Un llamado a los inconversos
Una breve reseña del autor y del gran éxito que acompañó al Llamamiento cuando se publicó por primera vez

Capítulo 1 · 8 min de lectura

Una breve reseña del autor y del gran éxito que acompañó al Llamamiento cuando se publicó por primera vez

UNA BREVE

RESEÑA

DEL

AUTOR;

Y

El gran éxito que acompañó al LLAMAMIENTO
cuando se publicó por primera vez
.

Quizá convenga anteponer una reseña de este libro dada por el propio señor Baxter, que se halló en su estudio después de su muerte, con sus propias palabras:

«Publiqué un breve tratado sobre la conversión, titulado Un llamamiento a los inconversos. La ocasión de ello fue mi conversación con el obispo Usher, mientras estaba en Londres, quien, aprobando mi método y las indicaciones apropiadas para la paz de la conciencia, me instaba con insistencia a que escribiera indicaciones adecuadas para los diversos estados de los cristianos, y también contra pecados particulares. Yo veneraba al hombre, pero desatendí estas persuasiones, suponiendo que no podría hacer sino lo que ya está mejor hecho; mas cuando él murió, sus palabras penetraron más hondo en mi mente, y me propuse obedecer su consejo; aunque de tal manera que, para la primera clase de hombres (los impíos), juzgué más apropiadas las persuasiones vehementes que las meras indicaciones; y así, para tales personas, publiqué este pequeño libro, que Dios ha bendecido con un éxito inesperado, por encima de todo lo demás que he escrito, salvo “El descanso de los santos.” En poco más de un año se imprimieron, con mi propio consentimiento, unos veinte mil ejemplares, y unos diez mil desde entonces; además de muchos miles en ediciones furtivas, que hombres pobres robaron por amor al lucro. Por la misericordia de Dios, tengo noticia de casas enteras convertidas por este pequeño libro, que yo tenía en tan poco; y, como si todo esto en Inglaterra, Escocia e Irlanda no fuera bastante misericordia para mí, Dios (desde que fui silenciado) lo ha enviado con su mensaje a muchos allende los mares; pues cuando el señor Elliot hubo impreso toda la Biblia en la lengua india, tradujo a continuación este mi “Llamamiento a los inconversos,” como nos escribió acá. Y aun así Dios quiso darle todavía algún uso más; pues el señor Stoop, pastor de la Iglesia Francesa de Londres, expulsado de aquí por el desagrado de sus superiores, tuvo a bien traducirlo al francés. Espero que no sea infructuoso allí, ni en Alemania, cuando se imprima en holandés.»

Quizá convenga mencionar además la reseña que el doctor Bates hizo del autor y de este útil tratado. En su sermón durante el funeral del señor Baxter, dice así: «Sus libros de teología práctica han sido eficaces para más conversiones de pecadores a Dios que cualesquiera otros impresos en nuestro tiempo; y mientras la iglesia permanezca en la tierra, serán de continua eficacia para recobrar almas perdidas. Hay en ellos un pulso vigoroso que mantiene al lector despierto y atento. Su Llamamiento a los inconversos, ¡cuán pequeño como libro, pero cuán poderoso en virtud! La verdad habla en él con tal autoridad y eficacia, que hace al lector poner la mano sobre su corazón y descubrir que tiene un alma y una conciencia, aunque antes vivía como si no las tuviera. Contó a algunos amigos que seis hermanos se convirtieron leyendo aquel Llamamiento, y que cada semana recibía cartas de algunos convertidos por sus libros. Esto lo dijo con la más humilde gratitud, de que Dios se dignara usarlo como instrumento para la salvación de las almas.»

La abnegación y el desprecio del mundo eran gracias resplandecientes en él. Nunca conocí a persona menos indulgente consigo misma, ni más indiferente a su interés temporal.

Su paciencia era verdaderamente cristiana; fue probado con muchas aflicciones. Somos celosos de nuestra reputación. Su nombre quedó oscurecido bajo una nube de difamación: muchos dardos calumniosos le fueron arrojados. Fue acusado por su Paráfrasis sobre el Nuevo Testamento, y condenado, sin ser oído, a una prisión, donde permaneció algunos años; pero estaba tan lejos de conmoverse por aquel injusto proceso, que dijo gozoso a un fiel amigo: «¿Qué más podría desear de Dios, que, habiéndole servido con todas mis fuerzas, fuera llamado a sufrir por él?»

Su espíritu pacífico era una clara señal de que era hijo de Dios. Cuán ardientemente se esforzó por cerrar las brechas entre nosotros es cosa públicamente sabida. Dijo a un amigo: «De tan buena gana puedo ser mártir por el amor como por cualquier artículo del credo». Es cosa extraña, hasta el asombro, que quienes concuerdan en los puntos sustanciales y grandes de la religión reformada, y difieren de parecer solo en cosas no tan claras ni de tanta importancia como aquellas en que convienen, sean de bandos opuestos.

La muerte revela los secretos del corazón; entonces se pronuncian las palabras con más sentimiento y menos afectación. Este excelente santo fue el mismo en su vida y en su muerte: sus últimas horas las pasó preparando a otros y a sí mismo para comparecer ante Dios. Dijo a los amigos que le visitaban: «Venís aquí a aprender a morir; no soy yo la única persona que ha de recorrer este camino. Os aseguro que toda vuestra vida, por larga que sea, apenas basta para prepararos para la muerte. Guardaos de este mundo vano y engañoso y de las concupiscencias de la carne. Aseguraos de escoger a Dios por vuestra porción, el cielo por vuestro hogar, la gloria de Dios por vuestro fin, su palabra por vuestra regla, y entonces nunca habréis de temer, sino que nos encontraremos con consuelo.»

Jamás hubo pecador penitente más humilde y abatido, jamás creyente sincero más sereno y consolado. Se reconocía a sí mismo como el más vil gusano de estercolero (era su expresión habitual) que jamás haya ido al cielo; admiraba la condescendencia divina para con el hombre, tras decir: «Señor, ¿qué es el hombre? ¿qué soy yo? ¡un vil gusano ante el gran Dios!» Muchas veces oraba: «¡Dios, sé propicio a mí, pecador!», y bendecía a Dios porque esta oración quedó consignada en el Evangelio como oración eficaz. Decía: «Con justicia puede Dios condenarme por el mejor deber que jamás cumplí; y toda mi esperanza está en la libre misericordia de Dios en Cristo», por lo cual oraba con frecuencia.

Tras un sueño ligero despertó y dijo: «Descansaré de mi trabajo». Un ministro que estaba presente añadió: «y vuestras obras os seguirán». A lo cual él respondió: «¡Nada de obras! Prescindiré de las obras, con tal que Dios me conceda lo otro». Cuando un amigo lo consolaba recordándole el bien que muchos habían recibido por su predicación y sus escritos, dijo: «No fui sino una pluma en la mano de Dios, ¿y qué alabanza le corresponde a una pluma?»

Su resignada sumisión a la voluntad de Dios, en su aguda enfermedad, fue eminente. Cuando el extremo del dolor lo constreñía a rogar fervientemente a Dios que lo librara por medio de la muerte, se contenía a sí mismo: «No me toca a mí prescribir»; y decía: «cuando tú quieras, lo que tú quieras».

En otra ocasión dijo «que hallaba gran consuelo y dulzura en repetir las palabras del padrenuestro; y que lamentaba que algunas buenas personas tuvieran prejuicios contra su uso, pues en él estaban contenidas todas las peticiones necesarias para el alma y el cuerpo».

En otras ocasiones daba excelentes consejos a los jóvenes ministros que le visitaban, y rogaba fervientemente a Dios que bendijera sus labores y los hiciera muy fructíferos en convertir muchas almas a Cristo; y expresaba gran gozo de que fueran de espíritu moderado y apacible.

Durante su enfermedad, cuando se le preguntaba cómo se encontraba, su respuesta era: «casi bien». Su gozo era más notable cuando, según su propio parecer, la muerte estaba más cerca; y su gozo espiritual se consumó al fin en gozo eterno.

Así vivió y murió aquel bienaventurado santo. He dado de él, sin ninguna ficción artificiosa de palabras, una sincera y breve reseña. Todas nuestras lágrimas quedan por debajo del justo dolor por pérdida tan inestimable. Es consuelo de sus amigos que él disfruta de una bendita recompensa en el cielo, y ha dejado un precioso recuerdo en la tierra.

Ahora bien, bendito sea el bondadoso Dios, que tuvo a bien prolongar la vida de su siervo, tan útil y provechoso para el mundo, hasta una edad avanzada; y que lo ha llevado lenta y seguramente al cielo.

Concluiré esta reseña con mi propio y deliberado deseo: «Que viva yo el resto de mi vida tan enteramente para la gloria de Dios como él la vivió; y cuando llegue al término de mi vida, que muera en la misma bendita paz en que él murió; que esté yo con él en el reino de luz y de amor para siempre».

Añadiré también la reseña que el doctor Calamy hizo de este tratado; sus palabras son estas: «En 1657, el señor Baxter publicó Un llamamiento a los inconversos; un libro bendecido por Dios con maravilloso éxito, apartando a las personas de sus impiedades. Veinte mil ejemplares se imprimieron y difundieron en poco más de un año. Fue traducido al francés, al holandés y a otras lenguas europeas; y el señor Elliot lo tradujo a la lengua india; y el señor Cotton Mather, en su vida, da cuenta de un príncipe indio que quedó tan bien impresionado con este libro, que se sentó a leerlo, con lágrimas en los ojos, hasta que murió.»

Capítulo 1 completado

Una breve reseña del autor y del gran éxito que acompañó al Llamamiento cuando se publicó por primera vez

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