Capítulo 21 · 11 min de lectura
El fin supremo de la oración
«Voy al Padre. Y todo lo que pidiereis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.»—Juan 14:13.
PARA QUE el Padre sea glorificado en el Hijo: es para este fin que Jesús, en su trono en gloria, hará todo lo que pidamos en su nombre. Cada respuesta a la oración que Él da tendrá esto por objeto: cuando no haya perspectiva de alcanzar tal objeto, Él no responderá. Se sigue, como cosa natural, que esto debe ser para nosotros, como lo fue para Jesús, el elemento esencial de nuestras peticiones: la gloria del Padre debe ser la meta y el fin, el alma misma y la vida de nuestra oración.
Así fue con Jesús cuando estuvo en la tierra. «No busco mi propia honra; busco la honra del que me envió»; en tales palabras tenemos la nota dominante de su vida. En las primeras palabras de la oración sumosacerdotal Él la expresa: ¡Padre! Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti. «Yo te he glorificado en la tierra; glorifícame tú al lado tuyo.» El fundamento sobre el cual pide ser recibido en la gloria que tuvo con el Padre es doble: le ha glorificado en la tierra; le glorificará aún en el cielo. Lo que pide es solo para poder glorificar más al Padre. Es al entrar nosotros en simpatía con Jesús en este punto, y al agradarle haciendo de la gloria del Padre también nuestro principal objeto en la oración, que nuestra oración no puede dejar de tener respuesta. No hay nada de lo cual el Hijo amado haya dicho más claramente que glorificará al Padre que esto: que Él haga lo que pedimos; por tanto, no dejará pasar ninguna oportunidad de asegurar este objeto. Hagamos nuestro su propósito: que la gloria del Padre sea el vínculo entre nuestro pedir y su hacer; tal oración ha de prevalecer.
Esta palabra de Jesús viene en verdad como espada aguda de dos filos, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, y pronta para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón. Jesús, en sus oraciones en la tierra, en su intercesión en el cielo, en su promesa de una respuesta a nuestras oraciones desde allí, hace de esto su primer objeto: la gloria de su Padre. ¿Es así también con nosotros? ¿O no son, en gran medida, el propio interés y la propia voluntad los motivos más fuertes que nos impulsan a orar? O, si no alcanzamos a ver que este es el caso, ¿no hemos de reconocer que el anhelo distinto y consciente por la gloria del Padre no es lo que anima nuestras oraciones? Y sin embargo así debe ser.
No es que el creyente no lo desee a veces. Pero ha de lamentar que tan poco lo ha alcanzado. Y conoce también la razón de su fracaso. Fue porque la separación entre el espíritu de la vida diaria y el espíritu de la hora de la oración era demasiado grande. Comenzamos a ver que el deseo por la gloria del Padre no es algo que podamos despertar y presentar a nuestro Señor cuando nos preparamos para orar. ¡No! Es solo cuando toda la vida, en todas sus partes, se entrega a la gloria de Dios, que podemos de veras orar también para su gloria. «Haced todo para la gloria de Dios», y «Pedid todo para la gloria de Dios»: estos dos mandamientos gemelos son inseparables; la obediencia al primero es el secreto de la gracia para el segundo. Una vida para la gloria de Dios es la condición de las oraciones que Jesús puede responder: «para que el Padre sea glorificado».
Esta exigencia en relación con la oración que prevalece —que ha de ser para la gloria de Dios— no es sino justa y natural. No hay ninguno glorioso sino el Señor; no hay más gloria que la suya, y la que Él pone sobre sus criaturas. La creación existe para manifestar su gloria; todo lo que no es para su gloria es pecado, y tinieblas, y muerte: solo en el glorificar a Dios pueden las criaturas hallar gloria. Lo que el Hijo del Hombre hizo —darse a sí mismo por entero, toda su vida, para glorificar al Padre— no es sino el sencillo deber de todo redimido. Y la recompensa de Cristo será también la suya. Porque Él se dio tan enteramente a la gloria del Padre, el Padre le coronó de gloria y honra, poniendo el reino en sus manos, con el poder de pedir lo que quisiere y, como Intercesor, de responder nuestras oraciones. Y en la medida en que lleguemos a ser uno con Cristo en esto, y en que nuestra oración sea parte de una vida enteramente rendida a la gloria de Dios, podrá el Salvador glorificar al Padre ante nosotros mediante el cumplimiento de la promesa: «Todo lo que pidiereis, yo lo haré».
A tal vida, con la gloria de Dios por única meta, no podemos llegar por ningún esfuerzo propio. Solo en el hombre Cristo Jesús se ha de ver semejante vida: en Él se halla para nosotros. ¡Sí, bendito sea Dios! Su vida es nuestra vida; Él se dio a sí mismo por nosotros; Él mismo es ahora nuestra vida. El descubrimiento, y la confesión, y la negación del yo, como usurpador del lugar de Dios, de la búsqueda de sí y de la confianza en sí, es esencial, y sin embargo es lo que no podemos lograr con nuestras propias fuerzas. Es la entrada y la morada, la Presencia y el Gobierno en el corazón, de nuestro Señor Jesús, quien glorificó al Padre en la tierra y ahora es glorificado con Él, para que desde allí le glorifique en nosotros; es Jesús mismo, al entrar, quien puede echar fuera toda glorificación propia y darnos en su lugar su propia vida y Espíritu que glorifican a Dios. Es Jesús, quien anhela glorificar al Padre al oír nuestras oraciones, quien nos enseñará a vivir y a orar para la gloria de Dios.
¿Y qué motivo, qué poder hay que pueda mover nuestros corazones perezosos a entregarse a nuestro Señor para que obre esto en nosotros? Ciertamente no se necesita nada más que ver cuán glorioso, cuán único digno de gloria es el Padre. Que nuestra fe aprenda, en adoración reverente, a inclinarse ante Él, a atribuirle solo a Él el reino, y el poder, y la gloria, a entregarnos a morar en su luz como el siempre bendito, siempre amante. Ciertamente seremos movidos a decir: «A Él solo sea la gloria». Y miraremos a nuestro Señor Jesús con nueva intensidad de deseo por una vida que rehúsa ver o buscar otra cosa que la gloria de Dios. Cuando hay muy poca oración que pueda ser respondida, el Padre no es glorificado. Es un deber, para la gloria de Dios, vivir y orar de modo que nuestra oración pueda ser respondida. Por amor a la gloria de Dios, aprendamos a orar bien.
Qué pensamiento humillante es que tan a menudo hay oración ferviente por un hijo o un amigo, por una obra o un círculo, en la cual el pensamiento de nuestro gozo o de nuestro placer era mucho más fuerte que cualquier anhelo por la gloria de Dios. No es de extrañar que haya tantas oraciones sin respuesta: aquí tenemos el secreto. Dios no sería glorificado cuando esa gloria no era nuestro objeto. El que quiera orar la oración de fe tendrá que entregarse a vivir literalmente de modo que el Padre en todas las cosas sea glorificado en él. Este debe ser su propósito: sin esto no puede haber oración de fe. «¿Cómo podéis creer», dijo Jesús, «cuando recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?». Todo buscar de nuestra propia gloria ante los hombres hace imposible la fe: es el profundo e intenso sacrificio de sí mismo, que renuncia a su propia gloria y busca solo la gloria de Dios, el que despierta en el alma esa susceptibilidad espiritual de lo Divino, que es la fe. La entrega a Dios para buscar su gloria, y la expectación de que Él mostrará su gloria al oírnos, son una sola cosa en su raíz: el que busca la gloria de Dios la verá en la respuesta a su oración, y solo él.
¿Y cómo, preguntamos de nuevo, la alcanzaremos? Comencemos con la confesión. ¡Cuán poco ha sido la gloria de Dios una pasión que todo lo absorbe; cuán poco han estado nuestras vidas y nuestras oraciones llenas de ella! ¡Cuán poco hemos vivido a la semejanza del Hijo, y en simpatía con Él, para Dios y su gloria solamente! Tomemos tiempo, hasta que el Espíritu Santo nos lo descubra, y veamos cuán faltos hemos estado en esto. El verdadero conocimiento y la confesión del pecado son el camino seguro a la liberación.
Y luego miremos a Jesús. En Él podemos ver por medio de qué muerte podemos glorificar a Dios. En la muerte le glorificó; por medio de la muerte fue glorificado con Él. Es muriendo, estando muertos al yo y viviendo para Dios, como podemos glorificarle. Y esto —esta muerte al yo, esta vida para la gloria de Dios— es lo que Jesús da y vive en cada uno que puede confiar en Él para ello. Que nada menos que esto —el deseo, la decisión de vivir solo para la gloria del Padre, tal como Cristo lo hizo; la aceptación de Él con su vida y su fuerza obrándolo en nosotros; la gozosa certeza de que podemos vivir para la gloria de Dios, porque Cristo vive en nosotros— sea el espíritu de nuestra vida diaria. Jesús sale por fiador de que vivamos así; el Espíritu Santo es dado, y espera para hacerlo nuestra experiencia, si tan solo confiamos y le dejamos; oh, no nos retraigamos por la incredulidad, sino tomemos con confianza como nuestra consigna: ¡Todo para la gloria de Dios! El Padre acepta la voluntad, el sacrificio le es agradable; el Espíritu Santo nos sellará por dentro con la conciencia de que estamos viviendo para Dios y su gloria.
Y entonces, ¡qué serena paz y poder habrá en nuestras oraciones, cuando nos sepamos, por su gracia, en perfecta armonía con Aquel que nos dice, al prometer hacer lo que pedimos: «Para que el Padre sea glorificado en el Hijo»! Con todo nuestro ser conscientemente rendido a la inspiración de la Palabra y del Espíritu, nuestros deseos ya no serán los nuestros, sino los suyos; su fin supremo, la gloria de Dios. Con creciente libertad podremos decir en la oración: ¡Padre! Tú sabes, lo pedimos solo para tu gloria. Y la condición de las respuestas a la oración, en lugar de ser como una montaña que no podemos escalar, solo nos dará mayor confianza de que seremos oídos, porque hemos visto que la oración no tiene belleza ni bendición más alta que esta: que glorifica al Padre. Y el precioso privilegio de la oración se volverá doblemente precioso, porque nos lleva a perfecta unión con el Hijo amado en la maravillosa alianza que Él propone: «Vosotros pedís, y yo hago, para que el Padre sea glorificado en el Hijo».
«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»
¡Bendito Señor Jesús! Vengo de nuevo a ti. Cada lección que me das me convence más profundamente de cuán poco sé orar como es debido. Pero cada lección también me inspira esperanza de que vas a enseñarme, de que me estás enseñando no solo a saber lo que la oración debe ser, sino de hecho a orar como debo. ¡Oh Señor mío! Miro con valor hacia ti, el gran Intercesor, que oraste y oyes la oración solo para que el Padre sea glorificado, para que me enseñes también a mí a vivir y a orar para la gloria de Dios.
¡Salvador! Para este fin me entrego a ti de nuevo. Quisiera ser nada. He entregado el yo, como ya crucificado contigo, a la muerte. Por medio del Espíritu, sus obras son mortificadas y hechas morir; tu vida y tu amor por el Padre van tomando posesión de mí. Un nuevo anhelo comienza a llenar mi alma: que cada día, cada hora, que en cada oración la gloria del Padre lo sea todo para mí. ¡Oh Señor mío! Estoy en tu escuela para aprender esto: enséñamelo tú.
Y tú, Dios de gloria, Padre de gloria, Dios mío y Padre mío, acepta el deseo de un hijo que ha visto que tu gloria es en verdad lo único por lo cual vale la pena vivir. ¡Oh Señor! Muéstrame tu gloria. Que me cubra con su sombra. Que llene el templo de mi corazón. Déjame morar en ella tal como se revela en Cristo. Y cumple tú mismo en mí tu propio buen agrado: que tu hijo halle su gloria en buscar la gloria de su Padre. Amén.
Véase en la nota sobre George Müller, al final de este volumen, cómo fue llevado a hacer de la gloria de Dios su primer objeto.
Capítulo 21 completado
El fin supremo de la oración