Capítulo 14 · 13 min de lectura
El grito de la fe
«Y así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá» (Josué 6:5).
El grito de una fe firme contrasta de manera directa con los gemidos de una fe vacilante o los lamentos de un corazón desanimado. En la historia de Israel, muchas veces se entregaron al lamento para su propia ruina; pero en una ocasión dieron un grito magnífico que trajo una victoria gloriosa.
Esto sucedió después de haber cruzado el Jordán. Dios le había dicho a Josué: «Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, yo os lo he entregado» (Josué 1:3). Entraron en la tierra esperando poseerla, pero de inmediato se vieron frente a frente con Jericó, una ciudad «grande y amurallada hasta el cielo». A los ojos de los sentidos, no había ninguna posibilidad de conquistarla.
Pero el Señor dijo: «Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó» (Josué 6:2). No dijo «entregaré», sino «he entregado». Ya les pertenecía; solo eran llamados a tomar posesión de ella. El plan de Dios era extraño: después de marchar y tocar las bocinas, «todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá».
Y sucedió tal como el Señor había dicho. Josué dijo al pueblo: «Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad» (Josué 6:16). Cuando gritaron, los muros cayeron. Nadie supone que el ruido del grito hizo caer los muros. El secreto estaba en que fue el grito de una fe que se atrevió, apoyada solo en la autoridad de la palabra de Dios, a reclamar una victoria cuando aún no había señal alguna de ella.
La fe daba por cierta la palabra de Dios. La incredulidad podría haber dicho: «Espera a gritar hasta que los muros caigan de verdad, no sea que quedemos en ridículo». Pero la fe se reía de semejante «prudencia» y daba un grito de victoria mientras los muros seguían en pie. «Por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días» (Hebreos 11:30).
«La fe, la fe potente, contempla la promesa y solo en ella fija su mirada; se ríe de lo imposible y clama: ¡Se hará!»
Josafat es otro ejemplo. Una gran multitud vino contra él, y él comprendió que no tenía «fuerza» y que no sabía «qué hacer». No perdió el tiempo en máquinas de guerra; «humilló su rostro para consultar a Jehová» (2 Crónicas 20:3). Se puso de pie ante el pueblo y oró: «En nosotros no hay fuerza contra esta gran multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos» (2 Crónicas 20:12).
El Señor respondió: «No temáis ni os amedrentéis delante de esta gran multitud, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios... No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová» (2 Crónicas 20:15, 17).
Sin el menor asomo de duda, Josafat y los hijos de Israel creyeron la palabra del Señor y comenzaron de inmediato a alabarle de antemano por la victoria que estaban seguros de que vendría. A la mañana siguiente se levantaron temprano y salieron al encuentro de su enemigo. Josafat, en lugar de exhortarlos a fijarse en sus armas y a ser valientes en la batalla, como habría hecho un general cualquiera, simplemente los llamó a tener una fe valerosa: «Oídme, Judá y moradores de Jerusalén.
«Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados» (2 Crónicas 20:20).
Josafat consultó entonces con el pueblo; y como la fe de ellos resultó igual a la suya, designaron cantores que salieran delante del ejército para cantar alabanzas mientras avanzaban al encuentro del enemigo. Y sucedió que, cuando comenzaron a cantar y a alabar, el Señor puso emboscadas contra el enemigo, de modo que se mataron los unos a los otros. Cuando los hijos de Israel llegaron a una atalaya en el desierto, desde la cual podían ver la gran multitud que había venido contra ellos, «he aquí yacían ellos en tierra muertos, pues ninguno había escapado» (2 Crónicas 20:24).
Por este maravilloso método de guerra fueron hechos «más que vencedores»; pues estuvieron «tres días recogiendo el botín, porque era mucho» (2 Crónicas 20:25).
La lucha de David con Goliat es otro ejemplo de este método de victoria. A los ojos de los sentidos, David no tenía la menor posibilidad de vencer al poderoso gigante que había estado desafiando a los ejércitos de Israel. Pero David, mirando con los ojos de la fe, podía ver las fuerzas divinas invisibles que peleaban de su lado. Cuando Saúl le dijo: «No podrás tú ir contra este filisteo para pelear con él, porque tú eres un muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud», David se mantuvo firme en su fe. Después de recordar sus pasadas liberaciones, dijo con calma: «Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él me librará de la mano de este filisteo» (1 Samuel 17:33, 37).
Saúl, en parte convencido por esta fe tan fuerte, dijo: «Ve, y Jehová esté contigo». Sin embargo, no lograba abandonar del todo la confianza en su propia armadura acostumbrada; revistió a David con un casco de bronce, una cota de malla y su propia y poderosa espada. David «probó en vano a andar», pues no estaba habituado a ellas. Se las quitó y tomó en su lugar las sencillas armas que el Señor ya había bendecido antes: su cayado, su honda y cinco piedras lisas del arroyo. Así equipado, se acercó al gigante.
Cuando el gigante vio al joven que había venido a pelear con él, lo menospreció y dijo con desdén: «Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo» (1 Samuel 17:44). A los ojos de los sentidos, parecía que este tenía que ser por fuerza el final de una batalla tan desigual. Pero la fe de David triunfó, y dio un grito de victoria antes de que la batalla hubiera siquiera comenzado. «Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina —dijo—, mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano... para que toda la tierra sepa que hay Dios en Israel, y sepa toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos» (1 Samuel 17:45-47).
Ante semejante fe, ¿qué podía hacer siquiera un gigante? Cada palabra de aquel triunfante grito de victoria se cumplió, y el poderoso enemigo fue entregado en manos del joven a quien había menospreciado. Y así será siempre. Nada puede resistir a la fe triunfante que se une a la omnipotencia. Porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Juan 5:4).
El secreto de toda guerra victoriosa está en este grito de fe. Es un secreto incomprensible para quienes nada saben del poder divino invisible que aguarda las demandas de la fe; un secreto que siempre habrá de parecer el colmo de la locura a quienes no lo entienden.
Todos somos llamados a ser «buen soldado de Jesucristo» (2 Timoteo 2:3) y a «pelear la buena batalla de la fe» (1 Timoteo 6:12) contra enemigos peores que los que atacaban a los israelitas. Nuestros enemigos son interiores, y el gigante que nos desafía es la fuerza de nuestras tentaciones y la impotencia de nuestras propias fuerzas para resistir. Es una lucha dura y muchas veces desalentadora.
Muchos de los hijos de Dios han pecado, se han arrepentido y han resuelto enmendarse tantas veces que ya no ven esperanza de victoria. Odian el pecado y aman la justicia, pero «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (Romanos 7:19). En las palabras del apóstol, encuentran una ley en sus miembros que combate contra la ley de su mente. Saben que deberían vencer, pero no saben cómo. Para estas personas se escribe este capítulo. Si logran descubrir el secreto de este grito de fe, sabrán cómo, porque nunca deja de traer la victoria.
En Juan 16:33, nuestro Señor revela el fundamento de este triunfante grito: «Confiad, yo he vencido al mundo». No «venceré», sino «he vencido». Ya está hecho; solo nos hace falta entrar en el poder de ello. Josué no dijo: «Gritad, porque Jehová os dará la ciudad», sino: «Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad» (Josué 6:16). Debió de requerir toda la voluntad de Josué hacer semejante declaración mientras los muros de la ciudad seguían tan macizos como siempre. Pero Dios era una realidad para Josué, y no tuvo miedo de proclamar la victoria antes de que fuera visible.
Hay una gran diferencia entre decir «el Señor dará» y «el Señor ha dado». Una victoria prometida para el futuro puede verse estorbada por mil cosas, pero una victoria ya consumada no puede deshacerse. Cuando nuestro Señor nos asegura que ya ha vencido al mundo, nos da un fundamento seguro para un triunfante grito. De ahí en adelante, las fuerzas del pecado son un enemigo derrotado. Si creemos las palabras de Cristo, podemos enfrentarlas sin temor, pues hemos sido hechos «más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37).
Es un hecho bien conocido que, mientras un ejército derrotado logra mantener en secreto su derrota, todavía puede ofrecer alguna resistencia. Pero en el momento en que descubre que su derrota es conocida, pierde todo ánimo y no le queda otro recurso que retirarse. El secreto está en esto: debemos enfrentar el pecado no como un enemigo que aún hay que vencer, sino como uno que ya ha sido vencido. Cuando Rahab ayudó a escapar a los espías, confesó: «Sé que Jehová os ha dado esta tierra... y que todos los moradores del país han desmayado ante vosotros» (Josué 2:9). Si tuviéramos ojos para ver el reino invisible del mal, creo que descubriríamos que un terror ha caído sobre todas las fuerzas de aquella región, y que ven en cada persona de fe a un conquistador triunfante.
Una cristiana que conozco, que había sido terriblemente asediada por la tentación, recibió este secreto. Le trajo convicción al instante, y salió a una nueva batalla con la certeza de una victoria ya consumada. Después dijo que le parecía oír al tentador decir, mientras se escabullía: «¡Ay! Ha descubierto el secreto. ¡Sabe que soy un enemigo ya vencido!».
Se nos dice que «para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8); y también: «él apareció para quitar nuestros pecados» (1 Juan 3:5); y: «se presentó una vez para siempre, en la consumación de los siglos, para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo» (Hebreos 9:26).
Debemos aceptar como un hecho que el pecado es para nosotros un enemigo vencido. Si nuestra fe se aferra a esto —«consideraos muertos al pecado» (Romanos 6:11)— y se atreve a levantar el grito de victoria cuando llega la tentación, descubriremos que todo muro caerá.
Nuestros enemigos son «gigantes» hoy, igual que lo eran en los días de Israel, y ciudades tan grandes como Jericó nos hacen frente. Como los israelitas, no tenemos armas humanas con que vencer. Nuestra armadura ha de ser «toda la armadura de Dios» (Efesios 6:11). Nuestro escudo es el mismo escudo invisible de la fe, y nuestra espada es «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6:17). ¡Pero qué distinto es nuestro método habitual de guerra! En lugar de un triunfante grito, enfrentamos las tentaciones con resoluciones endebles, argumentos inútiles u oraciones desesperadas. «¡Oh Señor, sálvame!», clamamos.
Cuando parece que no llega ninguna liberación y somos derrotados, clamamos que Dios nos ha fallado. Pero lo que deberíamos hacer es reconocer el pecado como un enemigo vencido y enfrentarlo con un grito de victoria.
Donde antes orábamos pidiendo que el Señor nos salvara, ahora debemos afirmar que él nos salva, y que nos salva ahora mismo. Debemos poner el verbo «salvar» en tiempo presente: no «me salvará», sino «me salva».
Los muros pueden verse tan altos como siempre, y la prudencia puede decir que no es seguro gritar hasta que la victoria esté ganada. Pero la fe que puede gritar en medio de la tentación: «¡Jesús me salva; me salva ahora!» es una fe que ganará una victoria gloriosa y veloz.
Muchos de los hijos de Dios han probado este plan y han descubierto que funciona mucho más allá de lo que esperaban.
Las tentaciones han irrumpido como un torrente: tentaciones a la irritabilidad, a los pensamientos malvados, a la amargura de espíritu o a mil cosas más. Han visto el peligro, y sus sentimientos declaraban que no había esperanza de escape.
Pero su fe se aferró al grandioso hecho de que Cristo ha vencido. Fijaron la mirada en el poder invisible de la salvación de Dios y dieron su grito de victoria: «¡El Señor salva! ¡Me salva ahora! Soy más que vencedor por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37). El resultado es siempre una victoria gloriosa.
A veces puede parecer tan imposible que el Señor pueda salvar, que las palabras no se «dicen solas» por dentro. Hay que decirlas en voz alta, forzando los labios a pronunciarlas una y otra vez, cerrando los ojos y los oídos a toda insinuación de duda. Estas declaraciones de fe muchas veces parecen «falsas» al principio, porque los motivos de desánimo se ven tan reales. Pero los hechos invisibles son más verdaderos que los visibles. Si se persevera con firmeza en la fe, estos hechos nunca dejan de comprobarse. «Conforme a vuestra fe os sea hecho» (Mateo 9:29). Cuando gritamos el grito de fe, el Señor da invariablemente la victoria de la fe.
Conocí una vez a un carretero cristiano (un conductor de carros) que tenía un temperamento naturalmente violento. En su trabajo diario, entre compañeros impíos, se veía duramente tentado a dejarse llevar por él. Luchaba con valor, pero en vano. Una mañana, desesperado, le dijo a su pastor: «¿Puede indicarme algún camino corto hacia la victoria, algo de lo que pueda echar mano en el momento preciso?».
«Sí —respondió el pastor—. Cuando llegue la tentación, eleva de inmediato tu corazón y reclama la victoria prometida. Grita el grito de fe, y la tentación huirá».
El carretero comprendió que el pecado es un enemigo ya vencido. Aquel día, en la estación, sus compañeros conductores se burlaron de él y lo empujaron fuera del lugar que le correspondía. La tentación a la ira era abrumadora. Pero, cruzando los brazos, se repetía una y otra vez por dentro: «Jesús me salva; me salva ahora». Al instante su corazón se llenó de paz. Más tarde, una caja pesada le cayó sobre el pie y le causó un gran dolor. De nuevo cruzó los brazos y repitió su grito de victoria, y todo quedó en calma. La noche lo encontró más que vencedor, y hasta sus compañeros se vieron obligados a reconocer la realidad de una religión que podía triunfar así sobre sus embates.
El salmista, después de hablar de los enemigos que trataban de tragárselo, declaró: «Serán vueltos atrás mis enemigos el día en que yo clamare; esto sé, que Dios está por mí» (Salmo 56:9).
¿Sabes tú lo que sabía el salmista? ¿Sabes que Dios está de tu parte? Si lo sabes, entonces sal al encuentro de tus tentaciones cantando un canto de triunfo. Al primer acercamiento de la tentación, comienza a dar gracias por la victoria. Reclama que eres más que vencedor. Grita el grito de fe con Josué, Josafat, David y Pablo. Cuando grites, el Señor «pondrá emboscadas», y tus enemigos caerán.