Con Cristo en la escuela de oración
La infinita paternidad de Dios

Capítulo 7 · 12 min de lectura

La infinita paternidad de Dios

«¿O qué hombre hay entre vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» —Mateo 7:9-11

CON estas palabras, nuestro Señor procede a confirmar aún más lo que había dicho acerca de la certeza de una respuesta a la oración. Para disipar toda duda y mostrarnos sobre qué terreno tan seguro descansa su promesa, apela a lo que todos han visto y experimentado aquí en la tierra. Todos somos hijos y sabemos lo que esperábamos de nuestros padres. Somos padres, o los vemos continuamente; y en todas partes lo tenemos por la cosa más natural que pueda haber: que un padre escuche a su hijo. Y el Señor nos pide que levantemos la mirada por encima de los padres terrenales, de los cuales los mejores no son sino malos, y que calculemos CUÁNTO MÁS el Padre celestial dará buenas dádivas a los que le pidan. Jesús quiere llevarnos a ver que, cuanto mayor es Dios que el hombre pecador, tanto mayor debe ser nuestra seguridad de que Él, con más certeza que cualquier padre terrenal, concederá nuestras peticiones filiales. Cuanto mayor es Dios que el hombre, tanto más seguro es que la oración será escuchada por el Padre en el cielo que por un padre en la tierra.

Por sencilla y comprensible que sea esta parábola, así de profunda y espiritual es la enseñanza que contiene. El Señor quiere recordarnos que la oración de un hijo debe toda su influencia a la relación en que está con su padre. La oración solo puede ejercer esa influencia cuando el hijo vive realmente en esa relación, en el hogar, en el amor, en el servicio del Padre. El poder de la promesa, «Pedid, y se os dará», reside en la relación de amor entre nosotros como hijos y el Padre que está en el cielo; cuando vivimos y andamos en esa relación, la oración de fe y su respuesta serán el resultado natural. Y así, la lección que hoy tenemos en la escuela de la oración es esta: viva como hijo de Dios, y entonces podrá orar como hijo, y como hijo con toda certeza será escuchado.

¿Y cuál es la verdadera vida de hijo? La respuesta puede hallarse en cualquier hogar. El hijo que de preferencia abandona la casa del padre, que no halla placer en la presencia, el amor y la obediencia del padre, y que aun así pretende pedir y obtener lo que quiera, con seguridad quedará defraudado. Por el contrario, aquel para quien el trato, la voluntad, la honra y el amor del padre son el gozo de su vida, descubrirá que es el gozo del padre conceder sus peticiones. Dice la Escritura: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios»; el privilegio filial de pedirlo todo es inseparable de la vida filial bajo la guía del Espíritu. El que se entrega a ser guiado por el Espíritu en su vida, será guiado por Él también en sus oraciones. Y descubrirá que el dar propio de un Padre es la respuesta divina al vivir propio de un hijo.

Para ver en qué consiste este vivir filial, en el que el pedir y el creer propios de un hijo tienen su fundamento, no tenemos más que observar lo que nuestro Señor enseña en el Sermón del Monte acerca del Padre y de sus hijos. En él, las promesas sobre la oración están engastadas en los preceptos de vida; ambos son inseparables. Forman un todo; y solo puede contar con el cumplimiento de la promesa quien acepta también todo lo que el Señor ha unido a ella. Es como si, al pronunciar la palabra «Pedid, y recibiréis», dijera: Doy estas promesas a aquellos a quienes en las bienaventuranzas he retratado en su pobreza y pureza de hijos, y de quienes he dicho: «serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:3-9); a los hijos que «alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»; a los que andan en amor, «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos», y que procuran ser perfectos «como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (5:45); a aquellos cuyo ayuno, oración y limosna (6:1-18) no se hacen delante de los hombres, sino «delante de vuestro Padre que ve en lo secreto»; que perdonan «así como vuestro Padre os perdona» (6:15); que confían en el Padre celestial en toda necesidad terrenal, buscando primeramente el reino de Dios y su justicia (6:26-32); que no solo dicen: Señor, Señor, sino que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos (7:21). Tales son los hijos del Padre, y tal es la vida en el amor y el servicio del Padre; en semejante vida de hijo las oraciones respondidas son ciertas y abundantes.

Pero ¿no desalentará semejante enseñanza al débil? Si primero hemos de corresponder a este retrato de un hijo, ¿no habrán de renunciar muchos a toda esperanza de respuestas a la oración? La dificultad se disipa si pensamos de nuevo en el bendito nombre de padre e hijo. Un niño es débil; hay una gran diferencia entre los hijos en edad y en dones. El Señor no nos exige un cumplimiento perfecto de la ley; no, sino solo la entrega filial y de todo corazón para vivir como hijo con Él en obediencia y verdad. Nada más. Pero tampoco nada menos. El Padre ha de tener el corazón entero. Cuando esto se le da, y ve al hijo que con propósito sincero y voluntad firme busca en todo ser y vivir como hijo, entonces nuestra oración contará delante de Él como la oración de un hijo. Que cualquiera comience sencilla y honradamente a estudiar el Sermón del Monte y lo tome por guía de su vida, y hallará, a pesar de la debilidad y del fracaso, una libertad cada vez mayor para reclamar el cumplimiento de sus promesas en cuanto a la oración. En los nombres de padre e hijo tiene la garantía de que sus peticiones serán concedidas.

Este es el pensamiento capital en que Jesús se detiene aquí, y que quiere que todos sus discípulos asimilen. Quiere que veamos que el secreto de la oración eficaz es este: tener el corazón lleno del amor paternal de Dios. No nos basta con saber que Dios es Padre; Él quiere que nos tomemos tiempo para quedar plenamente impresionados por lo que ese nombre implica. Debemos tomar al mejor padre terrenal que conozcamos; debemos pensar en la ternura y el amor con que mira la petición de su hijo, en el amor y el gozo con que concede todo deseo razonable; y luego, mientras pensamos con adorante reverencia en el infinito Amor y la infinita Paternidad de Dios, debemos considerar con cuánta más ternura y gozo Él nos ve venir a Él, y nos da lo que rectamente pedimos. Y entonces, cuando veamos cuánto sobrepasa esta aritmética divina a nuestra comprensión, y sintamos cuán imposible nos es abarcar la prontitud de Dios para escucharnos, Él quiere que vengamos y abramos nuestro corazón para que el Espíritu Santo derrame en él el amor paternal de Dios. Hagamos esto no solo cuando queramos orar, sino entreguemos corazón y vida para morar en ese amor. El hijo que solo quiere conocer el amor del padre cuando tiene algo que pedir, quedará defraudado. Pero aquel que deja que Dios sea Padre siempre y en todo, que de buena gana viviría toda su vida en la presencia y el amor del Padre, que permite que Dios, en toda la grandeza de su amor, sea un Padre para él, ¡oh!, experimentará del modo más glorioso que una vida en la infinita Paternidad de Dios y las continuas respuestas a la oración son inseparables.

¡Amado condiscípulo! Comenzamos a ver cuál es la razón de que sepamos tan poco de las respuestas diarias a la oración, y cuál es la lección principal que el Señor tiene para nosotros en su escuela. Todo está en el nombre de Padre. Pensábamos que lo que obtendríamos en la escuela de Cristo sería una comprensión nueva y más honda de algunos de los misterios del mundo de la oración; Él nos dice que la primera es la lección más alta: hemos de aprender a decir bien: «¡Abba, Padre!», «Padre nuestro que estás en los cielos». El que puede decir esto tiene la llave de toda oración. En toda la compasión con que un padre escucha a su hijo débil o enfermizo, en todo el gozo con que oye a su hijo que balbucea, en toda la apacible paciencia con que soporta a un hijo irreflexivo, debemos, como en tantos espejos, estudiar el corazón de nuestro Padre, hasta que toda oración se eleve sobre la fe de esta palabra divina: «¡Cuánto más dará vuestro Padre celestial buenas dádivas a los que le pidan!».

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Bendito Señor! Tú sabes que esta, aunque sea una de las primeras, más sencillas y más gloriosas lecciones de tu escuela, es para nuestro corazón una de las más difíciles de aprender: tan poco sabemos del amor del Padre. ¡Señor!, enséñanos a vivir de tal modo con el Padre que su amor nos sea más cercano, más claro, más querido que el amor de cualquier padre terrenal. Y haz que la seguridad de que Él escucha nuestra oración sea tanto mayor que la confianza en un padre terrenal, cuanto los cielos son más altos que la tierra, cuanto Dios es infinitamente mayor que el hombre. ¡Señor!, muéstranos que es solo nuestra distancia poco filial del Padre lo que estorba la respuesta a la oración, y llévanos a la verdadera vida de los hijos de Dios. ¡Señor Jesús!, es el amor paternal el que despierta la confianza filial. Oh, revélanos al Padre, y su tierno y compasivo amor, para que lleguemos a ser como niños, y experimentemos cómo en la vida de hijo reside el poder de la oración.

¡Bendito Hijo de Dios! El Padre te ama y te ha dado todas las cosas. Y tú amas al Padre, y has hecho todo lo que Él te mandó, y por eso tienes el poder de pedir todas las cosas. ¡Señor!, danos tu propio Espíritu, el Espíritu del Hijo. Haznos como niños, como tú lo fuiste en la tierra. Y haz que toda oración sea exhalada en la fe de que, así como el cielo es más alto que la tierra, así el amor paternal de Dios y su prontitud para darnos lo que pedimos sobrepasan todo cuanto podemos pensar o concebir. Amén.

NOTA.

«Vuestro Padre que está en los cielos.» ¡Ay! Hablamos de ello solo como la expresión de un homenaje reverente. Lo tenemos por una figura tomada de la vida terrenal, y que solo en un sentido tenue y superficial ha de aplicarse a Dios. Tenemos miedo de tomar a Dios como nuestro propio padre tierno y compasivo. Es un maestro de escuela, o casi más lejano aún que eso, y que sabe menos de nosotros: un inspector, que nada sabe de nosotros sino a través de nuestras lecciones. Sus ojos no están puestos en el alumno, sino en el libro, y todos por igual han de alcanzar el nivel exigido.

Ahora abra los oídos del corazón, tímido hijo de Dios; deje que descienda hasta lo más hondo del alma. Aquí está el punto de partida de la santidad: en el amor, la paciencia y la compasión de nuestro Padre celestial. No hemos de aprender a ser santos como una lección difícil en la escuela, para que Dios piense bien de nosotros; hemos de aprenderlo en casa, con el Padre para ayudarnos. Dios lo ama a usted no porque sea listo, no porque sea bueno, sino porque Él es su Padre. La cruz de Cristo no hace que Dios nos ame; es el fruto y la medida de su amor hacia nosotros. Él ama a todos sus hijos, al más torpe, al más lerdo, al peor de sus hijos. Su amor está detrás de todo, y hemos de asentarnos sobre él como el fundamento sólido de nuestra vida religiosa, no creciendo hacia él, sino creciendo a partir de él. Hemos de comenzar allí, o nuestro comienzo quedará en nada. Aférrese a esto con todas sus fuerzas. Hemos de salir de nosotros mismos para tener toda esperanza, toda fuerza, toda confianza. ¡Y qué esperanza, qué fuerza, qué confianza pueden ser nuestras ahora que comenzamos aquí, su Padre que está en los cielos!

Necesitamos penetrar en la ternura y la ayuda que encierran estas palabras, y descansar en ellas: su Padre. Repítalas usted para sí mismo hasta que algo de esta maravillosa verdad sea sentido por nosotros. Significa que estoy unido a Dios por la relación más estrecha y más tierna; que tengo derecho a su amor, a su poder y a su bendición, como ninguna otra cosa podría dármelo. ¡Oh, la osadía con que podemos acercarnos! ¡Oh, las grandes cosas que tenemos derecho a pedir! Su Padre. Significa que todo su infinito amor, su paciencia y su sabiduría se inclinan sobre mí para ayudarme. En esta relación reside no solo la posibilidad de la santidad; hay infinitamente más que eso.

Aquí hemos de comenzar, en el amor paciente de nuestro Padre. Piense cómo Él nos conoce uno por uno y por nosotros mismos, en todas nuestras particularidades, y en todas nuestras debilidades y dificultades. El maestro juzga por el resultado, pero nuestro Padre juzga por el esfuerzo. El fracaso no siempre significa culpa. Él sabe cuánto cuestan las cosas, y las pesa donde otros solo las miden. SU PADRE. Piense cuánto aprecia su amor los pobres comienzos de los pequeños, por torpes y sin sentido que resulten para otros. Todo esto reside en esta bendita relación, e infinitamente más. No tema tomarlo todo como suyo.

De Pensamientos sobre la santidad, por Mark Guy Pearse. Lo que tan hermosamente se dice del conocimiento de la Paternidad de Dios como punto de partida de la santidad no es menos cierto de la oración.

Página 1 / 1 · 12 min restantes en el capítulo