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Soportar la persecución por Cristo

Retrato de John Calvin John Calvin

Texto

Hebreos 13:13

En breve

Predicado a una iglesia bajo persecución: Calvino sostiene que nadie sufre con paciencia por el evangelio sin estar primero seguro de la causa, y luego llama a los creyentes a salir "fuera del campamento" y a llevar el oprobio de Cristo, con los ojos fijos en la resurrección, donde están todo su gozo y su triunfo.

Todas las exhortaciones que se nos puedan dirigir a sufrir con paciencia por el nombre de Jesucristo y en defensa del evangelio no tendrán efecto alguno si no estamos seguros de la causa por la que luchamos. Porque cuando somos llamados a dejar la vida, es absolutamente necesario saber sobre qué fundamentos. La firmeza que se requiere no podemos poseerla si no está fundada en la certeza de la fe.

Es verdad que pueden hallarse personas que neciamente se exponen a la muerte por sostener ciertas opiniones absurdas y ensueños concebidos por su propio cerebro; pero semejante ímpetu ha de tenerse por frenesí más que por celo cristiano; y, de hecho, no hay ni firmeza ni buen juicio en quienes así, como al azar, se arrojan a la perdición. Mas, sea como fuere, solo en una buena causa puede Dios reconocernos como sus mártires. La muerte es común a todos, y los hijos de Dios son condenados a la ignominia y a los tormentos como los criminales; pero Dios establece la distinción entre ellos, por cuanto no puede negar su verdad. De nuestra parte, pues, es preciso que tengamos una evidencia segura e infalible de la doctrina que sostenemos; y por eso, como he dicho, ninguna exhortación a sufrir persecución por el evangelio podrá impresionarnos racionalmente si en nuestros corazones no ha quedado impresa una verdadera certeza de la fe. Porque arriesgar la vida a la ventura no es natural, y aunque lo hiciéramos, no sería más que temeridad, no valor cristiano. En una palabra, nada de lo que hagamos será aprobado por Dios si no estamos plenamente persuadidos de que es por Él y por su causa que sufrimos persecución, y de que el mundo es nuestro enemigo.

Ahora bien, cuando hablo de tal persuasión, no me refiero solamente a que debamos saber distinguir entre la verdadera religión y los abusos o locuras de los hombres, sino también a que hemos de estar plenamente persuadidos de la vida celestial y de la corona que allá arriba se nos promete, después que hayamos combatido aquí abajo. Entendamos, pues, que ambos requisitos son necesarios y no pueden separarse el uno del otro. Los puntos, por tanto, por los que debemos comenzar son estos: hemos de saber bien qué es nuestro cristianismo, cuál es la fe que hemos de sostener y seguir, cuál es la regla que Dios nos ha dado; y hemos de estar tan bien provistos de estas enseñanzas que podamos condenar con valentía todas las falsedades, errores y supersticiones que Satanás ha introducido para corromper la pura sencillez de la doctrina de Dios. De ahí que no debamos sorprendernos de que, en el día de hoy, veamos a tan pocas personas dispuestas a sufrir por el evangelio, y de que la mayor parte de quienes se llaman cristianos no sepan lo que es. Porque todos son, por así decirlo, tibios; y en lugar de ocuparse en oír o leer, tienen por suficiente haber tenido algún leve gusto de la fe cristiana. Esta es la razón por la que hay tan poca resolución, y por la que quienes son acometidos caen de inmediato. Este hecho debería estimularnos a inquirir con mayor diligencia en la verdad divina, a fin de quedar bien seguros acerca de ella.

Con todo, estar bien informado y fundamentado no es todo lo que hace falta. Pues vemos a algunos que parecen del todo imbuidos de la sana doctrina y que, sin embargo, no tienen más celo ni afecto que si nunca hubieran conocido de Dios sino alguna fantasía pasajera. ¿Por qué es esto? Sencillamente porque jamás han comprendido la majestad de las Sagradas Escrituras. Y, en efecto, si nosotros, tal como somos, considerásemos bien que es Dios quien nos habla, es seguro que escucharíamos con mayor atención y con mayor reverencia. Si pensáramos que al leer la Escritura estamos en la escuela de los ángeles, seríamos mucho más cuidadosos y deseosos de aprovechar la doctrina que se nos propone.

Vemos ahora el verdadero método para prepararnos a sufrir por el evangelio. Primero: hemos de haber aprovechado en la escuela de Dios lo bastante como para estar resueltos en cuanto a la verdadera religión y a la doctrina que hemos de sostener; y hemos de despreciar todas las astucias e imposturas de Satanás, y todas las invenciones humanas, como cosas no solo frívolas sino también carnales, por cuanto corrompen la pureza cristiana; difiriendo en esto, como verdaderos mártires de Cristo, de aquellas personas fantasiosas que sufren por meros absurdos. Segundo: seguros de la buena causa, hemos de inflamarnos, en consecuencia, para seguir a Dios adondequiera que nos llame; su Palabra ha de tener sobre nosotros toda la autoridad que merece, y, apartados de este mundo, hemos de sentirnos como arrebatados en la búsqueda de la vida celestial.

Pero es más que extraño que, aun brillando la luz de Dios con mayor resplandor que nunca, haya una lamentable falta de celo. Y si este pensamiento no nos llena de vergüenza, tanto peor. Porque en breve hemos de comparecer ante el gran Juez, donde la iniquidad que procuramos ocultar será sacada a la luz con tales reproches que quedaremos del todo confundidos. Pues si estamos obligados a dar testimonio de Dios, conforme a la medida del conocimiento que Él nos ha dado, ¿a qué se debe, pregunto, que seamos tan fríos y temerosos al entrar en la batalla, viendo que Dios se ha manifestado tan plenamente en este tiempo que puede decirse que nos ha abierto y desplegado ante los ojos los grandes tesoros de sus secretos? ¿No podrá decirse que no pensamos que tenemos que ver con Dios? Porque si tuviéramos algún respeto por su Majestad, no nos atreveríamos a convertir la doctrina que de Él procede en una especie de especulación filosófica. En suma, es imposible negar que es para nosotros gran vergüenza, por no decir espantosa condenación, haber conocido tan bien la verdad de Dios y tener tan poco valor para sostenerla.

Sobre todo, cuando miramos a los mártires de tiempos pasados, bien podemos detestar nuestra propia cobardía. La mayor parte de ellos no eran personas muy versadas en las Sagradas Escrituras, capaces de disputar sobre toda materia. Sabían que hay un solo Dios, a quien debían adorar y servir; que habían sido redimidos por la sangre de Jesucristo, para poner en Él y en su gracia su confianza de salvación; y que, siendo todas las invenciones de los hombres mera escoria y basura, debían condenar todas las idolatrías y supersticiones. En una palabra, su teología era en sustancia esta: hay un solo Dios que creó todo el mundo y nos declaró su voluntad por medio de Moisés y los profetas, y finalmente por Jesucristo y sus apóstoles; y tenemos un solo Redentor, que nos compró con su sangre y por cuya gracia esperamos ser salvos; todos los ídolos del mundo son malditos y merecen execración.

Con un sistema que no abarcaba más puntos que estos, iban con valentía a las llamas, o a cualquier otra clase de muerte. No iban de dos en dos ni de tres en tres, sino en tales multitudes que el número de los que cayeron a manos de los tiranos es casi infinito. Nosotros, por nuestra parte, somos tan doctos clérigos que nadie podría serlo más (o al menos así lo creemos) y, de hecho, en cuanto al conocimiento de la Escritura, Dios lo ha desplegado de tal modo ante nosotros que ninguna edad anterior fue jamás tan favorecida. Y con todo, después de todo, apenas hay una partícula de celo. Cuando los hombres manifiestan semejante indiferencia, parece como si estuvieran empeñados en provocar la venganza de Dios.

¿Qué, pues, ha de hacerse para infundir en nuestro pecho verdadero valor? Tenemos, en primer lugar, que considerar cuán preciosa es la confesión de nuestra fe a los ojos de Dios. Poco sabemos cuánto la estima Dios, si nuestra vida, que no es nada, es valorada por nosotros en más. Cuando así ocurre, manifestamos un grado asombroso de necedad. No podemos salvar nuestra vida a costa de nuestra confesión sin reconocer que la tenemos en mayor estima que la honra de Dios y la salvación de nuestras almas.

Un pagano pudo decir que "era cosa miserable salvar la vida renunciando a las únicas cosas que hacían la vida deseable". Y sin embargo, ni él ni otros semejantes supieron jamás para qué fin son puestos los hombres en el mundo, ni por qué viven en él. Verdad es que sabían lo bastante para decir que los hombres deben seguir la virtud, conducirse con honradez y sin reproche; pero todas sus virtudes no eran más que pintura y humo. Nosotros sabemos mucho mejor cuál debe ser el fin principal de la vida, a saber: glorificar a Dios, para que Él sea nuestra gloria. Cuando esto no se hace, ¡ay de nosotros! Y no podemos seguir viviendo ni un solo instante sobre la tierra sin amontonar nuevas maldiciones sobre nuestra cabeza. Con todo, no nos avergonzamos de comprar unos pocos días para languidecer aquí abajo, renunciando al reino eterno al separarnos de Aquel por cuya energía somos sostenidos en la vida.

Si preguntáramos a las personas más ignorantes, por no decir las más embrutecidas del mundo, por qué viven, no se atreverían a responder sencillamente que es para comer, beber y dormir; pues todos saben que han sido creados para un fin más alto y más santo. ¿Y qué fin podemos hallar sino honrar a Dios y dejarnos gobernar por Él, como los hijos por buenos padres, para que, después de haber acabado el viaje de esta vida corruptible, seamos recibidos en su herencia eterna? Tal es el fin principal, más aún, el único fin. Cuando no lo tenemos en cuenta y nos afanamos en una vida embrutecida, que es peor que mil muertes, ¿qué podremos alegar como excusa? Vivir y no saber para qué es cosa antinatural. Rechazar las causas por las que vivimos, bajo el influjo de un necio anhelo de una prórroga de unos pocos días, durante los cuales hemos de vivir en el mundo separados de Dios, no sé cómo nombrar semejante ceguera y locura.

Mas como la persecución es siempre dura y amarga, consideremos cómo y por qué medios pueden los cristianos fortalecerse con paciencia, a fin de exponer sin desmayo su vida por la verdad de Dios. El texto que hemos leído, rectamente entendido, basta para movernos a ello. Dice el apóstol: Salgamos de la ciudad en pos del Señor Jesús, llevando su oprobio. En primer lugar, nos recuerda que, aunque no se desenvainen las espadas contra nosotros ni se enciendan las hogueras para quemarnos, no podemos estar verdaderamente unidos al Hijo de Dios mientras estemos arraigados en este mundo. Por lo cual el cristiano, aun en reposo, ha de tener siempre un pie levantado para marchar a la batalla; y no solo eso, sino que ha de tener sus afectos apartados del mundo, aunque su cuerpo more en él. Concedido que esto a primera vista nos parezca duro, con todo hemos de contentarnos con las palabras de san Pablo (1 Tesalonicenses 3), de que somos llamados y puestos para sufrir. Como si dijera: Tal es nuestra condición de cristianos; este es el camino por el cual hemos de ir si queremos seguir a Cristo.

Entretanto, para consolar nuestra debilidad y mitigar la aflicción y el pesar que la persecución pudiera causarnos, se nos ofrece un buen galardón: al sufrir por la causa de Dios, caminamos paso a paso en pos del Hijo de Dios y le tenemos por guía. Si sencillamente se dijera que, para ser cristianos, hemos de atravesar con valentía todos los insultos del mundo, y salir al encuentro de la muerte en todo tiempo y de cualquier modo que Dios tenga a bien disponer, quizá tendríamos algún pretexto para responder que es un camino extraño para andar a la ventura. Pero cuando se nos manda seguir al Señor Jesús, su guía es demasiado buena y honrosa para rehusarla. Ahora bien, para que seamos movidos más hondamente, no solo se dice que Jesucristo va delante de nosotros como nuestro Capitán, sino que somos hechos conformes a su imagen; así dice san Pablo, en el capítulo octavo a los Romanos, que Dios ha ordenado que todos aquellos a quienes ha adoptado por hijos suyos sean hechos conformes a Aquel que es el modelo y la cabeza de todos.

¿Somos acaso tan delicados que no queremos soportar nada? Entonces hemos de renunciar a la gracia de Dios con la cual nos ha llamado a la esperanza de salvación. Porque hay dos cosas que no pueden separarse: ser miembros de Cristo y ser probados con muchas aflicciones. Ciertamente deberíamos estimar mucho más de lo que lo hacemos semejante conformidad con el Hijo de Dios. Verdad es que, según el juicio del mundo, hay deshonra en sufrir por el evangelio. Pero, puesto que sabemos que los incrédulos son ciegos, ¿no deberíamos tener nosotros mejores ojos que ellos? Es ignominia sufrir a manos de quienes ocupan el asiento de la justicia; pero san Pablo nos muestra con su ejemplo que hemos de gloriarnos en los azotes por Jesucristo, como marcas por las cuales Dios nos reconoce y nos declara por suyos. Y sabemos lo que san Lucas narra de Pedro y de Juan (Hechos 5:41): que se regocijaron de haber sido tenidos por dignos de padecer infamia y afrenta por el nombre del Señor Jesús.

Ignominia y dignidad son dos opuestos: así lo dice el mundo, que, estando ofuscado, juzga contra toda razón y de este modo convierte la gloria de Dios en deshonra. Pero, de nuestra parte, no rehusemos ser vilipendiados en cuanto al mundo, con tal de ser honrados delante de Dios y de sus ángeles. Vemos cuántos afanes se toman los ambiciosos por recibir las órdenes de un rey, y de qué modo se jactan de ello. El Hijo de Dios nos presenta sus órdenes, y cada cual retrocede. Decidme, os ruego, ¿somos dignos, al obrar así, de tener algo en común con Él? Nada hay aquí que atraiga a nuestra naturaleza sensual; pero, no obstante, tales son los verdaderos blasones de nobleza en los cielos. La prisión, el destierro, la mala fama entrañan, en la imaginación de los hombres, todo cuanto es digno de vituperio; pero ¿qué nos impide ver las cosas como Dios las juzga y las declara, sino nuestra incredulidad? Por lo cual, tenga el nombre del Hijo de Dios todo el peso que merece sobre nosotros, para que aprendamos a contarlo por honra cuando Él imprime en nosotros sus marcas. Si obramos de otro modo, nuestra ingratitud es insoportable.

Si Dios nos tratara según nuestros merecimientos, ¿no tendría justa causa para castigarnos cada día de mil maneras? Más aún, ¡cien mil muertes no bastarían para una pequeña porción de nuestras fechorías! Ahora bien, si en su infinita bondad Él pone todas nuestras faltas bajo sus pies y las borra, y, en lugar de castigarnos según nuestro demérito, idea un medio admirable para convertir nuestras aflicciones en honra y en un privilegio especial, por cuanto mediante ellas somos hechos partícipes con su Hijo, ¿no habrá de decirse, cuando desdeñamos tan feliz estado, que en verdad hemos hecho poco progreso en la doctrina cristiana?

Así, san Pedro, tras exhortarnos (1 Pedro 4:15) a andar tan puramente en el temor de Dios que no suframos como ladrones, adúlteros y homicidas, añade en seguida que, si hemos de sufrir como cristianos, glorifiquemos a Dios por la bendición que de este modo nos concede. No sin causa habla así. Porque ¿quiénes somos nosotros, os pregunto, para ser testigos de la verdad de Dios y abogados que sostengan su causa? Aquí estamos, pobres gusanos de la tierra, criaturas llenas de vanidad, llenas de mentira, y sin embargo Dios se sirve de nosotros para defender su verdad, honra que no pertenece ni siquiera a los ángeles del cielo. ¿No bastará esta sola consideración para inflamarnos a ofrecernos a Dios, para ser empleados de cualquier modo en tan honroso servicio?

Muchos, sin embargo, no pueden abstenerse de alegar contra Dios, o al menos de quejarse de Él por no sostener mejor su flaqueza. Es maravillosamente extraño, dicen, cómo Dios, después de habernos escogido por hijos suyos, permite que seamos pisoteados y atormentados por los impíos. Respondo: aunque no fuera evidente por qué lo hace, bien podría ejercer su autoridad sobre nosotros y fijar nuestra suerte a su placer. Pero, viendo que Jesucristo es nuestro modelo, ¿no deberíamos, sin inquirir más, tener por gran dicha ser hechos semejantes a Él? Con todo, Dios deja bien claro cuáles son las razones por las que le agrada que seamos perseguidos. Aunque no tuviéramos más que la consideración que sugiere san Pedro (1 Pedro 1:7), bien desdeñosos seríamos si no nos aquietáramos en ella. Dice que, puesto que el oro y la plata, que no son sino metales corruptibles, se purifican y prueban con fuego, es del todo razonable que nuestra fe, que sobrepasa todas las riquezas del mundo, sea así probada.

Fácil le sería, en verdad, a Dios coronarnos de una vez, sin exigirnos que sostengamos combate alguno; pero, así como es su voluntad que hasta el fin del mundo Cristo reine en medio de sus enemigos, así también es su voluntad que nosotros, puestos en medio de ellos, suframos su opresión y su violencia hasta que Él nos libre. Bien sé que la carne se rebela cuando ha de ser llevada a este punto; mas, con todo, la voluntad de Dios ha de tener el dominio. Si sentimos en nosotros alguna repugnancia, no ha de sorprendernos; porque no es sino demasiado natural en nosotros rehuir la cruz. Con todo, no dejemos de vencerla, sabiendo que Dios acepta nuestra obediencia, con tal que llevemos cautivos todos nuestros sentimientos y deseos, y los sujetemos a Él.

Cuando los profetas y los apóstoles iban a la muerte, no era sin sentir cierta inclinación a retroceder. "Te llevará a donde no quieras", dijo nuestro Señor Jesucristo a Pedro (Juan 21:18). Cuando tales temores de la muerte se levanten dentro de nosotros, dominémoslos, o más bien dejemos que Dios los domine; y entretanto, estemos seguros de que le ofrecemos un sacrificio agradable cuando resistimos y hacemos violencia a nuestras inclinaciones a fin de ponernos enteramente bajo su mando. Esta es la principal guerra en que Dios quiere que su pueblo esté empeñado. Quiere que se esfuercen por reprimir todo pensamiento y sentimiento rebelde que los aparte de la senda que Él les señala. Y los consuelos son tan amplios que bien puede decirse que somos más que cobardes si cedemos.

En la antigüedad, multitudes inmensas de personas, por obtener una simple corona de hojas, no rehusaban fatiga, ni dolor, ni molestia alguna; más aún, nada les costaba morir, y sin embargo cada uno de ellos luchaba a la ventura, sin saber si había de ganar o de perder el premio. Dios nos ofrece la corona inmortal por la cual podemos llegar a ser partícipes de su gloria; no quiere que luchemos al azar, sino que todos nosotros tenemos una promesa del premio por el que nos esforzamos. ¿Tenemos, pues, alguna razón para declinar la lucha? ¿Pensamos que en vano se ha dicho que, si morimos con Jesucristo, también viviremos con Él? Nuestro triunfo está preparado, y sin embargo hacemos cuanto podemos por rehuir el combate.

Pero se dice que todo cuanto enseñamos sobre este asunto repugna al juicio humano. Lo confieso. Y por eso, cuando nuestro Salvador declara: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia" (Mateo 5:10), expresa un sentir que no es fácilmente recibido en el mundo. Al contrario, quiere que tengamos por dicha lo que, según el juicio de los sentidos, es miseria. Nos parecemos miserables a nosotros mismos cuando Dios nos deja ser pisoteados por la tiranía y la crueldad de nuestros enemigos; pero el error está en que no miramos a las promesas de Dios, que nos aseguran que todo redundará en nuestro bien. Nos abatimos cuando vemos a los malvados más fuertes que nosotros, plantando su pie sobre nuestra garganta; pero tal confusión debería más bien, como dice san Pablo, hacernos levantar la cabeza. Viendo que estamos demasiado dispuestos a entretenernos con las cosas presentes, Dios, al permitir que los buenos sean maltratados y que los malvados tengan el dominio, muestra con señales evidentes que viene un día en que todo lo que ahora está en confusión será reducido a orden. Si el plazo parece lejano, corramos al remedio y no nos lisonjeemos en nuestro pecado; porque es cierto que no tenemos fe si no podemos llevar nuestra mirada adelante, hasta la venida de Jesucristo.

Para no dejar sin emplear ningún medio apto para estimularnos, Dios pone delante de nosotros, por un lado, promesas, y por el otro, amenazas. Si sentimos que las promesas no tienen suficiente influjo, reforcémoslas añadiendo las amenazas. Verdad es que hemos de ser perversos en extremo para no poner más fe en las promesas de Dios, cuando el Señor Jesús dice que nos reconocerá por suyos delante de su Padre, con tal que le confesemos delante de los hombres (Mateo 10:32; Lucas 12:8). ¿Qué habría de impedirnos hacer la confesión que Él requiere? Hagan los hombres cuanto puedan, no pueden hacer peor que darnos muerte; ¿y no compensará la vida celestial por esto? No reúno aquí todos los pasajes de la Escritura que tratan de este asunto: se repiten tantas veces que deberíamos quedar del todo satisfechos con ellos. Cuando llegue la lucha, si tres o cuatro pasajes no bastan, cien de seguro habrán de hacernos invulnerables a toda tentación contraria.

Pero si Dios no puede atraernos a sí por medios suaves, ¿no seríamos meros troncos si sus amenazas también fallaran? Jesucristo emplaza a todos los que, por temor a la muerte temporal, hayan negado la verdad, a comparecer ante el tribunal de Dios su Padre, y dice que entonces tanto el cuerpo como el alma serán entregados a la perdición (Mateo 10:28; Lucas 12:5). Y en otro pasaje dice que negará a todos los que le hayan negado delante de los hombres (Mateo 10:33; Lucas 12:10). Estas palabras, si no somos del todo insensibles, bien podrían erizarnos los cabellos. Sea como fuere, esto es cierto: si estas cosas no nos mueven como deben, no nos queda sino una horrenda expectación de juicio (Hebreos 10:27). Habiendo resultado vanas todas las palabras de Cristo, quedamos convictos de crasa infidelidad.

En vano alegamos que se nos debería tener compasión por ser nuestra naturaleza tan frágil; pues se dice, al contrario, que Moisés, habiendo mirado a Dios por la fe, quedó fortalecido de modo que no cediera bajo tentación alguna. Por lo cual, cuando somos así de blandos y fáciles de doblegar, es señal manifiesta, no digo de que no tengamos celo ni firmeza, sino de que nada sabemos ni de Dios ni de su reino. Cuando se nos recuerda que hemos de estar unidos a nuestra Cabeza, nos parece buen pretexto de exención decir que somos hombres. Pero ¿qué eran los que han recorrido la senda antes que nosotros? En verdad, si no tuviéramos más que la pura doctrina, todas las excusas que pudiéramos poner serían frívolas; pero teniendo tantos ejemplos que deberían proveernos de la prueba más contundente, tanto más merecedores somos de condenación.

Hay dos puntos que considerar. El primero es que todo el cuerpo de la Iglesia en general ha estado siempre, y hasta el fin estará, expuesto a ser afligido por los malvados, como se dice en los Salmos (Salmo 129:1): "Desde mi juventud me han atormentado, y araron sobre mis espaldas de un extremo al otro". El Espíritu Santo introduce allí a la Iglesia antigua, para que nosotros, familiarizados con sus aflicciones, no lo tengamos por cosa nueva ni enojosa cuando lo mismo se hace con nosotros en el día de hoy. También san Pablo, al citar de otro Salmo (Romanos 8:36; Salmo 44:22) un pasaje que dice: "Como ovejas para el matadero somos llevados", muestra que esto no ha sido para una sola edad, sino que es la condición ordinaria de la Iglesia, y lo será.

Por tanto, al ver cómo la Iglesia de Dios es hoy pisoteada por soberbios mundanos, cómo uno ladra y otro muerde, cómo la torturan, cómo traman contra ella, cómo es acometida sin cesar por perros rabiosos y bestias salvajes, recordemos que lo mismo se hacía en todos los tiempos antiguos. Verdad es que Dios a veces le concede una tregua y un tiempo de alivio, y por eso en el Salmo antes citado se dice: "Cortó las coyundas de los impíos"; y en otro pasaje (Salmo 125:3): "Quiebra la vara de ellos, para que los buenos no caigan al ser demasiado oprimidos". Pero, aun así, le ha placido que su Iglesia haya de combatir siempre mientras esté en este mundo, estando su reposo atesorado allá arriba en los cielos (Hebreos 3:9).

Entretanto, el desenlace de sus aflicciones ha sido siempre venturoso. En todo caso, Dios ha dispuesto que, aunque haya sido oprimida por muchas calamidades, jamás haya sido del todo aplastada; como se dice (Salmo 7:15): "Los malvados, con todos sus esfuerzos, no han logrado aquello a lo que apuntaban". San Pablo se gloría en ello y muestra que este es el proceder que Dios, en su misericordia, sigue siempre. Dice (2 Corintios 4:8-10) que estamos atribulados, mas no angustiados; empobrecidos, mas no desamparados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no destruidos; llevando siempre por todas partes en nuestro cuerpo la muerte del Señor Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestros cuerpos mortales. Siendo, pues, este, como vemos, el desenlace que Dios ha dado en todo tiempo a las persecuciones de su Iglesia, debemos cobrar ánimo, sabiendo que nuestros antepasados, hombres frágiles como nosotros, siempre alcanzaron la victoria sobre sus enemigos permaneciendo firmes en la paciencia.

Solo toco brevemente este artículo para llegar al segundo, que es más a nuestro propósito, a saber: que debemos aprovechar los ejemplos particulares de los mártires que nos han precedido. Estos no se reducen a dos o tres, sino que son, como dice el apóstol (Hebreos 12:1), "una tan grande nube de testigos". Con esta expresión da a entender que el número es tan grande que debería, por así decirlo, ocupar por completo nuestra vista. Por no ser prolijo, mencionaré solamente a los judíos, que fueron perseguidos por la verdadera religión, tanto bajo la tiranía del rey Antíoco como poco después de su muerte. No podemos alegar que el número de los que sufrieron fuera pequeño, pues formaban, por así decirlo, un gran ejército de mártires. No podemos decir que se compusiera de profetas a quienes Dios hubiera apartado del pueblo común, pues mujeres y niños pequeños formaban parte de aquella multitud. No podemos decir que salieran del trance a bajo precio, pues fueron atormentados con toda la crueldad posible. Por eso oímos lo que dice el apóstol (Hebreos 11:35): que unos fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección; otros fueron probados con burlas y azotes, o con cadenas y cárceles; otros fueron apedreados o aserrados; otros anduvieron de un lado a otro, errantes por montes y cuevas.

Comparemos ahora su caso con el nuestro. Si ellos así soportaron por la verdad, que entonces era tan oscura, ¿qué habremos de hacer nosotros en la clara luz que ahora resplandece? Dios nos habla a boca abierta; la gran puerta del reino de los cielos ha sido abierta, y Jesucristo nos llama a sí, después de haber descendido hasta nosotros para que le tengamos, por así decirlo, presente ante nuestros ojos. ¡Qué reproche sería para nosotros tener menos celo en sufrir por el evangelio que aquellos que solo saludaron las promesas de lejos, que solo tuvieron una pequeña portezuela abierta por donde llegar al reino de Dios, y que solo tuvieron algún memorial y figura de Jesucristo! Estas cosas no pueden expresarse en una palabra, como merecen, y por eso dejo a cada uno que las pondere por sí mismo.

La doctrina que acaba de exponerse, por ser general, debe ser llevada a la práctica por todos los cristianos, aplicándola cada uno a su propio uso según sea necesario. Esto digo para que quienes no se ven en peligro aparente no la juzguen superflua en cuanto a ellos. No están en esta hora en manos de tiranos, pero ¿cómo saben lo que Dios se propone hacer con ellos en adelante? Debemos, pues, estar tan prevenidos que, si llega alguna persecución que no esperábamos, no seamos tomados por sorpresa. Mas mucho me temo que hay muchos oídos sordos respecto de este asunto. Tan lejos están los que se hallan al abrigo y en su comodidad de prepararse a sufrir la muerte cuando sea menester, que ni siquiera se toman la molestia de servir a Dios en su vida. Y, con todo, sigue siendo verdad que esta preparación para la persecución debe ser nuestro estudio ordinario, y especialmente en los tiempos en que vivimos.

Aquellos, por su parte, a quienes Dios llama a sufrir por el testimonio de su nombre, deben mostrar con hechos que han sido cabalmente adiestrados en la paciente perseverancia. Entonces deben traer a la memoria todas las exhortaciones que se les dieron en tiempos pasados, y disponerse tal como el soldado corre a las armas cuando suena el rebato. Pero cuán distinto es el resultado. La única cuestión es cómo hallar subterfugios para escapar. Esto lo digo respecto de la mayor parte; porque la persecución es una verdadera piedra de toque con la que Dios averigua quiénes son los suyos. Y pocos son tan fieles que estén dispuestos a salir al encuentro de la muerte con valentía.

Es cosa en cierto modo monstruosa que personas que se jactan de tener un poco del evangelio se atrevan a abrir los labios para proferir tales sofismas. Algunos dirán: ¿Qué ganamos con confesar nuestra fe a gente obstinada que ha resuelto deliberadamente pelear contra Dios? ¿No es esto echar perlas delante de los cerdos? Como si Jesucristo no hubiera declarado con toda claridad (Marcos 8:38) que quiere ser confesado en medio de los perversos y malignos. Si no son instruidos por ello, al menos quedarán confundidos; y así la confesión es olor de suave fragancia delante de Dios, aunque sea de muerte para los réprobos. Hay quienes dicen: ¿De qué aprovechará nuestra muerte? ¿No resultará más bien en escándalo? Como si Dios les hubiera dejado la elección de morir cuando lo tuvieran por bueno y hallaran la ocasión oportuna. Al contrario, aprobamos nuestra obediencia dejando en su mano el provecho que ha de resultar de nuestra muerte.

En primer lugar, pues, el hombre cristiano, dondequiera que esté, ha de resolverse, a pesar de los peligros o las amenazas, a andar en sencillez como Dios lo ha mandado. Guárdese cuanto pueda de la voracidad de los lobos, pero que no sea con astucia carnal. Sobre todo, ponga su vida en las manos de Dios. ¿Lo ha hecho?

Entonces, si acaece que cae en manos del enemigo, piense que Dios, habiéndolo así dispuesto, se complace en tenerlo por uno de los testigos de su Hijo, y por tanto que no tiene modo de volverse atrás sin quebrantar la fe con Aquel a quien hemos prometido todo deber en la vida y en la muerte; Aquel de quien somos y a quien pertenecemos, aun cuando no hubiéramos hecho promesa alguna.

Al decir esto, no impongo a todos la necesidad de hacer una confesión plena y entera de todo cuanto creen, aun cuando se les exigiera hacerlo. Conozco también la mesura que guardó san Pablo, aunque ningún hombre estuvo jamás más resuelto a sostener con valentía la causa del evangelio como debía. Y por eso no sin razón nuestro Señor promete darnos, en tal ocasión, "palabra y sabiduría" (Lucas 21:15); como si dijera que el oficio del Espíritu Santo no es solo fortalecernos para ser osados y valientes, sino también darnos prudencia y discreción, para guiarnos en el rumbo que convenga tomar.

La sustancia de todo es que quienes se hallan en tal aprieto han de pedir y obtener de lo alto semejante prudencia, no siguiendo su propia sabiduría carnal en busca de una especie de escapatoria por la cual huir. Hay quienes nos dicen que nuestro Señor mismo no dio respuesta a los que lo interrogaban. Pero yo replico: primero, que esto no anula la regla que Él nos ha dado de hacer confesión de nuestra fe cuando se nos requiera (1 Pedro 3:15). Segundo, que Él jamás usó disfraz alguno para salvar su vida; y tercero, que jamás dio una respuesta tan ambigua que no encerrara un testimonio suficiente de todo cuanto tenía que decir; y que, además, ya había satisfecho a quienes venían a interrogarlo de nuevo, no con el fin de obtener información, sino meramente de tenderle trampas para prenderlo.

Téngase, pues, por punto firme entre todos los cristianos que no deben tener su vida por más preciosa que el testimonio de la verdad, por cuanto Dios quiere ser glorificado por medio de ella. ¿Acaso en vano da el nombre de testigos (pues este es el significado de la palabra mártir) a todos los que han de responder ante los enemigos de la fe? ¿No es porque quiso emplearlos para tal fin? Aquí no ha de andar cada cual mirando a su prójimo, porque Dios no honra a todos por igual con el llamado. Y como somos propensos a mirar así, tanto más hemos de guardarnos de ello. Pedro, habiendo oído de labios de nuestro Señor Jesús (Juan 21:18) que sería llevado en su vejez adonde no quería, preguntó: ¿Qué había de ser de su compañero Juan? No hay uno entre nosotros que no hubiera hecho de buena gana la misma pregunta; pues el pensamiento que al instante se levanta en nuestra mente es: ¿Por qué sufro yo antes que otros? Al contrario, Jesucristo nos exhorta a todos en común, y a cada uno en particular, a tenernos "preparados", a fin de que, según llame a este o a aquel, marchemos en nuestro turno.

Expliqué antes cuán poco preparados estaremos para sufrir el martirio si no vamos armados de las promesas divinas. Resta ahora mostrar algo más plenamente cuál es el sentido y el fin de estas promesas; no especificarlas todas en detalle, sino mostrar las cosas principales que Dios quiere que esperemos de Él, para consolarnos en nuestras aflicciones. Ahora bien, estas cosas, tomadas en resumen, son tres. La primera es que, por cuanto nuestra vida y nuestra muerte están en su mano, Él nos guardará con su poder, de modo que ni un cabello será arrancado de nuestra cabeza sin su permiso. Los creyentes, por tanto, deben estar seguros, en cualesquiera manos que caigan, de que Dios no ha renunciado a la tutela que ejerce sobre sus personas. Si tal persuasión estuviera bien impresa en nuestros corazones, seríamos librados de la mayor parte de las dudas y perplejidades que nos atormentan y nos estorban en nuestro deber.

Vemos a los tiranos desatados; y entonces nos parece que Dios ya no posee medio alguno de salvarnos, y nos sentimos tentados a proveer a nuestros propios asuntos como si nada más hubiera que esperar de Él. Al contrario, su providencia, tal como Él la despliega, debe ser tenida por nosotros como una fortaleza inexpugnable. Esforcémonos, pues, por aprender todo el alcance de aquella expresión: que nuestros cuerpos están en las manos de Aquel que los creó. Por esta razón ha librado a veces a su pueblo de manera milagrosa, y por encima de toda expectativa humana, como a Sadrac, Mesac y Abed-nego del horno de fuego, a Daniel del foso de los leones, a Pedro de la cárcel de Herodes, donde estaba encerrado, encadenado y guardado con tanta vigilancia. Con estos ejemplos quiso testificar que tiene a raya a nuestros enemigos, aunque no lo parezca, y que tiene poder para sacarnos de en medio de la muerte cuando le plazca. No que siempre lo haga; pero, al reservarse la autoridad de disponer de nosotros para la vida y para la muerte, quiere que estemos plenamente seguros de que nos tiene a su cargo; de suerte que, por más que los tiranos intenten, y con cualquier furia con que se lancen contra nosotros, solo a Él le corresponde ordenar nuestra vida.

Si permite que los tiranos nos den muerte, no es porque su vida no le sea querida, y tenida en cien veces mayor honra de la que merece. Siendo así, habiendo declarado por boca de David (Salmo 116:15) que la muerte de sus santos es preciosa a sus ojos, dice también por boca de Isaías (26:21) que la tierra descubrirá la sangre que parece estar oculta. Sean, pues, los enemigos del evangelio tan pródigos como quieran de la sangre de los mártires: habrán de rendir de ella terrible cuenta, hasta la última gota. En el día de hoy se entregan a la soberbia burla mientras entregan a los creyentes a las llamas; y, después de haberse bañado en su sangre, se embriagan de ella hasta tal punto que tienen todos los asesinatos que cometen por mero juego de fiesta. Pero, si tenemos paciencia para esperar, Dios mostrará al fin que no en vano ha tasado nuestra vida en tan alto precio. Entretanto, no nos ofenda que ello parezca confirmar el evangelio, que en valor sobrepasa al cielo y a la tierra.

Para estar mejor seguros de que Dios no nos deja como abandonados en manos de los tiranos, recordemos las declaraciones de Jesucristo cuando dice (Hechos 9:4) que Él mismo es perseguido en sus miembros. En verdad Dios había dicho antes (Zacarías 2:8): "El que os toca, toca a la niña de su ojo". Pero aquí se dice mucho más expresamente que, si sufrimos por el evangelio, es tanto como si el Hijo de Dios sufriera en persona. Sepamos, por tanto, que Jesucristo tendría que olvidarse de sí mismo antes de poder dejar de pensar en nosotros cuando estamos en la cárcel o en peligro de muerte por su causa; y sepamos que Dios tomará muy a pecho todos los ultrajes que los tiranos cometan contra nosotros, tal como si se cometieran contra su propio Hijo.

Lleguemos ahora al segundo punto que Dios nos declara en su promesa para nuestro consuelo. Es que Él nos sostendrá de tal modo por la energía de su Espíritu que nuestros enemigos, hagan lo que hagan, aun con Satanás a la cabeza, no obtendrán ninguna ventaja sobre nosotros. Y vemos cómo despliega sus dones en tal trance; pues la invencible constancia que aparece en los mártires demuestra abundante y hermosamente que Dios obra en ellos poderosamente. En la persecución hay dos cosas penosas para la carne: el vituperio y el insulto de los hombres, y los tormentos que el cuerpo padece. Ahora bien, Dios promete tendernos su mano con tal eficacia que venceremos ambos por la paciencia. Lo que así nos dice, lo confirma con los hechos. Tomemos, pues, este escudo para desviar todos los temores con que somos acometidos, y no encerremos la obra del Espíritu Santo en límites tan estrechos que supongamos que no vencerá con facilidad todas las crueldades de los hombres.

De esto hemos tenido, entre otros ejemplos, uno particularmente memorable. Un joven que en otro tiempo vivió aquí con nosotros, habiendo sido apresado en la ciudad de Tournay, fue condenado a que le cortaran la cabeza si se retractaba, y a ser quemado vivo si permanecía firme en su propósito. Cuando le preguntaron qué pensaba hacer, respondió sencillamente: "Aquel que me dé gracia para morir con paciencia por su nombre, de seguro me dará gracia para soportar el fuego". Debemos tomar esta expresión no como la de un hombre mortal, sino como la del Espíritu Santo, para asegurarnos de que Dios no es menos poderoso para fortalecernos y hacernos victoriosos sobre los tormentos que para hacernos someternos de buena gana a una muerte más suave. Además, muchas veces vemos qué firmeza da a desdichados malhechores que sufren por sus crímenes. No hablo de los endurecidos, sino de aquellos que sacan consuelo de la gracia de Jesucristo y, por medio de Él, con corazón sereno, soportan el más grave castigo que pueda infligirse. Un hermoso ejemplo se ve en el ladrón que fue convertido a la muerte de nuestro Señor. Dios, que así asiste poderosamente a pobres criminales cuando padecen el castigo de sus fechorías, ¿faltará tanto a su propio pueblo, mientras pelea por su causa, que no le dé un valor invencible?

El tercer punto que considerar en las promesas que Dios da a sus mártires es el fruto que deben esperar de sus padecimientos y, al fin, si es menester, de su muerte. Ahora bien, este fruto es que, después de haber glorificado su Nombre —después de haber edificado a la Iglesia con su constancia—, serán reunidos junto con el Señor Jesús en su gloria inmortal. Mas, como ya hemos hablado de esto con alguna extensión, basta aquí traerlo a la memoria. Aprendan, pues, los creyentes a levantar la cabeza hacia la corona de gloria e inmortalidad a la que Dios los invita, para que no sientan reparo en dejar la vida presente por tal recompensa; y, para estar bien seguros de esta inestimable bendición, tengan siempre ante sus ojos la conformidad que así tienen con nuestro Señor Jesucristo, contemplando la muerte en medio de la vida, así como Él, por el oprobio de la cruz, alcanzó la gloriosa resurrección, en la que consiste toda nuestra felicidad, gozo y triunfo.

Escritura en este sermón Hebreos 13:13

Dominio público. Texto original de la edición original.