Espigas entre las Gavillas
La guerra cristiana

Capítulo 4 · 13 min de lectura

La guerra cristiana

El gozo de la victoria

El campo de batalla del cristiano está aquí, pero la procesión triunfal está en lo alto. Esta es la tierra de la espada y de la lanza; aquella es la tierra de la guirnalda y de la corona. Esta es la tierra del manto revolcado en sangre y del polvo de la pelea; aquella es la tierra del sonido gozoso de la trompeta, el lugar del vestido blanco y del clamor de la conquista. ¡Oh, qué estremecimiento de gozo sentirán todos los bienaventurados, cuando sus conquistas se completen en el cielo; cuando la muerte misma, el último de los enemigos, sea destruida; cuando Satanás sea arrastrado cautivo a las ruedas del carro de Cristo; cuando el gran clamor de la victoria universal se levante de los corazones de todos los redimidos! ¡Qué momento de deleite será aquel!

Algo del gozo de la victoria conocemos aun aquí. ¿Ha luchado usted alguna vez contra un corazón malvado, y al fin lo ha vencido? ¿Ha forcejeado alguna vez reciamente con una fuerte tentación, y ha sabido lo que era cantar con gratitud: «Cuando dije: Mi pie resbala, tu misericordia, oh Señor, me sostenía»? ¿Ha peleado usted, como el Cristiano de Bunyan, contra Apolión, y, tras un fiero combate, lo ha puesto en fuga? Entonces ha tenido usted un anticipo del triunfo celestial—apenas una vislumbre de lo que será la victoria final. Dios le da a usted estos triunfos parciales, para que sean arras de lo por venir. Siga adelante y venza, y que cada conquista, aunque sea más ardua y más reñidamente disputada, le sea a usted como prenda de la victoria del cielo.

Seguridad en el conflicto

El modo en que Dios guarda a los suyos en seguridad no es cerrando el paso a sus enemigos para que no los ataquen, sino sosteniéndolos mientras están empeñados en el conflicto. No es gran cosa preservarse a sí mismo detrás de un muro que no puede ser escalado; pero estar de pie donde las flechas vuelan espesas como el granizo, donde las lanzas se empujan con furia, donde los tajos de la espada caen por todas partes, y en medio de todo ello mostrarse invulnerable, invencible, inmortal—esto es llevar una vida divina que no puede ser vencida por poder humano. Tal es el llamamiento del cristiano. Dios nos pondrá donde hemos de ser probados y tentados. Si no somos probados, no hay honra para Aquel que nos preserva; y si no somos tentados, no hay gratitud para su gracia que nos libra de las tentaciones. El Señor no mete sus plantas en un invernadero, como hacen algunos jardineros; no, las saca al aire libre, y si viene la helada, dice: «¡Ah! Pero ninguna helada puede matarlas, y serán tanto más robustas en el verano por el frío del invierno.» Tampoco las resguarda del calor del sol, ni de los fríos de la noche. En este mundo hemos de tener tribulación, y mucha además, porque es por medio de mucha tribulación que heredamos el reino. Lo que Dios hace por los suyos es esto: los guarda en la tribulación, los preserva en la tentación, y los saca gozosamente de todas sus pruebas. Así que, cristiano, puede usted regocijarse en su seguridad; pero no ha de pensar que no será atacado; es usted como un arroyo del Líbano, destinado a ser despeñado por muchas cascadas, a quebrarse sobre muchas rocas ásperas, a ser detenido por muchas piedras enormes, a ser estorbado por muchos árboles caídos; pero ha de lanzarse hacia adelante con la fuerza irresistible de Dios, barriéndolo todo, hasta hallar al fin el lugar de su reposo perfecto.

Guerra contra el pecado

Oh cristiano, nunca eche mano del pecado sino con un guantelete en la mano; nunca se acerque a él con el guante de cabritilla de la amistad; nunca hable de él con delicadeza; antes bien, aborrézcalo siempre en toda forma. Si viene a usted como una zorra pequeña, guárdese de ella, porque echará a perder las uvas. Ya se abalance hacia usted como león rugiente, buscando a quién devorar, ya se le acerque en forma atractiva, con gracioso semblante, procurando con un afecto fingido seducirle al pecado—tenga cuidado; porque su abrazo es muerte, y su apretón, destrucción. Contra el pecado de toda clase ha de guerrear usted—de labio, de mano, de corazón. Por dorado que esté con la ganancia, por barnizado que esté con la apariencia de moralidad, por elogiado que sea por los grandes, o por popular que sea entre la multitud, ha de aborrecer usted el pecado dondequiera, en todos sus disfraces, en todo tiempo y en todo lugar. Ni un solo pecado ha de ser perdonado, sino que contra todo él ha de proclamarse una guerra total y entera de exterminio.

Soportar las aflicciones

Soldado de Cristo, tendrá usted que dar dura batalla. No hay lecho de plumas para usted; no se cabalga al cielo en un carro: hay que hollar el camino áspero; hay que escalar montañas; hay que vadear ríos; hay que combatir dragones; hay que matar gigantes; hay que superar dificultades; y hay que soportar grandes pruebas. No es llano el camino al cielo; los que han andado por él apenas unos pocos pasos lo han hallado áspero y escabroso. Con todo, es placentero; es el viaje más delicioso de todo el mundo; no porque sea fácil en sí mismo—solo es placentero por la compañía; por las dulces promesas en que nos apoyamos; por nuestro Amado que camina con nosotros a través de todos los ásperos y espinosos matorrales de este vasto desierto. Soldados cristianos, esperen conflicto: «No penséis que es cosa extraña el fuego de prueba que os ha de probar, como si alguna cosa extraña os aconteciese.» Tan cierto como que es usted hijo de Dios, su Salvador le ha dejado por herencia: «En el mundo tendréis aflicción.» Mas recuerde que esta «tribulación» es el camino para «entrar en el reino»; por tanto, «soportar las aflicciones como buen soldado de Jesucristo».

La batalla de la fe

Como los espartanos, todo cristiano nace guerrero. Es su destino ser asaltado; es su deber atacar. Parte de su vida estará ocupada en guerra defensiva. Tendrá que defender con ahínco la fe que una vez fue dada a los santos; tendrá que resistir al diablo; tendrá que mantenerse firme contra todas sus asechanzas; y, habiéndolo hecho todo, permanecer firme aún. Sin embargo, será un pobre cristiano si obra solo a la defensiva; ha de ser de los que van contra sus enemigos. Ha de poder decir con David: «Vengo contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien has desafiado.» No ha de luchar contra sangre y carne, sino contra principados y potestades. Ha de tener armas para su milicia—no carnales—sino «poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.» No ha de contentarse con vivir en la fortaleza bien guardada, sino que ha de salir a atacar los castillos del enemigo, y a echar al cananeo fuera de la tierra. Pero hay muchas maneras en que el cristiano puede, en gran medida, olvidar su carácter marcial. Y, ¡ay!, no son pocos los que, si es que son cristianos, ciertamente saben muy poco de aquella guerra diaria a la que el Capitán de nuestra salvación llama a sus discípulos. Tienen una religión blanda; una religión que rehúye la oposición; una religión semejante a la caña, que se dobla ante cada ráfaga, a diferencia de aquel cedro de piedad que se yergue en medio de la tormenta, y bate sus ramas en el huracán por el puro gozo del triunfo, aunque la tierra entera esté en armas alrededor. A tales hombres les falta la fe que comparte la gloria. Aunque salvos, sus nombres no se hallarán escritos entre los valientes que, por amor de nuestro gran Capitán, están dispuestos a sufrir la pérdida de todas las cosas, y a salir fuera del campamento llevando su vituperio. Oh, no nos contentemos jamás con tan inglorioso reposo, sino peleemos con ahínco y varonilmente las batallas del Señor. ¿Es cosa pequeña para un seguidor de Cristo ir perdiendo la honra inmortal de servir al Señor? ¿Qué no harán los hombres por ganar fama? Y nosotros, cuando yace a nuestras puertas, ¿nos apartaremos ociosamente y echaremos por tierra nuestra gloria? Levantémonos y pongámonos a obrar, porque no es cosa liviana ir perdiendo la honra de un fiel siervo de Cristo.

Firmeza

Si tuviera usted más fe, sería tan feliz en el horno como en el monte del deleite; estaría tan alegre en el hambre como en la abundancia; se regocijaría en el Señor cuando el olivo no diera aceite, tanto como cuando el lagar reventara y rebosara hasta el borde. Si tuviera usted más confianza en Dios, mucho menos andaría de arriba abajo; y si tuviera mayor cercanía con Cristo, tendría menos vacilación. A veces puede usted desafiar la furia de Satanás, hacer frente con denuedo a todo ataque, y resistir toda tentación; pero con demasiada frecuencia está usted temeroso e irresoluto, y presto a huir de la pelea en lugar de hacer valiente resistencia. Mas si recordara usted siempre a Aquel que soportó tal contradicción de pecadores contra sí mismo, podría estar siempre firme y constante. Viva usted cerca de su Maestro, y no será así de mudable e incierto. Guárdese de ser como una veleta. Pida a Dios que su ley quede escrita en su corazón como si estuviera escrita en piedra, y no como si estuviera escrita en arena. Pida que su gracia venga a usted como un río, y no como un arroyo que se seca. Pida que su conducta se mantenga siempre santa; que su carrera sea como la luz resplandeciente que no se detiene, sino que arde más y más hasta la plenitud del día. Pida que el «Dios de toda gracia le afirme, le fortalezca y le establezca.»

La liberación triunfante

Cuando los israelitas salieron de la tierra de Egipto, llevaron consigo todas sus posesiones, conforme a la palabra del Señor: «Ni una pezuña quedará atrás.» ¿Qué nos enseña esto? Pues, no solo que todo el pueblo de Dios será salvo, sino que todo lo que el pueblo de Dios alguna vez tuvo será restaurado. Todo lo que Jacob llevó alguna vez a Egipto será sacado de nuevo. ¿He perdido en Adán una justicia perfecta? Tendré una justicia perfecta en Cristo. ¿He perdido en Adán la felicidad en la tierra? Dios me dará mucha felicidad aquí abajo en Cristo. ¿He perdido en Adán el cielo? Tendré el cielo en Cristo; porque Cristo vino no solo a buscar y a salvar al pueblo que estaba perdido, sino lo que estaba perdido; esto es, toda la heredad, así como el pueblo; toda su propiedad. No solo las ovejas, sino los buenos pastos que las ovejas habían perdido; no solo el hijo pródigo, sino todas las heredades del hijo pródigo. Todo fue sacado de Egipto; ni siquiera los huesos de José quedaron atrás. Los egipcios no pudieron decir que tenían una pizca de la propiedad de los israelitas—ni siquiera una de sus artesas, ni una de sus ropas viejas. Y cuando Cristo haya sujetado a sí mismo todas las cosas, el cristiano no habrá perdido ni un átomo por las fatigas de Egipto, sino que podrá decir: «Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? Oh sepulcro, ¿dónde está tu victoria?» Oh infierno, ¿dónde está tu triunfo? No tienes bandera ni banderín que mostrar de tu victoria; no queda yelmo ni casco sobre el campo de batalla; no hay un solo trofeo que puedas levantar en el infierno en escarnio de Cristo. No solo ha librado a su pueblo, sino que han salido con banderas desplegadas. Deténgase, admire y ame al Señor, que así libra a todo su pueblo. «Grandes son tus obras, oh Señor, y maravillosas tus hazañas; y mi alma lo sabe muy bien.»

Más que vencedores

El cristiano ha de ser vencedor al fin. ¿Piensa usted que hemos de ser para siempre los esclavos y siervos del pecado, suspirando por la libertad, y sin embargo nunca capaces de escapar de su servidumbre? ¡No! Pronto las cadenas que me sujetan serán quebradas, las puertas de mi prisión serán abiertas, y subiré a la ciudad gloriosa, la morada de la santidad, donde seré enteramente libertado del pecado. Los que amamos al Señor no hemos de peregrinar en Mesec para siempre. El polvo puede manchar ahora nuestras vestiduras, pero viene el día en que nos levantaremos y nos sacudiremos del polvo, y nos vestiremos de nuestras hermosas ropas. Es cierto que ahora somos como Israel en Canaán. Canaán está llena de enemigos; pero los cananeos serán y han de ser echados fuera, y toda la tierra, desde Dan hasta Beerseba, será del Señor. ¡Regocíjense, cristianos! Pronto serán ustedes perfectos, pronto libres del pecado, sin una sola inclinación torcida, sin un solo mal deseo. Pronto serán tan puros como los ángeles en la luz; más aún, revestidos de las vestiduras de su Maestro, han de ser «santos como el Santo». ¿Pueden pensar en eso? ¿No es acaso la suma misma del cielo, el arrobamiento de la bienaventuranza, el cántico de las cumbres de la gloria—que serán perfectos? Ninguna tentación podrá alcanzarles, ni, si la tentación pudiera alcanzarles, serían lastimados por ella; porque no habrá nada en ustedes que pudiera de algún modo alimentar el pecado. Sería como cuando una chispa cae sobre un océano; su santidad la apagaría en un momento. Sí, lavados en la sangre de Jesús, pronto andarán por las calles de oro, vestidos de blanco y de blanco corazón también. Oh, regocíjense en la perspectiva inmediata, y que ella les fortalezca para el presente conflicto.

La guerra cristiana

Es dura la batalla que el cristiano es llamado a pelear; no una que pudieran ganar caballeros de salón; ninguna fácil escaramuza que pudiera ganar quien se lanzó a la lid en algún día soleado, miró la hueste, volvió luego las riendas de su corcel, y desmontó con delicadeza a la puerta de su tienda de seda. No es una campaña que gane quien, siendo hoy apenas un recluta bisoño, neciamente imagina que una semana de servicio le asegurará una corona de gloria. Es una guerra de por vida; una contienda que requerirá todas nuestras fuerzas, si hemos de ser triunfantes; una batalla ante la cual el corazón más esforzado podría desfallecer; una pelea de la que el más valiente se retiraría, si no recordara que el Señor está de su parte; por tanto, ¿a quién temerá? Dios es la fortaleza de su vida: ¿de quién ha de tener miedo? Esta pelea no es de fuerza bruta ni de poder físico; si lo fuera, tanto más pronto la ganaríamos; pero es tanto más peligrosa por el hecho de que es una lucha de la mente, una contienda del corazón, un combate del espíritu—muchas veces una agonía del alma.

¿Se admira usted de que el cristiano sea llamado al conflicto? Dios nunca da fe fuerte sin ardiente prueba; él no construirá un barco fuerte sin someterlo a tormentas poderosísimas; él no hará de usted un guerrero poderoso si no se propone poner a prueba su destreza en la batalla. La espada del Señor ha de ser usada; los aceros del cielo han de ser golpeados contra la armadura del maligno, y con todo no se quebrarán, porque son del verdadero metal de Jerusalén, que jamás se rompe. Venceremos, si comenzamos la batalla del modo correcto. Si hemos afilado nuestras espadas en la cruz, no tenemos absolutamente nada que temer; porque aunque a veces seamos abatidos y turbados, ciertamente al fin pondremos en fuga a todos nuestros adversarios, porque somos hijos de Dios ya desde ahora. ¿Por qué, entonces, habríamos de temer? ¿Quién nos mandará «alto,» si Dios nos manda avanzar?

Página 1 / 1 · 13 min restantes en el capítulo