Capítulo 36 · 10 min de lectura
La gran C
En abril de 2008 recibí otra invitación para cuidar de una iglesia mientras buscaba pastor. La Iglesia Bautista Bethel de Sidney (Columbia Británica) estaba en plena obra de construcción y, al jubilarse su pastor, me llamó para que la ayudara. Allí pasamos un tiempo maravilloso e hicimos muchos amigos nuevos, aunque también tuve el dudoso honor ¡de leer más de 250 solicitudes de aspirantes a pastor! Sidney queda a poca distancia en coche de nuestra casa, así que viajaba allí casi todos los días de la semana. Mi tiempo con ellos terminó en octubre, justo a tiempo para la Conferencia sobre Avivamiento de Atlanta.
En el verano de 2008, antes de la conferencia de Atlanta, Bernard, primo de Anne, y su esposa Pam vinieron de vacaciones a Canadá. Fuimos a recibirlos a Calgary y desde allí regresamos a Victoria en coche, atravesando las Montañas Rocosas canadienses. Pasamos juntos un tiempo estupendo, pues habían alquilado una buena autocaravana para el viaje. Poco después de volver a casa, Bernard y yo subimos a pie una montaña de la zona, el monte Finlayson. Fue una subida agotadora, pero la descarga de adrenalina al llegar a la cima fue maravillosa.
Esa noche, justo antes de acostarme, oriné mucha sangre. Nos preocupó lo suficiente como para que Bernard me llevara a urgencias de nuestro hospital local, donde el médico de guardia diagnosticó que se me había “roto un vaso sanguíneo” por el esfuerzo de la subida de aquella tarde.
Sin embargo, por precaución, me concertó una cita con un urólogo un par de semanas después. Su informe fue de nuevo muy alentador: ninguna señal de problema. Pero, viendo que de camino a casa pasaba por un centro de ecografías, me sugirió que entrara para hacerme otro examen. Una vez hecho, me olvidé por completo de la hemorragia.
Dos semanas después, mi urólogo me llamó para decirme que la ecografía había mostrado indicios de algunas lesiones en la vejiga, así que “más valía prevenir que curar”. Introdujo la sonda, echó un vistazo y dijo con toda naturalidad: «¡Ah, sí, usted tiene cáncer!». Aquello fue totalmente inesperado, porque me sentía con muy buena salud y sin ninguna molestia. «Tenemos que raspar esto cuanto antes», añadió.
Dos días después, en casa, le dije a Anne: «¿Estaremos en negación o algo así? No he sentido ni un momento de ansiedad desde que recibí esta mala noticia». Una vez más habíamos experimentado «la paz que sobrepasa todo entendimiento». Un par de semanas después fui el predicador en un campamento de personas mayores y tuve ocasión de hablar de esta paz maravillosa. Poco me imaginaba yo que aquello iba a preocupar mucho a algunos de mis oyentes, que levantaron un ejército de intercesores por mi causa. Incluso leí sobre mí mismo en un periódico cristiano local, donde habían escrito que estaba “luchando contra el cáncer”.
Me puse en contacto con el editor para corregirle: no estaba “luchando”, sino descansando en el Señor. Se programó la cirugía y después tuve que visitar a mi urólogo en la primera de muchas revisiones trimestrales. Fue entre esas visitas cuando viajé a Atlanta para la siguiente conferencia. ¡Mira aquí otra vez la gran providencia de Dios! Si no hubiera subido la montaña, quizá no habría orinado sangre aquella noche. Si no hubiera ido a urgencias, quizá habría tenido este cáncer en la vejiga sin detectarlo hasta mucho más tarde, cuando podría haber avanzado más allá del estado en que lo encontramos.
Después de la conferencia de Atlanta, teníamos otra prevista en Greenock (Escocia) para noviembre de 2008. Le dije a Greg que no iría al Reino Unido solo para los cuatro días de la conferencia, sino que aprovecharía para visitar a mis amigos de Gales por el camino, llegando al menos tres semanas antes de las reuniones previstas. «¿Por qué no vienes conmigo?», le pregunté, y añadí que me encantaría llevarle a conocer los lugares relacionados con el avivamiento galés de 1904.
Greg aceptó enseguida, así que quedamos en encontrarnos en Londres, junto con otro joven ungido, Eli Brayley (www.timothyministry.com).
Al llegar, nos recibió un joven que nos dio las llaves de su coche con este comentario: «¡Es suyo mientras estén en el Reino Unido!». ¡Qué bendición! Sin embargo, cuando Greg y Eli vieron aquel regalo, palidecieron un poco y dijeron: «¡No podemos conducir ese coche! Es de cambio manual y nunca hemos conducido uno así. ¡Y encima hay que conducir por el lado equivocado de la carretera!». Ni que decir tiene que durante las tres semanas siguientes tuve que ser su chófer.
Conduje las tres horas hasta Gales y los llevé por los valles donde yo había enseñado y por el valle del Rhondda (Cwm Rhondda), donde mis “hijos” canadienses probaron el auténtico fish & chips con puré de guisantes. Mi querido amigo Rob Ash y su familia nos hospedaron dos noches en Bridgend mientras visitábamos mis viejos rincones, veíamos la casa donde nací de nuevo y el castillo donde jugaba, y conocíamos a algunos queridos santos ancianos de mis primeros años como creyente.
Oswald Penry, entonces secretario de Keswick en Gales, tenía muchas historias de aquellos días de avivamiento, pues su abuelo había tenido un ministerio muy destacado en aquella época. Mientras contaba algunas de esas historias a mis dos amigos, que lo escuchaban con los ojos como platos, su cuñado, un pastor bautista jubilado que vivía en la casa de al lado, entró en la sala y se unió a los oyentes. Luego nos invitó a su garaje, donde guardaba su gran biblioteca de libros de teología. «¡Escojan lo que quieran!», les dijo a los muchachos. Al principio dudaron, pero cuando él volvió a insistir, empezaron a explorar aquel cofre del tesoro con interés.
Quince minutos después salieron con hasta diez libros cada uno: los de Eli, sobre todo de doctrina reformada, y los de Greg, principalmente de los antiguos puritanos. Ya estaban siendo bendecidos por la cálida hospitalidad de mi tierra natal.
Desde Bridgend viajamos a Swansea, a la casa de mi cuñado en Loughor. Allí visitamos la capilla Moriah, donde Evan Roberts comenzó su ministerio y Dios comenzó la gran afluencia de almas a la iglesia.
Un anciano de la iglesia local, Dyffrig, fue muy hospitalario con nosotros: dedicó mucho tiempo a mostrarnos los archivos y a contarnos muchas historias de aquella época. Cuando le dijimos que nos gustaría pasar un rato en oración allí, estuvo deseoso de unirse a nosotros, así que pasamos una hora preciosa en aquel lugar especial donde Dios se movió de tal manera un siglo antes.
Greg me contó que había recibido un correo electrónico de Dick Funnel, un estadounidense que vivía en el oeste de Gales, que había sido bendecido por la página web de sermonindex y deseaba que visitáramos su zona de camino a Escocia. En realidad, el oeste de Gales queda muy a trasmano para ir a Escocia, pero me vi obligado a viajar hacia el oeste porque Greg había aceptado la invitación, y Dick nos había prometido ministerio durante el fin de semana, que pasaríamos en su casa cerca de Cardigan.
Llegamos el viernes por la tarde, después de que nuestro GPS nos hubiera llevado por kilómetros de caminos rurales donde casi podíamos tocar los setos a ambos lados al pasar, para gran deleite y asombro de Greg y Eli. A mí me alojaron con un pastor bautista local, Steve Evans, y su esposa Sulwen.
Aquel fin de semana me robaron el corazón, porque se desvivieron por bendecirnos con visitas y oportunidades de ministerio. El domingo por la mañana me tocaba predicar en la iglesia Cardigan New Life, dirigida por los pastores Doug & Janice Bell. En el momento de los anuncios, Janice presentó a Tony Nam, que tenía un testimonio notable de sanidad de, nada menos, un cáncer de vejiga.
Después, un hombre se puso de pie para declarar que a él también le habían diagnosticado cáncer de vejiga, ¡pero que el Señor también lo había sanado! ¡Luego una mujer se levantó para decir lo mismo! Entonces Janice declaró: «Evidentemente, el Señor está haciendo algo aquí con los cánceres de vejiga. ¿Alguien más tiene cáncer de vejiga?». No podía creer lo que oía mientras levantaba la mano lentamente. Ni que decir tiene que me sentí muy animado cuando se reunieron a mi alrededor para orar por mí con imposición de manos.
No recuerdo haber oído nunca antes a nadie dar testimonio de sanidad de un cáncer de vejiga, pero allí escuché tres en cuestión de minutos. Sin duda el Señor volvía a hablarme para asegurarme de su cercanía durante mi enfermedad. ¡Sin duda Él había planeado que yo estuviera en aquella iglesia para un momento como este!
El lunes viajamos a New Quay, donde Florrie Evans había exclamado (en galés): «Amo a Jesús con todo mi corazón», lo que muchos consideran el “detonante” que dio inicio al avivamiento galés. Luego seguimos hasta Blaenannarch, donde Evan Roberts recibió su bautismo en el Espíritu y clamó angustiado: «¡Oh Señor, doblégame!». Desde allí volvió a Loughor, y el resto es historia: ¡más de 100.000 nuevos creyentes en cuestión de unas pocas semanas! Mientras estábamos en la capilla de Blaenannarch, se nos unieron tres hombres de Swansea.
Steve los conocía bastante bien, así que invitó a uno de ellos, el cantante de ópera y creyente apasionado Huw Priday, a cantar para nosotros. Su magnífica voz llenó la sala mientras cantaba un himno escrito en aquella época de avivamiento: «Aquí hay amor, vasto como el océano, misericordia como una inundación...».
¡Oh, cómo se regocijaron nuestros corazones mientras aquellas palabras maravillosas despertaban en nosotros el anhelo de que el Señor volviera a manifestar su presencia entre nosotros! Antes de dejar el oeste de Gales, un comentario casual a Steve Evans desencadenó una respuesta que iba a llevarme a otra de esas benditas experiencias que el Señor me ha concedido. Le dije cuánto me gustaría volver a esta parte del país, que nunca antes había visitado, para sumergirme en una comunidad de habla galesa donde tuviera la oportunidad de aprender la lengua de mis padres. Siempre ha sido uno de mis mayores pesares: no hablar galés, aunque he intentado aprenderlo con emisiones de la BBC y cursos en línea. (Mi otro pesar es no tocar bien el piano: mi madre era una pianista destacada, con varios títulos, pero lamentablemente murió durante los años de mi juventud).
Cuando volví a Canadá, Steve me escribió para invitarme a regresar a Cardigan, donde pondrían a nuestra disposición un coche, una casa donde vivir durante varias semanas y oportunidades de ministerio con él en la iglesia bautista Mt Zion. Contaré más de aquel tiempo maravilloso en el próximo capítulo.
Al salir del oeste de Gales, condujimos hacia Escocia y paramos la primera noche en casa de Netta Rowland, bisnieta de David Morgan, a quien Dios usó poderosamente en el avivamiento galés de 1859. Se dice de él que una noche “se acostó como un cordero y se despertó como un león; dos años después se acostó como un león y se despertó como un cordero”. Netta y su marido Wynn crían ahora caballos de tiro shire, unos animales magníficos.
La conferencia de Greenock fue distinta de las dos de Estados Unidos, pero también muy bendecida. Uno de los predicadores era mi viejo amigo Yorrie Richards, un laico con una gran unción en su predicación. De joven vivía una vida de delincuencia hasta que el Señor lo detuvo. Tenía una tartamudez terrible y apenas sabía leer y escribir. Sin embargo, yo estuve presente en la reunión en la que habló por primera vez sin tartamudear, un gran milagro, y más tarde le oí predicar muchas veces con gran unción. ¡Greenock no iba a ser la excepción!
¡Qué unción reposaba sobre este querido santo anciano mientras derramaba su corazón por el avivamiento, y qué impacto cuando citó a uno de sus antiguos pastores: «Es por la misericordia de Dios que NO envía avivamiento —¡a un pueblo que no está preparado!»!
Celebré mis 70 años en aquella conferencia con una tarta y buena comunión con mis compañeros organizadores. Una vez más, veíamos la mano de Dios sobre este ministerio y sobre Greg, que andaba delante del Señor con humildad.
Capítulo 36 completado
La gran C