El Dios de toda consolación ·Dios basta

Capítulo 17 · 21 min de lectura

Dios basta

«Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio» (Salmo 62:5-7).

La última y más grande lección que el alma tiene que aprender es que Dios, y solo Dios, basta para todas sus necesidades. Esta es la lección que todos sus tratos con nosotros pretenden enseñarnos; y este es el descubrimiento supremo de toda nuestra vida cristiana. ¡DIOS BASTA!

En este libro hemos considerado algunos aspectos del carácter y de los caminos de Dios, tal como se nos revelan en el Señor Jesucristo; y también algunos de los errores que nos impiden apropiarnos de la plenitud que es nuestra en él. Y ahora, para concluir, quiero exponer, lo mejor que pueda, lo que me parece ser la conclusión de todo el asunto.

Si Dios es lo que parece ser según las revelaciones que hemos venido considerando; si es en verdad el «Dios de toda consolación», como hemos visto; si es nuestro Pastor; si es real y verdaderamente nuestro Padre; si, en resumen, todos los muchos aspectos que hemos estudiado de su carácter y de sus caminos son realmente ciertos, entonces debemos, me parece, llegar a la firme convicción de que él, en sí mismo solo, basta para todas nuestras posibles necesidades, y de que podemos reposar en él con toda seguridad, de manera absoluta y para siempre.

Supongo que la mayoría de los cristianos han cantado más veces de las que podrían contar estas palabras de uno de nuestros himnos más conocidos: «Tú, oh Cristo, eres todo lo que anhelo; más que todo en ti lo encuentro».

Pero dudo que todos nosotros pudiéramos decir con sinceridad que esas palabras hayan expresado alguna realidad en nuestra propia experiencia. Cristo no ha sido todo lo que anhelamos. Hemos anhelado muchísimas cosas además de él. Hemos anhelado sentimientos intensos acerca de él, o percepciones de su presencia con nosotros, o una revelación interior de su amor; o bien hemos exigido esquemas satisfactorios de doctrina, o una obra cristiana exitosa, o alguna cosa u otra, aparte de él mismo, que constituya un derecho personal sobre él.

Cristo mismo, Cristo solo, sin la añadidura de ninguna de nuestras experiencias acerca de él, no nos ha bastado, a pesar de todos nuestros cantos; y ni siquiera vemos cómo es posible que él pudiera bastar.

El salmista dijo en aquellos tiempos antiguos: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza» (Salmo 62:5). Pero ahora el cristiano dice: «Alma mía, reposa en mis sanas doctrinas, porque de ellas es mi esperanza»; o bien: «Alma mía, reposa en mis buenos estados y sentimientos, o en mis obras justas, o en mis oraciones fervientes, o en mis empeños diligentes, porque de estas cosas es mi esperanza». Esperar en Dios solamente les parece una de las cosas más inseguras que podrían hacer, y poner su esperanza únicamente en él se siente como edificar sobre la arena. Extienden las manos por todas partes en busca de algo en qué apoyarse, y no ponen su confianza en Dios solo hasta que todo lo demás falla. George Macdonald dice: «Miramos a Dios como nuestro último y más débil recurso. Solo acudimos a él cuando no tenemos ningún otro lugar adonde ir. Y entonces aprendemos que las tormentas de la vida no nos han arrojado contra las rocas, sino al puerto deseado».

Ningún alma puede estar verdaderamente en reposo hasta que haya renunciado a toda dependencia de cualquier otra cosa y se haya visto forzada a depender del Señor solamente. Mientras nuestra esperanza provenga de otras cosas, nada sino desilusión nos aguarda. Los estados de ánimo y los sentimientos pueden cambiar, y cambiarán con nuestras cambiantes circunstancias; las doctrinas y los dogmas pueden trastornarse; la obra cristiana puede quedar en nada; las oraciones pueden parecer perder su fervor; las promesas pueden parecer fallar; todo aquello en lo que hemos creído o en lo que nos hemos apoyado puede parecer barrido, y solo queda Dios: únicamente Dios, el Dios desnudo, si se me permite la expresión; simple y solamente Dios.

A veces decimos: «Si tan solo pudiera hallar una promesa que se ajuste a mi caso, entonces podría estar en reposo». Pero las promesas pueden malinterpretarse o aplicarse mal, y en el momento en que apoyamos todo nuestro peso sobre ellas, pueden parecer fallarnos por completo. Pero Aquel que promete, que está detrás de sus promesas y es infinitamente más que sus promesas, nunca puede fallar ni cambiar. El niño pequeño no necesita tener ninguna promesa de su madre para estar contento; la tiene a ella misma, y ella le basta. Su madre vale más que mil promesas. En nuestro ideal más alto de amor o de amistad, las promesas no entran. A una persona quizá le encante hacer promesas, tal como lo hace nuestro Señor, pero la otra persona no las necesita; la persona misma del que ama o del amigo vale más que todas sus promesas. Y aunque toda promesa fuera borrada de la Biblia, todavía nos quedaría Dios, y Dios bastaría. Lo repito una vez más: solo Dios, él mismo, tal como es, sin la añadidura de nada de nuestra parte —ya sean estados de ánimo o sentimientos, o experiencias, o buenas obras, o sanas doctrinas, o cualquier otra cosa, exterior o interior—: «Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré» (Salmo 62:6).

No quiero decir con esto que no hayamos de tener sentimientos, ni experiencias, ni revelaciones, ni buenas obras, ni sanas doctrinas. Podemos tener todas estas cosas, pero deben ser el resultado de la salvación y nunca su causa; y jamás puede uno apoyarse en ellas como si fueran indicio alguno de nuestra condición espiritual. Todas ellas son cosas que van y vienen, y a menudo dependen del estado de nuestra salud, o de nuestro entorno, o incluso a veces de la dirección del viento. Algunas personas, por ejemplo, nunca pueden creer que Dios las ama cuando el viento sopla del este. Y si nos apoyamos en cualquiera de estas cosas, en el más mínimo grado, como base de nuestra confianza o de nuestro gozo, con toda seguridad acabaremos en la aflicción. Lo que sí quiero decir es que hemos de mantenernos absolutamente independientes de todas ellas, reposando únicamente en el grande y magnífico hecho de que Dios existe y de que él es nuestro Salvador; con una vida interior que prospera igual de bien y es igual de triunfante sin esas experiencias personales o esos hechos personales como lo es con ellos. Hemos de hallar a Dios —el hecho de Dios— suficiente para todas nuestras necesidades espirituales, ya sea que nos sintamos en un desierto o en un valle fértil. Hemos de decir con el profeta: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17-18).

El alma está hecha para esto y jamás puede hallar reposo sin ello. Por tanto, todos los tratos de Dios con nosotros están dispuestos con este fin; y a menudo él se ve obligado a privarnos de todo gozo en cualquier otra cosa a fin de forzarnos a hallar nuestro gozo única y enteramente en él mismo. Está muy bien, quizá, gozarse en sus promesas, o gozarse en las revelaciones que él nos haya concedido, o en las experiencias que hayamos vivido; pero gozarse en Aquel que promete —en él solo—, sin promesas, ni experiencias, ni revelaciones, este es el punto culminante de la vida cristiana. Este es el único lugar donde podemos conocer la paz que sobrepasa todo entendimiento y que nada puede perturbar.

Es difícil explicar con exactitud lo que quiero decir. Nos hemos acostumbrado tanto a considerar todos estos acompañamientos de la vida espiritual como si fueran la vida espiritual misma, que nos resulta difícil desprendernos de ellos. No podemos pensar que el Señor pueda ser algo para nosotros a menos que hallemos en nosotros mismos algo que nos asegure su amor y su cuidado. Y cuando hablamos de hallar nuestro todo en él, por lo general queremos decir que lo hallamos en nuestros sentimientos o en nuestras opiniones acerca de él. Si, por ejemplo, sentimos un ardor de amor hacia él, entonces podemos decir de corazón que él basta; pero cuando ese ardor desfallece, como tarde o temprano es casi seguro que ocurra, entonces ya no sentimos que hayamos hallado nuestro todo en él. La verdad es que lo que nos satisface no es el Señor, sino nuestros propios sentimientos acerca del Señor. Pero no somos conscientes de ello; y por consiguiente, cuando nuestros sentimientos fallan, pensamos que es el Señor quien ha fallado, y nos hundimos en las tinieblas.

Por supuesto, todo esto es muy insensato, pero es una experiencia tan común que muy pocos alcanzan a ver cuán insensata es. Quizá una ilustración nos ayude a verlo con más claridad. Pensemos en un hombre acusado de un delito, de pie ante un juez. ¿Qué sería lo importante para ese hombre: sus propios sentimientos hacia el juez, o los sentimientos del juez hacia él? ¿Pasaría el tiempo observando sus propias emociones, tratando de ver si sentía que el juez le era favorable, o miraría al juez y trataría de descubrir, por sus gestos o sus palabras, si debía o no esperar un fallo favorable? Por supuesto, diríamos de inmediato que los propios sentimientos del hombre no tienen la menor importancia en el asunto, y que solo las opiniones y los sentimientos del juez merecen un momento de atención.

El hombre podría tener todos los «ardores» y todas las «experiencias» imaginables, pero de nada le servirían en absoluto. Todo dependería únicamente del Juez. Esto es lo que llamaríamos un hecho evidente por sí mismo. Del mismo modo, si tan solo aplicáramos nuestro sentido común al tema, no podríamos menos que ver que lo único verdaderamente vital en nuestra relación con el Señor no es lo que sentimos hacia él, sino lo que él siente hacia nosotros. El hombre que está siendo juzgado ha de hallar en el Juez todo lo que necesita, si es que ha de hallarlo. Su suficiencia no puede provenir de sí mismo, sino que ha de provenir de aquel de quien depende su suerte. Y nuestra suficiencia, dice el apóstol, no proviene de nosotros mismos, sino de Dios.

«No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Esto, pues, es lo que quiero decir con que Dios basta. Es que hallamos en él, en el hecho de su existencia y de su carácter, todo lo que posiblemente podamos anhelar para cualquier cosa. Dios es, y tiene que ser, nuestra respuesta a toda pregunta y a todo clamor de necesidad. Si hay alguna falta en Aquel que se ha comprometido a salvarnos, nada suplementario que podamos hacer bastará para suplirla; y si no hay falta alguna en él, entonces él, por sí mismo y en sí mismo, basta.

Ojalá me fuera posible dejar claro lo que quiero decir, porque creo que es el secreto de la liberación permanente de toda la incomodidad y la inquietud de toda vida cristiana. Tu incomodidad y tu inquietud surgen de tus esfuerzos denodados pero inútiles por establecer dentro de ti algún fundamento satisfactorio de confianza; como, por ejemplo, lo que consideras que son los sentimientos apropiados, o la debida medida de fervor o de diligencia, o al menos, si nada más, un grado suficiente de interés en las cosas espirituales. Y como ninguna de estas cosas es jamás satisfactoria (y puedo decirte que nunca lo será), es imposible que tu vida religiosa sea otra cosa que incómoda.

Pero si vemos que toda nuestra salvación, de principio a fin, depende únicamente del Señor; y si hemos aprendido que él es poderoso y está dispuesto a hacer por nosotros «mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Efesios 3:20), entonces la paz y el consuelo no pueden dejar de reinar de forma soberana. Todo depende de si el Señor, en sí mismo y por sí mismo, basta para nuestra salvación, o de si han de añadirse otras cosas de nuestra parte para hacerlo suficiente.

Lo que a mí personalmente me ayudó, más que ninguna otra cosa, a llegar a la convicción de que Dios realmente me bastaba, fue una experiencia que tuve hace algunos años. Era una época de mi vida religiosa en que atravesaba muchísimas dudas y perplejidades, y en que sentía que ningún cristiano había tenido jamás dificultades tan singulares como las mías. Sucedió que por entonces se hospedaba cerca de mí, por unas semanas, una dama que era considerada una cristiana profundamente espiritual, y a quien me habían aconsejado acudir en busca de ayuda espiritual. Así que una tarde reuní valor, fui a verla y le vertí mis penas, esperando, por supuesto, que ella se interesara profundamente en mí y se esmerara en hacer todo lo posible por ayudarme.

Me escuchó con bastante paciencia, y no me interrumpió; pero cuando terminé mi relato y me detuve, esperando comprensión y consideración, ella simplemente dijo: «Sí, todo lo que dices puede ser muy cierto, pero, a pesar de todo ello, está Dios». Esperé unos minutos algo más, pero nada llegó, y mi amiga y maestra tenía el aire de haber dicho todo lo que era necesario.

«Pero —proseguí—, seguramente no comprendiste cuán serias y desconcertantes son mis dificultades». «Oh, sí que las comprendí —respondió mi amiga—, pero, como te digo, está Dios». Y no logré inducirla a dar ninguna otra respuesta. Me pareció de lo más decepcionante e insatisfactorio. Sentía que mis singulares y en verdad angustiosas experiencias no podían resolverse con algo tan sencillo como la mera afirmación: «Sí, pero está Dios». Sabía que Dios estaba allí, por supuesto, pero sentía que necesitaba algo más que solo a Dios; y llegué a la conclusión de que mi amiga, a pesar de toda su gran reputación como maestra espiritual, en todo caso no era capaz de lidiar con un caso tan singular como el mío.

Sin embargo, mi necesidad era tan grande que no me di por vencida con el primer intento, sino que acudí a ella una y otra vez, siempre con la esperanza de que en algún momento empezara a comprender la importancia de mis dificultades y me diera ayuda adecuada. Fue en vano. Nunca logré arrancarle ninguna otra respuesta. Siempre, a todo, venía la sencilla contestación, con un aire de dar por completamente zanjado el tema: «Sí, ya sé; pero está Dios». Y al fin, a fuerza de su continua repetición, me convencí de que mi amiga creía real y verdaderamente que el mero hecho de la existencia de Dios, como Creador y Redentor del género humano, y de mí como miembro de esa raza, era una respuesta plenamente suficiente para toda posible necesidad de sus criaturas. Y al fin, porque lo decía tantas veces y parecía tan segura, empecé vagamente a preguntarme si, después de todo, Dios no bastaría, incluso para mi necesidad, por abrumadora y singular que yo la sintiera. Del preguntarme pasé gradualmente a creer que, siendo mi Creador y Redentor, él tenía que bastar; y al fin irrumpió en mí la convicción de que él realmente bastaba, y mis ojos se abrieron al hecho de la absoluta y total plena suficiencia de Dios.

Mis penas desaparecieron como por arte de magia, y no hacía sino asombrarme de cómo había podido ser tan necia como para dejarme afligir por ellas, cuando todo el tiempo estaba Dios, el Dios todopoderoso que todo lo ve, el Dios que me había creado y que, por tanto, estaba de mi lado, ansioso por cuidar de mí y ayudarme. Había descubierto que Dios bastaba, y mi alma estaba en reposo.

La plena suficiencia de Dios debería ser tan completa para el hijo de Dios como lo es para el niño la plena suficiencia de una buena madre. Todos conocemos el reposo total del niño pequeño en la presencia de la madre y en el amor de la madre. Que su madre esté allí basta para hacer desaparecer todos los miedos y todas las penas. No necesita que la madre le haga promesa alguna; ella misma, tal como es, sin promesas y sin explicaciones, es todo lo que el niño necesita. Mi propia experiencia de niña me enseñó esto, más allá de toda posibilidad de duda. Mi madre era el remedio para todos mis propios problemas, y yo creía plenamente que ella era el remedio para los problemas del mundo entero, con tal de que se los pudiera llevar a ella. Cuando alguien expresaba dudas sobre su capacidad para arreglarlo todo, recuerdo con cuánto vehemente desdén solía acallarlo diciendo: «¡Ah! Pero tú no conoces a mi madre».

Y ahora, cuando alguna persona en apuros no alcanza a ver que Dios basta, me dan ganas de decir, no con desdén, sino con infinita compasión: «¡Ah, querido amigo, no conoces a Dios! Si lo conocieras, no podrías menos que ver que él es el remedio para toda necesidad de tu alma, y que es un remedio plenamente suficiente». Dios basta, aunque ninguna promesa parezca ajustarse a tu caso, y ningún sentimiento interior te dé confianza. Aquel que hace la promesa es mayor que sus promesas; su existencia es un fundamento de confianza más seguro que los sentimientos internos más intensos.

«Oh, pronuncia tan solo el nombre de Dios en lo más hondo de tu corazón, y mira cómo del alma al instante todo temor angustioso se aparta».

Pero alguien podría decir: «Todo esto sin duda es cierto, y me sería fácil creerlo si tan solo pudiera estar seguro de que se aplica a mí. Pero soy tan inútil y estoy tan lleno de pecado que no siento tener ningún derecho a tales riquezas de gracia».

Con mayor razón: si eres inútil y estás lleno de pecado, tienes un derecho sobre la plena suficiencia de Dios.

Tu misma falta de valor y tu pecaminosidad son tu reclamo más fuerte. Como alguien ha dicho, solo el pecador que anhela la salvación se halla en la senda del Salvador. La Biblia declara: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo 1:15). Él no vino a salvar a los justos, ni a los entusiastas, ni a los obreros diligentes, sino simple y únicamente a salvar a los pecadores. ¿Por qué, entonces, habríamos de gastar nuestro tiempo y nuestra energía tratando de crear un derecho que, después de todo, no es un derecho, sino solo un estorbo?

Mientras nuestra atención esté vuelta hacia nosotros mismos y hacia nuestras propias experiencias, está apartada del Señor. Esto es puro sentido común. Como he dicho en otro lugar, solo podemos ver aquello que miramos, y mientras nos miramos a nosotros mismos, sencillamente no podemos «contemplar a Dios». No es que él se esconda; siempre está allí, a plena vista de todos los que lo miran. Pero si miramos en otra dirección, no podemos esperar verlo.

En el pasado, puede que nuestros ojos hayan estado tan exclusivamente fijos en nosotros mismos que todo nuestro interrogatorio interior haya versado únicamente sobre nuestra propia condición: ¿Es mi amor por Dios lo bastante cálido? ¿Soy lo bastante diligente? ¿Son mis sentimientos hacia él lo que deberían ser? ¿Tengo suficiente celo? ¿Siento mi necesidad como debiera? Hemos sido desdichados porque nunca hemos podido responder estas preguntas de manera satisfactoria. Aunque no lo sabemos, ha sido una misericordia que nunca pudiéramos responderlas satisfactoriamente; porque, de haberlo hecho, nuestro «yo» se habría envanecido, y nos habríamos llenado de autocomplacencia y de orgullo.

Si queremos ver a Dios, nuestro interrogatorio interior debe versar sobre él, no sobre nosotros mismos. ¿Qué siente Dios hacia mí? ¿Es su amor por mí lo bastante cálido? ¿Tiene suficiente celo? ¿Siente mi necesidad con suficiente hondura? ¿Es lo bastante diligente? Aunque estas preguntas puedan parecer irrespetuosas a algunos, no hacen sino representar las dudas y los temores de muchos corazones vacilantes. Basta con formularlas para probar que esas dudas y esos temores son la verdadera falta de respeto. Todos sabemos cuáles serían las respuestas triunfantes a tales preguntas. Ninguna duda podría resistir su testimonio, y el alma que las formula y las responde con honradez será conducida a una convicción profunda y absoluta de que Dios basta, y de que tiene que bastar.

«Todo es vuestro», declara el apóstol: «sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Corintios 3:21-23). Sería imposible que una afirmación fuera más abarcadora. Todas las cosas son tuyas porque perteneces a Cristo; no porque seas tan bueno o digno, sino simple y únicamente porque perteneces a Cristo. Todas las cosas que necesitamos son parte de nuestra herencia en él, y solo están esperando que las reclamemos. Por grandes que sean nuestras necesidades y dificultades, hay en estas «todas las cosas» una provisión que es «mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Efesios 3:20).

Porque él existe, todo tiene que salir bien para nosotros. Porque una madre existe, todo tiene que salir bien para sus hijos, en la medida de sus fuerzas; y esto tiene que ser infinitamente más cierto tratándose del Señor.

Para el niño, detrás de todo lo que cambia, está el único hecho inmutable de la existencia de la madre. Mientras la madre vive, hay que cuidar del niño; y mientras Dios vive, también hay que cuidar de sus hijos. ¿Qué otra cosa podría hacer él, siendo quien es? El descuido, la indiferencia, el olvido y la ignorancia le son todos imposibles. Él lo sabe todo, se interesa por todo, puede con todo, y nos ama. ¿Qué más podríamos pedir?

Los santos de Dios en todas las épocas han sabido esto y se han dado cuenta de que Dios les bastaba. Job dijo, desde lo más hondo de dolores y pruebas que pocos pueden igualar: «Aunque él me matare, en él esperaré» (Job 13:15). David pudo decir en el momento de su más aguda angustia: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmo 23:4). Y de nuevo pudo decir: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza... Dios está en medio de ella; no será conmovida; Dios la ayudará al clarear la mañana» (Salmo 46:1-3, 5). Pablo pudo decir triunfante, en medio de muchas pesadas pruebas: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39). Por tanto, tú, corazón cristiano que dudas y te entristeces, a la luz de todo lo que hemos aprendido acerca del Dios de toda consolación, ¿no puedes darte cuenta, junto con Job, David, Pablo y los santos de todas las épocas, de que nada más se necesita para aquietar todos tus temores sino esto: que Dios es? Su simple existencia es toda la garantía que tu necesidad requiere para su cierto alivio. Nada puede separarte de su amor: absolutamente nada. Aquí queda provista toda situación posible, y ni una sola de ellas puede separarte del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Después de una declaración como esta, ¿cómo se atrevería alguno de nosotros a cuestionar o a dudar del amor de Dios? Y puesto que él nos ama, no puede existir y dejar de ayudarnos. ¿Acaso no sabemos por nuestra propia experiencia cómo el amor tiene que derramarse en bendición sobre aquellos a quienes ama? ¿No podemos comprender que Dios, que es amor —que está, por así decirlo, hecho de amor—, sencillamente no puede menos que bendecirnos? No necesitamos rogarle que nos bendiga; sencillamente no puede evitarlo.

Por tanto, Dios basta; Dios basta para esta vida, y Dios basta para la eternidad. ¡DIOS BASTA!

«Solo sentarse y pensar en Dios, ¡oh, qué gozo es!

«Pensar el pensamiento, respirar el Nombre; la tierra no tiene dicha más alta».

FIN

El Dios de toda consolación Hannah Whitall Smith

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