Capítulo 16 · 28 min de lectura
Conformados a la imagen de Cristo
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:29).
El propósito último de Dios en nuestra creación era que finalmente llegáramos a ser «conformes a la imagen de Cristo». Cristo había de ser el primogénito entre muchos hermanos, y sus hermanos habían de ser semejantes a él. Toda la disciplina y el adiestramiento de nuestra vida tienen puesto este fin a la vista; y Dios ha sembrado en cada corazón humano un anhelo, por informe e inexpresado que sea, de lo mejor y más alto que conoce.
Cristo es el modelo de lo que cada uno de nosotros ha de ser cuando esté terminado. Somos «predestinados» a ser conformados a su imagen, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Hemos de ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4) con Cristo; hemos de ser llenos del espíritu de Cristo; hemos de compartir su vida de resurrección y de andar como él anduvo. Hemos de ser uno con él, como él es uno con el Padre; y la gloria que Dios le dio, él nos la ha de dar. Y cuando todo esto se cumpla, entonces, y no antes, el propósito de Dios en nuestra creación quedará plenamente realizado, y apareceremos «a su imagen y semejanza».
Nuestra semejanza a su imagen es un hecho consumado en la mente de Dios, pero, por así decirlo, todavía estamos en el taller, y el gran Maestro Obrero está trabajando en nosotros. «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).
Y así está escrito: «Así también está escrito: “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente”; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo natural; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial» (1 Corintios 15:45-49).
Es hondamente interesante ver que este proceso, que comenzó en Génesis, se declara consumado en Apocalipsis, donde aquel semejante al Hijo del Hombre dio a san Juan este significativo mensaje para los vencedores: «Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo» (Apocalipsis 3:12). Puesto que en la Biblia el nombre siempre significa carácter, este mensaje solo puede significar que por fin el propósito de Dios se ha cumplido, y el desarrollo espiritual del hombre está completo, y ha llegado a ser, tal como Dios lo quiso desde el principio, tan verdaderamente conforme a su semejanza e imagen, que merece que se escriba sobre él el nombre de Dios.
¡Las palabras faltan ante un destino tan glorioso como este! Pero nuestro Señor lo anticipa en su maravillosa oración, cuando pide por sus hermanos «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
«La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad» (Juan 17:21-23). ¿Podría la unidad ser más estrecha o más completa?
Pablo también anticipa esta gloriosa consumación cuando declara que, si padecemos con Cristo, también seremos glorificados juntamente con él; y cuando afirma que «las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18).
Toda la creación aguarda la manifestación de esta gloria; pues Pablo prosigue diciendo que «el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19). Y añade por último: «y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23).
Ante un destino tan glorioso, que no me atrevo sino a insinuar, ¿no habremos de acoger con alegría los procesos, por dolorosos que sean, mediante los cuales hemos de alcanzarlo? ¿Y no habremos de esforzarnos con anhelo y empeño por ser «colaboradores suyos» (2 Corintios 6:1) para ayudar a que se realice? Él es el gran Maestro Constructor, pero quiere nuestra cooperación en levantar la estructura de nuestro carácter, y nos exhorta a mirar cómo edificamos. Todos nosotros, en cada momento de nuestra vida, estamos ocupados en esta edificación. A veces edificamos con oro, plata y piedras preciosas, y a veces edificamos con madera, heno y hojarasca. Y se nos advierte solemnemente que «la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará» (1 Corintios 3:13). No hay modo de escapar de esto. No podemos esperar, cuando llegue aquel día, ocultar nuestra madera, heno y hojarasca, por más que hayamos logrado hacerlo de antemano.
A mi entender, no hay pasaje más solemne en toda la Biblia que el de Gálatas que dice: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gálatas 6:7-8). Es la certeza absoluta de esto lo que resulta tan sobrecogedor. Es mucho más grave que cualquier castigo arbitrario; porque el castigo a veces puede evitarse, pero no hay posibilidad de alterar el funcionamiento de una ley natural como esta.
En un catecismo que vi hace poco figuraban las siguientes preguntas y respuestas: P: ¿Cuál es la recompensa de la generosidad?
R: Más generosidad.
P: ¿Cuál es el castigo de la mezquindad?
R: Más mezquindad.
Ningún catecismo habló jamás con más verdad. Todos lo sabemos por nosotros mismos. En la parábola de los talentos, nuestro Señor ilustra esta ley ineludible. La condenación del siervo infiel quizá nos haya parecido a veces injusta, pero no era sino la siega de lo que aquel siervo había sembrado. «Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mateo 25:28-29). No es esta una afirmación arbitraria, sino simplemente la revelación de la naturaleza inherente de las cosas, de la cual ninguno de nosotros puede escapar.
Pero para ser colaboradores de Dios, no solo hemos de edificar con sus materiales, sino también por sus procesos, y a menudo los ignoramos por completo. Nuestra idea de edificar es la de un trabajo duro y penoso, hecho con el sudor de nuestra frente; pero la idea de Dios es muy distinta. Pablo nos dice cuál es: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18). Nuestra obra consiste en «mirar», y, mientras miramos, el Señor lleva a cabo la maravillosa transformación, y somos «transformados en la misma imagen por el Espíritu del Señor». Esto significa, por supuesto, mirar no en nuestro sentido terrenal de solo posar los ojos en una cosa, sino en el sentido divino de verla de veras. Hemos de mirar la gloria del Señor con nuestros ojos espirituales, y hemos de seguir mirándola. Sin embargo, la gloria del Señor no significa un gran resplandor ni un halo. La verdadera gloria del Señor es la gloria de lo que él es y de lo que él hace: la gloria de su carácter. Y es esto lo que hemos de mirar.
Permíteme poner un ejemplo. Alguien me ofende, y me siento tentado a airarme y a devolver el golpe.
Pero miro a Cristo, y pienso en lo que él habría hecho, y me detengo en el pensamiento de su ternura y mansedumbre, y de su amor por la persona que me ofendió. Mientras miro, empiezo a querer ser como él, y pido con fe llegar a ser «participante de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4), y la ira y la venganza se extinguen en mi corazón. Amo a mi enemigo y anhelo servirle.
Es por esta clase de contemplación de Cristo que hemos de ser transformados a su imagen; y cuanto más cerca nos mantengamos de él, tanto más rápido será el cambio.
He oído hablar de un espejo asombroso conocido por la ciencia, llamado espejo parabólico. Es un cono hueco revestido de espejo en toda su superficie interior. Tiene el poder de concentrar los rayos de luz en distintos grados de intensidad, según cuánto se acerquen al punto de encuentro en el extremo superior del cono; y ese poder se hace cada vez más intenso a medida que se aproximan al punto final. La ciencia ha descubierto que, en cierta fase de este movimiento hacia el punto interior —donde todos los lados del espejo se encuentran en absoluta unidad—, el poder del foco concentra todas las propiedades luminosas de los rayos del sol en un brillo tan intenso que hace visibles cosas jamás vistas antes por el ojo humano. Hasta vuelve transparente la carne, y nos permite ver a través de la envoltura externa de nuestro cuerpo las operaciones internas que hay debajo.
Avanzando un poco más hacia el interior de nuestro espejo, las propiedades caloríficas de los rayos del sol quedan tan concentradas que generan calor suficiente para fundir el hierro en dieciséis segundos, y para eliminar la aleación del oro, dejando solo la sólida gota de metal puro, en catorce segundos.
Avanzando todavía más, las propiedades fotográficas de la luz solar quedan tan concentradas que imprimen una imagen permanente del espejo sobre cualquier cosa que pase por el foco durante un solo segundo.
Avanzando aún más, casi hasta el punto de unidad, los poderes magnetizadores de la luz quedan tan concentrados que cualquier cosa expuesta a ellos por un solo instante se convierte en un poderoso imán, que atrae después hacia sí todas las cosas.
Que todo esto sea o no científicamente exacto, no soy bastante científica para saberlo, pero al menos servirá de alegoría para mostrar el progreso del alma, mientras es transformada de gloria en gloria, en su desarrollo «a su imagen».
Primero, al mirar como en un espejo la gloria del Señor, llegamos al foco de luz, que revela nuestra pecaminosidad y nuestra necesidad. «Otra vez Jesús les habló, diciendo: “Yo soy la luz del mundo.
«“El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”» (Juan 8:12).
Segundo, al acercarnos más, llegamos al foco de calor, donde toda nuestra escoria y nuestra plata sin valor se consumen. Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores: «Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán al Señor ofrenda en justicia» (Malaquías 3:2-3).
Tercero, al acercarnos todavía más, llegamos al foco fotográfico, donde la imagen de Cristo queda impresa permanentemente en nuestra alma, y somos hechos semejantes a él porque le vemos tal como él es.
«Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).
Cuarto y último, al llegar al punto de unidad, alcanzamos el foco magnético, donde nuestro carácter queda tan configurado según el de Cristo que las personas, al verlo, se sentirán irresistiblemente atraídas a «glorificar a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16).
Si hemos de ser configurados a la imagen de Cristo, entonces, debemos vivir cada vez más cerca de él.
Debemos conocer cada vez mejor su carácter y sus caminos; debemos mirar las cosas a través de sus ojos y juzgarlo todo por sus normas. No es por esfuerzo ni por lucha como ha de lograrse esta semejanza; es por asimilación. Según una ley natural, nos vamos pareciendo a aquellos con quienes convivimos, y el carácter más fuerte ejerce siempre la influencia dominante. Y, como la ley divina es una misma cosa con la ley natural —solo que obra en una esfera más alta y con un poder más libre de estorbos—, no debería parecernos misterioso que lleguemos a ser semejantes a Cristo por una unión espiritual con él.
Pero de nuevo debo repetir que esta unión con Cristo no puede venir por nuestros propios esfuerzos, por denodados que sean. Cristo ha de «habitar por la fe en vuestros corazones» (Efesios 3:17), y no puede morar allí de ningún otro modo. Pablo, cuando nos dice que fue crucificado con Cristo, afirma: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.
«Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).
«Vive Cristo en mí»: este es el secreto transformador. Si Cristo vive en mí, su vida ha de manifestarse, por la naturaleza misma de las cosas, en mi cuerpo, y no puedo dejar de ser transformado de gloria en gloria a su imagen. La enseñanza de nuestro Señor acerca de esto es muy clara: «Permaneced en mí, y yo en vosotros.
«Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:4-5).
Esto es literalmente cierto. Si permanecemos en él, y él en nosotros, no podemos dejar de dar mucho fruto, como tampoco pueden dejar de darlo las ramas de una vid sana. Por la naturaleza misma de las cosas, el fruto ha de venir.
Pero no podemos llevar al «viejo hombre» dentro de Cristo. Debemos despojarnos del viejo hombre con sus hechos antes de poder «vestirnos del Señor Jesucristo» (Romanos 13:14). El apóstol Pablo, al escribir a los colosenses, funda su exhortación a vivir una vida santa en el hecho de que ellos ya habían hecho esto: «No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Colosenses 3:9-10).
El pecado ha de desaparecer cuando Cristo entra; ningún alma que no esté dispuesta a entregar todo lo contrario a su voluntad puede esperar recibirle. El «viejo hombre» debe ser puesto a un lado si el nuevo hombre ha de reinar. Pero tanto el despojarse como el revestirse han de hacerse por fe. No hay otro camino. Como he tratado de explicar en otra parte, debemos trasladar nuestra personalidad, nuestro yo y nuestra voluntad fuera de nosotros mismos y hacia dentro de Cristo. Debemos considerarnos muertos al yo y vivos solo para Dios.
«Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia» (Romanos 6:11-13).
La misma clase de fe que nos permite asir el perdón de los pecados obra también esta unión con Cristo. Para quienes no comprenden la ley de la fe, esto será, sin duda, un misterio tan grande como lo eran los secretos de la gravedad antes de que se descubriera la ley de la gravedad. Sin embargo, para quienes sí la comprenden, la ley de la fe obra con tanta certeza y precisión como la ley de la gravedad, y produce sus resultados con igual seguridad. Nadie puede leer el capítulo once de Hebreos sin ver que la fe es una fuerza que todo lo vence. Yo misma creo que es la fuerza creadora del universo. Es la ley superior que gobierna todas las leyes inferiores que hay debajo de ella; lo que parece un milagro no es sino la operación de esta ley superior que todo lo gobierna.
La fe es, como digo, la ley de la creación: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (Hebreos 11:3). Se nos dice que Dios habló y fue hecho, él mandó y quedó firme. Y nuestro Señor nos dice que, si tenemos fe, podemos hacer lo mismo: «Respondiendo Jesús, les dijo: “Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: ‘Quítate y échate en el mar’, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”» (Marcos 11:22-24).
La fe, se nos dice, «llama las cosas que no son, como si fuesen» (Romanos 4:17). Al llamarlas, las hace existir. Por tanto, aunque no podamos ver ninguna señal física de cambio cuando por la fe nos despojamos del viejo hombre —que está viciado conforme a los deseos engañosos— y por la fe nos revestimos del nuevo hombre —que es creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad—, no por ello deja de haberse realizado de veras. La fe lo ha consumado. No puedo explicarlo teológicamente, pero puedo afirmar sin temor que es una realidad práctica inmensa. Aquellas almas que abandonan la vida del yo y se entregan al Señor para ser plenamente poseídas por él descubren que él toma posesión de los resortes íntimos de su ser, y «en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Pablo oró por los efesios «para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones» (Efesios 3:17), y este es todo el secreto de ser configurados a su imagen. Si Cristo habita en mi corazón, necesariamente he de ser semejante a Cristo. No puedo ser áspero, irritable, egoísta ni deshonesto; antes bien, su ternura, su dulzura, su tierna compasión y su amorosa sumisión a la voluntad de su Padre han de manifestarse en mi andar y mi hablar cotidianos.
No seremos plenamente transformados a la imagen de Cristo hasta que él se manifieste y le «veamos tal como él es» (1 Juan 3:2). Pero entretanto, en nuestra propia medida, la vida de Jesús ha de «manifestarse en nuestra carne mortal» (2 Corintios 4:11). ¿Se manifiesta en la nuestra? ¿Somos tan «conformes a la imagen» de Cristo que las personas, al vernos, vislumbren también algo de él?
La esposa de un ministro metodista me contó que, en cierta ocasión, cuando se habían mudado a un lugar nuevo, su hijito entró después de su primera tarde de juego y exclamó lleno de gozo: «Ay, mamá, he encontrado una niñita tan encantadora y tan buena para jugar aquí, que ya nunca quiero irme de este lugar». «Me alegro mucho, cariño —dijo la amorosa madre, feliz por la felicidad de su niño—; ¿cómo se llama la niñita?». «Ah —respondió el niño con súbita seriedad—, creo que se llama Jesús». «¡Pero, Frank! —exclamó la madre horrorizada—, ¿qué quieres decir?». «Pues, mamá —dijo él a la defensiva—, era tan encantadora que no supe cómo podría llamarse sino Jesús».
¿Son nuestras vidas tan semejantes a Cristo que alguien pudiera tener semejante pensamiento acerca de nosotros? ¿Resulta evidente a todos los que nos rodean que hemos estado con Jesús? ¿No es, tristemente, muchas veces todo lo contrario? ¿No somos algunos de nosotros tan gruñones y difíciles en nuestro vivir que habría que decir de nosotros exactamente lo opuesto?
Pablo dice que hemos de ser «carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón» (2 Corintios 3:3). Creo firmemente que, si cada hijo de Dios, por todo el mundo, comenzara desde este día en adelante a ser una «carta de Cristo», viviendo una vida verdaderamente semejante a Cristo en casa y fuera de ella, no pasaría un mes antes de que las iglesias se llenaran de gente deseosa de saber más, que entrara a ver qué religión podía transformar así la naturaleza humana en algo divino.
El mundo está lleno de personas que no creen en la realidad de la religión cristiana, y nada las convencerá sino hechos que no puedan refutar. Debemos salirles al encuentro con vidas transformadas. Si ven que, mientras antes éramos airados, ahora somos dulces; antes soberbios, ahora humildes; antes inquietos, ahora pacientes y serenos; y si podemos testificar que es la religión de Cristo la que ha producido este cambio, no podrán menos que quedar impresionados.
Un hombre cristiano que había alcanzado gran renombre de piedad por su arduo trabajo tenía también, por desgracia, fama de mal genio y lengua afilada. Pero al fin, por alguna razón que nadie lograba entender, pareció operarse en él un cambio. Su genio y su lengua se volvieron tan dulces y apacibles como antes habían sido violentos y afilados. Sus amigos observaban admirados, y finalmente uno de ellos le preguntó si había cambiado de religión. «No —respondió el hombre—, no he cambiado de religión, pero al fin he dejado que mi religión me cambie a mí». ¿Cuánto nos ha cambiado a nosotros nuestra religión?
Es muy fácil tener una «religión de iglesia», una «religión de reunión de oración» o una «religión de obra cristiana», pero es algo del todo distinto tener una religión de cada día. «Mostrar piedad en el hogar» es una de las partes más vitales del cristianismo, pero es también demasiado rara. No es nada raro encontrar cristianos que «hacen su justicia» delante de los de fuera para ser vistos por los demás, pero que fracasan miserablemente en mostrar su fe en casa. Conocí una vez a un padre tan poderoso en la oración en la reunión semanal y tan impresionante en su exhortación, que toda la iglesia se conmovía por su piedad; pero cuando volvía a casa después de las reuniones, era tan hosco y mezquino que su esposa y su familia temían decir una palabra en su presencia.
«Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa» (Mateo 6:5). Estas palabras, «ya tienen su recompensa», me parecen de las más solemnes de la Biblia. Lo que hacemos para ser vistos por la gente, la gente lo ve, y ahí acaba todo. No hay semejanza alguna con Cristo en esa clase de justicia.
La justicia que es semejante a Cristo es la justicia que sobrelleva con alegría las pruebas de cada día y es paciente ante las provocaciones en el hogar; que devuelve bien por mal y afronta toda la fricción de la vida diaria con dulzura y mansedumbre. «El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:4-7).
¡Esto es lo que significa ser conformado a la imagen de Cristo! ¿Conocemos algo de una justicia como esta?
A veces hablamos de cumplir lo que llamamos nuestros «deberes religiosos», entendiendo por ello los cultos de la iglesia, los tiempos señalados de devoción o la obra cristiana. Jamás se nos ocurre que es mucho más «deber religioso» nuestro el ser semejantes a Cristo en nuestro andar y hablar cotidianos que aun el ser fieles en aquellas otras cosas, por deseables que sean en sí mismas. La justicia de los escribas y fariseos era una justicia de palabras y frases, y de ritos ceremoniales; esto a menudo impresiona mucho a los de fuera. Pero, por no ser nada más que eso, nuestro Señor la condena en los términos más severos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.
«Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mateo 23:23, 27). Y añade: «Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad» (Mateo 23:28).
Es muy fácil decir cosas hermosas acerca de la vida religiosa, pero ser de veras lo que decimos es asunto muy distinto. Conozco a una maestra de escuela dominical que había enseñado mucho a sus alumnos acerca de echar toda ansiedad sobre el Señor y confiar en él en tiempos de prueba; ellos habían quedado muy impresionados. Pero al fin sobrevino una aflicción en la vida de esta maestra, y algunos de sus alumnos la vieron en su propia casa mientras duraba. Para su asombro y congoja, la vieron angustiada, agitada, preocupada y quejosa; obrando, en fin, como si no hubiera un Dios en quien confiar, o como si sus caminos no fueran caminos de amor y bondad. Fue una «lección práctica» para aquellos niños que echó a perder todo el bien que la enseñanza anterior de aquella maestra parecía haber de lograr. Uno de ellos, que era muy observador, me dijo con aire de triunfo: «Yo pensaba que no podía ser verdad mientras la señorita —— nos hablaba de cómo podíamos confiar en el Señor para todo; y ahora veo que era solo palabrería “de niña buena”, porque ella misma no lo hace».
Un cristiano malhumorado, o uno ansioso, un cristiano desanimado y sombrío, un cristiano lleno de dudas, un cristiano quejumbroso, un cristiano exigente, un cristiano egoísta, cruel y de corazón duro, un cristiano dado a sus propios gustos, un cristiano de lengua afilada o de espíritu amargo —un cristiano, en fin, que no es semejante a Cristo— lo mismo daría que predicara a los vientos que a su propia familia o a los amigos que lo ven tal como es. No hay escape de esta ley ineludible de las cosas, y bien haremos en reconocerlo de una vez. Si queremos que nuestros seres queridos confíen en el Señor, montañas de palabras al respecto no les resultarán ni la milésima parte tan convincentes como la vista de un poco de confianza real de nuestra parte en un tiempo de necesidad. La oración más larga y la predicación más recia de nada sirven en ningún círculo familiar, por bien que puedan quedar en el púlpito, si no hay un vivir claro de las cosas que se predican.
Algunos cristianos parecen pensar que los frutos que la Biblia reclama son alguna forma de obra religiosa externa, como celebrar reuniones, visitar a los pobres o dirigir instituciones de beneficencia.
Sin embargo, lo cierto es que la Biblia apenas los menciona como frutos del Espíritu, sino que declara que «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23). Un carácter semejante a Cristo ha de ser necesariamente el fruto de que Cristo more en nosotros. Otras cosas serán, sin duda, el resultado de este carácter; pero primero y ante todo viene el carácter, o todo lo demás no es sino una farsa vacía. Un escritor reciente ha dicho: «Un hombre nunca puede ser más de lo que su carácter lo hace. Un hombre nunca puede hacer más ni mejor que entregar o encarnar aquello que es su carácter. Nada valioso puede salir de un hombre que no esté primero en el hombre. El carácter debe estar detrás de todo y sostenerlo todo: el sermón, el poema, el cuadro, el libro. Ninguno de ellos vale un ardite sin él».
Para llegar a ser conformados a la imagen de Cristo, hemos de ser necesariamente hechos «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). Y, cuando esto sucede, esa naturaleza divina ha de manifestarse por fuerza. Nuestros gustos, nuestros deseos y nuestros propósitos llegarán a ser como los de Cristo; veremos las cosas a través de sus ojos. Esto es inevitable; porque donde está la naturaleza divina, sus frutos no pueden dejar de manifestarse. Donde no se manifiestan, nos vemos forzados a concluir que ese individuo, por altas que sean sus profesiones, todavía no ha sido hecho participante de la naturaleza divina.
Puedo oír a alguien que pregunta: «Pero ¿de veras quieres decir que, para ser hechos participantes de la naturaleza divina, debemos cesar por completo de nuestros propios esfuerzos? ¿Debemos sencillamente, por la fe, revestirnos de Cristo, y dejar que él viva en nosotros y obre en nosotros el querer y el hacer por su buena voluntad? ¿Y crees que él lo hará entonces realmente?».
A esto respondo con la mayor firmeza: sí, quiero decir exactamente eso. Quiero decir que, si nos entregamos enteramente a él, él viene a vivir en nosotros y es él mismo nuestra vida. Debemos encomendarle toda nuestra vida: nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestro andar cotidiano, nuestro sentarnos y nuestro levantarnos. Por la fe debemos abandonarnos y, por así decirlo, trasladarnos a Cristo y permanecer en él. Por la fe debemos despojarnos del viejo hombre, y por la fe debemos revestirnos del nuevo hombre. Por la fe debemos considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios, tan verdaderamente muertos como vivos.
Por la fe debemos comprender que nuestra vida diaria es Cristo viviendo en nosotros; y, cesando de nuestras propias obras, debemos permitirle obrar en nosotros el querer y el hacer por su buena voluntad. Ya no es la verdad acerca de él lo que ha de llenar nuestro corazón, sino él mismo —el Cristo vivo, amoroso y glorioso—, quien, si le dejamos, hará de nosotros verdaderamente su morada. Reinará y gobernará dentro de nosotros y «sujetará a sí mismo todas las cosas» (Filipenses 3:21). «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
No fue mera figura retórica cuando nuestro Señor, en aquel maravilloso Sermón del Monte, dijo a sus discípulos: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48). Quería decir, por supuesto, conforme a nuestra capacidad humana, pero se refería a esa realidad de ser conformados a su imagen para la cual hemos sido predestinados. Y en la Epístola a los Hebreos se nos muestra cómo ha de realizarse: «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Hebreos 13:20-21).
Ha de ser por su obrar en nosotros, y no por nuestro obrar en nosotros mismos, como se ha de cumplir este propósito de Dios en nuestra creación. Si pareciera que algunos de nosotros estamos demasiado lejos de toda semejanza con Cristo para que semejante transformación pueda darse alguna vez, hemos de recordar que nuestro Hacedor todavía no ha terminado de hacernos. Vendrá el día, si no le estorbamos, en que la obra comenzada en Génesis quede terminada en Apocalipsis, y toda la creación, así como nosotros mismos, sea «libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Romanos 8:21).
«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:22-23).
«¿Ha de hacerse tu voluntad en mí? ¿O la mía?
«¿Y he de ser hecho una cosa no según la tuya, sino mía, y llena del más patético fingimiento?
«¿He de nacer de Dios, o de mero hombre?
«¿Ser hecho semejante a Cristo, o según algún otro plan?
«¿Qué importa si tu obra en mí va más allá de mis sentidos, demasiado sutil, demasiado alta para que yo la entienda?
«Confío por entero. ¡Prosigue, Señor, con tu grandiosa labor!
«No tengo conocimiento, sabiduría, discernimiento ni pensamiento, ni entendimiento capaz de justificarte en tu obra, oh Perfecto. Me has traído hasta aquí, y ¡mira! lo que has hecho no puedo llamarlo bueno. Pero puedo clamar: “Oh enemigo, el Hacedor no ha terminado; un día lo verás, y ante esa vista huirás”».