Las enseñanzas clave de Richard Baxter
Consejo para los melancólicos

Capítulo 14 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Consejo para los melancólicos

¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te conturbas en mí? Espera en Dios. SALMO 42:11

Entre lo más notable que Baxter escribió están sus tratados sobre lo que su siglo llamaba melancolía, lo que nosotros llamaríamos depresión, ansiedad y otros trastornos afines de la mente. Son notables porque se adelantan trescientos años a casi todo lo que se escribió después sobre el tema, y porque buena parte del consejo cristiano posterior ha sido peor.

Una enfermedad, no un pecado

La intuición central de Baxter es que la melancolía es con frecuencia una enfermedad del cuerpo que produce síntomas espirituales, y que tratar los síntomas como si fueran la enfermedad lo empeora todo. El que la padece se presenta con una angustia religiosa. No puede orar, no puede sentir el amor de Dios, está convencido de que se halla fuera del alcance de la misericordia y es capaz de levantar contra sí mismo un expediente minucioso. La reacción natural de un pastor es abordar esto teológicamente: razonar con las dudas, instar al examen de sí mismo y presentar con insistencia las promesas. Baxter observó que esto fracasa a menudo, y que fracasa porque el problema no está en la teología. La misma persona, una vez recuperada la salud del cuerpo, suele descubrir que sus dudas se han desvanecido sin que se haya respondido a un solo argumento. Las dudas eran un producto del mal, no su causa. Por eso insistía en que quienes así sufren necesitan medicina además de consejo espiritual: tratamiento médico, tomado en serio, junto con la oración. En el siglo XVII era algo insólito en boca de un teólogo.

Lo que no hay que hacer

Sus instrucciones a quienes aconsejan son la parte más valiosa, y van directamente en contra de casi todos nuestros instintos. No insistas en el examen de sí mismo. Ese es el gran error. Una persona melancólica vuelta hacia dentro encontrará sin fin nuevas pruebas contra sí misma, porque la facultad que realiza la búsqueda es precisamente la que está trastornada. El consejo de Baxter era volver a tales personas hacia fuera, hacia las promesas, hacia Cristo, hacia los demás, y prohibirles la introspección que a un cristiano sano convendría animar.

No los dejes solos. La soledad y la meditación prolongada, que él recomendaba con calor en otros lugares de sus escritos, las consideraba aquí claramente dañinas. La compañía, la conversación y una ocupación alegre hacen más bien. No discutas cada duda. Las dudas se multiplican más deprisa de lo que pueden responderse, y responderlas concede la premisa de que el problema es intelectual. No añadas culpa. Decirle a alguien que su desesperación es en sí misma un pecado, o una prueba de fe débil, es a la vez falso y cruel. Baxter decía que Dios no quebranta del mismo modo el corazón de todos los hombres, y quería decir que el temperamento y la constitución difieren, y que Dios conoce la diferencia aunque nosotros no la conozcamos.

Lo que sí hay que hacer

Su consejo positivo es delicado y sobre todo práctico. Atiende primero al cuerpo: comida, sueño, ejercicio, aire fresco y ayuda médica. Insistía en que lo físico se atendiera, no se espiritualizara. El patrón es más antiguo que Baxter. Cuando Elías se derrumbó bajo un enebro y pidió a Dios que le quitara la vida, la primera respuesta de Dios no fue una reprensión ni un sermón. Un ángel le dio de comer y le dejó dormir, dos veces, antes de que se le dijera nada.

Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate y come …porque gran camino te resta. 1 REYES 19:5, 7

Mantenlos acompañados y ocupados en algo útil. Dales deberes pequeños y alcanzables en lugar de grandes programas espirituales. Pon delante de ellos las promesas objetivas y no les exijas sentir nada. Lo que Baxter quería subrayar era que la seguridad del creyente descansa en lo que Cristo ha hecho, no en su capacidad de percibirlo, y que quien no puede sentir el amor de Dios no por eso está fuera de él.

Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. SALMO 34:18
No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea. ISAÍAS 42:3

Una palabra para el día de hoy

El consejo de Baxter no necesita tanto corrección como ser dicho de nuevo, pero hay dos cosas que conviene decir con claridad al lector moderno. Si estás sufriendo de este modo, por favor busca ayuda médica cualificada. La depresión y los trastornos de ansiedad son enfermedades reales con tratamientos eficaces, y consultar a un médico no es una falta de fe, como no lo sería con un hueso roto. Baxter dijo eso mismo con la medicina que tenía a su alcance; hoy lo diría con mucha más fuerza. Y si te han dicho que tu estado revela una deficiencia en tu vida cristiana, eso estaba mal, y puedes dejar esa carga. Algunos de los creyentes más fieles que han existido han sufrido exactamente esto. El salmista que escribió el versículo que encabeza este capítulo fue uno de ellos, y lo escribió dos veces más en el mismo libro porque el problema seguía volviendo.

Si estás ayudando a alguien en esta condición, lo más útil de Baxter es su instrucción de volverlo hacia fuera. No le pidas que se examine a sí mismo. Pídele que mire a Cristo, y quédate a su lado mientras no pueda hacerlo.

Cuando un creyente no puede orar

Hay un síntoma que merece un trato aparte, porque angustia a quienes lo padecen más que casi cualquier otra cosa: la incapacidad de orar. La persona descubre que orar se ha vuelto imposible. La mente no se aquieta, no acuden las palabras, y lo poco que acude suena hueco. Como siempre les han enseñado que la oración es el cordón que los sostiene, perderla parece confirmar que han quedado cortados. El consejo de Baxter aquí es delicado y enteramente práctico. Usa las palabras de otros. Los Salmos existen exactamente para esto. Quien no es capaz de componer una oración puede leer una, y el Salterio contiene un buen número de ellas escritas por personas en esta misma situación.

De lo profundo, oh Señor, a ti clamo. Señor, oye mi voz. SALMO 130:1–2

Que sea muy breve. Una frase es una oración. La duración de un ejercicio no mide su aceptación, y exigir una hora a quien no puede sostener un minuto garantiza el fracaso y la vergüenza. Deja que otros oren por ti. Al paralítico de Marcos 2 lo llevaron sus amigos, y el texto dice que el Señor vio la fe de ellos. Nada sugiere que ser llevado fuera una deficiencia. Descansa en la intercesión que continúa sin ti.

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. ROMANOS 8:26

Y Cristo mismo intercede, sin cesar, puedas o no unirte a él. Ese es el suelo en el que afirmarse cuando nada más se sostiene: la oración que te asegura no es la tuya.

PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

1. Si estás sufriendo de este modo, ve al médico. No es una falta de fe, y Baxter te habría dicho lo mismo.

2. Deja de examinarte mientras estés en esta condición. Vuélvete en cambio hacia las promesas; la inspección lo está empeorando.

3. Si estás ayudando a alguien, atiende primero al cuerpo (comida, sueño, compañía) antes de abordar nada espiritual.

4. No discutas cada duda, y nunca insinúes que la desesperación demuestra una fe débil.

5. Haz descansar tu seguridad en lo que Cristo ha hecho y no en tu capacidad de sentirlo. Ambas cosas son verdad; solo una de ellas es firme.

UNA ORACIÓN
Señor, tú sabes que no todos los corazones se quebrantan del mismo modo, y que algunos de tus siervos llevan en la mente un peso que otros no pueden ver.
Por quienes no pueden orar, ora tú en ellos. A quienes no pueden sentir tu amor, sostenlos en él de todos modos.
Guárdame de ser un consolador cruel. Que nunca añada culpa a una carga que tú estás llevando con ellos, ni imponga el examen a un alma que necesita descanso, alimento y compañía.
Tú no quebrarás la caña cascada. Está cerca, como lo has prometido, de los quebrantados de corazón. Amén.
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