Hombres de oración
Andrew Murray (1828 – 1917)

Capítulo 2 · 6 min de lectura

Andrew Murray (1828 – 1917)

¿Quién fue?

Andrew Murray nació el 9 de mayo de 1828 en Graaff Reinet, Sudáfrica, hijo de un misionero de la Iglesia Reformada Holandesa procedente de Escocia. Cuando tenía diez años, él y su hermano John fueron enviados a Escocia para estudiar, y allí recibieron la profunda influencia de predicadores de avivamiento como William Burns. Después estudiaron teología en la Universidad de Utrecht, en Holanda, donde resistieron el racionalismo de la época y formaron un pequeño grupo de oración al que, en son de burla, llamaban el «Club del Chocolate».

Ordenado en 1848, Murray recibió la enorme tarea de ser el único ministro de un territorio de 50.000 millas cuadradas en una remota región de Sudáfrica. Durante semanas seguidas cabalgaba para predicar a familias campesinas aisladas que hablaban holandés. Se casó con Emma Rutherford en 1856, y juntos tuvieron ocho hijos.

A lo largo de su extenso ministerio, Murray pastoreó iglesias en Bloemfontein, Worcester, Ciudad del Cabo y Wellington, y llegó a ser la figura central del avivamiento sudafricano de 1860. En 1879 perdió por completo la voz durante dos años a causa de una afección de la garganta, una temporada de sufrimiento que lo llevó más hondo en la oración y en el estudio de la Escritura. Tras una sanidad milagrosa en Londres en 1881, salió de aquella prueba con una dedicación a Dios aún más ferviente.

Durante las décadas que le quedaron de vida, Murray escribió más de 240 libros y folletos, entre ellos los clásicos imperecederos Permaneced en Cristo, Humildad y Con Cristo en la escuela de oración. Sus libros han sido traducidos a decenas de idiomas y siguen siendo leídos por millones de personas. Murió el 18 de enero de 1917, a los 88 años, después de haber moldeado la comprensión que la iglesia de todo el mundo tiene de la oración, del Espíritu Santo y de la vida cristiana más profunda con más hondura que casi cualquier otro escritor de su época.

Una gran respuesta a la oración

Durante más de treinta años, el padre de Murray había orado todos los viernes por la noche para que el avivamiento llegara a Sudáfrica. Leía a su familia relatos de avivamientos y luego se retiraba a su estudio para derramar su corazón delante de Dios. El hijo creció viéndolo, y desde la niñez se le infundió el hambre de avivamiento.

En mayo de 1860, Andrew Murray acababa de ser instalado como pastor en Worcester cuando se convocó una conferencia sobre el avivamiento. A medida que los predicadores hablaban de avivamientos en América y en Europa, la congregación comenzó a sentir hambre de Dios. Una noche, sin que nadie lo hubiera planeado, toda la congregación se puso espontáneamente a llorar y a clamar a Dios: cientos de voces a la vez, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, desbordando en oración y confesión.

Al principio Murray se resistió y pidió orden y silencio. Pero su padre se le acercó y le dijo: «Andrew, hijo mío, yo he anhelado tiempos como estos, que el Señor te ha concedido vivir a ti».

Murray comprendió que aquel era el avivamiento por el que su padre había orado durante tres décadas. Se rindió y abrazó lo que Dios estaba haciendo. El avivamiento se extendió por todo el país y dio fruto duradero: una respuesta directa a aquellos treinta años de oración fiel, callada y perseverante.

Más adelante, a la pérdida de la voz que Murray sufrió durante dos años le siguió también una respuesta espectacular a la oración.

Cuando fallaron todos los remedios médicos, viajó a Bethshan, una casa de fe en Londres, donde fue sanado por completo y al instante por medio de la oración y la fe. Nunca más volvió a padecer de la garganta, y siguió escribiendo y predicando durante otros treinta y seis años.

Escrituras clave

Juan 15:7 — «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho».

Romanos 8:26 — «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles».

Efesios 6:18 — «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu,

y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos».

Sus palabras sobre la oración

«La oración no es solamente venir a Dios para pedirle algo. Es, sobre todo, comunión con Dios y ser llevados bajo el poder de su santidad y de su amor, hasta que Él tome posesión de nosotros y selle toda nuestra naturaleza con la humildad de Cristo, que es el secreto de toda verdadera adoración».

«La oración no es monólogo, sino diálogo; la voz de Dios es su parte más esencial. Escuchar la voz de Dios es el secreto de la certeza de que Él escuchará la mía».

«El tiempo dedicado a la oración rendirá más que el dedicado al trabajo. Solo la oración da a la obra su valor y su éxito. La oración abre el camino para que Dios mismo haga su obra en nosotros y por medio de nosotros».

«El Espíritu Santo viene en respuesta a la oración creyente. La medida de la oración creyente y continua será la medida de la obra del Espíritu en la Iglesia».

«Nada revela tanto una vida espiritual defectuosa en un ministro o en una congregación como la falta de oración creyente e incesante. La oración es el pulso de la vida espiritual. Es el gran medio por el cual tanto los ministros como los laicos reciben la bendición y el poder del cielo».

La oración y la Palabra de Dios

«Muchos no entienden esta unión de la enseñanza de la Palabra y del Espíritu, y por eso hay una doble dificultad en conocer cuál pueda ser la voluntad de Dios. Algunos buscan la voluntad de Dios en un sentimiento o convicción interior, y quisieran que el Espíritu los guiara sin la Palabra. Otros la buscan en la Palabra, sin la dirección del Espíritu Santo. Las dos deben unirse —la Palabra y el Espíritu—, porque solo en ellas podemos conocer con toda certeza la voluntad de Dios y aprender a orar conforme a ella».

«La prontitud para creer implícitamente cada promesa, para obedecer sin vacilar cada mandamiento, para estar firmes, perfectos y completos en toda la voluntad de Dios, es el único verdadero espíritu del estudio de la Biblia».

La oración y el Espíritu Santo

«En toda oración el Dios trino toma parte: el Padre que oye, el Hijo en cuyo nombre oramos, y el Espíritu que ora por nosotros y en nosotros. ¡Cuán importante es que estemos en una relación correcta con el Espíritu Santo y que comprendamos su obra!».

«Por medio de su Espíritu, el Espíritu de oración, nuestra vida puede ser una vida de oración continua. El Espíritu de oración te ayudará a llegar a ser un intercesor que pide grandes cosas a Dios por quienes te rodean».

«Si la vida espiritual es sana, bajo el pleno poder del Espíritu Santo, orar sin cesar será algo natural».

Página 1 / 1 · 6 min restantes en el capítulo