Sermón · 34 min de lectura · Moderada

Caleb: otro espíritu

Retrato de Gareth Evans Gareth Evans

Texto

Números 14:24

En breve

Predicando sobre Números 14:24 y el informe de los doce espías, Evans contrasta la conformidad de la iglesia con una existencia de desierto a base de maná y codornices con el "otro espíritu" de Caleb, que siguió cumplidamente al Señor hasta la tierra prometida. Volviéndose a la petición de Hebrón que hace Caleb en Josué 14, traza cinco rasgos de la descendencia de Caleb —la adoración, el seguir a Dios de todo corazón, otro espíritu, una juventud renovada y la conquista de gigantes—, ilustrados con la conversión repentina de un joven empresario chino, y concluye con un llamado a procurar, ahora, entrar en el reposo de Dios en vez de conformarse con el desierto.

Así que vayamos a Filipenses, capítulo dos. Me gustaría leer una porción de esa Escritura porque de verdad baja a tierra, a nosotros, a nosotros juntos, además de recordarnos el ministerio de Jesús aquí en la tierra. Voy a leer desde el versículo uno hasta el versículo once.

Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, yendo hasta lo más bajo por nosotros. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Y todo el pueblo de Dios dijo: amén. Voy a pedirle a nuestro hermano Gareth Evans que pase y nos traiga lo que el Señor ha puesto en su corazón de la palabra de Dios esta mañana.

Gracias, Brian, por ser obediente al Espíritu, por leer eso. Un poco antes nos reunimos y hablamos de qué lectura tendríamos hoy, y yo sugerí que no hacía falta una lectura, ya que yo os llevaría a las Escrituras. Pero esta mañana me levanté temprano solo para preparar mi corazón, y escribí en el margen de mis notas: Filipenses capítulo dos, haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús. Cuando pasa algo así, me da una gran confianza saber que tengo la palabra de Dios para vosotros esta mañana.

Mi primera iglesia fue cuando fui pastor en Kitchener, Ontario. Había sido profesor de física durante muchos años antes de hacerme pastor allí. En mi congregación tenía a un joven que era uno de mis ancianos. Tenía apenas treinta años, y cada domingo, en la primera parte del culto, se levantaba a leer una escritura. Ocho veces, quizá diez, quizá seis veces en mi primer año en esa iglesia, Charlie Nienkirchen se levantó y leyó mi texto, sin saber de qué iba yo a hablar. Os podéis imaginar la confianza que tenía esas mañanas, de que tenía la palabra de Dios. Y gracias, Brian, por ser obediente.

Fuera de Egipto, al desierto

Debió de parecerles un sueño cada mañana cuando los hijos de Israel se despertaban. Habían nacido en la esclavitud; lo único que habían conocido eran los capataces de Egipto, y la tarea se hacía cada vez más dura, porque se les obligaba a hacer ladrillos con cada vez menos paja. Luego habían venido sobre la tierra una serie de calamidades, plagas de ranas, ríos convertidos en sangre y muchas otras cosas, y el punto culminante de todo fue la noche en que se les advirtió que pusieran sangre en los postes de las puertas de sus casas, para que cuando pasara el ángel vengador, fueran librados. Mirando ahora atrás a aquellos días, parecía realmente un sueño que hubieran sido liberados: cómo el ángel vengador había pasado por todo Egipto y había matado al primogénito de cada casa, pero los hijos de Israel escaparon.

Había unos 22.700 que habían sido redimidos como primogénitos. Estoy seguro de que recordaban vívidamente cómo habían llegado al mar Rojo, cómo habían visto el polvo de los egipcios que los perseguían, cómo estaban llenos de miedo, hasta que Moisés les dijo: no temáis, estad firmes, y ved la salvación del Señor, que él os mostrará hoy. Porque a estos capataces que os han tenido en servidumbre durante tantos años, nunca más para siempre los volveréis a ver. Y luego la división del mar, y cómo cruzaron en seco; cómo una columna de fuego había ido delante de ellos de noche y una nube de día. Volviendo la vista al mar Rojo, vieron a los egipcios que los perseguían ahogados cuando las aguas volvieron.

Todo esto parecía un sueño, un sueño asombroso y maravilloso. Y cada mañana, al despertarse al comienzo de su viaje por el desierto, debieron de pellizcarse para ver si era real. En sus primeros meses al otro lado del mar Rojo, Moisés se reunía con regularidad con Dios en la cumbre de un monte, y el pueblo, abajo, miraba hacia arriba y lo veía cubierto de nube y de llamas de fuego. Oían que Dios se reunía allí con Moisés. En la cumbre del monte, Dios dio a Moisés los Diez Mandamientos, y leyes ceremoniales sobre el funcionamiento del tabernáculo; le describió el tabernáculo y todos los utensilios que habría en él. Mientras tanto, los hijos de Israel que esperaban abajo no sabían muy bien qué hacer con su libertad.

Hoy tenemos a muchos en la iglesia que no saben qué hacer con la libertad que Cristo ha comprado para nosotros. Y así se hicieron un becerro de oro; querían adorar a Dios de alguna manera, y entonces se hicieron su propio dios. Empezaron a quejarse de que tenían sed, y Moisés tuvo que golpear una roca para sacar agua. Estaban asombrados de las muchas cosas que Dios hacía entre ellos; todo era nuevo para ellos, porque nunca habían experimentado nada parecido; lo único que habían conocido era la servidumbre y el cautiverio.

Al cabo de unos meses, Moisés bajó a ellos. El tabernáculo había sido diseñado y construido para el viaje, y se les habían dado los Diez Mandamientos. Moisés les explicó las leyes que Dios esperaba que guardaran, ahora que habían salido de la servidumbre de Egipto. Y entonces Dios habló a Moisés y le dijo: Moisés, ya es hora de heredar vuestras promesas. Prometí a tu padre Abraham, y a Isaac y a Jacob después de él, que os sacaría y os llevaría a mi tierra prometida. Es hora de entrar.

Veis, Dios no los sacó de Egipto para que anduvieran errantes por el desierto durante cuarenta años. Dios los sacó de Egipto para llevarlos a Canaán. Lo único que el desierto debía ser era un tiempo en el que Dios les afianzaba sus Diez Mandamientos, sus leyes, y el establecimiento de los levitas como sacerdocio. Leemos que hubo 22.270 de los que salieron como primogénitos, y los levitas fueron escogidos para sustituirlos, redimidos por la sangre en el poste de la puerta. Dios dijo: no quiero tomar al primogénito de cada casa, sino que quiero tomar a la tribu de Leví para que sea mi pueblo especial. Ellos serán mis sacerdotes.

Todo esto quedó establecido en los primeros meses de su estancia en el desierto. Y entonces Dios dijo: Moisés, ahora quiero que vayas a la tierra prometida. Escoge un jefe de cada una de las doce tribus y mándales que recorran la tierra, que reconozcan la tierra, que vean dónde está el enemigo, que vean cómo es la tierra, y que me traigan informe. Y esta historia la leemos en el libro de Números, capítulo catorce. Si tenéis vuestras Biblias, por favor, quizá queráis buscarlo conmigo; si no tenéis vuestras Biblias con vosotros, qué vergüenza.

La palabra de Dios es una espada en nuestra mano. La palabra de Dios es alimento para nuestras almas. Voy a parafrasear las Escrituras. Conocéis bien la historia; estoy seguro de que muchos de vosotros, si fuisteis a la escuela dominical, la habréis oído muchas veces. Los doce espías entran en la tierra prometida y recorren todo Canaán, y vuelven al cabo de unos meses a Moisés para dar el informe de su viaje. Y este es un resumen del informe: es una tierra maravillosa, llena de leche y miel. Las uvas son enormes, mirad lo que hemos traído.

Y trajo un racimo de uvas que hacían falta dos hombres para llevarlo, un solo racimo. Todos estaban entusiasmados con la tierra. Pero luego añadieron: sin embargo, hay gigantes en la tierra y les tenemos miedo, y más vale que no subamos, porque no estamos preparados. No tenemos ejército, no tenemos armas. No podemos ir. Y todo el pueblo, leemos, se llenó de miedo.

En ese momento se levantan dos hombres, dos de estos espías se levantan, llamados Josué y Caleb, y están llenos de una santa indignación. ¿Cómo que no podemos ir? Habéis visto una tierra que fluye leche y miel. Habéis visto todas las promesas de que esta es la tierra prometida de Dios. Dios quiere llevarnos adentro. Vamos a entrar, esos gigantes son pan para nosotros. Nos los comeremos de dos en dos. Ay, no, no, dijeron los otros diez, son demasiado grandes, no podemos entrar. Y el resultado fue que Dios dijo estas palabras.

Por cuanto no confían en mí, no entrarán en la tierra, excepto mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí. Yo le meteré en la tierra, y su descendencia la tendrá en posesión.

Ese es mi texto para esta mañana. Si marcáis vuestras Biblias, este es un buen versículo para marcar: Números capítulo catorce, versículo veinticuatro. Por su falta de confianza, no entrarán en mis promesas, en mi tierra prometida, excepto mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu. Él ha ido en pos de mí de todo corazón. Yo le meteré en la tierra, y su descendencia la tendrá en posesión.

Qué juicio tan terrible. Dios los había librado de sus capataces en Egipto. Los había llevado a la libertad. Se había mostrado fiel una y otra y otra vez, con las plagas y los milagros y la liberación, la división del mar Rojo, el maná que proveyó del cielo, el agua que proveyó de la roca. Sin duda él sería su Dios. Los había guiado con la columna de nube, y con una columna de fuego de noche. Y sin embargo ahora hay una acusación contra ellos: no entrarán en sus promesas. No confían en él.

Así que durante cuarenta años, aquellas personas que habían sido esclavas en Egipto se volvieron esclavas de su propia decisión. Y durante cuarenta años anduvieron errantes por el desierto. Oh, Dios fue fiel. Proveía el maná cada día; grande es tu fidelidad, podían cantar. Proveía codornices para que tuvieran carne que comer cada día. Los guiaba de oasis en oasis. Seguía siendo su Dios, que los guiaba, pero ellos seguían viajando por el desierto con arena en la boca y arena en los pies. Y estaban satisfechos.

¿Es posible que la iglesia de Dios en Canadá, en Estados Unidos, esté viviendo en el desierto y esté satisfecha? ¿Es esta la vida abundante de la que habló Cristo? Yo os sugeriría que la gran mayoría de los cristianos de nuestras iglesias hoy vive una existencia de desierto. De hecho, hasta cantamos canciones: "Me estoy saciando del maná de una provisión abundante". ¿Os acordáis de esa canción? Yo dejé de saciarme de maná hace muchos años, cuando entré en las promesas de Dios. El maná es para el desierto. La leche y la miel y las uvas son para la tierra prometida.

Dame este monte

Acompañadme, por favor, al libro de Josué, capítulo catorce. Moisés ya ha muerto. Murió en la cumbre del monte Nebo, después de haber guiado a los hijos de Israel durante cuarenta años. Había pasado cuarenta años en el palacio de Faraón, cuarenta años cuidando millones de ovejas de cuatro patas que balaban, y luego pasó cuarenta años cuidando millones de ovejas de dos patas que balaban. Su único deseo, en cuarenta años guiándolos por el desierto, era llevarlos a la tierra prometida; eso era todo lo que anhelaba. Tiene ciento veinte años, y al final de sus días su pueblo le pide otra vez agua.

Ve una roca, y Dios le dice que hable a la roca. En vez de hablar a la roca, la golpea con su vara. Y Dios dijo: por cuanto me has deshonrado, no entrarás en la tierra prometida. Y Moisés muere en el Nebo. Su joven servidor Josué, que había sido uno de los doce espías, es llamado a entrar en la tierra prometida y a hacer entrar a los hijos de Israel. Los hace pasar el Jordán.

Y allí, en la tierra prometida, comienzan las batallas para derrotar a los enemigos, y luego reparten la tierra entre las doce tribus. Qué triste reflexión, que dos tribus y media quisieran quedarse a este lado del Jordán. Aunque habían conquistado dentro de la tierra prometida, querían vivir a este lado del Jordán, en el desierto; querían quedarse allí porque, decían, esta es buena tierra para el ganado. Eran gente de ganado.

Ahora bien, no sé vosotros, pero yo me crie en el campo, y la gente de ganado suele tener barro en las botas. Y hay cristianos, por desgracia, que quieren quedarse en este mundo y llamarse cristianos en vez de entrar en las promesas de Dios. Pero las otras nueve tribus y media, las doce menos las dos y media, quisieron entrar en la tierra prometida. Y así lo hicieron, y la tierra se repartió entre ellas. Y entonces Caleb, el amigo de Josué, viene a él, capítulo catorce.

Y Caleb dijo estas palabras, empezad en el versículo seis.

Y los hijos de Judá vinieron a Josué en Gilgal; y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le dijo: Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, tocante a mí y a ti, cuando estábamos allá hace cuarenta años en Cades-barnea. Yo era de edad de cuarenta años entonces, cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Mas mis hermanos, los que habían subido conmigo, apocaron de miedo el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios. Y Moisés juró aquel día, diciendo: Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios. Y ahora, he aquí, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando los hijos de Israel andaban por el desierto. Y he aquí, ahora soy de edad de ochenta y cinco años, y todavía estoy tan fuerte hoy como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora, Josué, este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos estaban allí, los gigantes estaban allí, y que las ciudades eran grandes y fortificadas. Si Jehová está conmigo, los echaré, como Jehová ha dicho. Josué entonces le bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón por heredad. Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová su Dios.

Qué hombre tan extraordinario. La última vez que estuve en este púlpito, os hablé de esto: ninguno tenga en poco tu juventud. Hablé a los jóvenes, y dejé que los mayores escucharan. Hoy hablo a cualquiera que tenga ochenta y cinco años; hoy os hablo a todos vosotros. Aquí tenemos a un hombre en quien podemos poner los ojos como buen ejemplo: un hombre que a la edad de ochenta y cinco años todavía tenía pasión por Dios, un hombre que decía: mi juventud se renueva cada día.

Porque seguí cumplidamente al Señor, no tengo edad para jubilarme. Me niego a jubilarme. ¿Cómo se manda a un pastor a pastar? No lo sé. Me niego a jubilarme. Hoy me apasiona Dios más que cuando tenía veinticinco años. Me acerco a mi reino, me acerco a ver a mi rey, y cada día me emociono más con él. Y como Caleb, mi oración es: oh Dios, dame este monte donde habitan los gigantes.

No hay tiempo para acomodarse y relajarse. Mi camino ya va muy avanzado. ¿Sabéis cuál es mi oración personal? Mi oración personal es que el día que muera, lo último que haga sobre esta tierra sea decir una palabra de ánimo a un creyente joven. Me niego a envejecer. Como Caleb, quiero ser un hombre que reclama las promesas de Dios hasta el día en que muera. Dame este monte, como Moisés me prometió.

No tengo edad para jubilarme, dice Caleb. Mi brazo es fuerte. Quiero conquistar gigantes. Aunque los demás quieran quedarse atrás, a aquel lado del Jordán, en la tierra buena para el ganado, en el barro y el lodo, yo no quiero quedarme allí. Ni siquiera quiero quedarme aquí dentro, donde están las uvas y fluyen la leche y la miel. Quiero la cumbre del monte donde habitan los gigantes.

Dejadme llevaros de nuevo a mi texto, que está allí atrás, en Números catorce; os lo repetiré otra vez. No entrarán en mi tierra, pero a mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu y ha ido en pos de mí de todo corazón, yo le meteré en la tierra, y su descendencia la tendrá en posesión. Dios tiene lo mejor para los pocos que se atreven a pasar la prueba. Dios tiene una segunda opción para los que no quieren lo mejor. Creo que la iglesia en Norteamérica, en Canadá, vive hoy en un desierto. Y estamos satisfechos; esto es lo segundo mejor de Dios.

Dios sigue siendo fiel. Todavía nos da maná, todavía nos da codornices, pero hay algo mucho más profundo que esto, algo mucho más rico que esto, y es entrar en las promesas de Dios. Esa promesa solo se da a Caleb y a su descendencia. Y me hago a mí mismo, y os hago a vosotros esta mañana, esta pregunta, porque todo mensaje debe tener un desafío: ¿sois vosotros la descendencia de Caleb? ¿Sois la descendencia de Caleb? ¿Tenéis la naturaleza de Caleb en vosotros, de tal palo tal astilla? Yo soy descendencia de mi padre; tengo el carácter de mi padre en mí. También soy descendencia de mi Padre celestial; tengo la naturaleza de Cristo dentro de mí, como la tiene cada uno de nosotros.

La descendencia de Caleb

Pero mi pregunta para vosotros esta mañana es: ¿sois la descendencia de Caleb, que heredará las promesas de Dios? Dejadme describiros la descendencia de Caleb. En primer lugar, vemos que son de la tribu de Judá, y la palabra Judá significa alabanza. La descendencia de Caleb será un pueblo que alaba, un pueblo que adora. Esa es la primera característica. No dije un cristiano que canta, no dije uno que toca un instrumento; dije un cristiano que adora.

La adoración es mucho más que cantar canciones. Podemos cantar canciones y no ser más que un karaoke cristiano; creo que mucho del canto de adoración en muchas iglesias hoy no es más que karaoke cristiano, si nuestros corazones no son llevados a la presencia de Dios. Esto es lo que disfruto de Shannon y los demás: nos llevan a la presencia de Dios, y nuestros corazones deberían estar en su presencia, donde nos perdemos en asombro, amor y alabanza y adoración. Ese es el propósito de cantar este canto; no es para hacernos sentir bien, ni para entrar en calor, ni para darnos ocasión de ponernos de pie.

La alabanza y la adoración nos llevan a la presencia de Dios, donde nuestros corazones le adoran, porque solo él es digno de nuestra alabanza. Ese es el espíritu de la descendencia de Caleb: son un pueblo que adora, de la tribu de Judá. En las Escrituras leo que Dios busca dos cosas, dos clases de personas. En el Antiguo Testamento, buscaba hombres y mujeres que se pusieran en la brecha entre los hombres y las mujeres. En el Nuevo Testamento, Jesús dijo a la mujer junto al pozo que Dios sigue buscando a los que le adoren en espíritu y en verdad. La descendencia de Caleb son adoradores.

Pablo, en su carta a los Efesios, exhorta a sus lectores a ser llenos del Espíritu, a no embriagarse con vino, sino a ser llenos del Espíritu, y a continuación da tres evidencias de una vida llena del Espíritu. La primera evidencia es esta: cantando y alabando al Señor en vuestro corazón. Es una actitud de adoración. No me digáis que sois cristianos llenos del Espíritu si no sois adoradores; un cristiano lleno del Espíritu será de la descendencia de Caleb.

La siguiente evidencia es que dais gracias en todo; no me digáis que sois cristianos llenos del Espíritu si sois murmuradores. La tercera evidencia, en el versículo siguiente, es estar sometidos unos a otros en el amor de Cristo; no me digáis que sois llenos del Espíritu si no estáis sometidos unos a otros, honrándoos unos a otros. La primera evidencia es la de un espíritu de adoración, y la primera evidencia de la descendencia de Caleb es que son de la tribu de Judá, que significa adoración y alabanza.

La segunda característica de la descendencia de Caleb es que son personas que siguen a Dios de todo corazón. Cuántas veces leí en esa Escritura, y lo recalco: porque él es un hombre que me sigue de todo corazón, dice Dios. Moisés dio testimonio de ello. Caleb es un hombre que sigue a Dios de todo corazón, y Caleb, hablando a Josué, dice: porque yo he seguido cumplidamente a Dios. Mi visión ha estado centrada en él. Ese es mi blanco, esa es mi meta, él es el centro de mi vida.

Le seguiré de todo corazón. Mi corazón no va a estar dividido entre las cosas de este mundo y las cosas de Dios. Bienaventurados los de limpio corazón. Eso quiere decir sin mezcla de amor por este mundo, sino amor y atención solo puestos en él. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Y la descendencia de Caleb son hombres y mujeres cuyo corazón va en pos de él por completo. No hay componendas con las cosas del mundo; no hay componendas en un corazón dividido.

Sino hombres y mujeres que van en pos de él, en sus estudios, en la escuela, en la carrera que tengan, en su empleo, en su trabajo, en su hogar; son personas que viven en pos de él, y lo que él dice es guía para ellos. Y el libro de texto es la Biblia, no el humanismo secular de tanta parte de la sociedad. El humanismo secular es cuando el hombre se pone a sí mismo en el trono. ¿Sabéis que existe algo así como un humanismo cristiano? El hombre sigue poniéndose a sí mismo en el trono, pero lo llaman Dios.

Adoran a un Dios que está para bendecirlos; siguen siendo ellos el centro de su universo, aunque sean cristianos. Pero hay un hombre que sigue a Dios, un hombre centrado en Dios y en su gloria; estos son la descendencia de Caleb. La tercera cosa que tienen, lo han dicho: Dios, mira a mi siervo Caleb, porque hay en él otro espíritu. Filipenses dos: haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.

Son personas de otro espíritu, personas que viven un cristianismo contracultural. No tienen dentro el espíritu de este mundo, sino el espíritu de Cristo, y él vive a través de ellos. Es un espíritu distinto del de su entorno. Cuando todos a su alrededor murmuran, ellos son personas que traen paz y gratitud. Cuando todo a su alrededor es interés secular, ellos son las personas que viven para Cristo. Tienen otro espíritu.

Cuando todo a su alrededor es política e intrigas, ellos son personas íntegras; no tienen lengua de doble filo cuando hablan unos con otros. Cuando miráis a vuestro alrededor el espíritu del mundo, el cristianismo contracultural es una persona que tiene otro espíritu, un espíritu contrario a ese. Cuando estáis en un grupo de gente y los oís a todos hablar de sus metas para esta vida y de todos sus planes para esta vida, el cristiano contracultural es la persona cuyo espíritu consiste en que sus metas están centradas en Cristo.

Hace ocho semanas tuve la alegría de guiar a Cristo a un joven empresario chino. Dejadme contaros la historia; la haré tan breve como pueda. Tuvimos a una chica japonesa viviendo con nosotros durante unos años, una chica maravillosa, encantadora. Conocía al Señor, aunque su fe era muy superficial. Empezó a asistir a una iglesia japonesa aquí en la ciudad, y luego empezó a trabajar para un hombre que tiene barras de sushi; entráis en las tiendas Thrifty y veis las barras de sushi: ese hombre es el dueño, y es cristiano. Un chino muy joven, Victor.

Solía venir a menudo a nuestra casa porque se había enamorado de esta chica japonesa, que era su empleada. La trajo a casa del trabajo el primer día, lo cual fue muy amable de parte de su jefe. La trajo a casa del trabajo el segundo día, cosa que a ella le pareció bastante rara. La trajo a casa del trabajo el tercer día, y pensamos: oye, ¿qué está pasando aquí? Y para el cuarto día ya lo habíamos entendido. Pero ella volvió a Japón, y luego regresó aquí y se fueron a vivir juntos. Claro, no nos hacía ninguna gracia, pero no podíamos decir nada al respecto, y venían a menudo a nuestra casa.

Luego, cuando estábamos en Australia el año pasado, nos escribieron un correo preguntándonos cuándo volvíamos, porque querían casarse y querían que estuviéramos allí. Así que nos dieron la fecha, y volvimos, y vinieron a vernos dos semanas antes del día previsto para la boda en el Laurel Point Inn. Y nos dijeron: nuestro pastor no nos quiere casar, el pastor japonés. Yo dije: ¿por qué no? Y dijeron: pues porque Victor no es cristiano. Yo dije: bueno, yo tampoco os casaría, por la misma razón; volvía para vuestra boda pensando que ya estaba todo arreglado, pero yo tampoco os habría casado.

Tengo que decir de Victor que no se enfadó con el pastor; lo entendió. Pero dijo: no podía entregar mi corazón a Jesús, no podía hacerme cristiano solo para casarme contigo. Y yo le dije: bien, eso es integridad. Pero él dijo: oye, Gareth, no sé nada del cristianismo, ¿me enseñarías la Biblia? Ahora bien, debería haber dicho: bueno, déjame orar sobre esto; pero tengo que reconocer que hay momentos así en los que soy bastante carnal, y me llevó un segundo y medio.

Así que la semana siguiente me reuní con él. No sabía absolutamente nada de la Biblia, no sabía la diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, ni siquiera sabía que a los cristianos se les llama cristianos por Cristo; nada. Vino a mi casa un viernes por la noche, y su esposa le había comprado una Biblia nuevecita, una Biblia de estudio muy buena. Así que lo planifiqué, y había escrito notas con toda una sinopsis del Antiguo Testamento: el huerto del Edén, la caída, Adán y Eva expulsados, cómo Dios los vuelve a llamar, cómo escoge a Abraham y al pueblo escogido, cómo los lleva al desierto, toda la historia de los profetas que los llamaban a volver y cómo rechazaron todo esto. Pero llegué a la historia de la sangre en los postes de las puertas.

Y le dije: bueno, Victor, quiero que te acuerdes de eso. Y le conté cómo se sacrificaba el cordero una vez al año, en el Día de la Expiación, Yom Kipur, para cubrir sus pecados por un año. Y luego llegué hasta Malaquías, el último profeta, y después de él, esos cuatrocientos años de silencio; Dios parece haberse lavado las manos. Me llevó cincuenta minutos llegar hasta ahí. Y le dije: Victor, si Dios quisiera cubrir nuestros pecados por toda la eternidad, ¿qué tendría que hacer? Y este joven empresario chino, que no sabía nada del cristianismo, me miró directamente a la cara y dijo estas palabras: bueno, supongo que tendría que encontrar un cordero perfecto. Supongo que tendría que encontrar un cordero perfecto.

Así que le dije: déjame pasar al siguiente profeta, Juan el Bautista: viene uno después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Y entonces ve venir a Jesús, y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios! Y Victor se puso en pie de un salto. Dijo: ¡el cordero perfecto! Y yo dije: oh... Él dijo: se me ha puesto la piel de gallina, tengo que entregarle mi vida. Yo le dije: espera, espera, espera.

Dijo: no estoy exagerando. Yo le dije: espera, Victor, no, no es tan fácil como eso; pero tengo que entregarle mi vida, dijo él. Si él murió por mí, voy a dar mi vida por él; él cubrió mis pecados por toda la eternidad. Yo dije: sí, sí, sí, pero no, espera, espera. Yo no creo en el creer fácil. Quiero, Victor, que de verdad entiendas esto, que entiendas lo que está pasando. Así que después de un rato, al fin le dije: está bien, oremos.

Entregó su vida a Cristo. Le dije que lo escribiera en su Biblia. Ni siquiera había escrito su nombre en ella. Pero lo primero que escribió en su Biblia fue: hoy, el tantos de junio, el diez, entrego mi vida a Jesucristo. Le dije: cuando vayas a la iglesia el domingo con el pastor japonés, quiero que vayas y le cuentes lo que has hecho. Luego se quedó a cenar, y tres horas después se fueron de mi casa. Y le dije a Victor: ¿qué te pedí que hicieras? Él dijo: voy a decirle a mi pastor que he entregado mi corazón a Jesús, mi vida a Jesús. Y luego le voy a preguntar si puedo contárselo a todos los demás de la iglesia.

Y lo hizo el domingo siguiente, dos días después. Me reúno con él cada semana, con los dos, para estudiar la Biblia. La semana pasada me reuní con él; acababa de abrir una nueva franquicia en Duncan. Por esto os cuento esta larga historia: le va muy bien, y yo le dije: vaya, Dios te está bendiciendo, verás crecer un imperio de estas franquicias. Ay, no, no, dijo él, ahora soy cristiano, tengo otras metas. Ese es un hombre que sabe lo que es tener otro espíritu en él, porque ahora sus metas están centradas en Jesús.

Lleva dos meses siendo cristiano, y soy otro hombre, dijo. La descendencia de Caleb tiene otro espíritu. Van en contra del espíritu del mundo. No dejan que el mundo los amolde a su patrón; no dejan que el mundo los presione para ser como el mundo. Se proponen ser diferentes, porque tienen otro espíritu dentro.

La cuarta cosa acerca de la descendencia de Caleb es esta: que su juventud se renueva. Caleb dijo: tengo ochenta y cinco años, pero soy tan joven como hace cuarenta años; todavía tengo el brazo fuerte que tenía hace cuarenta y cinco años. Porque Dios me ha conservado joven, ha renovado mi juventud. El salmista dice que él renueva nuestra juventud como el águila. En mi casa, si alguna vez venís a mi estudio, veréis allí muchos cuadros de águilas. Uno de mis textos favoritos se encuentra en el libro de Isaías, donde dice: los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas.

La palabra "esperar" en el Señor no tiene nada que ver con una cuestión de tiempo. No es esperar como esperáis pacientemente el autobús. Literalmente significa los que atan sus vidas juntas. La palabra esperar, en el Antiguo Testamento, en el libro de Isaías, si la buscáis en la Concordancia de Strong, habla de tres cuerdas que se trenzan juntas para formar una soga. Eso es esperar. Y Jesús dijo lo mismo: si permanecéis en mí y yo en vosotros, eso es esperar. Y la promesa es: renovaréis vuestra juventud como el águila.

Y mi promesa, y el texto de mi vida, es: él renueva mi juventud como el águila. Por eso subo cada semana al estudio bíblico de Summit; por eso mi corazón sigue siendo joven, porque me apasiona Dios. Él renueva mi juventud como el águila. Mi cuerpo a veces tiene achaques y dolores, pero mi espíritu todavía tiene treinta y cinco años. Hijos de Caleb, descendencia de Caleb: su juventud se renueva como el águila. ¿Por qué? Porque esperan en el Señor. Están atados junto con él.

Luego, esta otra característica de la descendencia de Caleb: Caleb dijo: quiero este monte; no me conformo con las llanuras, quiero este monte. Y el nombre del monte es Hebrón, y la palabra Hebrón significa comunión. Este es un hombre que tiene hambre de comunión con Dios. Este es un hombre que no se conforma con las llanuras, disfrutando de las bendiciones de Dios, ni siquiera con la leche y la miel. No se conforma con estas cosas; quiere la comunión de Dios. Por eso pasa tiempo en la presencia de Dios; por eso sus devocionales de la mañana son importantes para él, para tener comunión con Dios en las alturas de Hebrón.

¿Os describe esto a vosotros? ¿Os describen estas palabras? ¿Sois de la descendencia de Caleb? Porque solo la descendencia de Caleb va a heredar las promesas de Dios. Y lo último acerca de esta característica de la descendencia de Caleb es esto: conquistan gigantes. No pidió Hebrón porque la vista desde la cumbre fuera maravillosa; pidió Hebrón porque allí habitan los gigantes. Eso es lo que quería. Dadme los gigantes, que vengan, hombre, que vengan. Ochenta y cinco años, no me importa lo grandes y fuertes que sean, dadme los gigantes. ¿Por qué? Porque mi Dios es poderoso para vencerlos.

Mi Dios, que derribó los muros de Jericó, es poderoso para derrotar a los gigantes. ¿Sois matadores de gigantes esta mañana? Claro, el matador de gigantes más famoso de la Biblia fue David. ¿Os acordáis de la historia de David y Goliat? ¿Sabíais que David casi murió, apenas unos años después, a manos del primo de Goliat? Recordad el nombre: Isbi-benob. El gigante Isbi-benob vino, y estaba a punto de vencer a David, porque David había sido debilitado por el pecado. El pecado siempre vence, el pecado siempre debilita. Y en su estado de debilidad, el gigante estaba a punto de matarlo, hasta que su propio sobrino vino y lo libró del gigante.

Pero los hijos de Caleb, la descendencia de Caleb, son personas que conquistan gigantes. Tengo aquí un poema escrito por A. B. Simpson, Albert Benjamin Simpson, que fue un líder, un hombre piadoso, un gran líder en el siglo diecinueve. Perdonadme mientras os leo este poema.

Hay un enemigo cuyo oculto poder
bien puede el cristiano temer,
mucho más sutil que el pecado innato
y al alma más querido.
Es el poder del egoísmo,
es el obstinado yo;
y antes que mi Señor viva en mí,
mi propio yo ha de morir.

Hay, como los hijos de Anac de antaño,
una raza de gigantes aún:
la jactancia propia, la confianza en sí,
el buscar lo propio y la voluntad propia.
Aún deben estos altivos anaceos
por la espada de Caleb morir,
antes que las alturas de Hebrón, del amor celestial,
nuestros pies vencedores puedan alcanzar.

Oh, líbrame de la voluntad propia, amado Señor,
que reclama tu sagrado trono;
o que mi voluntad se pierda en la tuya
y sea hecha tu voluntad.
Oh, guárdame de la confianza en mí mismo
y de la suficiencia propia;
que cambie yo mi fuerza por la tuya
y me apoye solo en ti.

Oh, líbrame de buscar lo mío, Señor,
que no sea yo mío;
sacrificio vivo vengo a ti,
Señor, guárdame solo tuyo.
De la gloria propia líbrame, Señor,
del orgullo de la alabanza y la fama;
a Cristo sea dada toda la honra,
la gloria a su nombre.

Oh Jesús, mata el yo en mí
con tu aliento consumidor;
muéstrame tu corazón, tus heridas, tu vergüenza,
y ama mi alma hasta la muerte.
Cuando descendió la llama de la Shekiná,
ni aun Moisés pudo quedarse;
así llene ahora tu gloria mi ser
y mate al yo para siempre.

Oh Jesús, ven y mora en mí,
anda en mis pasos cada día;
vive en mi vida, ama en mi amor,
y habla en todo lo que digo.
Piensa en mis pensamientos; que todos mis actos
sean tus mismas acciones;
así ya no seré yo,
sino Cristo que vive en mí.

Gigantes del yo: ¿habéis matado a los gigantes que hay en vosotros? ¿Estáis dispuestos a enfrentarlos, para que conozcáis esa comunión, esa dulce comunión de estar en la cumbre de Hebrón con el Salvador? Solo los que están dispuestos a conquistar pueden entrar allí. Y sin embargo, empecé diciendo que muchos en la iglesia hoy están satisfechos con el desierto. Nos limitamos a cantar himnos, muchos himnos que vienen de Gales, que hablan de la tierra de Beula, "las dulces riberas del Jordán piso", "al otro lado del Jordán", y siempre lo interpretamos como si significara la muerte, como entrar en el cielo. Pero veis, la tierra prometida sigue siendo un lugar de batalla; no es el cielo. Sigue siendo un lugar donde caen los muros de Jericó.

Procurad entrar en aquel reposo

Sigue siendo un lugar de derrota en Hai. Sigue siendo un lugar de leche y miel y uvas, pero es el lugar de los gigantes, de la batalla y la conquista. Eso no es el cielo; eso es la vida ahora. Esa debería ser la meta de todo cristiano: habiendo salido de la servidumbre de vuestro pasado pecaminoso, habiendo cruzado el bautismo del mar Rojo, habiendo visto a esos capataces apartados de vosotros para siempre, Dios quiere llevaros a la tierra prometida. Pero ¿os conformáis con quedaros en el desierto, con el maná y las codornices? ¿O tenéis un apetito mayor por los montes, y los gigantes, y la comunión con Dios?

El escritor de Hebreos dice estas palabras, y parafraseo, en el capítulo cuatro: aquellas personas no pudieron entrar en el reposo de Dios a causa de su incredulidad. Sin embargo, queda un reposo para el pueblo de Dios. Hoy, no endurezcáis vuestros corazones como ellos, sino procurad entrar en aquel reposo. No habla del cielo, habla de ahora. Y una de las tragedias del dispensacionalismo es que nos ha enseñado que lo recibimos todo en la conversión. No es así: en la conversión salimos de Egipto. Necesitamos entrar en la tierra prometida.

El dispensacionalismo ha hecho más daño a la iglesia que el liberalismo, porque el liberalismo nos ha hecho perder el enfoque, pero el dispensacionalismo nos ha costado nuestro poder. Y necesitamos ser gente de poder en Dios, que reposa en las promesas de Dios. Venid a Jericó, y quedaos atrás, solo dad siete vueltas, y dejad que yo derribe los muros, dice Dios. Y la iglesia hoy se esfuerza tanto, con sus propios esfuerzos, por derribar los muros, en vez de dejar que él derribe los muros cuando permanecemos en él. Oh, que Dios viniera otra vez a su iglesia. Él es dueño de su iglesia, él es dueño de su pueblo.

Es mi iglesia, es de Jesús: edificaré mi iglesia. ¿Por qué luchamos tanto con nuestros propios esfuerzos para edificar su iglesia? Necesitamos entrar en su reposo. El séptimo día, Dios reposó de todas sus obras, y nos ha invitado a vosotros y a mí a entrar en su reposo, donde cesamos de nuestros propios esfuerzos y trabajos y le dejamos hacer su obra, para las personas que están consagradas a él, que son los hijos de Caleb.

Que estas palabras esta mañana, que el Espíritu de Dios hable a cada uno de nosotros. Que él cree en vosotros tal insatisfacción con las codornices y el maná que tengáis hambre de Dios, que sepáis lo que es entrar en las promesas de Dios, reclamar esas promesas de Dios; que conozcáis vuestra juventud renovada como el águila, que queráis levantar el vuelo y reclamar las alturas de Hebrón, donde se pueden conquistar gigantes. No por vuestro poder, sino por el poder de Dios que os guía.

¿Amén? Amén.

Escritura en este sermón Números 14:24

Used by permission of Gareth Evans. Transcribed from his audio at SermonIndex.