Gran poder en la oración
El Trono de la Gracia

Capítulo 2 · 38 min de lectura

El Trono de la Gracia

«El trono de la gracia.»—Hebreos 4:16

ESTAS palabras se hallan engastadas en aquel gracioso versículo: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro»; son una joya en un engaste de oro. La verdadera oración es el acercamiento del alma, por el Espíritu de Dios, al trono de Dios. No es la pronunciación de palabras, ni solamente el sentir de los deseos, sino el avance de los deseos hacia Dios, el acercamiento espiritual de nuestra naturaleza hacia el Señor nuestro Dios. La verdadera oración no es un mero ejercicio mental, ni una ejecución vocal, sino algo mucho más hondo que eso: es un comercio espiritual con el Creador del cielo y de la tierra. Dios es Espíritu, invisible al ojo mortal, y solo puede ser percibido por el hombre interior; nuestro espíritu dentro de nosotros, engendrado por el Espíritu Santo en nuestra regeneración, discierne al gran Espíritu, tiene comunión con él, le presenta sus peticiones y recibe de él respuestas de paz. Es un asunto espiritual de principio a fin; y su fin y su objeto no terminan en el hombre, sino que llegan hasta Dios mismo.

Para tal oración se necesita la obra del Espíritu Santo mismo. Si la oración fuera solo de los labios, no necesitaríamos para orar sino aliento en nuestras narices; si la oración fuera solo de los deseos, muchos deseos excelentes se sienten fácilmente, aun por los hombres naturales; pero cuando es el deseo espiritual, y la comunión espiritual del espíritu humano con el gran Espíritu, entonces el Espíritu Santo mismo ha de estar presente en todo momento, para socorrer nuestra flaqueza, y dar vida y poder; de lo contrario, jamás se presentará verdadera oración, sino que aquello que se ofrece a Dios llevará el nombre y tendrá la forma, pero la vida interior de la oración estará muy lejos de ella.

Además, es claro, por el contexto de nuestro texto, que la intervención del Señor Jesucristo es esencial para la oración aceptable. Así como la oración no será verdadera oración sin el Espíritu de Dios, tampoco será oración prevaleciente sin el Hijo de Dios. él, el gran Sumo Sacerdote, ha de entrar por nosotros dentro del velo; más aún, por medio de su persona crucificada el velo ha de ser quitado por completo; porque, hasta entonces, quedamos excluidos del Dios vivo. El hombre que, a pesar de la enseñanza de la Escritura, intenta orar sin un Salvador insulta a la Deidad; y el que imagina que sus propios deseos naturales, subiendo ante Dios, sin ser rociados con la sangre preciosa, serán un sacrificio aceptable delante de Dios, se equivoca; no ha traído una ofrenda que Dios pueda aceptar, como tampoco lo haría si hubiera cortado el cuello de un perro, u ofrecido un sacrificio inmundo. Obrada en nosotros por el Espíritu, presentada por nosotros por el Cristo de Dios, la oración se vuelve poder ante el Altísimo, pero no de otra manera.

Con el fin, amados amigos, de incitarlos a la oración esta mañana, y de que sus almas sean llevadas a acercarse al Trono de la Gracia, me propongo tomar estas pocas palabras y tratarlas según Dios me dé capacidad. Ustedes han comenzado a orar; Dios ha comenzado a responder. Esta semana ha sido muy memorable en la historia de esta iglesia. Un número mayor que nunca antes se ha adelantado de una vez para confesar a Cristo, respuesta tan clara a las súplicas del pueblo de Dios como si la mano del Altísimo se hubiera extendido desde el cielo entregándonos las bendiciones que pedíamos. Ahora bien, continuemos en oración; sí, cobremos fuerzas en la intercesión, y cuanto más lo logremos, tanto más fervientes seamos para lograrlo cada vez más. No nos estrechemos en nuestras propias entrañas, puesto que no estamos estrechados en nuestro Dios. Este es un día bueno, y un tiempo de buenas nuevas, y ya que tenemos el oído del Rey, deseo ardientemente que hablemos con él por millares de otros; para que también ellos, en respuesta a nuestros ruegos, sean acercados a Cristo.

Al intentar hablar del texto esta mañana, lo tomaré así: primero, aquí hay un trono; luego, en segundo lugar, aquí hay gracia; después juntaremos los dos, y veremos gracia sobre un trono; y juntándolos en otro orden, veremos la soberanía manifestándose, y resplandeciendo en gracia.

II. Nuestro texto habla de UN TRONO:—«El Trono de la Gracia.» A Dios se le ha de considerar en la oración como nuestro Padre; ese es el aspecto que nos es más querido; pero aun así no hemos de mirarle como si fuera tal como nosotros; porque nuestro Salvador matizó la expresión «Padre nuestro» con las palabras «que estás en los cielos»; y pisando los talones de ese nombre condescendiente, para recordarnos que nuestro Padre es todavía infinitamente mayor que nosotros, nos mandó decir: «Santificado sea tu nombre; venga tu reino»; de modo que nuestro Padre ha de ser considerado todavía como un Rey, y en la oración venimos, no solo a los pies de nuestro Padre, sino que venimos también al trono del gran Monarca del universo. El propiciatorio es un trono, y no debemos olvidar esto.

Si la oración fuera considerada por nosotros siempre como una entrada en los atrios de la realeza del cielo; si hemos de comportarnos como deben hacerlo los cortesanos en presencia de una majestad ilustre, entonces no nos costará conocer el espíritu debido con que orar. Si en la oración venimos a un trono, es claro que nuestro espíritu debe ser, en primer lugar, de humilde reverencia. Se espera que el súbdito, al acercarse al rey, le rinda homenaje y honra. El orgullo que no quiere reconocer al rey, la traición que se rebela contra el soberano deberían, si fueran sabios, evitar todo acercamiento al trono. Que el orgullo muerda el freno a distancia, que la traición aceche en los rincones, porque solo la humilde reverencia puede comparecer ante el rey mismo cuando se sienta revestido de sus ropajes de majestad. En nuestro caso, el rey ante quien venimos es el más alto de todos los monarcas, el Rey de reyes, el Señor de señores. Los emperadores no son sino las sombras de su poder imperial. Se llaman reyes por derecho divino, pero ¿qué derecho divino tienen? El sentido común se ríe de sus pretensiones con desprecio. Solo el Señor tiene derecho divino, y a él solo pertenece el reino. Él es el bienaventurado y solo Soberano. Ellos no son sino reyes nominales, para ser puestos y depuestos a voluntad de los hombres, o por decreto de la providencia, pero él es Señor único, el Príncipe de los reyes de la tierra.

«No se sienta en trono precario,

ni mendiga licencia para existir.»

Corazón mío, asegúrate de postrarte en tal presencia. Si él es tan grande, pon tu boca en el polvo delante de él, porque es el más poderoso de todos los reyes; su trono impera en todos los mundos; el cielo le obedece con alegría, el infierno tiembla ante su ceño, y la tierra se ve obligada a rendirle homenaje, de grado o por fuerza. Su poder puede crear o puede destruir. Crear o aplastar, cualquiera de las dos cosas le es bastante fácil. Alma mía, ten por seguro que, cuando te acerques al Omnipotente, que es como fuego consumidor, has de quitar el calzado de tus pies y adorarle con la más honda humildad.

Además, es el más Santo de todos los reyes. Su trono es un gran trono blanco, sin mancha, y claro como el cristal. «Los cielos no son puros ante sus ojos, y a sus ángeles acusó de necedad.» Y tú, criatura pecadora, ¿con cuánta humildad deberías acercarte a él? Puede haber familiaridad, pero que no sea profana. Debe haber confianza, pero que no sea impertinente. Sigues estando en la tierra y él en el cielo; sigues siendo un gusano del polvo, una criatura aplastada delante de la polilla, y él el Eterno: antes de que los montes fuesen engendrados, él era Dios, y si todas las cosas creadas hubieran de pasar de nuevo, aun así él seguiría siendo el mismo. Hermanos míos, temo que no nos inclinamos como deberíamos ante la Majestad Eterna; pero, de aquí en adelante, pidamos al Espíritu de Dios que nos ponga en la debida disposición, para que cada una de nuestras oraciones sea un acercamiento reverente a la Infinita Majestad de lo alto.

Un trono, y por tanto, en segundo lugar, al que hay que acercarse con devoto gozo. Si me hallo favorecido por la gracia divina para estar entre aquellos favorecidos que frecuentan sus atrios, ¿no habré de alegrarme? Pude haber estado en su prisión, pero estoy ante su trono; pude haber sido arrojado de su presencia para siempre, pero se me permite acercarme a él, hasta entrar en su palacio real, en su cámara secreta de audiencia graciosa; ¿no habré entonces de ser agradecido? ¿No ha de ascender mi gratitud hasta el gozo, y no habré de sentir que soy honrado, que soy hecho receptor de grandes favores cuando se me permite orar? ¿Por qué está triste su rostro, oh suplicante, cuando está usted ante el trono de la gracia? Si estuviera usted ante el trono de la justicia para ser condenado por sus iniquidades, bien podrían estar sus manos sobre sus lomos; pero ahora está usted favorecido de venir ante el Rey en sus ropajes de seda del amor: haga que su rostro resplandezca de sagrado deleite. Si sus tristezas son pesadas, cuénteselas, porque él puede aliviarlas; si sus pecados se han multiplicado, confiéselos, porque él puede perdonarlos. Oh cortesanos en los salones de tal monarca, alégrense en gran manera, y mezclen alabanzas con sus oraciones.

Es un trono, y por tanto, en tercer lugar, siempre que uno se acerque a él, ha de ser con completa sumisión. No oramos a Dios para instruirle acerca de lo que debe hacer, ni por un momento hemos de presumir de dictar la línea del proceder divino. Se nos permite decir a Dios: «De tal y tal manera lo quisiéramos», pero siempre debemos añadir: «Mas, viendo que somos ignorantes y podemos equivocarnos —viendo que estamos aún en la carne, y, por tanto, podemos ser movidos por motivos carnales—, no como nosotros queremos, sino como tú quieres». ¿Quién dictará al trono? Ningún hijo leal de Dios imaginará por un momento que ha de ocupar el lugar del Rey, sino que se inclina ante aquel que tiene derecho a ser Señor de todos; y aunque expresa su deseo con fervor, con vehemencia, con importunidad, y ruega y vuelve a rogar, con todo es siempre con esta reserva necesaria: «Hágase tu voluntad, Señor mío; y, si pido algo que no esté conforme a ella, mi más íntima voluntad es que tengas a bien negárselo a tu siervo; lo tomaré como una respuesta verdadera si me niegas, si pido aquello que no parece bueno ante tus ojos». Si recordáramos esto constantemente, creo que estaríamos menos inclinados a apremiar ciertas peticiones ante el trono, porque sentiríamos: «Estoy aquí buscando mi propia comodidad, mi propio consuelo, mi propia ventaja, y quizá esté pidiendo aquello que deshonraría a Dios; por tanto hablaré con la más honda sumisión a los decretos divinos».

Pero, hermanos, en cuarto lugar, si es un trono, hay que acercarse a él con expectativas ensanchadas. Bien lo expresa nuestro himno:

«Vas llegando a un Rey:

grandes peticiones contigo trae.»

No venimos, por así decirlo, en la oración, solamente a la limosnería de Dios, donde él dispensa sus favores a los pobres, ni venimos a la puerta trasera de la casa de la misericordia para recibir las sobras partidas, aunque eso fuera más de lo que merecemos; comer las migajas que caen de la mesa del Maestro es más de lo que podríamos reclamar; pero, cuando oramos, estamos de pie en el palacio, sobre el reluciente piso de la sala de recepción del gran Rey mismo, y así quedamos colocados en un lugar de ventaja. En la oración estamos donde los ángeles se inclinan con rostros velados; allí, allí mismo, los querubines y serafines adoran, ante aquel mismísimo trono al que ascienden nuestras oraciones. ¿Y hemos de venir allí con peticiones raquíticas, y con una fe angosta y encogida? No; no le corresponde a un Rey andar dando peniques y ochavos; él reparte piezas de oro macizo; no esparce, como han de hacerlo los hombres pobres, mendrugos de pan y trozos partidos, sino que hace un banquete de manjares suculentos, de manjares suculentos llenos de tuétano, de vinos añejos bien refinados. Cuando al soldado de Alejandro se le dijo que pidiera lo que quisiese, no pidió con mezquindad según la naturaleza de sus propios méritos, sino que hizo una demanda tan cuantiosa que el tesorero real se negó a pagarla, y llevó el caso a Alejandro, y Alejandro, de manera bien regia, respondió: «Él sabe cuán grande es Alejandro, y ha pedido como de un rey; que tenga lo que pide». Guárdese de imaginar que los pensamientos de Dios son como sus pensamientos, y sus caminos como sus caminos. No traiga ante Dios peticiones mezquinas y deseos angostos, diciendo: «Señor, haz conforme a estas», sino recuerde que, cuanto más altos son los cielos sobre la tierra, tanto más altos son los caminos de él sobre los caminos de usted, y sus pensamientos sobre los pensamientos de usted; y pida, por tanto, a la manera de Dios; pida grandes cosas, porque está usted ante el trono de la gracia, pues entonces él haría por nosotros mucho más abundantemente de lo que pedimos o aun pensamos.

Y, amados, puedo añadir, en quinto lugar, que el espíritu debido con que acercarse al trono de la gracia es el de una confianza que no vacila. ¿Quién dudará del Rey? ¿Quién se atreve a impugnar la palabra imperial? Bien se dijo que, aunque la integridad fuera desterrada de los corazones de todo el resto de la humanidad, aún debería morar en los corazones de los reyes. Vergüenza para un rey si es capaz de mentir. Hasta el más mísero mendigo de las calles queda deshonrado por una promesa rota; pero ¿qué diremos de un rey si no se puede confiar en su palabra? Oh, vergüenza sobre nosotros si somos incrédulos ante el trono del Rey del cielo y de la tierra. Con nuestro Dios delante de nosotros en toda su gloria, sentado en el trono de la gracia, ¿se atreverán nuestros corazones a decir que desconfiamos de él? ¿Hemos de imaginar acaso que no puede, o que no quiere, cumplir su promesa? Desterrados sean tales pensamientos blasfemos, y si han de venir, que vengan sobre nosotros cuando estemos en algún lugar de las afueras de sus dominios, si es que tal lugar existe, pero no en la oración, cuando estamos en su presencia inmediata, y le contemplamos en toda la gloria de su trono de gracia. Allí, sin duda, está el lugar para que el hijo confíe en su Padre, para que el súbdito leal confíe en su monarca; y, por tanto, lejos esté toda vacilación o sospecha. La fe que no vacila debe predominar ante el propiciatorio.

Solo una observación más sobre este punto, y es que, si la oración es un comparecer ante el trono de Dios, siempre ha de conducirse con la más honda sinceridad, y en el espíritu que hace que todo sea real. Si es usted lo bastante desleal como para despreciar al Rey, al menos, por su propio bien, no se burle de él en su cara, y estando él sobre su trono. Si en algún lugar se atreve usted a repetir palabras santas sin corazón, que no sea en el palacio de Jehová. Si una persona pidiera audiencia con la realeza, y luego dijera: «Apenas sé por qué he venido, no sé que tenga nada muy particular que pedir; no tengo ninguna petición muy urgente que presentar», ¿no sería culpable a la vez de necedad y de bajeza? En cuanto a nuestro gran Rey, cuando nos aventuramos a entrar en su presencia, tengamos allí un recado que cumplir. Como dije el otro día de reposo, guárdémonos de jugar a orar. Es una insolencia contra Dios. Si se me llama a orar en público, no debo atreverme a usar palabras destinadas a agradar los oídos de mis compañeros de adoración, sino que debo darme cuenta de que estoy hablando a Dios mismo, y de que tengo un asunto que tratar con el gran Señor. Y, en mi oración privada, si, al levantarme de mi lecho por la mañana, doblo la rodilla y repito ciertas palabras, o cuando me retiro a descansar por la noche paso por la misma forma acostumbrada, más bien peco que hago algo bueno, a menos que mi alma misma hable al Altísimo. ¿Piensa usted que el Rey del cielo se deleita en oírle pronunciar palabras con lengua frívola y mente irreflexiva? No le conoce usted. Él es Espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad. Si tiene usted algunas formas vacías que parlotear, vaya y viértalas en los oídos de necios como usted, pero no ante el Señor de los ejércitos. Si tiene usted ciertas palabras que pronunciar, a las que atribuye una reverencia supersticiosa, vaya y dígalas en los recargados atrios de la ramera Roma, pero no ante el glorioso Señor de Sion. El Dios espiritual busca adoradores espirituales, y a tales aceptará, y solo a tales; pero el sacrificio de los impíos es abominación al Señor, y solo la oración sincera es su deleite.

Amados, el resumen de todas nuestras observaciones es simplemente este: la oración no es una nimiedad. Es un acto eminente y elevado. Es un alto y maravilloso privilegio. Bajo el antiguo Imperio persa, a unos pocos de la nobleza se les permitía entrar ante el rey en cualquier momento, y esto se tenía por el más alto privilegio poseído por los mortales. Usted y yo, el pueblo de Dios, tenemos un permiso, un pasaporte para venir ante el trono del cielo en cualquier momento que queramos, y se nos anima a venir allí con gran confianza; pero aun así no olvidemos que no es cosa baladí ser cortesano en los atrios del cielo y de la tierra, adorar a aquel que nos hizo y nos sostiene en el ser. En verdad, cuando intentamos orar, podemos oír la voz que dice desde la gloria excelsa: «Doblad la rodilla». De todos los espíritus que contemplan el rostro de nuestro Padre que está en los cielos, aun ahora, oigo una voz que dice: «Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante del Señor nuestro Hacedor; porque él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su prado y las ovejas de su mano. Adorad al Señor en la hermosura de la santidad; temed delante de él, toda la tierra».

II. Para que el fulgor y el brillo de la palabra «trono» no resulten demasiado para la vista mortal, nuestro texto nos presenta ahora el suave y apacible resplandor de aquella deliciosa palabra: «GRACIA». Somos llamados al trono de la gracia, no al trono de la ley. El escarpado Sinaí fue una vez el trono de la ley, cuando Dios vino a Parán con diez mil de sus santos. ¿Quién deseaba acercarse a aquel trono? Ni siquiera Israel podía. Se pusieron límites alrededor del monte, y si tan solo una bestia tocaba el monte, era apedreada o traspasada con un dardo. Oh ustedes, justos en su propia opinión, que esperan poder obedecer la ley, y creen que pueden ser salvos por ella, miren las llamas que vio Moisés, y encójanse, y tiemblen, y desesperen. A aquel trono no venimos ahora, porque por medio de Jesús el caso ha cambiado. Para una conciencia purificada por la sangre preciosa no hay ira sobre el trono divino, aunque para nuestras mentes turbadas—

«Antes fue asiento de ardiente ira,

y disparaba llama devoradora;

nuestro Dios se mostraba fuego consumidor,

y celoso era su nombre.»

Y, bendito sea Dios, no hemos de hablar esta mañana del trono de la justicia final. Ante él compareceremos todos, y cuantos de nosotros hemos creído hallaremos que es un trono tanto de gracia como de justicia; porque el que se sienta sobre aquel trono no pronunciará sentencia alguna de condenación contra el hombre que es justificado por la fe. Pero no tengo que llamarlos esta mañana al lugar de donde la trompeta de la resurrección resonará tan aguda y clara. Ni tampoco vemos a los ángeles salir con sus espadas vengadoras para herir a los enemigos de Dios; ni todavía están abiertas las grandes puertas del abismo para tragarse a los enemigos que no quisieron que el Hijo de Dios reinara sobre ellos. Estamos aún en terreno de oración y en términos de súplica con Dios, y el trono al que se nos invita a venir, y del cual hablamos en este momento, es el trono de la gracia. Es un trono establecido a propósito para la dispensación de la gracia; un trono del cual toda declaración es una declaración de gracia; el cetro que desde él se extiende es el cetro de plata de la gracia; los decretos proclamados desde él son propósitos de gracia; los dones que se esparcen por sus dorados peldaños son dones de gracia; y el que se sienta sobre el trono es la gracia misma. Es el trono de la gracia al que nos acercamos cuando oramos; y meditemos esto por un momento o dos, a modo de aliento consolador para quienes comienzan a orar; en verdad, para todos nosotros, hombres y mujeres de oración.

Si en la oración vengo ante un trono de gracia, entonces los defectos de mi oración serán pasados por alto. Al comenzar a orar, amados amigos, ustedes sienten como si no oraran. Los gemidos de su espíritu, cuando se levantan de sus rodillas, son tales que piensan que no hay nada en ellos. ¡Qué oración tan borrosa, tan emborronada, tan manchada! No importa; ustedes no han venido al trono de la justicia, pues, de lo contrario, cuando Dios percibiera el defecto en la oración, la desdeñaría; sus palabras entrecortadas, sus jadeos y balbuceos están ante un trono de gracia. Cuando alguno de nosotros ha presentado su mejor oración ante Dios, si la viera como Dios la ve, no hay duda de que haría gran lamento por ella; porque hay suficiente pecado en la mejor oración que jamás se haya orado como para asegurar que sea desechada de Dios. Pero no es un trono de justicia, lo digo de nuevo, y aquí está la esperanza para nuestras cojas y renqueantes súplicas. Nuestro condescendiente Rey no mantiene en su corte una etiqueta ceremoniosa como la que han observado los príncipes entre los hombres, donde un pequeño error o una falta bastaría para que el peticionario fuera despedido con deshonra. Oh, no; los clamores defectuosos de sus hijos no son criticados severamente por él. El Gran Camarero del palacio de lo alto, nuestro Señor Jesucristo, se encarga de alterar y enmendar cada oración antes de presentarla, y hace la oración perfecta con su perfección, y prevaleciente con sus propios méritos. Dios mira la oración, tal como es presentada por medio de Cristo, y perdona toda su inherente imperfección. ¡Cómo debería esto animar a cualquiera de nosotros que se sienta débil, extraviado e inhábil en la oración! Si ustedes no pueden interceder ante Dios como a veces lo hacían en años pasados, si sienten como si de algún modo se hubieran enmohecido en la obra de la súplica, nunca desistan, sino vengan todavía; sí, y vengan más a menudo, porque no es un trono de severa crítica, es un trono de gracia al que ustedes vienen.

Luego, además, por cuanto es un trono de gracia, los defectos del peticionario mismo no impedirán el éxito de su oración. ¡Oh, cuántos defectos hay en nosotros! ¡Cuán indignos somos de venir ante un trono, nosotros, que estamos todos contaminados de pecado por dentro y por fuera! ¿Se atrevería alguno de ustedes a pensar en orar si el trono de Dios no fuera un trono de gracia? Si ustedes pudieran, confieso que yo no podría. Un Dios absoluto, infinitamente santo y justo, no podría, en consonancia con su naturaleza divina, responder oración alguna de un pecador como yo soy, si no fuera porque ha dispuesto un plan por el cual mi oración ya no sube a un trono de justicia absoluta, sino a un trono que es también el propiciatorio, la propiciación, el lugar donde Dios se encuentra con los pecadores, por medio de Jesucristo. Ah, no podría decirles: «Orad», ni siquiera a ustedes, santos, si no fuera un trono de gracia; mucho menos podría hablar de oración a ustedes, pecadores; pero ahora diré esto a todo pecador aquí presente, aunque se tenga por el peor pecador que jamás haya vivido: clame al Señor y búsquelo mientras puede ser hallado. Un trono de gracia es un lugar dispuesto para usted: póngase de rodillas; por sencilla fe acuda a su Salvador, porque él, él es quien es el trono de la gracia. Es en él donde Dios puede dispensar gracia al más culpable del género humano. Bendito sea Dios: ni los defectos de la oración ni los del suplicante cerrarán la entrada de nuestras peticiones ante el Dios que se deleita en los corazones quebrantados y contritos.

Si es un trono de gracia, entonces los deseos del suplicante serán interpretados. Si no consigo hallar palabras con que expresar mis deseos, Dios, en su gracia, leerá mis deseos sin las palabras. Él capta el sentido de sus santos, el sentido de sus gemidos. Un trono que no fuera gracioso no se tomaría la molestia de descifrar nuestras peticiones; pero Dios, el infinitamente gracioso, se sumergirá en el alma de nuestros deseos, y leerá allí lo que no podemos decir con la lengua. ¿No han visto nunca al padre que, cuando su hijito intenta decirle algo, y él sabe muy bien lo que el pequeño quiere decir, le ayuda con las palabras y pronuncia las sílabas por él, y si el pequeño ha medio olvidado lo que iba a decir, han visto al padre sugerirle la palabra? Pues así el siempre bendito Espíritu, desde el trono de la gracia, nos ayudará y nos enseñará palabras; más aún, escribirá en nuestros corazones los deseos mismos. Tenemos en la Escritura casos en que Dios pone palabras en boca de los pecadores. «Tomad con vosotros palabras», dice él, «y decidle: Recíbenos con gracia y ámanos libremente». Él pondrá los deseos, y pondrá la expresión de esos deseos en su espíritu por su gracia; dirigirá sus deseos hacia las cosas que deberían buscar; les enseñará sus necesidades, aunque todavía no las conozcan; les sugerirá sus promesas para que puedan alegarlas; será, en efecto, el Alfa y la Omega de su oración, así como lo es de su salvación; porque, como la salvación es de gracia de principio a fin, así el acercamiento del pecador al trono de la gracia es de gracia de principio a fin. ¡Qué consuelo es este! ¿No nos acercaremos, mis queridos amigos, con mayor confianza a este trono, mientras extraemos el dulce sentido de esta preciosa palabra: «el trono de la gracia»?

Si es un trono de gracia, entonces todas las necesidades de quienes vienen a él serán suplidas. El Rey, desde tal trono, no dirá: «Has de traerme dádivas, has de ofrecerme sacrificios». No es un trono para recibir tributo; es un trono para dispensar dones. Vengan, pues, ustedes que son pobres como la pobreza misma; vengan ustedes que no tienen méritos y están destituidos de virtudes; vengan ustedes que han sido reducidos a una bancarrota de mendigo por la caída de Adán y por sus propias transgresiones; este no es el trono de la majestad que se sostiene con los impuestos de sus súbditos, sino un trono que se glorifica manando como una fuente con raudales de buenas cosas. Vengan, pues, ahora, y reciban el vino y la leche que se dan gratuitamente; sí, vengan, compren vino y leche sin dinero y sin precio. Todas las necesidades del peticionario serán suplidas, porque es un trono de gracia.

Y así, todas las miserias del peticionario serán compadecidas. Supongamos que vengo al trono de la gracia con la carga de mis pecados; hay uno en el trono que sintió la carga del pecado en edades ya lejanas, y no ha olvidado su peso. Supongamos que vengo cargado de dolor; hay Uno allí que conoce todas las tristezas a que puede ser sometida la humanidad. ¿Estoy abatido y angustiado? ¿Temo que Dios mismo me haya abandonado? Hay Uno sobre el trono que dijo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Es un trono desde el cual la gracia se deleita en mirar las miserias del género humano con ojo tierno, en considerarlas y aliviarlas. Vengan, pues; vengan, pues; vengan, pues, ustedes que no solo son pobres, sino desdichados, cuyas miserias les hacen anhelar la muerte, y sin embargo temerla. Ustedes, cautivos, vengan con sus cadenas; ustedes, esclavos, vengan con los hierros sobre sus almas; ustedes, que se sientan en tinieblas, salgan tal como están, con los ojos vendados. El trono de la gracia los mirará aunque ustedes no puedan mirarlo a él, y les dará aunque no tengan nada que dar a cambio, y los librará aunque no puedan levantar un dedo para librarse a sí mismos.

«El trono de la gracia». La palabra crece a medida que le doy vueltas en mi mente, y para mí es una reflexión sumamente deliciosa que, si vengo al trono de Dios en oración, puedo sentir mil defectos y, sin embargo, hay esperanza. Por lo general me siento más descontento con mis oraciones que con cualquier otra cosa que hago. No creo que sea cosa fácil orar en público de manera que se dirijan bien las devociones de una gran congregación. A veces oímos elogiar a personas por predicar bien, pero si alguien es capacitado para orar bien, habrá en ello un don igual y una gracia más alta. Pero, hermanos, supongamos que en nuestras oraciones hubiera defectos de conocimiento: es un trono de gracia, y nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de estas cosas. Supongamos que hubiera defectos de fe: él ve nuestra poca fe y aun así no la rechaza, por pequeña que sea. No en todos los casos mide sus dones según el grado de nuestra fe, sino según la sinceridad y la autenticidad de la fe. Y aunque hubiera defectos graves incluso en nuestro espíritu, y fallos en el fervor o en la humildad de la oración, con todo —aunque estos no deberían estar allí y son muy de lamentar—, la gracia pasa todo esto por alto, perdona todo esto, y todavía extiende su mano misericordiosa para enriquecernos según nuestras necesidades. Sin duda esto debería inducir a orar a muchos que no han orado, y debería hacer que quienes hemos estado por largo tiempo acostumbrados a usar el consagrado arte de la oración nos acerquemos con mayor confianza que nunca al trono de la gracia.

III. Pero, considerando ahora nuestro texto en su conjunto, nos transmite la idea de LA GRACIA ENTRONIZADA. Es un trono, ¿y quién se sienta en él? Es la gracia personificada la que aquí está instalada en dignidad. Y, en verdad, hoy la gracia está sobre un trono. En el evangelio de Jesucristo la gracia es el atributo más predominante de Dios. ¿Cómo llega a estar tan exaltada? Respondemos, pues, que la gracia tiene un trono por conquista. La gracia descendió a la tierra en la forma del Amado, y se encontró con el pecado. Largo y encarnizado fue el combate, y la gracia parecía ser pisoteada bajo los pies del pecado; pero la gracia al fin asió al pecado, lo echó sobre sus propios hombros, y, aunque casi aplastada bajo la carga, la gracia llevó el pecado hasta la cruz y allí lo clavó, allí lo mató, lo entregó a la muerte para siempre, y triunfó gloriosamente. Por esta causa, en esta hora, la gracia se sienta sobre un trono, porque ha vencido el pecado humano, ha llevado la pena de la culpa humana, y ha derrocado a todos sus enemigos.

La gracia, además, se sienta sobre el trono porque se ha establecido allí por derecho. No hay injusticia en la gracia de Dios. Dios es tan justo cuando perdona a un creyente como cuando arroja a un pecador al infierno. Creo en mi propia alma que hay tanta y tan pura justicia en la aceptación de un alma que cree en Cristo como la habrá en el rechazo de aquellas almas que mueren impenitentes, y son desterradas de la presencia de Jehová. El sacrificio de Cristo ha capacitado a Dios para ser justo, y a la vez el que justifica al que cree. El que conoce la palabra «sustitución», y sabe deletrear rectamente su significado, verá que la justicia punitiva no tiene nada que reclamar de ningún creyente, puesto que Jesucristo ha pagado todas las deudas del creyente, y ahora Dios sería injusto si no salvara a aquellos por quienes Cristo padeció vicariamente, por quienes se proveyó su justicia, y a quienes les es imputada. La gracia está sobre el trono por conquista, y se sienta allí por derecho.

La gracia está entronizada en este día, hermanos, porque Cristo ha terminado su obra y ha entrado en los cielos. Está entronizada en poder. Cuando hablamos de su trono, queremos decir que tiene un poderío ilimitado. La gracia no se sienta en el estrado de Dios; la gracia no está de pie en los atrios de Dios, sino que se sienta sobre el trono; es el atributo reinante; es el rey en el día de hoy. Esta es la dispensación de la gracia, el año de la gracia: la gracia reina por la justicia para vida eterna. Vivimos en la era de la gracia reinante, porque, viviendo él siempre para interceder por los hijos de los hombres, Jesús puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios. Pecador, si usted se encontrara con la gracia en el camino, como un viajero en su jornada, le rogaría que trabara conocimiento con ella y pidiera su influencia; si se encontrara con la gracia como un mercader en la lonja, con tesoro en la mano, le rogaría que cortejara su amistad, pues ella lo enriquecerá en la hora de la pobreza; si viera a la gracia como uno de los nobles del cielo, altamente exaltado, le rogaría que procurara que ella le prestara oído; pero, oh, cuando la gracia se sienta sobre el trono, le ruego que se allegue a ella de inmediato. No puede ser más alta, no puede ser más grande, porque está escrito: «Dios es amor», que es un alias de la gracia. Oh, venga e inclínese ante ella; venga y adore la infinita misericordia y gracia de Dios. No dude, no se detenga, no vacile. La gracia está reinando; la gracia es Dios; Dios es amor. Oh, si usted, viendo que la gracia está así entronizada, viniera y la recibiera. Digo, pues, que la gracia está entronizada por conquista, por derecho y por poder; y añadiré que está entronizada en gloria, porque Dios glorifica su gracia. Uno de sus objetivos ahora es hacer ilustre su gracia. Se deleita en perdonar a los penitentes, y así mostrar su gracia que perdona; se deleita en mirar a los extraviados y restaurarlos, para mostrar su gracia que rescata; se deleita en mirar a los quebrantados de corazón y consolarlos, para mostrar su gracia que consuela. Hay una gracia que puede obtenerse de diversas clases, o más bien la misma gracia actuando de diferentes maneras, y Dios se deleita en hacer gloriosa su gracia. Hay un arco iris alrededor del trono, semejante a una esmeralda, la esmeralda de su compasión y de su amor. Oh, dichosas las almas que pueden creer esto, y que, creyéndolo, pueden venir de inmediato y glorificar la gracia convirtiéndose en muestras de su poder.

IV. Por último, nuestro texto, si se lee rectamente, contiene en sí LA SOBERANÍA RESPLANDECIENTE EN GLORIA: LA GLORIA DE LA GRACIA. El propiciatorio es un trono; aunque la gracia está allí, sigue siendo un trono. La gracia no desplaza a la soberanía. Ahora bien, el atributo de la soberanía es muy alto y terrible; su luz es semejante a una piedra de jaspe, preciosísima, y semejante a una piedra de zafiro, o, como la llama Ezequiel, «el cristal terrible». Así dice el Rey, el Señor de los ejércitos: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca». «¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así?». «¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?». Estas son palabras grandes y terribles, y no se les ha de responder. Él es Rey, y hará como quiera. Nadie detendrá su mano, ni le dirá: ¿Qué haces? Pero, ¡ah!, para que ninguno de ustedes se desanime por el pensamiento de su soberanía, los invito al texto. Es un trono: hay soberanía; pero para toda alma que sabe orar, para toda alma que por la fe viene a Jesús, el verdadero propiciatorio, la soberanía divina no lleva un aspecto oscuro y terrible, sino que está llena de amor. Es un trono de gracia; de lo cual deduzco que la soberanía de Dios, para con un creyente, para con un suplicante, para con quien viene a Dios en Cristo, siempre se ejerce en pura gracia. Para ustedes, para ustedes que vienen a Dios en oración, la soberanía siempre reza así: «Tendré misericordia de aquel pecador; aunque no lo merezca, aunque en él no haya mérito alguno, con todo, porque puedo hacer lo que quiera con lo que es mío, lo bendeciré, lo haré hijo mío, lo aceptaré; él será mío en el día en que yo recoja mis joyas». En el propiciatorio Dios nunca ejerció la soberanía de otra manera que por vía de gracia. Él reina, pero en este caso la gracia reina por la justicia para vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor.

Hay estas dos o tres cosas que considerar, y habré terminado. Sobre el trono de la gracia, la soberanía se ha puesto a sí misma bajo vínculos de amor. He de hablar aquí con palabras escogidas y selectas, y he de vacilar y hacer pausas para dar con las frases justas, no sea que yerre al esforzarme por decir la verdad con sencillez. Dios hará como quiera; pero, en el propiciatorio, está bajo vínculos: vínculos de su propia hechura, porque ha entrado en pacto con Cristo, y así en pacto con sus escogidos. Aunque Dios es, y siempre ha de ser, soberano, jamás quebrantará su pacto, ni alterará la palabra que ha salido de su boca. No puede ser infiel a un pacto de su propia hechura. Cuando vengo a Dios en Cristo, a Dios en el propiciatorio, no necesito imaginar que por algún acto de soberanía Dios dejará de lado su pacto. Eso no puede ser: es imposible.

Además, en el trono de la gracia, Dios está de nuevo ligado a nosotros por sus promesas. El pacto contiene en sí muchas promesas graciosas, grandísimas y preciosas. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá». Hasta que Dios no hubo dicho esa palabra, o una palabra en ese sentido, quedaba a su propia opción oír la oración o no; pero ya no es así; porque ahora, si es verdadera oración ofrecida por medio de Jesucristo, su fidelidad lo obliga a oírla. Un hombre puede ser perfectamente libre, pero en el momento en que hace una promesa, ya no es libre de quebrantarla; y el Dios eterno no quiere quebrantar su promesa. Se deleita en cumplirla. Ha declarado que todas sus promesas son sí y amén en Cristo Jesús; pero, para nuestro consuelo, cuando consideramos a Dios bajo el alto y terrible aspecto de un soberano, tenemos esto en qué reflexionar: que está bajo los vínculos del pacto, por promesa, de ser fiel a las almas que le buscan. Su trono ha de ser un trono de gracia para su pueblo.

Y, una vez más, y el más dulce pensamiento de todos: cada promesa del pacto ha sido refrendada y sellada con sangre, y lejos esté del Dios eterno derramar desprecio sobre la sangre de su amado Hijo. Cuando un rey ha otorgado una carta franca a una ciudad, pudo haber sido antes absoluto, y pudo no haber habido nada que frenara sus prerrogativas; pero cuando la ciudad tiene su carta, entonces alega sus derechos ante el rey. Así también Dios ha dado a su pueblo una carta de bendiciones incontables, otorgándoles las misericordias firmes de David. Mucho de la validez de una carta depende de la firma y del sello, y, hermanos míos, ¡cuán segura es la carta de la gracia del pacto! La firma es la letra del mismo Dios, y el sello es la sangre del Unigénito. El pacto está ratificado con sangre, la sangre de su propio amado Hijo. No es posible que aleguemos en vano ante Dios cuando alegamos el pacto sellado con sangre, ordenado en todas las cosas y seguro. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús ante Dios nunca puede fallar. Habla cuando nosotros callamos, y prevalece cuando somos derrotados. Cosas mejores que las de Abel pide, y su clamor es oído. Vengamos con confianza, porque oímos la promesa en nuestros corazones. Cuando nos sentimos alarmados a causa de la soberanía de Dios, cantemos con alegría—

«El evangelio sostiene mi espíritu,

un Dios fiel e inmutable

pone el fundamento de mi esperanza

en juramentos, y promesas, y sangre.»

Que Dios el Espíritu Santo nos ayude a usar rectamente, de aquí en adelante, «el trono de la gracia». Amén.

Roma, 7 de diciembre de 1871.

A MI AMADA IGLESIA Y AMIGOS EN GENERAL,

Amados en el Señor, habiendo sentido que era mi deber dejar Inglaterra por un breve tiempo para prevenir el retorno de mi antigua dolencia, me siento obligado a reconocer con gratitud la buena mano del Señor sobre mí durante mi estancia en el extranjero. Espero regresar en breve plazo, tan fortalecido que pueda continuar trabajando por un período considerable sin otra pausa. Aprovecho esta ocasión para agradecer a mi afectuosa iglesia y a mis amables amigos sus innumerables actos de generosa simpatía, al sostener nuestro Colegio y Orfanato, y especialmente aquellas muchas oraciones que se tornaron en mi consuelo y sanidad en mi reciente enfermedad, y que son el medio de mi sostenimiento en mi cada vez mayor servicio al Señor. Devuelva el Señor en su seno mil veces el bien que fieles amigos han implorado para mí, y hágame más que nunca instrumento de bendición para ellos por medio del ministerio.

Ahora mismo imploro una renovación de aquellas oraciones con creciente fervor, porque hace gran falta un avivamiento de la religión; y sería una prueba segura de su pronta venida que los creyentes se unieran en oración por él. Ya está encendida la llama en el Tabernáculo, pero necesita ser avivada hasta convertirse en una poderosa conflagración. Nuestro país requiere una visitación divina, y su promesa solo necesita ser alegada para ser cumplida. Hermanos, como un solo hombre, clamen poderosamente al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, rogándole que ponga su mano en la obra, y engrandezca a su Hijo a los ojos de todo el pueblo. Estando donde está el asiento de Satanás, en medio de diez mil ídolos, ruego a quienes adoran a Dios en el espíritu que luchen en oración por tiempos de refrigerio, para que todas las tierras sepan que Jesucristo es el Señor. ¿Hasta cuándo será blasfemado el nombre de Jesús por las idolatrías del Anticristo? Puede ser que los tiempos de tinieblas duren hasta que los hijos de la luz clamen amargamente, día y noche, por causa de la angustia del alma. Entonces vengará Dios a sus propios escogidos, y eso pronto.

Al recorrer la Vía Apia, me he regocijado de que Jesús, a quien Pablo predicó, vive todavía, y ciertamente, a su debido tiempo, abatirá a sus enemigos. Ya ha desolado el Coliseo donde sus fieles mártires derramaron su sangre; el poder pagano ha caído, y así también caerá el papal, y todo otro que se opone a su reino. Proclamemos una cruzada espiritual, y levantemos nuestros estandartes con redoblada oración. Es cierto que la súplica produce resultados maravillosos en el cielo y en la tierra; su poder queda probado en nuestra propia experiencia personal, y a lo largo de toda la historia de la iglesia. Hermanos, OREMOS.

Suyo, por amor de Jesús,

C.H. SPURGEON.

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