Con Cristo en la escuela de oración
Nuestra confianza en la oración

Capítulo 30 · 14 min de lectura

Nuestra confianza en la oración

«Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye, en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos pedido».—1 Juan 5:14-15.

UNO de los mayores obstáculos para la oración creyente es, para muchos, sin duda, este: no saben si lo que piden es conforme a la voluntad de Dios. Mientras permanecen en duda sobre este punto, no pueden tener la confianza de pedir con la seguridad de que ciertamente recibirán. Y pronto empiezan a pensar que, una vez que han dado a conocer sus peticiones y no reciben respuesta, lo mejor es dejar que Dios haga conforme a Su buen agrado. Las palabras de Juan, «Si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye», tal como ellos las entienden, hacen imposible la certeza en cuanto a la respuesta a la oración, porque no pueden estar seguros de cuál pueda ser realmente la voluntad de Dios. Piensan en la voluntad de Dios como en Su consejo oculto: ¿cómo podría el hombre sondear cuál pueda ser realmente el propósito del Dios sumamente sabio?

Esto es exactamente lo contrario de lo que Juan pretendía al escribir así. Él quiso despertarnos a la confianza, a la certidumbre, a la plena seguridad de la fe en la oración. Dice: «Esta es la confianza que tenemos en Él,» para que podamos decir: ¡Padre! Tú sabes, y yo sé, que pido conforme a Tu voluntad: sé que me oyes. «Esta es la confianza: que si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye». Por esto añade en seguida: «Si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos,» mediante esta fe, que tenemos», que ahora, mientras oramos, recibimos «la petición», las cosas concretas, «que le hemos pedido». Juan da por sentado que, cuando oramos, primero averiguamos si nuestras oraciones son conforme a la voluntad de Dios. Pueden ser conforme a la voluntad de Dios y, sin embargo, no venir de inmediato, ni sin la perseverante oración de fe. Es para darnos ánimo a perseverar así y a ser fuertes en la fe que Él nos dice: esto nos da confianza o certidumbre en la oración; si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Es evidente que, si para nosotros es cuestión de incertidumbre si nuestras peticiones son conforme a Su voluntad, no podemos tener el consuelo de lo que Él dice: «Sabemos que tenemos las peticiones que le hemos pedido».

Pero justamente aquí está la dificultad. Más de un creyente dice: «No sé si lo que deseo es conforme a la voluntad de Dios. La voluntad de Dios es el propósito de Su infinita sabiduría: me es imposible saber si acaso no considere mejor para mí alguna otra cosa que la que deseo, o si acaso no tenga alguna razón para retener lo que pido». Cualquiera advierte cómo, con tales pensamientos, la oración de fe —de la cual dijo Jesús: «Todo aquel que crea que lo que dice sucederá, tendrá todo lo que diga»— se vuelve algo imposible. Puede haber oración de sumisión y de confianza en la sabiduría de Dios; no puede haber oración de fe. El gran error aquí es que los hijos de Dios no creen de veras que sea posible conocer la voluntad de Dios. O, si lo creen, no se toman el tiempo ni el trabajo de averiguarla. Lo que necesitamos es ver con claridad de qué manera lleva el Padre a Su hijo que espera y se deja enseñar a conocer que su petición es conforme a Su voluntad. Es mediante la santa palabra de Dios, recibida y guardada en el corazón, la vida, la voluntad; y mediante el Espíritu Santo de Dios, aceptado en Su morada interior y en Su dirección, que aprenderemos a conocer que nuestras peticiones son conforme a Su voluntad.

Mediante la palabra. Hay una voluntad secreta de Dios, con la cual muchas veces tememos que nuestras oraciones estén en desacuerdo. No es con esta voluntad de Dios, sino con Su voluntad revelada en Su palabra, con lo que tenemos que ver en la oración. Nuestras ideas de lo que la voluntad secreta pueda haber decretado, y de cómo podría hacer imposibles las respuestas a nuestras oraciones, son en su mayoría muy erróneas. La fe de niño en cuanto a lo que Él está dispuesto a hacer por Sus hijos se atiene sencillamente a la seguridad del Padre: que es Su voluntad oír la oración y hacer lo que la fe en Su palabra desea y acepta. En la palabra, el Padre ha revelado en promesas generales los grandes principios de Su voluntad para con Su pueblo. El hijo ha de tomar la promesa y aplicarla a las circunstancias concretas de su vida a las que ella se refiere. Todo lo que pida dentro de los límites de esa voluntad revelada, puede saber que es conforme a la voluntad de Dios, y puede esperarlo con confianza. En Su palabra, Dios nos ha dado la revelación de Su voluntad y de Sus planes con nosotros, con Su pueblo y con el mundo, con las más preciosas promesas de la gracia y el poder con que, por medio de Su pueblo, Él llevará a cabo Sus planes y hará Su obra. A medida que la fe se hace lo bastante fuerte y osada para reclamar el cumplimiento de la promesa general en el caso concreto, podemos tener la seguridad de que nuestras oraciones son oídas: son conforme a la voluntad de Dios. Tomemos las palabras de Juan en el versículo que sigue a nuestro texto como ilustración: «Si alguno ve a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida». Tal es la promesa general; y el creyente que suplica sobre la base de esta promesa ora conforme a la voluntad de Dios, y Juan le daría confianza para saber que tiene la petición que pide.

Pero esta percepción de la voluntad de Dios es algo espiritual, y ha de discernirse espiritualmente. No es como cuestión de lógica que podamos deducirla: Dios lo ha dicho; yo he de tenerlo. Ni tiene todo cristiano el mismo don o llamamiento. Si bien la voluntad general revelada en la promesa es la misma para todos, hay para cada uno una voluntad especial y distinta conforme al propósito de Dios. Y en esto está la sabiduría de los santos: en conocer esta voluntad especial de Dios para cada uno de nosotros, según la medida de gracia que se nos ha dado, y así pedir en oración precisamente lo que Dios ha preparado y hecho posible para cada cual. Es para comunicar esta sabiduría que el Espíritu Santo mora en nosotros. La aplicación personal de las promesas generales de la palabra a nuestras necesidades personales concretas—es para esto que se nos da la dirección del Espíritu Santo.

Es esta unión de la enseñanza de la palabra y del Espíritu lo que muchos no entienden, y por eso hay una doble dificultad en conocer cuál pueda ser la voluntad de Dios. Algunos buscan la voluntad de Dios en un sentimiento o convicción interior, y quisieran que el Espíritu los guiara sin la palabra. Otros la buscan en la palabra, sin la viva dirección del Espíritu Santo. Las dos deben unirse: solo en la palabra, solo en el Espíritu, pero en estos con toda certeza, podemos conocer la voluntad de Dios y aprender a orar conforme a ella. En el corazón, la palabra y el Espíritu han de encontrarse: solo por Su morada interior podemos experimentar su enseñanza. La palabra debe habitar, debe permanecer en nosotros: el corazón y la vida deben estar día tras día bajo su influencia. No de fuera, sino de dentro, viene la vivificación de la palabra por el Espíritu. Solo aquel que se entrega enteramente, en toda su vida, a la supremacía de la palabra y de la voluntad de Dios, puede esperar discernir en casos especiales lo que esa palabra y esa voluntad le permiten pedir con confianza. Y así como con la palabra, así también con el Espíritu: si quiero tener la dirección del Espíritu en la oración para que me asegure cuál es la voluntad de Dios, toda mi vida debe estar entregada a esa dirección; solo así pueden la mente y el corazón hacerse espirituales y capaces de conocer la santa voluntad de Dios. Es aquel que, mediante la palabra y el Espíritu, vive en la voluntad de Dios haciéndola, quien sabrá orar conforme a esa voluntad en la confianza de que Él nos oye.

¡Ojalá los cristianos vieran cuán incalculable es el daño que se hacen a sí mismos con el pensamiento de que, porque acaso su oración no sea conforme a la voluntad de Dios, deben conformarse sin respuesta! La palabra de Dios nos dice que la gran razón de la oración sin respuesta es que no oramos bien: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal». Al no conceder respuesta, el Padre nos dice que hay algo defectuoso en nuestro modo de orar. Quiere enseñarnos a descubrirlo y confesarlo, y así educarnos para la verdadera oración creyente y prevaleciente. Solo puede alcanzar Su objetivo cuando nos lleva a ver que la culpa de que se retenga la respuesta es nuestra; que nuestro fin, o nuestra fe, o nuestra vida no es lo que debiera ser. Pero este propósito de Dios queda frustrado mientras nos contentamos con decir: Quizá es porque mi oración no es conforme a Su voluntad que Él no me oye. Oh, no echemos ya la culpa de nuestras oraciones sin respuesta sobre la voluntad secreta de Dios, sino sobre nuestro orar mal. Que aquella palabra, «No recibís porque pedís mal», sea como la lámpara del Señor que escudriña el corazón y la vida, para probar que somos, en efecto, de aquellos a quienes Cristo dio Sus promesas de respuestas ciertas. Creamos que podemos saber si nuestra oración es conforme a la voluntad de Dios. Entreguemos nuestro corazón para que la palabra del Padre habite ricamente en él, para que la palabra de Cristo permanezca en nosotros. Vivamos día tras día con la unción que nos enseña todas las cosas. Entreguémonos sin reservas al Espíritu Santo mientras Él nos enseña a permanecer en Cristo, a morar en la presencia del Padre, y pronto entenderemos cómo el amor del Padre anhela que el hijo conozca Su voluntad y, en la confianza de que esa voluntad incluye todo lo que Su poder y Su amor han prometido hacer, sepa también que Él oye las peticiones que le pedimos. «Esta es la confianza que tenemos: que si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye».

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR».

¡Bendito Maestro! Con todo mi corazón te doy gracias por esta bendita lección: que el camino hacia una vida llena de respuestas a la oración pasa por la voluntad de Dios. ¡Señor! Enséñame a conocer esta bendita voluntad viviéndola, amándola y haciéndola siempre. Así aprenderé a ofrecer oraciones conforme a esa voluntad, y a hallar, en su armonía con la bendita voluntad de Dios, mi confianza en la oración y mi certidumbre al aceptar la respuesta.

¡Padre! es Tu voluntad que Tu hijo goce de Tu presencia y Tu bendición. Es Tu voluntad que todo en la vida de Tu hijo esté conforme a Tu voluntad, y que el Espíritu Santo obre esto en él. Es Tu voluntad que Tu hijo viva en la experiencia diaria de respuestas concretas a la oración, para gozar de una comunión viva y directa contigo. Es Tu voluntad que Tu Nombre sea glorificado en Tus hijos y por medio de ellos, y que así sea en quienes confían en ti. ¡Oh Padre mío! sea esta voluntad Tuya mi confianza en todo lo que pido.

¡Bendito Salvador! Enséñame a creer en la gloria de esta voluntad. Esa voluntad es el amor eterno, que con poder divino realiza su propósito en cada voluntad humana que se le entrega. ¡Señor! Enséñame esto. Tú puedes hacerme ver cómo cada promesa y cada mandamiento de la palabra es, en efecto, la voluntad de Dios, y que su cumplimiento me lo garantiza Dios mismo. Que así la voluntad de Dios llegue a ser para mí la roca firme sobre la cual descansen siempre mi oración y mi seguridad de una respuesta. Amén.

NOTA.

A menudo hay gran confusión en cuanto a la voluntad de Dios. La gente piensa que lo que Dios quiere debe suceder inevitablemente. En modo alguno es así. Dios quiere gran cantidad de bendición para Su pueblo, que nunca llega hasta ellos. La quiere con todo empeño, pero ellos no la quieren, y no puede llegarles. Este es el gran misterio de la creación del hombre con libre albedrío, y también de la renovación de su voluntad en la redención: que Dios ha hecho que la ejecución de Su voluntad, en muchas cosas, dependa de la voluntad del hombre. De la voluntad de Dios revelada en Sus promesas, se cumplirá tanto cuanto acepte nuestra fe. La oración es el poder por el cual llega a suceder lo que de otro modo no tendría lugar. Y la fe, el poder por el cual se decide cuánto de la voluntad de Dios se hará en nosotros. Una vez que Dios revela a un alma lo que está dispuesto a hacer por ella, la responsabilidad de la ejecución de esa voluntad recae sobre nosotros.

Algunos temen que esto sea poner demasiado poder en manos del hombre. Pero todo poder es puesto en manos del hombre en Cristo Jesús. La llave de toda oración y de todo poder es Suya, y cuando aprendamos a entender que Él está tanto con nosotros como con el Padre, y que también nosotros somos uno con Él tanto como Él con el Padre, veremos cuán natural, justo y seguro es que a quienes permanecen en Él como Él en el Padre se les dé semejante poder. Es Cristo el Hijo quien tiene el derecho de pedir lo que quiere: es mediante el permanecer en Él, y el permanecer Él en nosotros (en una realidad divina que percibimos demasiado poco), que Su Espíritu respira en nosotros lo que Él quiere pedir y obtener por medio de nosotros. Oramos en Su Nombre: las oraciones son realmente nuestras y no menos realmente Suyas.

Otros, además, temen que creer que la oración tenga semejante poder sea limitar la libertad y el amor de Dios. Oh, si tan solo supiéramos cómo limitamos Su libertad y Su amor al no permitirle obrar del único modo en que Él elige obrar, ahora que nos ha tomado en comunión consigo mismo—por medio de nuestras oraciones y de nuestra fe. Un hermano en el ministerio preguntó una vez, mientras hablábamos de este tema, si no habría peligro de pensar que nuestro amor por las almas y nuestra disposición a verlas bendecidas hubieran de mover el amor de Dios y Su disposición a bendecirlas. Pasábamos justamente junto a unas grandes cañerías de agua, por las cuales se conducía el agua por montes y valles desde un gran arroyo de la montaña hasta una ciudad situada a cierta distancia. Mira estas cañerías, fue la respuesta; no hicieron que el agua quisiera fluir cuesta abajo desde los montes, ni le dieron su poder de bendición y refrigerio: esta es su misma naturaleza. Todo lo que podían hacer era decidir su dirección: por ellas los habitantes de la ciudad dijeron que querían allí la bendición. Y así también, es la misma naturaleza de Dios amar y bendecir. Hacia abajo, y siempre hacia abajo, anhela venir Su amor con sus corrientes vivificantes y refrescantes. Pero ha dejado a la oración el decir dónde ha de venir la bendición. Ha encomendado a Su pueblo creyente el llevar el agua viva a los lugares desiertos: la voluntad de Dios de bendecir depende de la voluntad del hombre de decir dónde ha de descender la bendición. «Tal honra tienen todos Sus santos». «Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye, en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos pedido».

1Véase esto ilustrado en los extractos de George Müller al final de este volumen.

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