Capítulo 1 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
Creado para dirigir
El fundamento bíblico del liderazgo espiritual masculino
«Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó el Señor Dios al hombre, diciendo: “De todo árbol del huerto comerás; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”».
— Génesis 2:15–17 Para entender lo que Dios le pide a un hombre, tenemos que volver al principio. Antes de que Lamec introdujera la poligamia en Génesis 4, antes de la Caída, antes de que el pecado entrara en la historia humana, Dios diseñó un mundo, y diseñó a un hombre para que lo dirigiera.
Fíjate en cómo cuenta la historia la Biblia. En Génesis 1, el varón y la mujer son creados juntos, el mismo día, ambos a imagen de Dios y ambos con dominio sobre la tierra. Este es nuestro fundamento: el hombre y la mujer son iguales en dignidad, iguales en valor, iguales en cuanto portadores de la imagen de Dios. Ningún esposo debe tratar jamás a su esposa como inferior a él. Ningún padre debe tratar jamás a sus hijas como inferiores a sus hijos. En la imagen de Dios, somos iguales.
Pero en Génesis 2, Dios nos permite mirar más de cerca cómo ordenó a la primera familia, y aquí vemos algo importante. Dios formó primero a Adán. Puso a Adán en el huerto. Le dio a Adán el mandamiento acerca del árbol, antes incluso de que Eva fuera creada. Le encomendó a Adán la tarea de poner nombre a los animales. Luego dijo: «No es bueno que el hombre esté solo», e hizo a Eva del costado de Adán: no de su cabeza para gobernarlo, no de sus pies para ser pisoteada, sino de su costado para caminar a su lado.
De este orden, el apóstol Pablo saca una conclusión en el Nuevo Testamento. Escribiendo a Timoteo, dice: «Porque Adán fue formado primero, después Eva» (1 Timoteo 2:13). Pablo enseña que el diseño de Dios para el liderazgo masculino en el hogar y en la iglesia no tiene su raíz en la cultura, ni en el pecado, ni en quién es más grande o más fuerte, sino en la creación misma. Antes de la Caída, Dios ya le había dado al hombre una responsabilidad particular.
¿Y cuál era esa responsabilidad? El texto es claro. Adán fue puesto en el huerto «para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15). La palabra hebrea traducida «guardase» (shamar) significa vigilar, custodiar, proteger. Adán debía ser un trabajador y un centinela. Debía cultivar y proteger.
Este sigue siendo el llamado de todo hombre: edificar y guardar.
Ahora observa con atención lo que sucedió en Génesis 3. La serpiente se acercó a Eva. Ella escuchó. Tomó el fruto. Comió. Y entonces la Biblia dice algo en lo que muchos hombres nunca se han fijado: «dio también a su marido, que estaba con ella, y él comió» (Génesis 3:6).
¿Quién estaba con ella? Adán. ¿Dónde estaba él mientras la serpiente engañaba a su esposa?
Allí mismo, de pie a su lado. ¿Haciendo qué? Nada. Sin decir nada. Sin dirigir nada. Sin proteger nada.
Guardó silencio cuando debía hablar. Fue pasivo cuando debía actuar. Fue un cobarde cuando debía ser un hombre.
Hermanos, este es el primer pecado del liderazgo masculino, y sigue siendo nuestro fracaso más común. No que seamos demasiado agresivos, sino demasiado pasivos. No que dirijamos demasiado, sino demasiado poco. Nuestras esposas están siendo engañadas por las mentiras de este siglo, y nosotros estamos a su lado sin decir nada. Nuestros hijos están siendo discipulados por las redes sociales, por malas amistades y por peores maestros, y nosotros estamos sentados en el sofá deslizando el dedo por el teléfono. Nuestras iglesias se están debilitando por las concesiones, y nosotros callamos en la banca.
Y fíjate luego en lo que hizo Adán cuando Dios lo confrontó. Culpó a su esposa: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Génesis 3:12). Incluso culpó a Dios.
Un hombre pasivo se convierte en un hombre que culpa a otros. No asume la responsabilidad de su hogar, de su iglesia, de su pecado. Señala con el dedo a su esposa, a su jefe, al gobierno, a los misioneros, a cualquiera menos a sí mismo.
Pero observa esto de cerca. Cuando Dios vino a buscar en el huerto, ¿a quién llamó? «Y llamó el Señor Dios al hombre, y le dijo: “¿Dónde estás tú?”» (Génesis 3:9). Dios no llamó primero a Eva, aunque Eva pecó primero. Dios llamó a Adán. ¿Por qué? Porque Adán era la cabeza. Adán era quien había recibido el mandamiento. Adán era el responsable. De la misma manera, cuando el juicio cayó sobre la raza humana, Pablo nos dice que vino «por un hombre»: por Adán, no por Eva (Romanos 5:12). La mujer pecó primero, pero al hombre se le pidieron cuentas.
Esto es serio para nosotros, hermanos. Dios pide cuentas a los hombres por lo que sucede en sus hogares, en sus iglesias, en sus comunidades. No podemos escapar culpando a nuestras esposas. No podemos escapar culpando a nuestra cultura. No podemos escapar culpando a nuestros padres que no nos enseñaron. Hoy el Señor te pregunta a ti: «¿Dónde estás tú?».
Pero gracias a Dios, la historia de Adán no es la última palabra. La Biblia nos habla de un segundo Adán: el Señor Jesucristo. Donde el primer Adán fracasó, el postrer Adán triunfó (1 Corintios 15:45). Donde el primer Adán guardó silencio, Cristo habló la verdad. Donde el primer Adán se escondió, Cristo dio un paso al frente. Donde el primer Adán tomó de su esposa y la arruinó, Cristo se entregó a sí mismo por su Esposa para salvarla. Donde el primer Adán trajo muerte, Cristo trajo vida.
Todo hombre que confía en Jesús está unido al segundo Adán. Tu fracaso en el liderazgo no es el final de tu historia. La gracia de Cristo cubre tu cobardía, y el Espíritu de Cristo te da poder para dirigir. No diriges con tus propias fuerzas. Diriges con las suyas.
Así que escucha el llamado, hermano. Dios te creó para dirigir: no para dominar, no para oprimir, no para mandonear a tu esposa, no para golpear a tus hijos, sino para cultivar y para guardar. Para edificar espiritualmente a tu familia. Para velar por tu hogar. Para acudir primero a Dios antes de que el enemigo llegue a tu esposa. Para asumir la responsabilidad cuando las cosas salen mal. Para reflejar a Cristo.
Fuiste creado para esto. ¿Te levantarás?
Una oración
Padre, confieso que me he parecido más al primer Adán que al segundo. He guardado silencio cuando debía hablar. He sido pasivo cuando debía dirigir.
He culpado a otros por lo que tú me diste para llevar. Perdóname, Señor. Lávame en la sangre de Jesús, el segundo Adán, que triunfó donde yo fracasé. Lléname de tu Espíritu Santo, para que dirija mi hogar, mi iglesia y mi comunidad como tú me has llamado a hacerlo. Enséñame a cultivar lo que me has confiado. Enséñame a guardarlo. Y cuando vengas a buscarme, que ya no me encuentres escondido.
Heme aquí, Señor: envíame a mí. En el nombre de Jesucristo, amén.
Capítulo 1 completado
Creado para dirigir