Capítulo 7 · 24 min de lectura
La vida cristiana normal
Del perdón a la unión
Entre las muchas enseñanzas de Watchman Nee, ninguna ha viajado más lejos que el mensaje que después se publicó en inglés como La vida cristiana normal. El libro se compuso a partir de conferencias, y no fue escrito por Nee como un solo manuscrito continuo, pero la teología que comunica se halla cerca del centro de su ministerio maduro. Plantea una pregunta que muchos cristianos sinceros terminan por enfrentar: si Cristo ha perdonado mis pecados, ¿por qué sigo experimentando tanta debilidad, tanta derrota y tanto esfuerzo propio?
La respuesta de Nee empieza por distinguir entre los pecados y el pecador, entre lo que hemos hecho y lo que somos en Adán. La sangre de Cristo se ocupa de la culpa; la cruz de Cristo se ocupa además del viejo hombre. La distinción no pretende dividir la obra de Cristo en salvaciones separadas, sino ayudar a los creyentes a ver la amplitud del remedio de Dios.
Pablo escribe: «Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). El evangelio comienza con la sustitución. Jesús murió por nosotros. Nuestros pecados no quedan excusados; son juzgados en la muerte de Otro. El creyente es justificado por gracia mediante la fe.
Pero Pablo va más allá del perdón. «Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él» (Romanos 6:6). La preposición cambia la perspectiva. Cristo no solo murió por nosotros; en una unión misteriosa, pero real, se dice que los creyentes murieron con Él.
Para Nee, esta era la puerta a la santificación. Dios no se limita a perdonar la antigua vida adánica y luego ordenarle que imite a Jesús con mayor éxito. Él coloca al creyente en Cristo. Lo que le sucedió a Cristo llega a ser decisivo para quienes le pertenecen.
La clave es la unión.
«Si hemos sido unidos a él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la semejanza de su resurrección» (Romanos 6:5). El cristianismo no es, por tanto, mera imitación moral a distancia. Es participación en la vida del Cristo resucitado.
La sangre y la cruz
Nee contrastaba con frecuencia la sangre con la cruz como recurso didáctico. La sangre responde al problema de la culpa ante Dios. La cruz responde al problema del viejo yo como fuente de la vida pecaminosa.
Sin duda la Escritura da a la sangre de Cristo un lugar central. «La sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). «Justificados ahora por su sangre, por él seremos salvos de la ira de Dios» (Romanos 5:9). La paz del creyente con Dios no se basa en un desempeño espiritual mejorado, sino en el sacrificio consumado de Cristo.
Esto era pastoralmente importante para Nee. Los cristianos que miran constantemente hacia sí mismos en busca de seguridad nunca hallarán un fundamento estable. La sangre se presenta a Dios. La fe descansa en el valor que Dios asigna al sacrificio de Su Hijo.
La cruz aborda entonces la cuestión más honda del yo. Los seres humanos no cometen meramente pecados aislados; pertenecen por naturaleza a la humanidad caída de Adán. Pablo dice: «así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19).
Nee quería que los creyentes dejaran de pedirle a Dios que se limitara a mejorar a Adán. La respuesta de Dios es un traslado de dominio: de Adán a Cristo, de la muerte a la vida, de la carne al Espíritu.
Este marco puede expresarse con demasiada rigidez si da a entender que la Escritura misma limita la «sangre» al perdón y la «cruz» al yo. El lenguaje bíblico se traslapa más de lo que sugiere un cuadro teológico ordenado. Con todo, la percepción pastoral de Nee sigue siendo valiosa. El evangelio se ocupa tanto de la culpa como de la esclavitud. Cristo no es solo Aquel que cancela nuestra deuda; es Aquel en quien comienza una nueva humanidad.
Saber
Nee organizó Romanos 6 en torno a varias palabras clave. La primera es saber.
«Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él» (Romanos 6:6).
Pablo no comienza con un mandato de sentirse muerto al pecado. Comienza con un hecho que se ha de saber. Nee lo subrayaba sin descanso. La experiencia cristiana debe descansar en lo que Dios ha realizado, no en el cambiante estado emocional del creyente.
Supongamos que un creyente despierta tras un día de victoria espiritual y se siente cercano a Dios. Podrá creer fácilmente que está «en Cristo». A la mañana siguiente fracasa, se enoja, cae en la tentación o se siente espiritualmente frío. Si su unión con Cristo depende de la experiencia, su teología sube y baja con su estado de ánimo.
Pablo dispone el orden de otra manera. Dios actuó en Cristo. El creyente es llamado a saber lo que Dios ha hecho.
Esto no significa que la sola conciencia intelectual produzca la santificación. Una persona puede memorizar Romanos 6 sin vivir en libertad. Nee usaba el lenguaje de la revelación para describir el momento en que la verdad bíblica llega a verse espiritualmente. Su terminología puede sonar mística, pero su idea central es sencilla: hay una diferencia entre repetir una doctrina y estar interiormente persuadido de ella.
Pablo ora para que los ojos del corazón de los creyentes sean alumbrados (Efesios 1:18). El entendimiento espiritual sigue siendo entendimiento de la verdad revelada; no es un conocimiento secreto más allá de la Escritura. El Espíritu Santo capacita a los creyentes para captar, recibir y vivir en lo que Dios ya ha dado a conocer.
La palabra saber protege, pues, a la santificación de convertirse en un programa de superación personal. Comenzamos con la historia de Cristo, no con la nuestra.
Considerar
La segunda palabra clave es considerar.
«Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6:11).
Considerar es la respuesta de la fe al hecho. No crea el hecho. A Nee le gustaban las ilustraciones de la contabilidad: si de veras se ha depositado dinero en una cuenta, el titular puede considerarlo presente. Considerar sin que haya depósito sería fantasía. Pero negarse a considerar lo que verdaderamente se ha dado es incredulidad.
Esta distinción es esencial. Algunos cristianos oyen «considérate muerto» e intentan persuadirse de que la tentación ya no existe. Cuando la tentación regresa, concluyen que la doctrina falló. Pablo no pide a los creyentes que nieguen la experiencia. Les pide que se definan por la unión con Cristo, y no por el dominio del pecado.
El pecado sigue presente, pero ya no es señor legítimo. «El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).
Considerar no es, por tanto, una ficción psicológica. Es concordar con Dios acerca de nuestra nueva posición en Cristo.
El énfasis de Nee era especialmente poderoso para los cristianos atrapados en ciclos repetidos de resolución y fracaso. Prometen esforzarse más, fracasan, confiesan, se vuelven a consagrar y empiezan de nuevo. Cada ciclo da por supuesto, en silencio, que la determinación suficiente producirá al fin la santidad.
Romanos 6 anuncia un punto de partida distinto. Al creyente no se le pide que fortalezca la antigua relación de amo y siervo con el pecado, sino que reconozca que en Cristo se ha producido una ruptura decisiva.
La fe dice: pertenezco a Cristo. El pecado podrá solicitarme, pero no me posee. Mis sentimientos podrán acusarme, pero no definen mi condición. La vida de resurrección de Jesús es ahora la fuente de la cual soy llamado a vivir.
Presentar
El tercer movimiento es presentar.
«Ni presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos» (Romanos 6:13).
El saber y el considerar conducen a la consagración. La gracia no es pasividad. El creyente presenta activamente a Dios el cuerpo, la mente, el tiempo, el dinero, las relaciones, las ambiciones, las capacidades y el futuro.
Nótese de nuevo el orden: «como vivos de entre los muertos». No nos presentamos para llegar a estar vivos. Nos presentamos porque en Cristo estamos vivos.
Nee hallaba liberadora esta secuencia. La consagración no es un regateo con Dios: «Si te doy lo suficiente, quizá me bendigas». Es la respuesta razonable de una persona redimida.
Romanos 12 emplea un lenguaje semejante: «que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1). El cuerpo que antes servía al yo queda ahora puesto a disposición de Dios.
Esto tiene consecuencias prácticas. Una lengua entregada no puede prestarse a la ligera a la murmuración. Una sexualidad entregada no puede tratarse como propiedad privada. Una cuenta bancaria entregada no puede regirse solo por el apetito. Una carrera entregada no puede quedar exenta de obediencia. Un ministerio entregado no puede ser propiedad del ministro.
Nee hablaba a veces en términos absolutos porque creía que la entrega parcial es internamente contradictoria. Si Cristo es Señor, entonces no hay recinto que nos pertenezca por derecho propio.
Semejante enseñanza debe permanecer arraigada en la gracia. La consagración no es una ofrenda heroica con la cual impresionamos a Dios. Presentamos lo que ya ha sido comprado. Pablo escribe: «No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio» (1 Corintios 6:19-20).
La lógica es la de una posesión por redención.
El fracaso de la voluntad
Muchos creyentes intentan la santidad principalmente por fuerza de voluntad. Nee no negaba la importancia de la voluntad; la Escritura manda tomar decisiones. Su objeción era tratar la voluntad como la fuente de la vida espiritual.
Romanos 7 dramatiza la frustración del deseo sincero sin el poder adecuado: «Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago» (Romanos 7:19).
El que habla no es moralmente indiferente. Quiere el bien. Sin embargo, el querer no lo libera.
Nee veía en Romanos 7 a un creyente que descubre la bancarrota de la confianza en sí mismo. La ley es santa, pero la ley no puede impartir poder. Puede revelar cómo es la justicia, a la vez que expone la incapacidad de la carne para producirla.
Surge el clamor: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24).
A Nee le encantaba la gramática de la pregunta. No es «qué técnica» ni «qué regla», sino «quién». La respuesta es personal: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:25).
Si Romanos 7 describe el estado de Pablo antes de su conversión, a un creyente bajo la ley o el conflicto continuo de la experiencia cristiana, es algo que se ha debatido durante siglos. La interpretación de Nee es una entre varias. Con todo, su aplicación sigue siendo poderosa: la victoria espiritual se halla en Cristo, no en la voluntad autónoma.
La voluntad coopera con la gracia; no fabrica la gracia.
La ley del Espíritu de vida
Romanos 8 introduce lo que Nee consideraba un nuevo poder gobernante.
«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:2).
Nee ilustraba a menudo la «ley» como un principio constante. La gravedad obra sin esfuerzo consciente continuo. En el ámbito moral, la ley del pecado parece igualmente persistente: librados a nosotros mismos, los impulsos caídos tiran hacia abajo. Pero en Cristo obra otra ley: el Espíritu de vida.
La imagen no es científicamente exacta, pero sí espiritualmente evocadora. Un avión no abole la gravedad; otro conjunto de fuerzas hace posible el vuelo. En la vida cristiana, el Espíritu Santo no hace desaparecer la debilidad humana. Él provee un poder que no es propio de la carne.
Pablo continúa: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Romanos 8:14). La vida cristiana no consiste, por tanto, en vivir meramente según principios aprendidos de Jesús. Consiste en vivir en dependencia activa del Espíritu que mora dentro.
Esta dependencia es relacional. El Espíritu da testimonio de que somos hijos, ayuda en la debilidad, intercede y produce la vida de Cristo.
La enseñanza de Nee sobre el Espíritu podía volverse a veces muy analítica en escritos posteriores, sobre todo al distinguir el espíritu, el alma y el cuerpo. Pero La vida cristiana normal es más fuerte cuando permanece sencilla: Dios no ha dejado al creyente solo para reproducir a Cristo. El Espíritu de Cristo mora en el creyente.
Cristo como nuestra vida
El corazón de la espiritualidad de Nee puede resumirse en la frase de Pablo: «Cristo, que es nuestra vida» (Colosenses 3:4).
La vida cristiana normal no es Cristo más un yo religioso muy desarrollado. Es Cristo como fuente.
Nee aplicaba esto con frecuencia a las virtudes. El creyente pide a Dios paciencia e intenta llegar a ser paciente. Nee reorienta la cuestión: Cristo mismo es nuestra paciencia. El creyente pide la victoria como si fuera una mercancía; Nee dice que la victoria se halla en el Vencedor.
Pablo escribe que Cristo Jesús «nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Corintios 1:30). El lenguaje es personal. Dios no se limita a dispensar recursos espirituales abstractos; da a Cristo.
Este énfasis protege al cristianismo de la fragmentación. Podemos convertir el crecimiento espiritual en una colección de técnicas: un método para la ira, otro para la ansiedad, otro para la oración, otro para la tentación. La sabiduría práctica importa, pero Nee vuelve una y otra vez al centro. Ninguna técnica puede sustituir el permanecer en Cristo.
Jesús dijo: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Juan 15:4).
El pámpano no produce uvas mediante una concentración heroica. El fruto proviene de una vida compartida.
Esto no vuelve innecesarias las disciplinas espirituales. La oración, la Escritura, la comunión, la confesión, la obediencia, el ayuno, la adoración y el servicio son medios por los cuales los creyentes atienden a Dios y le responden. Pero no son máquinas que produzcan vida. La vida es Cristo.
La cruz y el esfuerzo propio
La teología de la cruz de Nee iba más allá de la victoria sobre los pecados evidentes. Veía el esfuerzo propio en el servicio religioso como un problema más hondo. La carne puede predicar, organizar, dirigir, sacrificarse y parecer espiritual.
Pablo pregunta a los gálatas: «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?» (Gálatas 3:3). El peligro no es que hayan abandonado el cristianismo por la inmoralidad. Intentaron completar por la carne lo que Dios había comenzado por el Espíritu.
Esta pregunta sigue siendo dolorosamente actual. Las iglesias pueden comenzar en oración y terminar en técnica. Los líderes pueden comenzar con un llamado y quedar controlados por las estadísticas. Un creyente puede comenzar con dependencia de Cristo y convertir poco a poco las disciplinas espirituales en un sistema de autovalidación.
Nee creía que la cruz expone continuamente al yo independiente. Esto no es una invitación a despreciar la personalidad, la competencia o la planificación. Es un llamado a rechazar la independencia como fuente gobernante.
Jesús mismo dijo: «separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). La afirmación es asombrosa, porque los discípulos evidentemente podían realizar muchas actividades. Podían andar, hablar, organizar y tomar decisiones. «Nada» significa nada de fructificación espiritual duradera aparte de la unión con Cristo.
El esfuerzo propio es especialmente engañoso cuando tiene éxito. El fracaso puede empujarnos hacia Dios; el éxito puede persuadirnos de que ya no le necesitamos.
La cruz mantiene al ministerio pobre en espíritu.
Lo objetivo y lo subjetivo
Una de las distinciones útiles de Nee es la que hay entre la obra objetiva de Cristo y la obra subjetiva del Espíritu Santo. Objetivamente, Cristo ha muerto, resucitado, ascendido y consumado la redención. Subjetivamente, el Espíritu hace que la realidad de Cristo sea eficaz en la experiencia del creyente.
Si acentuamos solo lo objetivo, el cristianismo puede convertirse en doctrina correcta con poca transformación. Si acentuamos la experiencia subjetiva sin el fundamento objetivo, la espiritualidad se vuelve inestable y vulnerable a la ilusión.
Pablo sostiene ambas cosas a la vez. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1) es una seguridad objetiva. Pero el mismo capítulo dice: «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos 8:13), describiendo una transformación experiencial activa.
La mejor enseñanza de Nee mantiene el hecho y la experiencia en el orden debido. No alcanzamos una posición por la experiencia; experimentamos lo que la gracia ha dado.
Este orden es crucial cuando los sentimientos contradicen la fe. Un creyente puede sentirse condenado y, sin embargo, Romanos 8:1 sigue siendo cierto en Cristo. Puede sentirse esclavizado y, sin embargo, Romanos 6 anuncia un nuevo señorío. Puede sentirse abandonado y, sin embargo, el Espíritu da testimonio de la adopción.
La fe no niega los sentimientos. Se niega a entronizarlos.
La tentación y la presencia del pecado
Algunos lectores de la enseñanza sobre la victoria han supuesto que un cristiano maduro debería alcanzar un estado en el que la tentación desaparezca en gran medida. El lenguaje de Nee puede leerse en ocasiones en esa dirección, pero el Nuevo Testamento ofrece un cuadro más sobrio.
Pablo advierte a los creyentes: «El que piensa estar firme, mire no caiga» (1 Corintios 10:12). Pedro dice: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Santiago instruye a los cristianos sobre cómo responder cuando son tentados, no sobre si la tentación llega a ser teóricamente posible.
La libertad respecto del dominio del pecado no significa libertad respecto de la presencia del pecado. La antigua identidad del creyente en Adán ha sido juzgada, pero la carne sigue siendo un escenario presente de conflicto hasta la glorificación.
El énfasis de Nee en el considerar puede conservarse sin perfeccionismo: el cristiano enfrenta la tentación desde una nueva posición. No tiene por qué obedecer.
Pablo manda: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (Gálatas 5:16). El andar es continuo. La dependencia es momento a momento.
La victoria no es, por tanto, una posesión espiritual almacenada de forma independiente. El creyente nunca se gradúa de Cristo. La dependencia de ayer no puede depositarse como poder autónomo para hoy.
Esta es una de las razones por las que la vida cristiana permanece humilde. Cada hora nos devuelve a la gracia.
La gracia y la responsabilidad
El lenguaje de Nee sobre «descansar en lo que Dios ha hecho» se ha malinterpretado a veces como quietismo, como si los creyentes debieran esperar pasivamente a que Cristo actúe mientras ellos no toman ninguna decisión deliberada. Pero el Nuevo Testamento une la gracia y el esfuerzo de un modo que resiste tal separación.
Pablo dice: «Trabajé más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15:10). Él trabajó, y sin embargo la gracia era la fuente.
A los filipenses les escribe: «Ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:12-13). La obra interior de Dios fundamenta la respuesta humana.
La forma madura de la enseñanza de Nee no es, por tanto, «no hacer nada». Es «no hacer nada de forma independiente». Obedecer, pero desde la fe. Resistir el pecado, pero desde la unión con Cristo. Servir, pero desde la provisión del Espíritu. Disciplinar el cuerpo, pero sin confiar en la disciplina como salvador.
Este equilibrio es difícil porque los seres humanos prefieren o el control o la pasividad. La gracia nos llama a una dependencia activa.
La vida normal es Cristo
¿Por qué llamar a esto la vida cristiana normal cuando tantos creyentes experimentan algo menor? Nee usaba la palabra «normal» no para negar la lucha, sino para describir el nivel de vida revelado en el Nuevo Testamento. La derrota, la confianza en uno mismo y la pobreza espiritual pueden ser comunes, pero no son la medida prevista de la existencia cristiana.
La vida normal no es espectacular. No es un éxtasis constante, ni un poder milagroso, ni el éxito público. Es Cristo expresado en la obediencia ordinaria.
Se parece al perdón cuando se sufre una injusticia. A la pureza cuando la tentación está al alcance. A la generosidad cuando nadie mira. A la oración cuando sube la ansiedad. Al valor cuando la obediencia cuesta. A la humildad cuando se recibe alabanza. Al arrepentimiento cuando uno se equivoca. Al amor por las personas difíciles. A la fidelidad en el servicio oculto.
La gran declaración de Pablo no es ni teatral ni vaga: «Para mí el vivir es Cristo» (Filipenses 1:21).
La contribución perdurable de Nee es preguntar si los cristianos han reducido el evangelio al perdón más el esfuerzo moral. Si así fuera, Romanos 5-8 aguarda como una tierra por descubrir.
Cristo murió por nosotros. Nosotros morimos con Cristo. Estamos vivos para Dios en Él. El Espíritu mora dentro. Nos presentamos porque pertenecemos a Otro. Andamos no por los recursos de la carne, sino por la vida de Cristo.
La necesidad más honda del creyente no es una versión más fuerte de sí mismo. Es una visión más clara de Cristo y una dependencia más completa de Él.
Ese mismo Cristo, enseñaría Nee a partir de Efesios, no es solo la vida interior del creyente. Es Aquel en quien la iglesia ha sido sentada en los lugares celestiales. Antes de que el cristiano aprenda a andar o a estar firme, debe aprender a sentarse.
Romanos 5: dos humanidades
El mensaje de santificación de Nee descansa en parte sobre el contraste que hace Pablo entre Adán y Cristo. «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22). Romanos 5 desarrolla la misma lógica corporativa.
El individualismo occidental puede hacer que la salvación suene como si Dios reparara a personas aisladas. Pablo describe dos humanidades bajo dos cabezas representativas. La desobediencia de Adán abre un reinado de pecado y muerte; la obediencia de Cristo abre un reinado de gracia y vida.
Esto confiere al «en Cristo» una enorme trascendencia. La identidad del creyente no es meramente la de un Adán perdonado que lo intenta de nuevo. Pertenece a la nueva humanidad cuya Cabeza es Cristo.
El mensaje de Nee se vuelve menos místico cuando se sitúa dentro de este marco paulino. La unión con Cristo no es una fusión psicológica. Es una participación pactual, espiritual y corporativa en el Señor resucitado.
El considerar y la salud mental
El lenguaje de Nee sobre el considerar es liberador cuando fundamenta la identidad en Cristo. Puede volverse dañino si un creyente lo usa para negar el trauma, la depresión, los pensamientos intrusivos o las limitaciones corporales.
«Consideraos muertos al pecado» no significa «fingir que el dolor no es real». El cristianismo no exige una falsificación emocional.
El propio Pablo pudo decir: «desesperamos aun de la vida» (2 Corintios 1:8), sin dejar de confiar en Dios. La fe y la angustia psicológica pueden coexistir.
Una aplicación madura distingue la identidad espiritual de la condición humana. Puedo estar en Cristo y aun así necesitar consejería, atención médica, sueño, un trabajo de duelo, reconciliación o un cambio práctico.
La gracia no se ve amenazada por los medios de ayuda propios de la criatura.
El lugar de la disciplina
Como Nee acentuaba la gracia por encima del esfuerzo propio, los lectores pueden preguntarse dónde encaja la disciplina. Pablo responde uniendo la gracia y el entrenamiento.
«Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre» (1 Corintios 9:27). «Ejercítate para la piedad» (1 Timoteo 4:7).
La disciplina se vuelve legalista cuando se usa para ganar aceptación o para crear superioridad espiritual. Se vuelve un medio de gracia cuando se practica desde la aceptación.
El creyente sentado puede mantener una regla de oración, memorizar la Escritura, ayunar, administrar su presupuesto, evitar ambientes tentadores y establecer hábitos precisamente porque no está tratando de salvarse a sí mismo.
La gracia entrena el esfuerzo en vez de abolirlo.
Romanos 5-8 como un mapa de la liberación
La exposición de Romanos por Nee llegó a ser una de las partes más influyentes de su legado internacional, porque leía esos capítulos como un movimiento de la culpa a la libertad. La fuerza de esa lectura reside en el modo en que distingue varios problemas que los cristianos suelen fundir en uno solo.
Romanos 1-5 acentúa los pecados y la justificación. La humanidad está culpable ante Dios, y la respuesta es la sangre y la justicia de Cristo. «Justificados ahora por su sangre, por él seremos salvos de la ira de Dios» (Romanos 5:9). El perdón se ocupa de lo que hemos hecho.
Romanos 5 amplía luego el marco, de los actos individuales a la identidad corporativa. La humanidad es vista en Adán y en Cristo. «así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19). Nee veía aquí un cambio de historia. La salvación no es meramente un Adán mejorado; es un traslado a Cristo.
Romanos 6 aplica esa unión al dominio del pecado. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Romanos 6:2). Nee acentuaba el indicativo antes que el imperativo. Pablo no comienza diciéndoles a los creyentes que mueran con más empeño. Les dice lo que ha sucedido en la unión con Cristo. Luego se les manda considerar el hecho y presentarse a Dios.
El lenguaje del considerar llegó a ser central para Nee. Considerar no es imaginación. Si una cuenta bancaria de veras contiene dinero, considerar significa tratar el saldo como real. La fe no crea el depósito. Del mismo modo, argüía Nee, la fe no crucifica al viejo hombre; Dios ha actuado en Cristo. La fe concuerda con el veredicto de Dios.
Con todo, Romanos 7 impide un malentendido triunfalista. El creyente que conoce la bondad de la ley puede todavía descubrir una dolorosa incapacidad: «Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago» (Romanos 7:19). Nee oía en esta lucha el derrumbe de la confianza en uno mismo. El «yo» repetido llega al clamor: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24).
La gramática de la pregunta importa: quién, no qué. La liberación no es, en definitiva, un método. «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:25).
Romanos 8 introduce entonces la ley del Espíritu de vida. «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:2). A Nee le encantaba la imagen de una ley superior que vence a una inferior. La gravedad sigue siendo real, pero la sustentación aerodinámica puede vencer su efecto en el vuelo. El pecado sigue siendo un poder hostil, pero el Espíritu que mora dentro pone al creyente bajo un nuevo principio gobernante.
La analogía tiene límites. La santificación cristiana es personal, relacional y moral, no mecánica. El Espíritu no es una fuerza impersonal activada automáticamente por una técnica. Pablo describe a los creyentes poniendo la mente en las cosas del Espíritu, haciendo morir por el Espíritu las obras del cuerpo, clamando «Abba, Padre», padeciendo con Cristo, esperando, orando y siendo conformados a la imagen del Hijo. Romanos 8 es más rico que una fórmula de victoria.
Este contexto más amplio corrige dos posibles lecturas erróneas de Nee. Primera, la unión con Cristo no significa que los cristianos maduros dejen de experimentar tentación o conflicto interior. Segunda, descansar en Cristo no significa pasividad. Pablo manda una presentación activa, el rechazo del reinado del pecado, la mortificación capacitada por el Espíritu y una esperanza perseverante.
La contribución perdurable de Nee fue decir a los cristianos agotados que la santificación no comienza con una mayor confianza en sí mismos. Comienza al ver lo que Dios ha hecho en Cristo. El creyente pelea desde una nueva identidad, no por conseguirla. La disciplina, la confesión, la comunidad y la resistencia práctica a la tentación importan todas, pero ninguna llega a ser el salvador.
El destino de Romanos 8 no es meramente la victoria personal. Es la conformidad a Cristo: a aquellos a quienes Dios conoció de antemano, «los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29). La vida cristiana normal, en su nivel más hondo, no es una vida en la que el creyente queda impresionado por el éxito espiritual. Es una vida en la que el Hijo se hace cada vez más visible.
Capítulo 7 completado
La vida cristiana normal