Enraizados – 30 días con Dios para jóvenes – Libro 2
Día 4 — Los sabios adoran

Capítulo 5 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

Día 4 — Los sabios adoran

«Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y entrando en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.»

— Mateo 2:10–11

Muy lejos, allá en el oriente, unos hombres muy sabios y estudiosos, llamados magos, vieron una estrella especial en el cielo. Creyeron que significaba que había nacido un gran Rey. Así que prepararon sus cosas y emprendieron un viaje muy largo, que seguramente fue de cientos de kilómetros, para ir a buscarlo.

Cuando llegaron a Jerusalén, preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarlo». El malvado rey Herodes se enteró y se puso muy nervioso. ¡No quería que ninguna otra persona fuera rey!

Pero los magos siguieron buscando. La estrella iba delante de ellos y se detuvo sobre el lugar donde estaba Jesús. Para entonces, Jesús ya no era un recién nacido en un pesebre. Ahora era un niño pequeño que vivía en una casa con María y José.

Mira cómo reaccionaron los sabios: «Se regocijaron con muy grande gozo». ¡Habían hecho un viaje tan largo y, por fin, lo encontraron! Entonces estos hombres tan importantes y tan estudiados hicieron algo asombroso. «Postrándose, lo adoraron». Se inclinaron hasta el suelo ante un niño pequeño, porque sabían que él era el Rey.

Luego le dieron regalos: oro, incienso y mirra. Eran regalos caros y valiosos. Muchos cristianos han visto en ellos un significado especial. El oro es un regalo para un rey. El incienso se quemaba en la adoración a Dios. La mirra se usaba cuando alguien moría. Juntos, señalan quién es Jesús: el Rey, Dios mismo y el Salvador que moriría por nosotros.

Los sabios nos enseñan tres cosas sobre seguir a Jesús:

Búscalo. No se rindieron hasta encontrarlo.

Adóralo. Sabían que él merecía ser honrado.

Dale lo mejor que tienes. No le llevaron sobras. Le llevaron tesoros.

Seguramente tú no tienes oro para darle a Jesús. Pero puedes darle algo todavía más valioso: tu corazón, tu tiempo y toda tu vida.

Piénsalo: ¿Qué es lo mejor que le podrías dar a Jesús?

Inténtalo: Piensa en un «tesoro» que puedas darle a Jesús hoy: tu tiempo, tu amabilidad, un talento o algo tuyo que podría ayudar a otra persona. Y luego dáselo.

Querido Jesús, tú eres el Rey y mereces mi adoración. Como los sabios, ayúdame a buscarte hasta encontrarte. Ayúdame a darte lo mejor que tengo, y no lo que me sobra. Hoy te doy mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.

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