Con Cristo en la escuela de oración
La osadía de los amigos de Dios

Capítulo 9 · 10 min de lectura

La osadía de los amigos de Dios

«Y les dijo: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, irá a él a medianoche y le dirá: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquel, respondiendo desde adentro, dirá: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos están conmigo en la cama; no puedo levantarme y dártelos? Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.»—Lucas 11:5-8.

La primera enseñanza a sus discípulos la dio nuestro Señor en el Sermón del Monte. Fue casi un año después cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñara a orar. En respuesta, les dio por segunda vez el Padrenuestro, enseñándoles así qué orar. Luego habla de cómo deben orar, y repite lo que antes había dicho acerca de la paternidad de Dios y la certeza de una respuesta. Pero, entremedio, añade la hermosa parábola del amigo a medianoche, para enseñarles la doble lección: que Dios no solo quiere que oremos por nosotros mismos, sino por los que perecen a nuestro alrededor, y que en tal intercesión una gran osadía de súplica es a menudo necesaria, y siempre lícita, sí, agradable a Dios.

La parábola es un perfecto tesoro de instrucción respecto a la verdadera intercesión. Está, primero, el amor que busca ayudar al necesitado a nuestro alrededor: «un amigo mío ha venido a mí». Luego la necesidad que urge al clamor: «no tengo nada que ponerle delante». Después sigue la confianza de que se puede obtener ayuda: «¿quién de vosotros que tenga un amigo, le dirá: Amigo, préstame tres panes?». Luego viene la inesperada negativa: «no puedo levantarme y dártelos». Después, de nuevo, la perseverancia que no acepta un no: «por su importunidad». Y, por último, la recompensa de tal oración: «le dará todo lo que necesite». Una maravillosa exposición del camino de oración y fe en que la bendición de Dios tan a menudo se ha buscado y hallado.

Limitémonos al pensamiento principal: la oración como una apelación a la amistad de Dios; y hallaremos que dos lecciones se sugieren de manera especial. La una, que si somos amigos de Dios, y como tales acudimos a Él, debemos mostrarnos amigos del necesitado; la amistad de Dios para con nosotros y la nuestra para con los demás van de la mano. La otra, que cuando así acudimos podemos usar la mayor libertad para reclamar una respuesta.

Hay un doble uso de la oración: el uno, obtener fuerza y bendición para nuestra propia vida; el otro, el más alto, la verdadera gloria de la oración, para la cual Cristo nos ha introducido en su comunión y enseñanza, es la intercesión, donde la oración es el poder real que un hijo de Dios ejerce en el cielo a favor de otros y aun del reino. Lo vemos en la Escritura: cómo fue en la intercesión por otros que Abraham y Moisés, Samuel y Elías, con todos los santos varones de la antigüedad, probaron que tenían poder con Dios y prevalecieron. Es cuando nos entregamos a ser una bendición que podemos contar de manera especial con la bendición de Dios. Es cuando nos acercamos a Dios como amigos del pobre y del que perece que podemos contar con su amistad; el justo que es amigo del pobre es, muy especialmente, el amigo de Dios. Esto da una libertad maravillosa en la oración. ¡Señor! Tengo un amigo necesitado a quien debo ayudar. Como amigo, me he comprometido a ayudarle. En ti tengo un Amigo, cuya bondad y riquezas sé que son infinitas: estoy seguro de que me darás lo que pido. Si yo, siendo malo, estoy dispuesto a hacer por mi amigo cuanto puedo, ¿cuánto más harás tú, oh Amigo celestial mío, ahora por tu amigo lo que él pide?

Podría surgir la pregunta de si la paternidad de Dios no da tal confianza en la oración que el pensamiento de su amistad apenas pueda enseñarnos algo más: un padre es más que un amigo. Y, sin embargo, si lo consideramos, este apelar a la amistad de Dios nos abre nuevas maravillas. Que un hijo obtenga lo que pide a su padre parece tan perfectamente natural que casi lo tenemos por deber del padre el darlo. Pero con un amigo es como si la bondad fuera más libre, dependiente no de la naturaleza, sino de la simpatía y del carácter. Y, además, la relación de un hijo es más bien la de una dependencia perfecta; dos amigos están más cerca de estar al mismo nivel. Y así nuestro Señor, al buscar desplegarnos el misterio espiritual de la oración, quisiera que nos acercáramos a Dios también en esta relación, como aquellos a quienes Él ha reconocido como sus amigos, cuya mente y vida están en simpatía con la suya.

Pero entonces debemos estar viviendo como sus amigos. Sigo siendo un hijo aun cuando ande extraviado; pero la amistad depende de la conducta. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.» «Tú ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que por las obras la fe se perfeccionó; y se cumplió la Escritura que dice: Y Abraham creyó a Dios, y fue llamado amigo de Dios.» Es el Espíritu, «el mismo Espíritu», que nos guía, el que también da testimonio de nuestra aceptación delante de Dios; «asimismo, también», el mismo Espíritu nos ayuda en la oración. Es una vida como amigo de Dios la que da la maravillosa libertad de decir: tengo un amigo a quien puedo acudir aun a medianoche. Y cuánto más cuando voy en el mismo espíritu de esa amistad, mostrando yo mismo la misma bondad que busco en Dios, procurando ayudar a mi amigo como quiero que Dios me ayude a mí. Cuando acudo a Dios en oración, Él siempre mira cuál es el fin de mi petición. Si busco su gracia meramente para mi propio consuelo o gozo, no recibo. Pero si puedo decir que es para que Él sea glorificado al dispensar yo sus bendiciones a otros, no pediré en vano. O si pido por otros, pero quiero esperar hasta que Dios me haya hecho tan rico que ayudarles no sea sacrificio ni acto de fe, no obtendré. Pero si puedo decir que ya me he comprometido por mi amigo necesitado, que en mi pobreza ya he comenzado la obra de amor, porque sé que tenía un Amigo que me ayudaría, mi oración será oída. Oh, no sabemos cuánto vale la súplica: la amistad de la tierra que mira en su necesidad a la amistad del cielo: «Él le dará todo lo que necesite.»

Pero no siempre de inmediato. Lo único con que el hombre puede honrar y gozar de su Dios es la fe. La intercesión es parte de la escuela de formación de la fe. Allí se prueba nuestra amistad con los hombres y con Dios. Allí se ve si mi amistad con el necesitado es tan real que tomaré tiempo y sacrificaré mi descanso, iré aun a medianoche y no cesaré hasta haber obtenido para ellos lo que necesito. Allí se ve si mi amistad con Dios es tan clara que puedo confiar en que Él no me rechazará, y por eso seguir orando hasta que Él dé.

Oh, qué profundo misterio celestial es este de la oración perseverante. El Dios que ha prometido, que anhela, cuyo propósito fijo es dar la bendición, la retiene. Para Él es asunto de tan honda importancia que sus amigos en la tierra conozcan y confíen plenamente en su rico Amigo en el cielo, que los adiestra, en la escuela de la respuesta demorada, para que descubran cómo su perseverancia realmente prevalece, y cuán poderosa es la fuerza que pueden ejercer en el cielo, con solo aplicarse a ello. Hay una fe que ve la promesa, y la abraza, y sin embargo no la recibe (Heb. 11:13, 39). Es cuando la respuesta a la oración no llega, y la promesa en que más firmemente confiamos parece no tener efecto, que tiene lugar la prueba de la fe, más preciosa que el oro. Es en esta prueba donde la fe que ha abrazado la promesa es purificada y fortalecida y preparada, en comunión personal y santa con el Dios vivo, para ver la gloria de Dios. Toma y retiene la promesa hasta que ha recibido el cumplimiento de lo que había reclamado, en una verdad viva, en el Dios invisible pero vivo.

Que cobre ánimo cada hijo de Dios que procura hacer la obra de amor en el servicio de su Padre. El padre con su hijo, el maestro con su clase, el visitador con su distrito, el que lee la Biblia con su círculo, el predicador con sus oyentes, cada uno que, en su pequeño círculo, ha aceptado y está llevando la carga de almas hambrientas que perecen: que todos cobren ánimo. Al principio nada nos resulta tan extraño como que Dios realmente exija oración perseverante, que haya una verdadera necesidad espiritual de importunidad. Para enseñárnoslo, el Maestro emplea esta parábola casi extraña. Si la falta de amistad de un egoísta amigo terrenal puede ser vencida por la importunidad, ¿cuánto más valdrá con el Amigo celestial, que tanto ama dar, pero es retenido por nuestra incapacidad espiritual, nuestra incapacidad de poseer lo que Él tiene para dar? Oh, démosle gracias de que, al demorar su respuesta, nos está educando hasta nuestra verdadera posición y el ejercicio de todo nuestro poder con Él, adiestrándonos para vivir con Él en la comunión de una fe y una confianza sin dudas, para ser en verdad los amigos de Dios. Y asgamos firmemente el cordón de tres dobleces que no puede romperse: el amigo hambriento que necesita la ayuda, y el amigo que ora buscando la ayuda, y el Amigo Poderoso, que ama dar todo lo que se necesite.

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Oh, bendito Señor y Maestro mío! He de acudir a ti en oración. Tu enseñanza es tan gloriosa, y sin embargo demasiado alta para que yo la comprenda. He de confesar que mi corazón es demasiado pequeño para acoger estos pensamientos de la maravillosa osadía que puedo usar con tu Padre como Amigo mío. ¡Señor Jesús! Confío en que me darás tu Espíritu junto con tu Palabra, y en que harás la Palabra viva y poderosa en mi corazón. Deseo guardar tu Palabra de este día: «Por su importunidad le dará todo lo que necesite.»

¡Señor! Enséñame más a conocer el poder de la oración perseverante. Sé que en ella el Padre se acomoda a nuestra necesidad de tiempo para que la vida interior alcance su crecimiento y madurez, de modo que su gracia sea de veras asimilada y hecha nuestra propia. Sé que Él quisiera así adiestrarnos en el ejercicio de esa fe fuerte que no le suelta ni aun ante la aparente decepción. Sé que quiere elevarnos a esa maravillosa libertad en que comprendemos cuán realmente ha hecho depender de nuestra oración el dispensar su don. ¡Señor! Esto lo sé: oh, enséñame a verlo en espíritu y en verdad.

Y sea ahora el gozo de mi vida llegar a ser el limosnero de mi Rico Amigo en el cielo, para cuidar de todos los hambrientos y los que perecen, aun a medianoche, porque conozco a MI AMIGO, que siempre da al que persevera, por su importunidad, todo lo que necesite. Amén.

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