Con Cristo en la escuela de oración
La oración debe ser concreta

Capítulo 11 · 9 min de lectura

La oración debe ser concreta

«Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga?»—Marcos 10:51; Lucas 18:41.

El ciego había estado clamando a gran voz, y mucho: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!» El clamor había llegado al oído del Señor; Él sabía lo que quería, y estaba dispuesto a concedérselo. Pero antes de hacerlo, le pregunta: «¿Qué quieres que te haga?» Quiere oír de sus propios labios no solo la petición general de misericordia, sino la expresión precisa de cuál era su deseo. Hasta que no lo declare, no es sanado.

Todavía hoy hay muchos suplicantes a quienes el Señor dirige la misma pregunta, y que no pueden recibir la ayuda que piden hasta que esta haya sido respondida. Nuestras oraciones no deben ser un vago recurso a su misericordia, un clamor indefinido por bendición, sino la expresión precisa de una necesidad concreta. No es que su corazón amoroso no entienda nuestro clamor, ni que no esté dispuesto a oír. Pero lo desea por nuestro propio bien. Semejante oración concreta nos enseña a conocer mejor nuestras propias necesidades. Exige tiempo, reflexión y examen de nosotros mismos para descubrir cuál es en verdad nuestra mayor necesidad. Nos escudriña y nos pone a prueba en cuanto a si nuestros deseos son honestos y reales, tales que estemos dispuestos a perseverar en ellos. Nos lleva a juzgar si nuestros deseos están conforme a la Palabra de Dios, y si de veras creemos que recibiremos las cosas que pedimos. Nos ayuda a esperar la respuesta particular, y a advertirla cuando llega.

Y, sin embargo, cuánta de nuestra oración es vaga y sin objeto. Algunos claman por misericordia, pero no se toman el trabajo de saber qué debe hacer por ellos la misericordia. Otros piden, quizá, ser librados del pecado, pero no comienzan por presentar por su nombre ningún pecado del cual pueda reclamarse la liberación. Otros aún oran por la bendición de Dios sobre quienes los rodean, por el derramamiento del Espíritu de Dios sobre su tierra o sobre el mundo, y sin embargo no tienen ningún campo particular donde esperen y aguarden ver la respuesta. A todos el Señor les dice: ¿Y qué es lo que ahora realmente quieres y esperas que yo haga? Todo cristiano tiene poderes limitados, y así como debe tener su propio campo de labor en el cual trabaja, así también con sus oraciones. Cada creyente tiene su propio círculo: su familia, sus amigos, sus vecinos. Si tomara a uno o más de ellos por su nombre, hallaría que esto lo introduce de veras en la escuela de formación de la fe, y lo lleva a un trato personal y preciso con su Dios. Es cuando en tales asuntos concretos hemos reclamado y recibido respuestas por la fe, que nuestras oraciones más generales serán creyentes y eficaces.

Todos sabemos con qué sorpresa el mundo civilizado entero se enteró del modo en que los bóeres del Transvaal repelieron a tropas adiestradas en Majuba. ¿Y a qué debieron su éxito? En los ejércitos de Europa el soldado dispara contra el enemigo apostado en grandes masas, y nunca piensa en buscar un blanco para cada bala. En la caza el bóer había aprendido una lección distinta: su ojo ejercitado sabía enviar cada bala en su mensaje particular, a buscar y hallar a su hombre. Semejante puntería debe ganar el día también en el mundo espiritual. Mientras en la oración no hagamos más que derramar nuestro corazón en una multitud de peticiones, sin tomarnos el tiempo de ver si cada petición se envía con el propósito y la expectación de obtener respuesta, no muchas darán en el blanco. Pero si, mientras en el silencio del alma nos inclinamos delante del Señor, nos hiciéramos preguntas como estas: ¿cuál es ahora realmente mi deseo?, ¿lo deseo con fe, esperando recibir?, ¿estoy ahora dispuesto a ponerlo y dejarlo en el seno del Padre?, ¿es cosa resuelta entre Dios y yo que he de tener la respuesta?, aprenderíamos a orar de tal modo que Dios viera y nosotros supiéramos lo que de veras esperamos.

Es por esto, entre otras razones, que el Señor nos advierte contra las vanas repeticiones de los gentiles, que piensan que por su mucha palabrería serán oídos. A menudo oímos oraciones de gran seriedad y fervor, en las que se derrama una multitud de peticiones, pero a las que el Salvador respondería sin duda: «¿Qué quieres que te haga?» Si estoy en tierra extraña, atendiendo los intereses del negocio que posee mi padre, ciertamente escribiría dos clases distintas de cartas. Habrá cartas familiares que den expresión a todo el trato al que impulsa el afecto; y habrá cartas de negocios, que contengan pedidos de lo que necesito. Y puede haber cartas en las que se hallen ambas cosas. Las respuestas corresponderán a las cartas. A cada frase de las cartas que contienen las noticias de familia no espero una respuesta especial. Pero por cada pedido que envío tengo la certeza de una respuesta sobre si el artículo deseado ha sido despachado. En nuestro trato con Dios no debe faltar el elemento de negocio. Junto con nuestra expresión de necesidad y de pecado, de amor y de fe y de consagración, debe estar la declaración precisa de lo que pedimos y esperamos recibir; es en la respuesta donde al Padre le agrada darnos la señal de su aprobación y aceptación.

Pero la palabra del Maestro nos enseña más. No dice: ¿Qué deseas?, sino: ¿Qué quieres? A menudo uno desea una cosa sin quererla. Deseo tener cierto artículo, pero encuentro el precio demasiado alto; resuelvo no tomarlo; lo deseo, pero no quiero tenerlo. El perezoso desea ser rico, pero no lo quiere. Muchos desean ser salvos, pero perecen porque no lo quieren. La voluntad gobierna todo el corazón y la vida; si de veras quiero tener algo que está a mi alcance, no descanso hasta tenerlo. Y así, cuando Jesús nos dice: «¿Qué quieres?», pregunta si es en verdad nuestro propósito tener lo que pedimos a cualquier precio, por grande que sea el sacrificio. ¿Lo quiere usted de veras a tal punto que, aunque Él lo demore mucho, no calla hasta que Él le oiga? ¡Ay! Cuántas oraciones son deseos, elevados por un breve tiempo y luego olvidados, o elevados año tras año como cuestión de deber, mientras nos contentamos con la oración sin la respuesta.

Pero podría preguntarse: ¿no es mejor dar a conocer nuestros deseos a Dios, y luego dejarle a Él decidir qué es lo mejor, sin pretender imponer nuestra voluntad? De ningún modo. La esencia misma de la oración de fe, en la que Jesús procuró adiestrar a sus discípulos, es que no solo da a conocer su deseo y luego deja la decisión a Dios. Esa sería la oración de sumisión, para los casos en que no podemos conocer la voluntad de Dios. Pero la oración de fe, hallando la voluntad de Dios en alguna promesa de la Palabra, la suplica hasta que llegue. En Mateo (9:28) leemos que Jesús dijo al ciego: «¿Creéis que puedo hacer esto?» Aquí, en Marcos, dice: «¿Qué quieres que te haga?» En ambos casos dijo que la fe los había salvado. Y así dijo también a la mujer sirofenicia: «Grande es tu fe; hágase contigo como quieres.» La fe no es sino el propósito de la voluntad que descansa en la palabra de Dios y dice: he de tenerlo. Creer de veras es querer con firmeza.

Pero ¿no está tal voluntad en pugna con nuestra dependencia de Dios y con nuestra sumisión a Él? De ningún modo; es más bien la verdadera sumisión la que honra a Dios. Solo cuando el hijo ha rendido su propia voluntad en entrega total al Padre, recibe del Padre la libertad y el poder de querer lo que desearía tener. Pero, una vez que el creyente ha aceptado la voluntad de Dios, tal como se revela por la Palabra y el Espíritu, como voluntad suya también, entonces es la voluntad de Dios que su hijo use esta voluntad renovada en su servicio. La voluntad es el poder más alto del alma; la gracia quiere ante todo santificar y restaurar esta voluntad, uno de los rasgos principales de la imagen de Dios, a su pleno y libre ejercicio. Como a un hijo que solo vive para los intereses de su padre, que no busca la voluntad propia sino la de su padre, el padre le confía su negocio, así Dios habla a su hijo en toda verdad: «¿Qué quieres?» A menudo es la pereza espiritual la que, bajo apariencia de humildad, profesa no tener voluntad, porque teme el trabajo de escudriñar la voluntad de Dios, o, una vez hallada, la lucha de reclamarla por la fe. La verdadera humildad siempre va acompañada de una fe fuerte, que solo busca conocer lo que es conforme a la voluntad de Dios, y entonces reclama con denuedo el cumplimiento de la promesa: «Pedid todo lo que queréis, y os será hecho.»

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Señor Jesús! Enséñame a orar con todo mi corazón y con todas mis fuerzas, para que no haya duda en Ti ni en mí acerca de lo que he pedido. Que llegue a saber de tal modo lo que deseo que, así como mis peticiones quedan registradas en el cielo, pueda registrarlas también en la tierra, y anotar cada respuesta cuando llega. Y que mi fe en lo que tu Palabra ha prometido sea tan clara que el Espíritu obre en verdad en mí la libertad de querer que ello venga. ¡Señor! Renueva, fortalece y santifica por entero mi voluntad para la obra de la oración eficaz.

¡Bendito Salvador! Te ruego que me reveles la maravillosa condescendencia que nos muestras, al pedirnos así que digamos qué queremos que hagas, y prometiendo hacer cuanto queramos. ¡Hijo de Dios! No puedo comprenderlo; solo puedo creer que en verdad nos has redimido por completo para Ti, y que procuras hacer de la voluntad, como nuestra parte más noble, tu servidor más eficaz. ¡Señor! Sin reserva alguna rindo mi voluntad a Ti, como el poder por el cual tu Espíritu ha de gobernar todo mi ser. Deja que Él tome posesión de ella, la conduzca a la verdad de tus promesas, y la haga tan fuerte en la oración que yo oiga siempre tu voz que dice: «Grande es tu fe; hágase contigo como quieres.» Amén.

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