Con Cristo en la escuela de oración
El Espíritu Santo y la oración

Capítulo 26 · 11 min de lectura

El Espíritu Santo y la oración

«En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo: todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama.»—Juan 16:23-26.

«Orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios.»—Judas 20-21.

LAS palabras de Juan (1 Juan 2:12-14) a los hijitos, a los jóvenes y a los padres sugieren la idea de que en la vida cristiana suele haber tres grandes etapas de experiencia. La primera, la del niño recién nacido, con la seguridad y el gozo del perdón. La segunda, la etapa de transición, de lucha y de crecimiento en conocimiento y en fuerza: jóvenes que se van fortaleciendo, en quienes la palabra de Dios hace su obra y les da la victoria sobre el Maligno. Y luego la etapa final de madurez y plenitud: los padres, que han entrado profundamente en el conocimiento y la comunión del Eterno.

En la enseñanza de Cristo sobre la oración parecen darse tres etapas en la vida de oración, algo análogas. En el Sermón del Monte tenemos la etapa inicial: toda su enseñanza se resume en una sola palabra: Padre. Orad a vuestro Padre; vuestro Padre ve, oye, conoce y recompensará: ¡cuánto más que cualquier padre terrenal! Basta con ser como niños y confiados. Luego viene, más adelante, algo semejante a la etapa de transición, de conflicto y de conquista, en palabras como estas: «Este género no sale sino con oración y ayuno»; «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?». Y después tenemos, en las palabras de despedida, una etapa más alta. Los niños se han hecho hombres: ahora son los amigos del Maestro, de quienes él no tiene secretos, a quienes dice: «todo lo que aprendí de mi Padre os lo he dado a conocer»; y a quienes, en el repetido «lo que queráis», entrega las llaves del reino. Ha llegado ahora el momento de que se pruebe el poder de la oración en su nombre.

El contraste entre esta etapa final y las anteriores, las preparatorias, lo marca nuestro Salvador con toda claridad en las palabras que hemos de meditar: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre»; «En aquel día pediréis en mi nombre. » Sabemos lo que significa «en aquel día». Es el día del derramamiento del Espíritu Santo. La gran obra que Cristo había de realizar en la cruz, el poder inmenso y la victoria completa que habían de manifestarse en su resurrección y ascensión, habían de desembocar en el descenso desde el cielo, como nunca antes, de la gloria de Dios para morar en los hombres. El Espíritu de Jesús glorificado había de venir y ser la vida de sus discípulos. Y una de las señales de aquella maravillosa dispensación del Espíritu había de ser un poder en la oración hasta entonces desconocido: la oración en el nombre de Jesús, pidiendo y obteniendo todo lo que quisieran, ha de ser la manifestación de la realidad de la presencia interior del Espíritu.

Para comprender cómo la venida del Espíritu Santo había de inaugurar, en verdad, una nueva era en el mundo de la oración, debemos recordar quién es él, cuál es su obra y qué significa el que no fuera dado hasta que Jesús fue glorificado. Es en el Espíritu como Dios existe, porque él es Espíritu. Es en el Espíritu como el Hijo fue engendrado del Padre; es en la comunión del Espíritu como el Padre y el Hijo son uno. El eterno e incesante darse al Hijo, que es la prerrogativa del Padre, y el eterno pedir y recibir, que es el derecho y la bienaventuranza del Hijo: es por medio del Espíritu como se mantiene esta comunión de vida y de amor. Así ha sido desde toda la eternidad. Y así es de manera especial ahora, cuando el Hijo, como Mediador, vive siempre para interceder. La gran obra que Jesús comenzó en la tierra, la de reconciliar en su propio cuerpo a Dios y al hombre, la prosigue en el cielo. Para llevarla a cabo tomó sobre su propia persona el conflicto entre la justicia de Dios y nuestro pecado. En la cruz puso fin, de una vez para siempre, a esa lucha en su propio cuerpo. Y luego ascendió al cielo, para desde allí realizar en cada miembro de su cuerpo la liberación y manifestar la victoria que había obtenido. Para hacer esto vive siempre para interceder; en su incesante intercesión se pone en viva comunión con la oración incesante de sus redimidos. O más bien, es su incesante intercesión la que se manifiesta en las oraciones de ellos y les da un poder que nunca antes tuvieron.

Y esto lo hace por medio del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús glorificado, no existía (Juan 7:39), no podía existir, hasta que él hubiera sido glorificado. Este don del Padre era algo característicamente nuevo, enteramente distinto de lo que los santos del Antiguo Testamento habían conocido. La obra que la sangre efectuó en el cielo cuando Cristo entró tras el velo era algo tan verdadero y tan nuevo; la redención de nuestra naturaleza humana hasta llevarla a la comunión con el poder de su resurrección y la gloria de su exaltación era tan intensamente real; la elevación de nuestra humanidad en Cristo a la vida del Dios Trino y Uno era un acontecimiento de tan inconcebible trascendencia, que el Espíritu Santo, que había de venir de la humanidad exaltada de Cristo para dar testimonio en nuestros corazones de lo que Cristo había realizado, ya no era, en efecto, solamente lo que había sido en el Antiguo Testamento. Era literalmente cierto que «aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús aún no había sido glorificado». Vino entonces por primera vez como el Espíritu de Jesús glorificado. Así como el Hijo, que desde la eternidad era Dios, había entrado en una nueva existencia como hombre y había vuelto al cielo con lo que antes no tenía, así también el bendito Espíritu, a quien el Hijo, en su ascensión, recibió del Padre (Hechos 2:33) en su humanidad glorificada, vino a nosotros con una vida nueva que antes no tenía para comunicar. Bajo el Antiguo Testamento se le invocaba como el Espíritu de Dios; en Pentecostés descendió como el Espíritu de Jesús glorificado, trayendo y comunicándonos el pleno fruto y poder de la redención consumada.

Es en la intercesión de Cristo donde se mantienen la continua eficacia y la aplicación de su redención. Y es por medio del Espíritu Santo que desciende de Cristo a nosotros como somos arrebatados a la gran corriente de sus oraciones que siempre ascienden. El Espíritu ora por nosotros sin palabras: en lo profundo de un corazón donde aun los pensamientos son a veces informes, el Espíritu nos toma consigo en el maravilloso fluir de la vida del Dios Trino y Uno. Por medio del Espíritu, las oraciones de Cristo llegan a ser nuestras, y las nuestras son hechas suyas: pedimos lo que queremos, y nos es dado. Entonces comprendemos por experiencia: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. En aquel día pediréis en mi nombre.»

¡Hermano! Lo que necesitamos para orar en el nombre de Cristo, para pedir de modo que recibamos y nuestro gozo sea cumplido, es el bautismo de este Espíritu Santo. Esto es más que el Espíritu de Dios bajo el Antiguo Testamento. Esto es más que el Espíritu de conversión y regeneración que los discípulos tenían antes de Pentecostés. Esto es más que el Espíritu con cierta medida de su influencia y de su obra. Esto es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús glorificado en el poder de su exaltación, que viene sobre nosotros como el Espíritu de Jesús que mora dentro, revelando al Hijo y al Padre en nuestro interior. (Juan 14:16-23.) Es cuando este Espíritu es el Espíritu no de nuestras horas de oración, sino de toda nuestra vida y de nuestro andar; cuando este Espíritu glorifica a Jesús en nosotros revelando la plenitud de su obra y haciéndonos enteramente uno con él y semejantes a él, cuando podemos orar en su nombre, porque somos en verdad uno con él. Entonces es cuando tenemos esa inmediatez de acceso al Padre de la que Jesús dice: «no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros». ¡Oh, necesitamos comprender y creer que estar llenos de este, el Espíritu del Glorificado, es la única necesidad del pueblo creyente de Dios! Entonces comprenderemos lo que es «con toda oración y súplica orando en todo tiempo en el Espíritu», y lo que es «orando en el Espíritu Santo, para conservarnos en el amor de Dios». «En aquel día pediréis en mi nombre.»

Y así, una vez más, llega la lección: lo que nuestra oración alcanza depende de lo que somos y de lo que es nuestra vida. Es el vivir en el nombre de Cristo lo que constituye el secreto de orar en el nombre de Cristo; el vivir en el Espíritu lo que capacita para orar en el Espíritu. Es el permanecer en Cristo lo que da el derecho y el poder de pedir lo que queramos: la medida de esa permanencia es la medida exacta del poder en la oración. Es el Espíritu que mora en nosotros el que ora, no siempre en palabras y pensamientos, sino en un aliento y en un ser más hondos que toda expresión. En la misma medida en que hay en nosotros del Espíritu de Cristo, hay oración verdadera. Nuestras vidas, nuestras vidas, ¡oh, que nuestras vidas estén llenas de Cristo y llenas de su Espíritu, y las promesas maravillosamente ilimitadas hechas a nuestra oración dejarán de parecernos extrañas! «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. En aquel día pediréis en mi nombre. De cierto, de cierto os digo: todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.»

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Oh Dios mío! Con santo temor me inclino delante de ti, el Trino y Uno. De nuevo he visto cómo el misterio de la oración es el misterio de la santa Trinidad. Adoro al Padre que siempre oye, y al Hijo que siempre vive para interceder, y al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, para elevarnos a la comunión de aquel bienaventurado e incesante pedir y recibir. Me inclino, Dios mío, en adoración reverente, delante de la infinita condescendencia que así, por medio del Espíritu Santo, nos toma a nosotros y a nuestras oraciones y nos introduce en la Vida Divina y en su comunión de amor.

¡Oh mi bendito Señor Jesús! Enséñame a comprender tu lección: que es el Espíritu que mora dentro, que fluye de ti y une a ti, quien es el Espíritu de la oración. Enséñame lo que es, como un vaso vacío y enteramente consagrado, entregarme a que él sea mi vida. Enséñame a honrarlo y a confiar en él, como Persona viva, para que dirija mi vida y mi oración. Enséñame, de manera especial en la oración, a esperar en santo silencio y a darle lugar para que respire dentro de mí su inefable intercesión. Y enséñame que por medio de él es posible orar sin cesar y orar sin desfallecer, porque él me hace partícipe de la intercesión que nunca cesa y nunca falla, en la cual tú, el Hijo, apareces delante del Padre. Sí, Señor, cumple en mí tu promesa: En aquel día pediréis en mi nombre. De cierto, de cierto os digo: todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dará.» Amén.

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NOTA.

La oración se ha comparado a menudo con la respiración: basta con llevar la comparación hasta el final para ver cuán maravilloso es el lugar que ocupa el Espíritu Santo. Con cada espiración expulsamos el aire impuro que pronto causaría nuestra muerte, y aspiramos de nuevo el aire fresco al que debemos la vida. Así exhalamos de nosotros, en la confesión los pecados, y en la oración las necesidades y los deseos de nuestro corazón. Y al aspirar de nuevo nuestro aliento, inhalamos el aire fresco de las promesas, y del amor, y de la vida de Dios en Cristo. Esto lo hacemos por medio del Espíritu Santo, que es el aliento de nuestra vida.

Y esto lo es porque él es el aliento de Dios. El Padre lo respira dentro de nosotros, para unirse a sí mismo con nuestra vida. Y luego, así como a cada espiración sigue de nuevo la inspiración o aspiración del aliento, así también Dios recoge de nuevo su aliento, y el Espíritu vuelve a él cargado con los deseos y las necesidades de nuestros corazones. Y de este modo el Espíritu Santo es el aliento de la vida de Dios y el aliento de la nueva vida en nosotros. Cuando Dios lo exhala, lo recibimos en respuesta a la oración; cuando lo respiramos de nuevo hacia él, sube a Dios cargado con nuestras súplicas. Como Espíritu de Dios, en quien el Padre y el Hijo son uno, y la intercesión del Hijo alcanza al Padre, él es para nosotros el Espíritu de la oración. La verdadera oración es la experiencia viva de la verdad de la santa Trinidad. La respiración del Espíritu, la intercesión del Hijo, la voluntad del Padre: estos tres se hacen uno en nosotros.

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