El Dios de toda consolación ·El examen de sí mismo

Capítulo 10 · 24 min de lectura

El examen de sí mismo

«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe.»

Probablemente ningún tema relacionado con la vida religiosa haya causado más desasosiego y sufrimiento a las conciencias sensibles que este del examen de sí mismo; y ninguno ha conducido con más frecuencia al lenguaje del «mucho menos» que, según vimos en el capítulo anterior, es un obstáculo tan grande para todo crecimiento espiritual. Y, sin embargo, tanto se nos ha inculcado que es nuestro deber examinarnos a nosotros mismos, que los ojos de la mayoría estamos continuamente vueltos hacia dentro. Nuestra mirada está tan fija en nuestros propios estados y sentimientos interiores que, al final, el yo, y no Cristo, ha venido a llenar todo el horizonte.

Por el yo entiendo aquí todo lo que gira en torno a este gran «yo» nuestro. Su vocabulario repite sin cesar «yo», «me» y «mi». Es un vocabulario que todos conocemos muy bien. Las preguntas que nos hacemos durante el examen de nosotros mismos lo demuestran: ¿Soy bastante serio? ¿Me he arrepentido lo suficiente? ¿Tengo la clase de sentimientos correcta? ¿Entiendo la verdad religiosa como debiera? ¿Son bastante fervientes mis oraciones? ¿Es mi interés por las cosas religiosas tan grande como debiera? ¿Amo a Dios con suficiente pasión? ¿Es la Biblia para mí tanto deleite como lo es para otros? Todas estas, y otras cien preguntas sobre nosotros mismos y nuestras experiencias, llenan todos nuestros pensamientos, y a veces también nuestros pequeños cuadernos de examen personal. Día y noche nos concentramos en los pronombres personales «yo», «me» y «mi», con exclusión total de todo pensamiento acerca de Cristo, o de toda palabra acerca de «Él», «suyo» o «lo».

Muchos conocemos demasiado bien la miseria de esto. Pero la idea de que la Biblia está llena de mandatos para examinarnos a nosotros mismos está tan extendida que parece una de las cosas más verdaderamente religiosas que podemos hacer. Por muy desdichados que nos haga, seguimos sintiendo que es nuestro deber continuar con ello, a pesar de una sensación cada vez mayor de desaliento y desesperación.

En vista de esta idea, muchos se sorprenderán al descubrir que solo hay dos textos en toda la Biblia que hablan del examen de sí mismo, y que ninguno de ellos puede usarse para apoyar el morboso análisis de sí mismo que resulta de lo que llamamos examen personal.

Uno de esos pasajes lo he citado al comienzo de este capítulo: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe.» Es sencillamente una exhortación a los corintios, que se hallaban en una triste condición de retroceso, a que resolvieran de una vez si seguían siendo creyentes o no.

«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe.» No dice: examina si eres bastante serio, ni si tienes los sentimientos correctos, ni si tus motivos son puros, sino simple y únicamente si estás «en la fe». En pocas palabras: ¿crees en Cristo o no? Era una pregunta sencilla que solo requería una respuesta sencilla y directa: sí o no.

Esto es lo que significaba para los corintios entonces, y es lo que significa para nosotros ahora.

El otro pasaje dice: «De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.» Pablo escribía aquí sobre los abusos de glotonería y embriaguez que se habían introducido en la celebración de la Cena del Señor. Con esta exhortación a examinarse, sencillamente les instaba a asegurarse de no hacer ninguna de estas cosas, sino de participar de esta comida sagrada de manera decente y ordenada.

En ninguno de estos dos pasajes hay el menor indicio de ese morboso escudriñar las propias emociones y experiencias que hoy se llama examen de sí mismo. Es asombroso que de dos pasajes tan sencillos haya surgido una enseñanza que causa tanta miseria a las almas sinceras y de conciencia recta.

Lo cierto es que no hay ninguna autoridad bíblica para esta obsesión moderna; quienes la padecen son víctimas de ideas equivocadas sobre los caminos de Dios con sus hijos.

Sin embargo, algunos de mis lectores probablemente se pregunten si no he pasado por alto una gran clase de pasajes que nos mandan «velar»; y si estos pasajes significan velar sobre nosotros mismos o, en otras palabras, examinarnos a nosotros mismos. Citaré uno de ellos como ejemplo, para que veamos cuál es realmente su sentido: «Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase.

«Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.»

Creo que si examinamos con cuidado este pasaje y otros semejantes, veremos que, en lugar de enseñar el examen de sí mismo, enseñan justamente lo contrario. Nos dicen que «velemos», es cierto, pero no nos dicen que nos vigilemos a nosotros mismos. Son claramente mandatos a olvidarnos de nosotros mismos mientras velamos por Otro. Lo que hemos de vigilar es el regreso del Señor. Sus pasos que se acercan, y no nuestros propios pasos pasados, han de ser el objeto de nuestra atención. Hemos de velar como un portero vela por el regreso del señor de la casa, y hemos de estar listos, como un buen centinela, para recibirlo y darle la bienvenida en cualquier momento en que aparezca.

«Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando.» ¿Velando qué?

¿A sí mismos? No, velando por Él, por supuesto. Si pudiéramos imaginar a un portero que, en lugar de velar por el regreso de su señor, pasara el tiempo analizando morbosamente su propia conducta pasada —tratando de averiguar si había sido bastante fiel, y quedando tan absorto en el examen de sí mismo que no oyera la llamada de su señor ni advirtiera su regreso—, tendríamos una imagen de lo que le sucede al alma que se entrega al hábito equivocado de velar y mirarse a sí misma, en lugar de velar y mirar a Cristo.

Estos pasajes, por tanto, en lugar de enseñar el examen de sí mismo, enseñan justamente lo contrario. Dios dice: «Mirad a mí, y sed salvos»; pero el alma que se analiza a sí misma dice: «Debo mirarme a mí mismo si he de tener alguna esperanza de ser salvo. La salvación ha de venir por enderezarme a mí mismo.» Y, sin embargo, la frase «puestos los ojos en Jesús» se reconoce por lo general como una de las consignas de la religión cristiana; todos los cristianos, en todas partes, declararán sin vacilar que, por supuesto, esto es lo único que todos deberíamos hacer. Pero, después de decir esto, seguirán en su antigua manera de introspección, tratando de hallar alguna salvación en sus propios estados y sentimientos interiores, o en sus propias obras de justicia, y hundiéndose continuamente en la desesperación porque nunca la encuentran.

Es un hecho evidente que vemos aquello que miramos, y no podemos ver aquello de lo cual apartamos la vista; y no podemos mirar a Jesús mientras nos miramos a nosotros mismos.

El poder para la victoria y el poder para la perseverancia vienen de mirar a Jesús y considerarlo a Él, no de mirarnos o considerarnos a nosotros mismos, ni a nuestras circunstancias, ni a nuestros pecados, ni a nuestras tentaciones. Todo mirarnos a nosotros mismos produce debilidad y derrota. La razón de esto es que, cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos sino a nosotros mismos, nuestra propia debilidad, pobreza y pecado.

No vemos, ni podemos ver, el remedio y la provisión para estas cosas y, naturalmente, quedamos derrotados.

El remedio y la provisión están ahí todo el tiempo, pero no se hallan en el lugar donde miramos, porque no están en el yo, sino en Cristo. No podemos estar mirándonos a nosotros mismos y mirando a Cristo al mismo tiempo. Repito una vez más que es la naturaleza inevitable de las cosas que veamos aquello que miramos. Si queremos ver al Señor, debemos mirar al Señor, y no al yo. Para nosotros es una simple cuestión de elección: si ha de ser «yo» o Cristo; si hemos de dar la espalda a Cristo y mirarnos a nosotros mismos, o si hemos de dar la espalda al yo y mirar a Cristo.

Hace muchos años me ayudó muchísimo la siguiente frase de un libro de Adelaide Proctor: «Por cada mirada al yo, dirige diez miradas a Cristo.» Iba enteramente en contra de todo lo que yo había creído correcto hasta entonces, pero convenció a mi alma y me libró de un hábito de morboso examen e introspección que había amargado mi vida durante años. Fue una liberación indecible. Y mi experiencia desde entonces me lleva a creer que un lema aún mejor sería: «No dirijas mirada alguna al yo, sino mira solo y siempre a Cristo.»

La ley bíblica respecto a la vida del yo no es que la vida del yo deba vigilarse y mejorarse, sino que debe ser «desechada». El Apóstol, al exhortar a los cristianos de Éfeso a vivir de manera digna del llamamiento con que fueron llamados, les dice que deben «despojarse del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, según la pasada manera de vivir». El «viejo hombre» es, por supuesto, la vida del yo, y esta vida del yo (que demasiado bien sabemos que está en verdad viciada por los deseos engañosos) no ha de ser mejorada, sino «desechada». Ha de ser crucificada.

Pablo dice que nuestro viejo hombre fue crucificado —es decir, muerto— con Cristo; y declara a los colosenses que ya no podían mentir, puesto que se habían «despojado del viejo hombre con sus hechos». La idea que algunos tienen de crucificar al «viejo hombre» es ponerlo sobre un pedestal y luego dar vueltas a su alrededor clavándole alfileres molestos para hacerlo sufrir, pero manteniéndolo vivo todo el tiempo. Pero, si entiendo bien el lenguaje, crucifixión significa muerte, y no hacer sufrir a alguien; y crucificar al viejo hombre significa matarlo por completo, y desecharlo como una serpiente desecha su piel muerta e inútil.

De nada nos sirve, pues, examinar el yo y andar retocándolo con la esperanza de mejorarlo, porque lo que el Señor quiere que hagamos con él es deshacernos de él. Fénelon, en sus Cartas espirituales, dice que la única manera de tratar con el yo es negarse a tener nada que ver con él. Dice que debemos dar la espalda a este gran «yo» nuestro y decirle: «No te conozco, no me intereso por ti, y me niego a prestarte atención alguna.» Pero el yo está siempre resuelto a captar la atención, y preferiría que se pensara mal de él antes que no pensar en él en absoluto. Y el examen de sí mismo, con todas sus miserias, a menudo da una especie de morbosa satisfacción a la vida del yo que hay en nosotros; y hasta engaña al yo haciéndole creer que, después de todo, es un yo muy humilde y piadoso.

La única manera segura y bíblica es no tener nada que ver con el yo en absoluto, ni con el yo bueno ni con el yo malo, sino sencillamente ignorar el yo por completo; y fijar nuestros ojos, nuestros pensamientos y nuestras esperanzas en el Señor, y solo en él. Debemos sustituir los pronombres personales «yo», «me» y «mi» por los pronombres «él», «lo» y «suyo»; y debemos preguntarnos, no «¿soy yo bueno?», sino «¿es él bueno?».

El salmista dice: «Mis ojos están siempre hacia Jehová, porque él sacará mis pies de la red» (Salmo 25:15). Mientras nuestros ojos estén puestos en nuestros propios pies, y en la red en que están enredados, no hacemos sino enredarnos peor. Pero cuando mantenemos los ojos puestos en el Señor, él saca nuestros pies de la red. Este es un punto de experiencia práctica que he comprobado cientos de veces, y sé que es un hecho. Por más enredada que fuera la maraña en que me hallara, ya fuese interior o exterior, siempre he descubierto que, mientras mantenía los ojos en la maraña y trataba de deshacerla, esta empeoraba más y más; pero, cuando apartaba los ojos de la maraña y los mantenía fijos en el Señor, él, tarde o temprano, siempre la deshacía y me libraba.

¿Has visto alguna vez a un labrador arando un campo? Si es así, habrás notado que, para hacer surcos rectos, se ve obligado a fijar los ojos en un árbol, o en un poste de la cerca, o en algún objeto al otro extremo del campo, y a guiar su arado sin desviarse hacia ese objeto. Si empieza a mirar atrás, al surco que ha dejado, para ver si lo ha hecho recto, su arado comienza a sacudirse de un lado a otro, y el surco que va abriendo se vuelve un zigzag. Si queremos hacer sendas rectas para nuestros pies, debemos hacer lo que el apóstol dice que hizo: «olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13-14).

Olvidar las cosas que quedan atrás es parte esencial de proseguir hacia el premio de nuestro alto llamamiento; y estoy convencida de que este premio nunca podrá alcanzarse a menos que consintamos en este olvido. Cuando consentimos en ello, estamos cerca de poner fin a todo nuestro examen de nosotros mismos; porque, si no nos es lícito mirar atrás, a nuestras faltas pasadas, hallaremos bien poco alimento para los actos de reflexión sobre nosotros mismos.

Nos quejamos de hambre espiritual y nos atormentamos por saber por qué no se sacia nuestra hambre.

El salmista dice: «Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo» (Salmo 145:15). Tener los ojos puestos en nosotros mismos, y en nuestra propia hambre, jamás traerá una provisión de alimento espiritual. Cuando la despensa de un hombre está vacía y él se muere de hambre, sus ojos no se ocupan en mirar la despensa vacía, sino que se vuelven hacia la fuente de la que espera o confía recibir una provisión de alimento. Examinar el yo es como el hombre que pasara el tiempo examinando su despensa vacía, en lugar de ir al mercado a por una provisión que la llene. No es de extrañar que tales cristianos parezcan morirse de hambre en medio de toda la abundancia que hay para ellos en Cristo. Nunca ven esa abundancia, porque nunca la miran; y repito una vez más que aquello que miramos es aquello que vemos.

Siento que no podría repetir con demasiada frecuencia esta verdad evidente, pues, no sé cómo, la gente parece dejar de lado el sentido común cuando llega al tema de la religión, y parece esperar ver cosas a las que deliberadamente ha vuelto la espalda. Claman: «Oh Señor, revélate»; pero, en lugar de mirarlo a él, se miran a sí mismos y mantienen la vista fija en sus propios sentimientos interiores, y luego se asombran de los «misteriosos tratos» de Dios al esconder su rostro de sus fervientes oraciones. Pero ¿cómo pueden ver aquello que no miran?

Nunca es Dios quien esconde su rostro de nosotros, sino que siempre somos nosotros quienes escondemos nuestro rostro de él, al «volverle la cerviz, y no el rostro» (Jeremías 32:33). El profeta reprocha esto a los hijos de Israel, y añade que «pusieron sus abominaciones en la casa en la cual es invocado mi nombre» (Jeremías 32:34). Cuando los cristianos pasan el tiempo examinando su propia condición, escarbando todos sus pecados y lamentando sus deficiencias, ¿qué es esto sino levantar la «abominación» de su propio yo pecaminoso sobre el pedestal principal de su corazón, y hacerla el centro de toda su vida religiosa, y de todo su cuidado y esfuerzo? Contemplan este gran y miserable yo hasta que llena todo su horizonte, y «vuelven la espalda» al Señor, hasta perderlo de vista por completo.

Me atreveré a decir que hay muchos cristianos que, por cada mirada al Señor, dirigen mil miradas al yo, y que, por cada hora que pasan gozándose en él, pasan cientos de horas lamentándose de sí mismos. En ninguna parte se nos manda jamás contemplar nuestras emociones, ni nuestras experiencias, ni siquiera nuestros pecados, sino que se nos manda dar la espalda a todo esto y contemplar: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29). Una sola mirada a Cristo vale más para la salvación que un millón de miradas al yo; y, sin embargo, tan equivocadas son nuestras ideas que parecemos incapaces de dejar de pensar que la mortificación que resulta del examen de sí mismo debe de tener en sí algún poder salvador, porque nos hace tan desdichados; pues hemos de recorrer un largo trecho de nuestro viaje celestial antes de aprender del todo que no hay poder salvador en la miseria, y que una fe alegre y confiada es la única actitud fructífera para el alma que aspira a lo alto.

En Isaías vemos al pueblo de Dios quejándose de que ayunaban y él no lo veía, y afligían sus almas y él no hacía caso; y Dios les dio esta significativa respuesta: «¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová?» (Isaías 58:5). A quienquiera que agraden las miserias de nuestro examen de sí mismos, es bien seguro que a Dios no le agradan. Él no quiere que inclinemos nuestra cabeza como junco, como tampoco lo quería de su pueblo de antaño; y nos llama, como los llamó a ellos, a olvidarnos de nuestro miserable yo y a ponernos a trabajar por aliviar las miserias de los demás. «¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras?» (Isaías 58:6-7).

Este servicio a los demás es de un valor infinitamente mayor para el Señor que las más largas temporadas de examen y humillación de sí mismo; y estoy convencida de que aquí nos ha mostrado cuál es el camino más seguro de liberación del cenagal de miseria en que nos han hundido nuestros hábitos de examinarnos a nosotros mismos. Declara enfáticamente que, si tan solo guardamos la clase de «ayuno» que él aprueba —renunciando a nuestro propio «ayuno» de afligir nuestras almas e inclinar la cabeza como junco—, y en cambio damos nuestro pan al hambriento, sucederá lo que él promete: «y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan» (Isaías 58:10-11).

Todo esto es exactamente aquello por lo que hemos estado esforzándonos, pero nuestros esfuerzos han seguido nuestro propio camino, no el de Dios. El «ayuno» que hemos escogido ha sido afligir nuestras almas, e inclinar la cabeza como juncos, y sentarnos en cilicio y ceniza; y, como consecuencia, en vez de fortalecerse nuestros huesos y refrescarse nuestras almas como huerto de riego, no hemos hallado sino flaqueza, y sed, y miseria. Nuestros propios «ayunos», por muy fervorosamente que se lleven a cabo, y por muchos gemidos y lágrimas que los acompañen, jamás podrán traernos otra cosa.

Probemos ahora el «ayuno» de Dios. Dejemos a un lado toda preocupación por nosotros mismos y preocupémonos, en cambio, por nuestros hermanos y hermanas necesitados. Dejemos de intentar hacer algo por nuestra propia pobre y miserable vida del yo, y empecemos a tratar de hacer algo por ayudar a la vida espiritual de los demás. Renunciemos a nuestros esfuerzos sin esperanza por hallar en nosotros mismos algo de que deleitarnos, y deleitémonos solo en el Señor y en su servicio. Y si tan solo hacemos esto, todos los días de nuestra miseria llegarán a su fin.

Pero algunos preguntarán si no es necesario examinarnos a nosotros mismos para descubrir qué anda mal y qué necesita arreglo. Esto sería necesario, por supuesto, si fuésemos obra nuestra; pero, puesto que somos hechura de Dios y no nuestra, es él quien ha de examinarnos, porque es el único que puede saber qué anda mal. El que fabrica relojes es quien ha de examinar un reloj cuando se descompone y ponerlo a punto. Tenemos demasiado buen juicio para andar manipulando nuestros relojes; ¿por qué será que no tenemos suficiente buen juicio para dejar de manipularnos a nosotros mismos? Sin duda debemos ver que el examen del Señor es la única clase de examen que sirve de algo. Su examen es como el de un médico, que examina para curar; mientras que nuestro examen de nosotros mismos es como el del paciente, que solo se vuelve más hipocondríaco cuanto más examina los síntomas de su enfermedad.

Pero podría preguntarse si, cuando ha habido pecado de hecho, no debería haber examen y reproche de sí mismo, al menos por un tiempo. Esta es una falacia que engaña a muchísimos. Parece demasiado creer que podamos ser perdonados sin pasar primero por una temporada de reproche de nosotros mismos. Pero ¿qué enseña la Biblia? Juan nos dice que «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).

Todo lo que Dios quiere es que nos volvamos a él de inmediato y reconozcamos nuestro pecado y creamos en su perdón; y cada minuto que demoramos en hacerlo, para gastar el tiempo en examinarnos y reprocharnos a nosotros mismos, no hace sino añadir más pecado al que ya hemos cometido. Si alguna vez necesitamos apartar la vista del yo y volver los ojos al Señor, es justamente cuando cobramos conciencia de haber pecado contra él. Cuanto mayor es la multitud de nuestros enemigos, tanto mayor y más inmediata es nuestra necesidad de Dios.

A lo largo de toda la Biblia se nos enseña esta lección de muerte al yo y vida solo en Cristo. «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20) no pretendía ser una experiencia exclusiva de san Pablo, sino que era sencillamente una declaración de lo que debería ser la experiencia de todo cristiano. A veces cantamos: «Tú, oh Cristo, eres todo lo que quiero», pero en realidad queremos otras muchas cosas. Queremos buenos estados de ánimo y sentimientos; queremos fervor y seriedad; queremos realizaciones y experiencias satisfactorias; y continuamente nos examinamos a nosotros mismos para tratar de averiguar por qué no las tenemos.

Pensamos que, si tan solo pudiéramos descubrir nuestros puntos de fallo, seríamos capaces de corregirlos.

Pero no hay poder sanador ni transformador en contemplar nuestros fracasos. El único camino hacia la semejanza con Cristo es contemplar, no nuestra propia fealdad, sino su bondad y su hermosura. Nos volvemos semejantes a aquello que miramos, y si pasamos la vida mirando nuestro odioso yo, nos volveremos cada vez más odiosos.

¿No comprobamos, de hecho, que el examen de sí mismo, en lugar de hacernos mejores, siempre parece hacernos peores? Al contemplar el yo, somos transformados más y más en la imagen del yo. Por el contrario, si pasamos el tiempo contemplando la gloria del Señor —esto es, dejando que nuestra mente more en su bondad y su amor, y tratando de embebernos de su espíritu—, el resultado inevitable será que quedaremos transformados, quizá lentamente pero con seguridad, en la imagen del Señor a quien contemplamos.

Fénelon dice que nunca deberíamos entregarnos a ningún acto de reflexión sobre nosotros mismos, ya sea de mortificación por nuestros fracasos o de felicitación por nuestros aciertos. Más bien, deberíamos entregar continuamente al olvido el yo y todo lo que el yo hace, y mantener nuestros ojos interiores solo en el Señor. Es muy difícil, durante el examen de sí mismo, no tratar de buscar excusas para nuestras faltas, y nuestros actos de reflexión sobre nosotros mismos corren a menudo el peligro de convertirse en actos de vanagloria. La única manera es ignorar el yo por completo y olvidar que existe tal ser.

Nadie que no comprenda esto puede apreciar el consuelo y el alivio que es acabar con el yo y con todos los actos de reflexión sobre uno mismo. He conocido obreros cristianos cuyas vidas han sido un largo tormento a causa de estos actos; y estoy convencida de que los «lunes negros», de los que se quejan tantos ministros, no son sino el resultado de entregarse a actos de reflexión sobre sí mismos respecto de sus servicios en la iglesia el día anterior.

La única manera de tratar todas las formas de actos de reflexión sobre uno mismo, de cualquier clase que sean, es sencillamente abandonarlos. Siempre hacen daño y nunca bien. Están destinados a producir una de dos cosas: o nos llenan de autoalabanza y autocomplacencia, o nos hunden en lo más hondo del desánimo y la desesperación. Sea lo que fuere, el alma queda inevitablemente excluida de toda visión de Dios y de su salvación.

Una de las maneras más eficaces de vencer este hábito es hacernos la regla de que, siempre que seamos tentados a examinarnos a nosotros mismos, empecemos de inmediato a examinar al Señor en su lugar. Dejemos que los pensamientos de su amor y de su plena suficiencia barran todos los pensamientos de nuestra propia indignidad o de nuestro propio desamparo.

He procurado en este libro poner al Señor ante nuestros ojos en toda la hermosura de su carácter y de sus caminos, con la esperanza de que la visión sea tan cautivadora que aparte nuestros ojos de todo lo demás. Pero ninguna revelación de Dios servirá de nada si no queremos mirarla, sino que persistimos en dar la espalda a lo que ha sido revelado y en contemplar nuestras propias experiencias interiores. Pues debo repetir una vez más que no podemos ver el yo y ver al Señor al mismo tiempo, y mientras examinamos el yo no podemos estar mirándolo a él.

Fénelon dice acerca del examen de sí mismo: «Hay algo muy oculto y muy engañoso en el sufrimiento que causa; porque, mientras te parece que estás enteramente ocupado con la gloria de Dios, en lo más íntimo de tu alma es el yo, y solo el yo, lo que ocasiona toda tu inquietud. Deseas, en verdad, que Dios sea glorificado; pero quieres que ello suceda por medio de tu perfección, y así alimentas los sentimientos del amor propio. No es sino un pretexto refinado para morar en el yo... Es una especie de infidelidad a la fe sencilla desear que se nos asegure continuamente que lo hacemos bien. Es, de hecho, un deseo de saber lo que hacemos, cosa que nunca sabremos, y que es la voluntad de Dios que ignoremos. Es entretenerse en el camino, por razonar acerca del camino. El curso más seguro y más corto es renunciar al yo, olvidarlo y abandonarlo, y, por fidelidad a Dios, no pensar más en él. En esto consiste toda la religión: en salir del yo y del amor propio, para entrar en Dios.»

Lo que debemos hacer, por tanto, es cerrar la puerta de manera definitiva y resuelta, de una vez por todas, al yo y a todas las experiencias del yo, sean buenas o malas. Debemos decir con el salmista: «A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido.

«Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente» (Salmo 16:8-9).

Índice

El Dios de toda consolación Hannah Whitall Smith

Página 1 / 1 · 24 min restantes en el capítulo