El Dios de toda consolación ·Mucho más frente a mucho menos

Capítulo 9 · 15 min de lectura

Mucho más frente a mucho menos

«Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5:20).

Buena parte del consuelo de nuestra vida cristiana depende del modo en que vemos las cosas. Nuestra manera de ver no cambia la realidad, pero cambia cómo la vivimos. Nuestra seguridad proviene de lo que es real, pero nuestro consuelo proviene de lo que creemos que es real.

Hay una expresión que se usa una y otra vez en la Biblia para describir la salvación de Jesucristo: «mucho más». Nos dice que no hay necesidad humana que no pueda ser «mucho más» que satisfecha por su salvación. Sin embargo, muchas veces nos vemos tentados a pensar que «mucho menos» sería un término más exacto: que, en la experiencia real, la salvación es mucho menos de lo que necesitamos. Esta manera de ver, la del «mucho menos», hace desdichada nuestra vida espiritual.

Si es cierto lo que hemos aprendido acerca de la plenitud de la salvación de Dios, «mucho más» debería ser el único lenguaje que empleemos. Como algunos cristianos actúan como si «mucho menos» fuera más realista, veamos qué dice en verdad la Biblia. Si Dios dice que su salvación es más que suficiente y nosotros insistimos en que es menos, lo estamos llamando indigno de confianza y nos estamos fabricando nuestra propia desdicha.

«Mucho menos» es el lenguaje de lo que podemos ver; «mucho más» es el lenguaje de lo invisible.

«Mucho menos» parece más razonable porque nuestra debilidad es visible, mientras que la fuerza de Dios es invisible. Nuestras necesidades están delante de nosotros, mientras que la provisión de Dios está oculta y debe percibirse por fe.

Para ver las cosas invisibles necesitamos que se abra nuestro «ojo interior», la capacidad de ver por debajo de la superficie.

Ese ojo no mira las cosas pasajeras que se ven, sino las cosas eternas que no se ven. La pregunta esencial es esta: ¿se ha abierto ese ojo en ti?

Piensa en la historia que se relata en 2 Crónicas 32:1-15. Un enemigo había amenazado con arrasar a Judá. Ese enemigo había triunfado en todas partes y estaba seguro de que también conquistaría a Israel. Pero el rey Ezequías miró al Dios invisible y vio que era más fuerte. Dijo al pueblo: «Esforzaos y animaos; no temáis, ni tengáis miedo del rey de Asiria, ni de toda la multitud que con él viene; porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas» (2 Crónicas 32:7-8). De un lado estaba la fuerza humana; del otro, ¡Jehová nuestro Dios! No es de extrañar que el pueblo se sintiera animado.

Cuando el rey enemigo, Senaquerib, vio su fe, se burló de ellos. Preguntó: «¿Cuánto menos vuestro Dios os podrá librar de mi mano?», pues ningún otro dios había salvado a ninguna otra nación.

«¿Cuánto menos?»: ¡qué tentación a dudar! Parecía imposible. Pero Ezequías mantuvo los ojos del pueblo fijos en lo invisible, y el Señor envió una gran liberación. El «mucho menos» del enemigo se convirtió en una victoria de «mucho más».

¿Sentimos alguna vez que Dios es «mucho menos» capaz de librarnos de lo que prometió? ¿Nos parece que confiar solo en el Señor es un recurso desesperado, el último que queda? Una vez oí a un cristiano que atravesaba una gran dificultad decir con desesperación: «Bueno, ya no me queda otra cosa que confiar en el Señor». Su amigo respondió, atónito: «¿Es posible que hayas llegado a eso?».

Quizá esto nos horrorice, pero, si somos sinceros, muchas veces sentimos lo mismo. Y, sin embargo, los «mucho más» de la gracia de Dios están a la altura de cualquier emergencia. El apóstol nos dice que Dios es «poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Efesios 3:20). Eso es lo que significa «mucho más». Podemos imaginar bendiciones maravillosas, pero Dios puede hacer mucho más aún que esas.

Se nos dice que «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9). Si Él ha preparado más de lo que siquiera podemos imaginar, sin duda podemos confiarle las cosas que sí podemos imaginar, y mucho más además.

Decidamos que nuestro lenguaje será el «mucho más» de la fe. «Porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo» (Romanos 5:15). Esto alcanza las profundidades mismas de la necesidad humana.

Sabemos a ciencia cierta que la muerte es real; ¿estamos igual de seguros de que la gracia sobreabunda mucho más? ¿Creemos que el remedio es mayor que la enfermedad?

Una de nuestras necesidades más hondas es la de ser salvos. ¿Hay un «mucho más» para esto? «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Romanos 5:8-10).

La cuestión de la salvación queda zanjada por estos «mucho más». Puesto que Cristo hizo lo más difícil —morir por nosotros cuando éramos enemigos—, con toda certeza hará lo «menos», que es guardarnos ahora que somos sus amigos. Habiendo hecho lo mayor, mucho más hará lo demás.

Ahora bien, lo práctico para nosotros en todo esto es: ¿lo creemos de veras? ¿Nos hemos deshecho de todas las dudas respecto de nuestra salvación? ¿Podemos hablar con seguridad del perdón y de la vida eterna? ¿Decimos, con la timidez de la incredulidad: «Espero ser hijo de Dios»; o levantamos la cabeza con gozosa confianza en Dios como nuestro Padre y decimos, con Juan: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y lo somos»? ¿Es en este aspecto «mucho más» con nosotros, o «mucho menos»?

Anhelamos y oramos por el don del Espíritu Santo, pero parece todo en vano. Sentimos que nuestras oraciones no son respondidas. Pero nuestro Señor le da a la fe un maravilloso «mucho más» al que aferrarse para esto: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?». No hay uno solo de nosotros que no sepa cuán agradecidos y deseosos están los buenos padres de dar buenas dádivas a sus hijos, cómo muchas veces se las ofrecen incluso antes de que el hijo esté listo para recibirlas, o antes de que sepa siquiera que las necesita. Y, sin embargo, ¿quién de nosotros cree de verdad que Dios está en realidad «mucho más» deseoso de dar el Espíritu Santo a los que se lo piden? ¿No será más bien que muchos sienten en secreto que está «mucho menos» dispuesto, y que tendremos que rogar, suplicar, luchar y esperar por este don que tan desesperadamente necesitamos? Si tan solo pudiéramos creer este «mucho más», ¡qué llena de fe sería nuestra petición! Entonces podríamos creer de veras que en efecto recibimos aquello que pedimos, y descubriríamos que estamos en posesión real del Espíritu Santo como nuestro Ayudador y Guía presente y personal; y todas nuestras fatigosas luchas y agonizantes oraciones por este don prometido llegarían a su fin.

Más dolorosa, quizá, que cualquier otra necesidad es nuestra necesidad de victoria sobre el pecado y sobre las circunstancias. Como vehículos imparables, pasan sobre nosotros con fuerza irresistible y nos aplastan contra el polvo. Y el lenguaje del «mucho menos» parece el único que nuestra alma se atreve a hablar. Pero Dios nos ha dado para esto un «mucho más» de lo más triunfante: «Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia».

Hemos conocido el reinado de esa muerte espiritual que viene por el pecado, y hemos gemido bajo su poder. Pero ¿cuánto sabemos de ese reinar «mucho más» en vida por Jesucristo del que habla el apóstol? Es decir, ¿tenemos ahora victorias mayores que las derrotas que solíamos tener? ¿Reinamos sobre las cosas «mucho más» de lo que ellas antes reinaban sobre nosotros?

Quiero decir esto: que en el Evangelio se promete que seremos «más que vencedores» sobre las mismas cosas que antes nos vencían, y la pregunta es si de veras lo somos. Hemos sido dominados por miles de cosas: por el temor a los hombres, por nuestro temperamento particular, por nuestras circunstancias externas, por nuestro carácter irritable, incluso por el mal tiempo, por toda clase de entorno. Hemos sido esclavos donde deberíamos haber sido reyes. Hemos hallado que nuestro reinar era «mucho menos» y no «mucho más». ¿Por qué? Sencillamente porque no hemos «recibido» bastante de la abundancia de la gracia que es nuestra en Cristo. Hemos dejado que la incredulidad nos robe las posesiones que por derecho nos pertenecen.

Estamos llamados a ser reyes y fuimos creados para tener dominio, pero aquí Dios declara que será «mucho más» un dominio de lo que antes fue una esclavitud; ¿lo hemos comprobado así? Si no, ¿por qué? La falta no puede estar de parte de Dios. Él no ha dejado de proveer el «mucho más» de la victoria. Tiene que ser que nosotros, de algún modo, no hemos sabido aprovecharlo. Y no puedo menos que creer que nuestro fracaso nace de haber sustituido el «mucho más» de Dios por nuestro «mucho menos»; y de que, en lo más hondo del corazón, no hemos creído que de veras haya en el don de la justicia en Cristo una suficiencia que nos permita reinar. Por nuestra incredulidad hemos fracasado en «recibir la abundancia de la gracia» que es necesaria para reinar.

¿Cuál es, entonces, nuestro remedio? Solo este: abandonar para siempre nuestro «mucho menos» de incredulidad, aceptar como verdadera la declaración de Dios del «mucho más», y reclamar de inmediato la victoria prometida. Y conforme a nuestra fe nos será hecho, y así será.

Pero estas garantías de los «mucho más» de la salvación de Dios no son solo para nuestras necesidades espirituales, sino también para las temporales. No os afanéis, dice Él, por las cosas terrenales, pues «y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?».

Sé que para muchos cristianos este pasaje, y otros parecidos, resultan tan familiares que casi han perdido todo su sentido. Pero sí significan algo, y algo casi demasiado maravilloso para creerlo. Nos dicen que Dios se ocupa de nosotros, seres humanos, «mucho más» de lo que se ocupa del universo que nos rodea, y que velará por nosotros y nos proveerá mucho más de lo que hace incluso por él.

¡Increíble, y sin embargo cierto! ¡Cuántas veces nos hemos maravillado ante el funcionamiento ordenado del universo, y hemos admirado el gran Poder creador que lo hizo y que ahora lo gobierna! Pero ninguno de nosotros, supongo, ha sentido jamás la necesidad de echarse sobre los hombros la carga del universo. Hemos confiado en que el Creador lo administre todo sin nuestra ayuda. Aunque debo confesar que, por el modo en que algunas personas le encuentran faltas a la administración que el Creador hace de las cosas, y por los consejos que parecen creerse obligadas a darle en sus oraciones, cualquiera pensaría que la carga entera descansa sobre ellas.

Pero aun cuando hemos reconocido plenamente que el universo está por completo al cuidado de Dios, no hemos sabido ver que nosotros también estamos allí, y jamás hemos soñado que pudiera ser cierto que «mucho más» de lo que se ocupa del universo se ocupará de nosotros. Hemos mirado las cosas visibles de nuestras circunstancias y de cuanto nos rodea, y la magnitud de nuestra necesidad y de nuestra propia impotencia, y nos hemos angustiado y atemorizado. Nos hemos cargado con el cuidado de nosotros mismos, sintiendo en nuestra incredulidad que, en lugar de valer «mucho más» que las aves del cielo o los lirios del campo, en realidad valemos infinitamente «mucho menos»; y nos parece que el Dios que cuida de ellos no es en absoluto probable que cuide de nosotros. Decimos con el salmista: «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?». El hombre parece tan insignificante, tan pequeño, de tan poca monta comparado con el vasto y ancho universo; ¿qué es él, nos preguntamos, para que Dios se ocupe de él? Y, sin embargo, Dios declara que sí se ocupa de él, y que incluso se ocupa de él mucho más de lo que se ocupa del universo. Mucho más, recuérdalo, no mucho menos. De modo que todo pensamiento de ansiedad acerca de nosotros mismos debe aplastarse en el acto con la sensata reflexión de que, puesto que no somos tan necios como para inquietarnos por el universo, no debemos ser mucho más necios y inquietarnos por nosotros mismos.

En el Sermón del Monte, nuestro Señor nos da el «mucho más» que corona a todos los demás. «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?».

En este «mucho más» tenemos una garantía para la provisión de toda necesidad. Todo lo que nuestro Padre vea que es bueno para nosotros queda aquí prometido en abundancia. Y la ilustración que se emplea para convencernos es de aplicación universal. En todos los rangos y condiciones de la vida, entre todas las naciones, e incluso en el corazón de las aves y las bestias, el instinto maternal nunca deja de proveer a sus crías lo mejor que puede.

Bajo ninguna circunstancia de la vida dará una madre —a menos que sea perversa más allá de toda comparación— una piedra cuando se le pide pan, o una serpiente cuando se le pide un pescado. ¿Y podría nuestro Dios, que creó el corazón de la madre, ser peor que una madre? ¡No, no, mil veces no! Lo que Él hará es «mucho más», ¡oh, muchísimo más de lo que podría hacer la más tierna de las madres! Y si las madres «saben» —como sin duda saben— dar buenas cosas a sus hijos, «cuánto más» Él. Pero ¿creemos de veras este «mucho más»? Nuestras horas de angustioso desvelo en la cama tienen que responder. Si Dios está en realidad mucho más dispuesto y es mucho más capaz de darnos cosas buenas que los padres de dárselas a sus hijos, entonces toda posibilidad de duda o de ansiedad en cuanto a que nuestras oraciones sean respondidas ha de desvanecerse para siempre. Todas las «cosas buenas» han de sernos dadas cuando las pedimos, tan inevitablemente como la madre que puede hacerlo alimenta a su hijo cuando este le pide pan. ¿Tan inevitablemente, digo? Ah, queridos amigos, mucho más inevitablemente. Porque es «cuánto más vuestro Padre que está en los cielos».

¿Quién de nosotros ha sondeado el sentido de este «cuánto más»? Pero al menos esto ha de significar: que toda disposición humana a oír y responder al clamor de la necesidad no puede ser sino una pálida imagen de la disposición de Dios, y que, por tanto, nunca podremos atrevernos a dudar de nuevo. Y si los padres no darían una piedra por pan, tampoco Él lo haría; de modo que, cuando pedimos, debemos estar absolutamente seguros de que sí recibimos la «cosa buena» que pedimos, tenga o no la apariencia de serlo.

La madre de san Agustín, en su anhelo por la conversión de su hijo, oró para que no fuera a Roma, pues temía sus tentaciones. Dios le respondió enviándolo a Roma para que allí se convirtiera. Las cosas que llamamos buenas son a menudo las cosas malas de Dios, y nuestro mal es su bien. Pero, sea cual sea la apariencia de las cosas, siempre sabemos que Dios ha de dar lo mejor, porque es Dios y no podría hacer otra cosa.

«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Puesto que ha hecho lo supremo al darnos a Cristo, «mucho más» hará lo menor al darnos todas las cosas con Él. Y, sin embargo, oímos de continuo a los propios hijos de Dios quejarse de su pobreza espiritual y de su estado de inanición espiritual. A veces hasta parece que piensan que hacerlo es cosa piadosa y señal de verdadera humildad. Pero ¿qué es esto sino gloriarse en el «mucho menos» de su incredulidad, en lugar de en el «mucho más» de Dios?

«Ah, soy una criatura tan pobre» —oí decir una vez a un hijo de Dios, con verdadera complacencia, cuando se le instaba hacia una victoria de fe—; «soy una criatura tan pobre que no puedo esperar alcanzar las alturas que vosotros, grandes cristianos, alcanzáis». «Criatura pobre», en efecto; claro que lo eres, ¡y todos lo somos!

Pero Dios no es pobre, y es tarea suya suplir tus necesidades, no tarea tuya suplir las suyas. Él es capaz, diga lo que diga la incredulidad, de «hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra». «Toda», «siempre», «todo»: ¡qué palabras tan abarcadoras! Comprenden nuestras necesidades hasta su límite absoluto y no dejan lugar a ninguna pregunta. ¿Cómo podemos, cómo nos atrevemos, ante semejantes declaraciones, a dudar o cuestionar de nuevo?

Solo hemos rozado las maravillas de gracia que se ocultan en estos «mucho más» de Dios. Nunca podremos agotar su sentido en esta vida. Pero resolvamos al menos, de aquí en adelante, dejar de lado todo «mucho menos» de incredulidad respecto de todos los aspectos de la salvación. Desde las profundidades de nuestra absoluta debilidad, pecaminosidad y necesidad, ¡afirmemos con una fe conquistadora, siempre y en todo lugar, el poderoso «mucho más» de la gracia de Dios!

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El Dios de toda consolación Hannah Whitall Smith

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