, donde se les pagaría en proporción a la distancia que la hubieran acarreado; y el criado se comprometió a llamar a otros culíes y venir con ellos.
Caminé por delante, como la primera vez, y siendo la distancia de solo unas cuatro millas, pronto llegué a Chang-gan, y esperé su llegada, contratando entretanto culíes para el resto del viaje hasta Hai-ning. Habiendo esperado mucho tiempo, empecé a extrañarme de la demora; y al fin se hizo demasiado tarde para terminar el viaje a Hai-ning aquella noche. Me sentí algo molesto; y de no ser porque tenía los pies ampollados, y la tarde muy calurosa, habría regresado a su encuentro para apremiarlos. Al cabo concluí que mi criado debía de haber ido a casa de su amigo, y no aparecería hasta el anochecer. Pero llegó el anochecer, y todavía no había señal de ellos.
Sintiéndome muy inquieto, comencé a preguntar diligentemente si los habían visto. Al fin un hombre respondió: «¿Es usted un huésped de Shih-mun-wan?» Respondí que sí. «¿Va usted a Hai-ning?» «Ese es mi destino.» «Entonces sus cosas se le han adelantado; pues estaba yo sentado en una casa de té cuando entró un culí, tomó una taza de té, y partió para Hai-ning con mucha prisa, diciendo que la caja de bambú y la cama que llevaba, que eran tal como usted describe las suyas, venían de Shih-mun-wan, y que tenía que llevarlas a Hai-ning esta noche, donde le pagarían a razón de diez cash la libra.» De esto concluí que mis efectos iban delante de mí; pero era imposible seguirlos de inmediato, porque estaba demasiado cansado para caminar, y ya era de noche.
En estas circunstancias, todo lo que podía hacer era buscar alojamiento para la noche; y no me resultó tarea fácil. Después de elevar mi corazón a Dios para pedir su ayuda, recorrí la ciudad hasta el extremo más lejano, donde pensé que quizá no se hubiera difundido la noticia de que había un extranjero en el lugar, y busqué una posada. Pronto di con una, y entré, esperando pasar sin que me interrogaran, pues ya era de noche. Al preguntar por lo que había de comer, me dijeron que arroz frío —que resultó estar más que «algo quemado»— y serpientes, fritas en aceite de lámpara, era todo cuanto podía conseguirse. No queriendo que se suscitara pregunta alguna sobre mi nacionalidad, me vi obligado a pedir algo, y traté de hacer una comida, pero con poco éxito.
Mientras estaba así ocupado, dije al posadero: «¿Supongo que puedo quedarme a pasar aquí la noche?»
A lo cual respondió afirmativamente; pero, sacando su libro, añadió—
«En estos tiempos revueltos, las autoridades nos exigen llevar un registro de nuestros huéspedes: ¿puedo preguntar su respetable apellido?»
«Mi indigno apellido es Tai», respondí.
«¿Y su honorable segundo nombre?»
«Mi humilde nombre es Ia-koh» (Jacobo).
«¡Qué nombre tan extraordinario! Nunca lo había oído. ¿Cómo se escribe?»
Se lo dije, y añadí: «Es un nombre común en el distrito de donde vengo.»
«¿Y puedo preguntar de dónde viene y a dónde va?»
«Voy de viaje desde Shanghai a Ningpo, pasando por Hang-chau.»
«¿Cuál es su honorable profesión?»
«Curo a los enfermos.»
«¡Oh! usted es médico», observó el posadero; y, para mi enorme alivio, cerró el libro. Su esposa, sin embargo, tomó la palabra.
«Conque usted es médico, ¿eh?», dijo ella; «me alegro de eso, porque tengo una hija afligida de lepra. Si la cura, tendrá su cena y su cama de balde.»
Sentí bastante curiosidad por preguntar cuánto costarían mi cena y mi cama, si las pagaba; y, para mi diversión, descubrí que ¡valían menos de tres medios peniques de nuestra moneda!
No pudiendo hacer bien a la muchacha, me negué a recetarle nada, diciendo que la lepra era una enfermedad muy rebelde, y que no llevaba medicinas conmigo.
La madre, sin embargo, trajo pluma y papel, insistiendo: «Al menos puede escribir una receta, que ningún daño hará, aunque no haga bien.»
Pero también esto rehusé hacer, y pedí que me mostraran mi cama. Me condujeron a un cuarto muy miserable en la planta baja, donde, sobre unas tablas apoyadas en dos banquetas, pasé la noche, sin cama ni almohada, salvo mi paraguas y mi zapato, y sin mosquitero alguno. Otros diez u once huéspedes dormían en el mismo cuarto, de modo que no pude quitarme nada, por temor a que me lo robaran; pero, según comprobé, de ningún modo tuve demasiado calor al acercarse la medianoche.
5 de agosto.
Como puede suponerse, me levanté poco descansado o reanimado, y me sentía muy lejos de estar bien. Tuve que esperar largo rato antes de poder conseguir el desayuno, y luego hubo otra demora antes de que pudiera cambiar el único dólar que llevaba conmigo, por estar mellado en uno o dos lugares. Además, más de trescientos cash se descontaron de su valor por este motivo, lo cual fue una pérdida seria para mí en mi apurada situación.
Busqué luego por toda la ciudad noticias de mi criado y los culíes, pues me parecía posible que hubieran llegado más tarde, o hubieran seguido por la mañana. La ciudad es grande, larga y desperdigada, con casi dos millas de un extremo al otro, así que esto me ocupó algún tiempo. No obtuve, sin embargo, información alguna; y, con los pies llagados y fatigado, partí hacia Hai-ning en pleno calor del día. El trayecto —unas ocho millas— me llevó mucho tiempo; pero una aldea a mitad de camino me ofreció un lugar de descanso y una taza de té, de los cuales me valí con gusto. Cuando estaba a punto de partir de nuevo, cayó un fuerte aguacero, y la demora así ocasionada me permitió hablar un poco a la gente acerca de las verdades del Evangelio.
La tarde estaba muy avanzada antes de que me acercara al suburbio septentrional de Hai-ning, donde comencé mis indagaciones, pero no pude tener noticia de mi criado ni de mis cosas. Me dijeron que fuera de la Puerta Este sería más probable que oyera de ellos, pues era allí donde atracaban los juncos de mar. Me dirigí, pues, hacia allá, y los busqué fuera de la Puerta Este Pequeña, pero en vano. Muy fatigado, me senté a descansar en una casa de té; y mientras estaba allí, entraron varias personas de una de las oficinas del mandarín, e hicieron preguntas sobre quién era yo, de dónde venía, etc. Al enterarse del objeto de mi búsqueda, uno de los hombres de la casa de té dijo: «Una caja de bambú y una cama, tal como usted las describe, pasaron por aquí hace cosa de media hora. El portador parecía dirigirse hacia la Gran Puerta Este o hacia la Puerta Sur; más le vale ir a los hongs de allí y preguntar.» Le pedí que me acompañara en la búsqueda, y le prometí recompensarlo por su molestia, pero no quiso. Otro hombre se ofreció a ir conmigo, así que partimos juntos, y tanto dentro como fuera de las dos puertas hicimos diligentes indagaciones, pero todo en vano. Entonces contraté a un hombre para que hiciera una búsqueda a fondo, prometiéndole una generosa recompensa si tenía éxito. Entretanto cené algo, y me dirigí a una gran concurrencia de personas que se habían reunido.
Cuando regresó, sin haber tenido éxito, le dije: «Estoy ahora del todo agotado: ¿me ayudará a encontrar alojamiento para la noche, y luego le pagaré por su molestia?» Estuvo dispuesto a socorrerme, y salimos en busca de alojamiento. En el primer lugar o dos, la gente no quiso recibirme; pues aunque al entrar parecían dispuestos a hacerlo, la presencia de un hombre que nos seguía, y que, según supe, estaba empleado en una de las oficinas del Gobierno, parecía alarmarlos, y me lo negaron. Fuimos ahora a un tercer lugar, y como ya no nos seguía el mensajero del mandarín, se nos prometió alojamiento; trajeron algo de té, y pagué al hombre que me había acompañado por su molestia.
Poco después de haberse ido él, entraron algunas personas oficiales; se marcharon pronto, pero el resultado de su visita fue que se me dijo que no podía ser hospedado allí esa noche. Un joven que estaba presente los censuró por su conducta despiadada, y dijo: «No importa, venga conmigo; y si no podemos conseguirle mejor alojamiento, dormirá en nuestra casa.» Fui con él, pero hallamos que la gente de su casa no estaba dispuesta a recibirme. Cansado y con los pies llagados, de modo que apenas podía tenerme en pie, tuve otra vez que buscar alojamiento, y al fin me lo prometieron; pero como se juntaba un pequeño gentío en torno a la puerta, me pidieron que fuera a una casa de té y esperara allí hasta que la gente se hubiera retirado, o de lo contrario no podrían acomodarme. No había remedio, así que fui, acompañado todavía por el joven, y esperé hasta pasada la medianoche. Entonces partimos hacia el lugar de descanso prometido; pero mi guía no lo encontraba, y me condujo de un lado a otro por otra parte de la ciudad; y finalmente, entre la una y las dos, me dejó para que pasara el resto de la noche como mejor pudiera.
Estaba frente a un templo, pero estaba cerrado; así que me tendí sobre los escalones de piedra delante de él, y poniendo mi dinero bajo la cabeza a modo de almohada, pronto me habría dormido a pesar del frío, de no haber advertido a una persona que se acercaba furtivamente hacia mí. Al acercarse, vi que era uno de los mendigos tan comunes en China, y no dudé de que su intención era robarme el dinero. No me moví, sino que observé sus movimientos, y miré a mi Padre para que no me dejara en aquella hora de prueba. El hombre se acercó, me miró un rato para cerciorarse de que estaba dormido (estaba tan oscuro que no podía ver mis ojos fijos en él), y luego empezó a palparme suavemente. Le dije en el tono más sosegado, pero de manera que le convenciera de que no estaba ni había estado durmiendo: «¿Qué quieres?» No respondió, sino que se fue.
Me alegré mucho de verlo marcharse, y cuando se hubo perdido de vista, guardé en la manga cuanto de mi dinero no cabía con seguridad en el bolsillo, e hice mi almohada de un saliente de piedra de la pared. No pasó mucho antes de que empezara a adormecerme, pero me despertaron los pasos casi silenciosos de dos personas que se acercaban; pues el agotamiento había vuelto mi sistema nervioso tan sensible que el menor ruido me sobresaltaba. De nuevo busqué protección en Aquel que era mi único sostén, y me quedé quieto como antes, hasta que uno de ellos se acercó y empezó a palpar bajo mi cabeza en busca del dinero. Volví a hablar, y se sentaron a mis pies. Les pregunté qué hacían; respondieron que ellos, como yo, iban a pasar allí la noche. Les pedí entonces que se pusieran al lado opuesto, ya que había sitio de sobra, y me dejaran este lado a mí; pero no quisieron apartarse de mis pies, de modo que me incorporé y apoyé la espalda contra la pared.
Dijeron: «Más le vale acostarse y dormir; si no lo hace, no podrá caminar mañana. No tenga miedo; no le dejaremos, y cuidaremos de que nadie le haga daño.»
«Escúchenme», repliqué. «No quiero su protección; no la necesito; no soy chino; no adoro sus ídolos insensatos e impotentes. Yo adoro a Dios; Él es mi Padre; en Él confío. Sé bien lo que son ustedes, y cuáles son sus intenciones, y no les quitaré el ojo de encima, y no dormiré.»
Ante esto, uno de ellos se marchó, pero pronto regresó con un tercer compañero. Me sentí muy intranquilo, pero busqué en Dios ayuda. Una o dos veces uno de ellos se levantó para ver si estaba dormido. Yo solo decía: «No se equivoquen; no estoy durmiendo.» De cuando en cuando se me caía la cabeza, y esto era una señal para que uno de ellos se levantara; pero al instante me despabilaba y hacía alguna observación. A medida que la noche transcurría lentamente, me sentía muy fatigado; y para mantenerme despierto, así como para animar mi ánimo, canté varios himnos, repetí en voz alta algunas porciones de la Escritura, y me puse a orar en inglés, con gran fastidio de mis compañeros, que parecían dispuestos a dar cualquier cosa por que yo desistiera. Después de eso no me molestaron más; y poco antes del amanecer me dejaron, y logré dormir un poco.
6 de agosto.
Me despertó el joven que tanto me había extraviado la noche anterior. Estuvo muy grosero, e insistió en que me levantara y le pagara por su molestia, y hasta llegó a intentar conseguir por la fuerza lo que quería. Esto me exasperó; y en un momento de descuido, con muy impropio sentimiento, le así del brazo con una fuerza que poco esperaba de mí, y lo desafí a que volviera a ponerme un dedo encima o a molestarme más. Esto cambió por completo su actitud; me dejó quedarme tranquilo hasta que los cañones anunciaron la apertura de las puertas de la ciudad, y entonces me rogó que le diera algún dinero para comprar opio. Huelga decir que esto se le negó. Le di el precio de dos velas, que dijo haber consumido mientras estuvo conmigo la noche anterior, y nada más. Supe que estaba relacionado con una de las oficinas del mandarín.
Tan pronto como pude, compré para el desayuno un poco de gachas de arroz y té, y luego hice una vez más una búsqueda personal de mis cosas. Como algunas horas así empleadas resultaron inútiles, emprendí el viaje de vuelta, y tras una larga, fatigosa y penosa caminata llegué a Chang-gan cerca del mediodía. También aquí mis indagaciones no lograron darme rastro alguno de los efectos perdidos; así que hice que me cocinaran una comida en una casa de té, me lavé a fondo y bañé mis pies inflamados, y después de comer descansé y dormí hasta las cuatro de la tarde.
Muy repuesto, emprendí entonces el regreso a la ciudad, en cuya Puerta Sur me había separado de mi criado y los culíes dos días antes. En el camino fui llevado a reflexionar sobre la bondad de Dios, y recordé que no había hecho materia de oración el que se me proveyera alojamiento la noche pasada. También me sentí condenado por haber estado tan ansioso por mis pocas cosas, mientras que las muchas almas preciosas que me rodeaban tan poca emoción me habían causado. Vine como pecador y me acogí a la sangre de Jesús, comprendiendo que era aceptado en Él —perdonado, limpiado, santificado—, ¡y oh el amor de Jesús, cuán grande lo sentí ser! Conocí algo más de lo que jamás antes había conocido de lo que era ser despreciado y desechado, y no tener dónde recostar la cabeza; y sentí más que nunca la grandeza de aquel amor que le movió a dejar su hogar en la gloria y sufrir así por mí; más aún, a entregar su misma vida en la Cruz. Pensé en Él como «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto»; pensé en Él junto al pozo de Jacob, cansado, hambriento y sediento, y hallando, sin embargo, que su comida y su bebida era hacer la voluntad de su Padre; y contrasté esto con mi pequeñez de amor. Miré a Él en busca de perdón por el pasado, y de gracia y fuerza para hacer su voluntad en lo por venir, para andar más de cerca en sus huellas, y ser más que nunca enteramente suyo. Oré por mí mismo, por los amigos en Inglaterra, y por mis hermanos en la obra. Dulces lágrimas de gozo y de tristeza mezclados fluyeron libremente, casi se olvidó el camino, y antes de darme cuenta había llegado a mi destino. Fuera de la Puerta Sur tomé una taza de té, pregunté por mi equipaje perdido, y hablé del amor de Jesús. Luego entré en la ciudad, y tras muchas indagaciones vanas la dejé por la Puerta Norte.
Me sentí tan repuesto de mente y cuerpo por la comunión que tuve durante mi caminata a la ciudad, que me creí capaz de terminar aquella tarde las seis millas que faltaban de regreso a Shih-mun-wan. Primero entré en otra casa de té a comprar unos pasteles del país, y estaba haciendo con ellos una comida cuando quién había de entrar sino uno de los mismísimos culíes que habían llevado mis cosas en la primera etapa. Por él supe que, después de dejarlos yo, habían llevado mi equipaje a la Puerta Sur; allí mi criado se marchó, diciendo a su regreso que yo había seguido adelante, que él no pensaba partir enseguida, sino pasar el día con su amigo, y luego reunirse conmigo; llevaron las cosas a casa de este amigo, y allí las dejaron. Conseguí que me acompañara a la casa, y allí supe que el hombre había pasado el día y la noche con ellos, y a la mañana siguiente había llamado a otros culíes, y había partido para Hang-chau. Esto fue todo cuanto pude averiguar; así que, no pudiendo hacer otra cosa que proseguir mi viaje de regreso a Shanghai con toda diligencia, dejé de nuevo la ciudad. Ya era demasiado tarde para seguir hasta Shih-mun-wan. Miré a mi Padre como capaz de suplir toda mi necesidad, y recibí otra muestra de su incesante amor y cuidado, al ser invitado a dormir en una barca hong, ahora en seco en el lecho del río. La noche fue de nuevo muy fría y molestos los mosquitos. Aun así, logré un poco de descanso, y al amanecer estaba en pie y continué mi viaje.
7 de agosto.
Al principio me sentí muy mal, y tuve dolor de garganta, pero reflexioné en la maravillosa bondad de Dios al capacitarme para soportar tanto tiempo el calor de día y el frío de noche. Sentí también que se me había quitado ahora un buen peso de la mente. Me había encomendado a mí mismo y mis asuntos al Señor, y sabía que, si era para mi bien y para su gloria, mis cosas me serían restituidas; y si no, todo sería para lo mejor. Esperaba que la parte más penosa de mi viaje se acercaba ya a su fin, y esto me ayudó, cansado y con los pies llagados, en el camino. Cuando llegué a Shih-mun-wan y hube desayunado, hallé que aún me quedaban ochocientos diez cash en mano; y sabía que el pasaje en barca hong hasta Kia-hing Fu era de ciento veinte cash, y de allí a Shanghai trescientos sesenta, quedándome justamente trescientos treinta cash —o doce peniques y una fracción— para las provisiones de tres o cuatro días. Fui enseguida a la oficina de barcas, pero, para mi consternación, hallé que, por el estado seco del río, las mercancías no habían bajado, de modo que ninguna barca saldría hoy y quizá ninguna mañana. Pregunté si no había barcas correo para Kia-hing Fu, y me dijeron que ya habían partido. El único recurso que quedaba era averiguar si iban algunas barcas particulares en las que pudiera conseguir pasaje. Mi búsqueda, sin embargo, fue en vano; y no pude conseguir barca alguna que se comprometiera a ir todo el camino hasta Shanghai, o mi dificultad habría terminado.
Justo en este momento vi delante de mí, en un recodo del canal, una barca correo que iba en dirección a Kia-hing Fu. Esta, concluí, debía de ser una de las barcas de Kia-hing que habían sido detenidas inesperadamente, y salí tras ella tan aprisa como la esperanza y las necesidades del caso me llevaban. Por el momento, la fatiga y los pies llagados quedaron por igual olvidados. Después de una persecución de cerca de una milla la alcancé.
«¿Van a Kia-hing Fu?», grité.
«No», fue la única respuesta.
«¿Van en esa dirección?»
«No.»
«¿Me darán pasaje hasta donde vayan por ese rumbo?»
Siempre «No», y nada más.
Completamente desanimado y exhausto, me desplomé sobre la hierba y me desmayé.
Al volver en mí, llegaron a mi oído unas voces, y advertí que hablaban de mí. Uno dijo: «Habla el dialecto puro de Shanghai», y por su propia habla supe que eran gente de Shanghai. Al incorporarme, vi que estaban en una gran barca hong al otro lado del canal, y tras unas palabras enviaron su bote pequeño a recogerme, y subí a bordo del junco. Fueron muy amables, y me dieron un poco de té; y cuando me hube reanimado y pude tomarlo, algo de comida también. Me quité entonces los zapatos y las medias para aliviar los pies, y el barquero tuvo la bondad de proveerme agua caliente para bañarlos. Cuando oyeron mi historia, y vieron las ampollas de mis pies, evidentemente se compadecieron de mí, y llamaban a cada barca que pasaba para ver si iba en mi dirección. No hallando ninguna, al cabo de un rato, tras unas horas de sueño, bajé a tierra con el capitán, con intención de predicar en el templo de Kwan-ti.
Antes de dejar el junco dije al capitán y a los que iban a bordo que ya no podía valerme por mí mismo; que no tenía fuerzas para caminar hasta Kia-hing Fu, y que, habiendo quedado defraudado en conseguir pasaje hoy, ya no tendría medios suficientes para llegar allí en barca correo, que era un modo caro de viajar; que no sabía cómo me ayudaría el Dios a quien servía, pero que no dudaba de que lo haría; y que mi tarea ahora era servirle donde estaba. También les dije que la ayuda que sabía que vendría debía serles una prueba de la verdad de la religión que yo y los otros misioneros de Shanghai predicábamos.
De camino al pueblo, mientras conversaba con el capitán, vimos venir una barca correo. El capitán me la señaló; pero yo le recordé que ya no tenía medios para pagar mi pasaje en ella. La llamó, no obstante, y averiguó que iba a un lugar como a nueve millas inglesas de Shanghai, desde donde uno de los barqueros llevaría el correo por tierra hasta la ciudad. Entonces dijo: «Este caballero es un extranjero de Shanghai, que ha sido robado, y ya no tiene medios de regresar. Si lo llevan con ustedes hasta donde vayan, y luego contratan una silla de manos para llevarlo el resto del camino, él les pagará en Shanghai. Ya ven que mi barca está varada allá por falta de agua, y no puede zarpar. Ahora bien, yo saldré fiador; y si este caballero no paga cuando lleguen a Shanghai, lo haré yo a su regreso.» Esta bondad no solicitada por parte de un chino, un perfecto desconocido, parecerá tanto más notable a quien conozca el carácter de los chinos, que por lo general son muy reacios a arriesgar su dinero. Conviniendo en las condiciones los de la barca correo, fui tomado a bordo como pasajero. ¡Oh, cuán agradecido me sentí por esta providencial intervención, y por hallarme una vez más en camino a Shanghai!
Las barcas correo como aquella en que ahora viajaba son de construcción larga y angosta, y muy limitadas en cuanto a su acomodo interior. Uno tiene que ir tendido todo el tiempo que están en movimiento, pues el menor movimiento las volcaría con facilidad. Esto, sin embargo, no fue para mí condición molesta; al contrario, bien contento estaba de permanecer quieto. Son las barcas más veloces que he visto en China. Cada una es manejada por dos hombres, que se relevan sin cesar noche y día. Reman con los pies, y bogan con las manos; o si el viento es del todo favorable, reman con los pies, y con una mano gobiernan una pequeña vela, mientras dirigen con la otra.
Tras un viaje grato y veloz, llegué sano y salvo a Shanghai el 9 de agosto, mediante la ayuda de Aquel que ha dicho: «No te desampararé, ni te dejaré;» «he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Capítulo 13 completado
El hombre propone, Dios dispone