Con Cristo en la escuela de oración
Poder para orar y para trabajar

Capítulo 20 · 10 min de lectura

Poder para orar y para trabajar

«De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que estas hará, porque yo voy a mi Padre. Y todo lo que pidiereis en mi nombre, yo lo haré.»—Juan 14:12-13.

ASÍ como el Salvador abrió su ministerio público entre sus discípulos con el Sermón del Monte, así lo cierra con el Discurso de Despedida que Juan nos ha conservado. En ambos habla más de una vez sobre la oración, pero con una diferencia. En el Sermón del Monte lo hace como a discípulos que apenas acaban de entrar en su escuela, que apenas saben que Dios es su Padre, y cuya oración se refiere principalmente a sus necesidades personales. En su discurso de despedida habla a discípulos cuyo tiempo de formación ha llegado ya a su fin, y que están listos, como mensajeros suyos, para ocupar su lugar y continuar su obra. En el primero la lección principal es esta: sed como niños, orad con fe y confiad en que el Padre os dará todo buen don. Aquí él señala algo más alto: ahora son sus amigos, a quienes ha dado a conocer todo lo que ha oído del Padre; sus mensajeros, que han entrado en sus planes y en cuyas manos se ha de confiar el cuidado de su obra y de su reino en la tierra. Ahora han de salir a hacer sus obras y, en el poder de su exaltación cercana, aun obras mayores: la oración ha de ser ahora el canal por el cual ese poder se ha de recibir para su obra. Con la ascensión de Cristo al Padre comienza una nueva época, tanto para el obrar como para el orar de ellos.

Vea con cuánta claridad se manifiesta esta conexión en nuestro texto. Como cuerpo suyo aquí en la tierra, como quienes son uno con él en el cielo, ellos han de hacer ahora obras mayores que las que él había hecho; su éxito y sus victorias han de ser mayores que los suyos. Él menciona dos razones para esto. La una, porque él había de ir al Padre, para recibir todo poder; la otra, porque ellos podían ahora pedir y esperar todo en su nombre. «Porque yo voy al Padre, y—note bien esta conjunción—y, todo lo que pidiereis, yo lo haré.» Su ida al Padre traería así la doble bendición: ellos pedirían y recibirían todo en su nombre y, como consecuencia, harían las obras mayores. Esta primera mención de la oración en las palabras de despedida de nuestro Salvador nos enseña, pues, dos lecciones importantísimas. El que quiera hacer las obras de Jesús debe orar en su nombre. El que quiera orar en su nombre debe trabajar en su nombre.

El que quiera trabajar debe orar: es en la oración donde se obtiene el poder para la obra. El que por fe quiera hacer las obras que Jesús hizo debe orar en su nombre. Mientras Jesús estuvo aquí en la tierra, él mismo hacía las obras más grandes: los demonios que los discípulos no podían echar fuera huían ante su palabra. Cuando fue al Padre, ya no estaba aquí en el cuerpo para obrar directamente. Los discípulos eran ahora su cuerpo: toda su obra desde el trono del cielo, aquí en la tierra, debía y podía hacerse por medio de ellos. Se podría haber pensado que, ahora que él mismo dejaba la escena y solo podía obrar por medio de delegados, las obras serían menos y más débiles. Él nos asegura lo contrario: Verdaderamente, verdaderamente, os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aun mayores hará.» Su muerte cercana había de ser un verdadero quebrantamiento y fin del poder del pecado; con la resurrección, los poderes de la Vida Eterna habían de tomar tan verdaderamente posesión del cuerpo humano y de alcanzar tal supremacía sobre la vida humana; con su ascensión había de recibir el poder de comunicar el Espíritu Santo tan plenamente a los suyos; la unión, la unidad entre él en el trono y ellos en la tierra, había de ser tan intensa y divinamente perfecta, que lo dijo como verdad literal: «Aun mayores que estas hará, porque yo voy al Padre.» Y el resultado probó cuán cierto era. Mientras que Jesús, durante tres años de labor personal en la tierra, reunió poco más de quinientos discípulos, la mayoría de ellos tan débiles que apenas honraban su causa, a hombres como Pedro y Pablo les fue dado hacer, de manera manifiesta, cosas más grandes que las que él había hecho. Desde el trono pudo hacer por medio de ellos lo que él mismo, en su humillación, aún no podía hacer.

Pero hay una condición: «El que en mí cree, él hará mayores obras, porque yo voy al Padre; y todo lo que pidiereis en mi nombre, yo lo haré.» Su ida al Padre le daría un nuevo poder para oír la oración. Para hacer las obras mayores se necesitaban dos cosas: su ida al Padre para recibir todo poder, y nuestra oración en su nombre para recibir de nuevo de él todo poder. Al pedir él al Padre, recibe y nos concede el poder de la nueva dispensación para las obras mayores; al creer nosotros y pedir en su nombre, el poder viene y toma posesión de nosotros para hacer las obras mayores.

¡Ay! Cuánto obrar hay en la obra de Dios, en el cual poco o nada se ve del poder para hacer algo semejante a las obras de Cristo, y no digamos obras mayores. No puede haber sino una sola razón: el creer en él, la oración creyente en su nombre, es lo que tanto falta. Oh, que todo obrero y todo dirigente en la iglesia o en la escuela, en la labor de la filantropía en casa o de las misiones en el extranjero, aprenda esta lección: la oración en el nombre de Jesús es el camino para participar del gran poder que Jesús ha recibido del Padre para su pueblo, y solo en este poder puede el que cree hacer las obras mayores. A toda queja acerca de la debilidad o la incapacidad, acerca de las dificultades o la falta de éxito, Jesús da esta única respuesta: «El que cree en mí hará mayores obras, porque yo voy al Padre, y todo lo que pidiereis en mi nombre, yo lo haré.» Debemos entender que lo primero y principal para todo el que quiera hacer la obra de Jesús es creer, y así quedar unido a él, el Todopoderoso, y luego orar la oración de fe en su nombre. Sin esto, nuestra obra no es más que humana y carnal; puede tener alguna utilidad para refrenar el pecado o preparar el camino para la bendición, pero el poder verdadero falta. El obrar eficaz necesita primero la oración eficaz.

Y ahora la segunda lección: el que quiera orar debe trabajar. Es para tener poder en el trabajo que la oración tiene promesas tan grandes: es trabajando como se ha de ganar el poder para la oración eficaz de fe. En estas palabras de despedida de nuestro bendito Señor hallamos que él, no menos de seis veces (Juan 14:13, 14; 15:7, 16; 16:23, 24), repite aquellas promesas ilimitadas sobre la oración que tantas veces han despertado nuestras inquietas preguntas en cuanto a su verdadero sentido: «todo lo que», «cualquier cosa», «lo que queráis», «pedid, y recibiréis». ¡Cuántos creyentes han leído estas palabras con gozo y esperanza, y con profunda seriedad de alma han procurado alegarlas para su propia necesidad! Y han quedado defraudados. La sencilla razón era esta: habían arrancado la promesa de aquello que la rodeaba. El Señor dio la maravillosa promesa del libre uso de su nombre ante el Padre en relación con el hacer de sus obras. Es al discípulo que se entrega por entero a vivir para la obra y el reino de Jesús, para su voluntad y su honra, a quien le vendrá el poder para apropiarse la promesa. El que quisiera echar mano de la promesa cuando desea algo muy especial para sí mismo quedará defraudado, porque haría de Jesús el siervo de su propia comodidad. Pero a aquel que busca orar la oración eficaz de fe porque la necesita para la obra del Maestro, a él le será dado aprenderla, porque se ha hecho siervo de los intereses de su Señor. La oración no solo enseña y fortalece para trabajar: el trabajo enseña y fortalece para orar.

Esto está en perfecta armonía con lo que se cumple tanto en el mundo natural como en el espiritual. Al que tiene, le será dado; o bien: el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel. Con la pequeña medida de gracia ya recibida, entreguémonos al Maestro para su obra: el trabajo será para nosotros una verdadera escuela de oración. Fue cuando Moisés tuvo que hacerse cargo por completo de un pueblo rebelde que sintió la necesidad, pero también el valor, de hablar con osadía a Dios y de pedirle grandes cosas (Éxodo 33:12, 15, 18). A medida que usted se entrega enteramente a Dios para su obra, sentirá que nada menos que estas grandes promesas es lo que necesita, y que nada menos es lo que puede esperar con la mayor confianza.

¡Creyente en Jesús! Usted es llamado, usted es designado, para hacer las obras de Jesús, y aun obras mayores, porque él ha ido al Padre para recibir el poder de hacerlas en usted y por medio de usted.

Todo lo que pidiereis en mi nombre, eso yo lo haré. Entréguese, y viva, para hacer las obras de Cristo, y aprenderá a orar de modo que obtenga respuestas maravillosas a la oración. Entréguese, y viva, para orar, y aprenderá a hacer las obras que él hizo, y obras mayores. Con discípulos llenos de fe en él y osados en la oración para pedir grandes cosas, Cristo puede conquistar el mundo.

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Oh Señor mío! Hoy he oído de nuevo palabras tuyas que sobrepasan mi entendimiento. Y, sin embargo, no puedo hacer otra cosa que, con sencilla fe de niño, tomarlas y guardarlas como don tuyo también para mí. Tú has dicho que, en virtud de tu ida al Padre, el que cree en ti hará las obras que tú has hecho, y obras mayores. ¡Señor! Te adoro como el Glorificado, y espero el cumplimiento de tu promesa. Que toda mi vida sea solamente una de continuo creer en ti. Purifica y santifica así mi corazón, hazlo tan tiernamente sensible a ti mismo y a tu amor, que el creer en ti sea la vida misma que respire.

Y tú has dicho que, en virtud de tu ida al Padre, todo lo que pidamos, tú lo harás. Desde tu trono de poder harías que tu pueblo participara del poder que te ha sido dado, y obrarías por medio de ellos como miembros de tu cuerpo, en respuesta a sus oraciones creyentes en tu nombre. Poder en la oración contigo, y poder en la obra entre los hombres, es lo que has prometido a tu pueblo y a mí también.

¡Bendito Señor! Perdónanos por lo poco que te hemos creído a ti y a tu promesa, y por lo poco que hemos comprobado tu fidelidad al cumplirla. Oh, perdónanos por lo poco que hemos honrado tu nombre, que todo lo prevalece, en el cielo y en la tierra.

¡Señor! Enséñame a orar, para que yo pruebe que tu nombre en verdad todo lo prevalece ante Dios, ante los hombres y ante los demonios. Sí, enséñame a trabajar y a orar de tal modo que puedas glorificarte en mí como el Omnipotente, y hacer también por medio de mí tu gran obra. Amén.

Página 1 / 1 · 10 min restantes en el capítulo