Espigas entre las Gavillas
La providencia y el cuidado de Dios

Capítulo 14 · 10 min de lectura

La providencia y el cuidado de Dios

El mañana

Si no hay que jactarse de los mañanas, ¿acaso no sirven para nada? No; bendito sea Dios. Hay muchísimas cosas que podemos hacer con los mañanas. Le diré lo que podemos hacer con ellos si somos hijos de Dios. Siempre podemos mirarlos con paciencia y confianza, sabiendo que obrarán juntos para nuestro bien. Podemos decir de los mañanas: «No me jacto de ellos, pero no me atemorizan; no me gloriaría en ellos, pero no temblaré por ellos». Sí, podemos estar muy tranquilos y muy confiados respecto al mañana; podemos recordar que todos nuestros tiempos están en Sus manos, que todos los acontecimientos están a Su mandato; y aunque no conozcamos todos los recodos del camino de la providencia, Él sí los conoce todos; todos están fijados en Su libro, y todos nuestros tiempos están ordenados por Su sabiduría. Por tanto, podemos contemplar los mañanas tal como los vemos en el tosco lingote del tiempo, a punto de ser acuñados en el gasto de cada día, y podemos decir de todos ellos: «Todos serán oro; todos llevarán el sello del Rey; por tanto, que vengan; no me harán peor—obrarán juntos para mi bien».

Más aún: el cristiano puede con razón mirar hacia sus mañanas, no solo con resignación, sino también con gozo. El mañana, para el cristiano, es algo dichoso; es una etapa más cerca de la gloria. Para el creyente es un paso más cerca del cielo; es un nudo más navegado a través del peligroso mar de la vida, y está mucho más cerca de su puerto eterno.

¡El mañana! El cristiano puede regocijarse en él; puede decir del día de hoy: «Oh día, podrás ser oscuro, pero me despediré de ti, pues he aquí, veo venir el mañana, y me montaré sobre sus alas, y volaré lejos y te dejaré a ti y a tus tristezas muy atrás».

Todas las cosas obran para bien

Cristo es el árbitro de todos los acontecimientos; en todo Su dominio es supremo; y Él ejerce Su poder para el bien de Su Iglesia. Él hila el hilo de los acontecimientos, y obra desde la rueca del destino, y no permite que esos hilos se tejan de otro modo que según el patrón de Su amorosa sabiduría. No dejará que la misteriosa rueda gire de ninguna manera que no traiga bien a Sus escogidos. Él convierte sus peores cosas en bendiciones, y santifica sus mejores cosas. En tiempos de abundancia, bendice su aumento; en tiempos de hambre, suple todas sus necesidades. Así como todas las cosas obran para Su gloria, así todas las cosas obran para el bien de ellos.

Inmutable

Hay un lugar donde el cambio no puede poner su dedo; hay un nombre sobre el cual la mutabilidad jamás podrá escribirse; hay un corazón que nunca puede alterarse—ese lugar es el Lugar Santísimo—ese corazón es el de Dios—ese nombre es Amor.

La providencia

Los ilimitados almacenes de la Providencia están al servicio del sostén del creyente. Cristo es nuestro José, que tiene graneros llenos de trigo; pero Él no nos trata como José trató a los egipcios, pues abre la puerta de su granero y nos manda llamar nuestro todo el bien que allí hay. Ha gravado Su hacienda de la Providencia con una carga perpetua: una porción diaria para nosotros; y ha prometido que un día percibiremos con claridad que la hacienda misma ha sido bien labrada en favor nuestro, y ha sido siempre nuestra. El eje de las ruedas del carro de la Providencia es el Amor Infinito, y la Sabiduría Bondadosa es el perpetuo auriga.

El tierno cuidado de Dios

¡Cuán cuidadoso es Dios de Su pueblo; cuán solícito está respecto a ellos, no solo por su vida, sino por su consuelo! ¿Acaso dice: «Fortaleced, fortaleced a mi pueblo»? ¿Acaso dice al ángel: «Proteged a mi pueblo»? ¿Acaso no dice a los cielos: «Derramad maná para alimentar a mi pueblo»? Todo eso, y más aún. Su tierno cuidado se lo asegura. Pero para mostrarnos que no solo se preocupa de nuestros intereses, sino también de nuestras cosas superfluas, dice: «Consolaos, consolaos, pueblo mío». No quiere que seamos solamente Su pueblo vivo, y Su pueblo preservado, sino que quiere que seamos también Su pueblo feliz. Le agrada que Su pueblo sea alimentado; pero, más aún, le agrada darles «vinos asentados y bien refinados», para alegrar su corazón. No solo les dará «pan», sino que también les dará «miel»; no solamente les dará «leche», sino que les dará «vino y leche». «Consolaos, consolaos, pueblo mío»: es el corazón anhelante del Padre, solícito aun por las pequeñas cosas de Su pueblo. «Consolaos» a aquel de ojos llorosos; «Consolaos» a aquel hijo mío de corazón dolorido; «Consolaos» a aquel pobre que se lamenta; «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios».

Las estaciones de la tierra

Las cosas que se ven son figuras de las cosas que no se ven. Las obras de la creación son cuadros que muestran a los hijos de Dios los secretos misterios de la gracia. Las verdades de Dios son las manzanas de oro, y las criaturas visibles son los cestos de plata. Las mismas estaciones del año hallan su paralelo en el pequeño mundo del hombre interior. Tenemos nuestro invierno—lúgubre, aullante invierno—cuando el viento del norte de la ley se lanza contra nosotros; cuando toda esperanza se marchita; cuando todas las semillas del gozo yacen sepultadas bajo los oscuros terrones de la desesperación; cuando nuestra alma está bien encadenada como un río aprisionado por el hielo, sin olas de gozo ni corrientes de acción de gracias. Gracias sean dadas a Dios, el suave viento del sur sopla sobre nuestra alma, y al instante las aguas del deseo quedan libres, la primavera del amor llega, flores de esperanza aparecen en nuestros corazones, los árboles de la fe echan sus tiernos brotes, el tiempo de las aves cantoras llega a nuestros corazones, y tenemos gozo y paz en el creer, por medio del Señor Jesucristo. A esa dichosa primavera le sigue, en el creyente, un rico verano, cuando sus gracias, como flores fragantes, están en plena flor, cargando el aire de perfume; y los frutos del Espíritu, como cidras y granadas, se hinchan hasta su plena proporción bajo el benigno calor del Sol de Justicia. Luego viene el otoño del creyente, cuando sus frutos maduran, y sus campos están listos para la siega; ha llegado el tiempo en que su Señor recogerá sus «frutos deliciosos» y los almacenará en el cielo; la fiesta de la cosecha está cerca—el tiempo en que el año comenzará de nuevo, un año inmutable, como los años de la diestra del Altísimo.

El gobierno de Dios

Todavía se encuentran personas lo bastante necias como para creer que los sucesos ocurren al azar, sin predestinación divina, y que diversas calamidades acontecen sin la mano soberana ni la acción directa de Dios. ¡Ay de nosotros si el azar tuviera algo que ver con los sucesos de nuestra vida! Seríamos como pobres marineros, lanzados al mar en una nave insegura, sin carta de navegación y sin timón; nada sabríamos del puerto al que finalmente podríamos llegar; solo sentiríamos que somos ahora el juguete de los vientos, los cautivos de la tempestad, y que pronto podríamos ser las víctimas del abismo que todo lo devora. ¡Ay! Pobres huérfanos seríamos todos, si dependiéramos, para el alimento y el vestido, para el consuelo presente y las esperanzas futuras, de nada más que el azar. ¡Sin el cuidado de un padre que velara por nosotros, sino abandonados a la veleidad y la falibilidad de las cosas mortales! ¿Qué sería todo lo que vemos en torno a nosotros, sino una gran tormenta de arena en medio de un desierto, que ciega nuestros ojos y nos impide esperar jamás ver el final a través de la oscuridad del comienzo? Seríamos peregrinos en un páramo sin senderos, donde no habría caminos que nos dirigieran—viajeros que podrían ser derribados y sepultados en cualquier momento, y nuestros huesos blanqueados quedarían como víctimas de la tempestad, ignorados u olvidados de todos. Gracias a Dios, no es así con nosotros. Creemos que todo lo que nos sucede está ordenado por la sabia y tierna voluntad de Aquel que es nuestro Padre y nuestro Amigo; vemos orden en medio de la confusión; vemos propósitos cumplidos donde otros no disciernen sino vacío y vacuidad. Creemos que «Él tiene Su camino en el torbellino y en la tempestad, y las nubes son el polvo de Sus pies».

Misericordias del hogar

Cuando comprendemos que todas nuestras misericordias diarias nos llegan como dones de nuestro Padre celestial, se nos vuelven doblemente preciosas. Nada le sabe tan dulce al colegial como aquello que viene de casa. Así ocurre con el cristiano. Todas sus misericordias son más dulces porque son misericordias del hogar—vienen «de lo alto»; la tierra en que vive no es como la tierra de Egipto, regada por un río, sino que «bebe las aguas de la lluvia del cielo». ¡Dichosa la suerte de aquel hombre que así recibe todo como venido de Dios, y da gracias a su Padre por todo ello! Cualquier cosa se vuelve dulce cuando sabe que viene del cielo. Este pensamiento, además, tiende a guardarnos de un amor desmedido por el mundo. Los espías fueron a Escol, y trajeron de allí un inmenso racimo de las uvas que allí crecían; pero no se lee que el pueblo dijera: «Los frutos que hemos recibido de la tierra de promisión nos hacen contentarnos con quedarnos en el desierto». No; vieron que las uvas venían de Canaán, y por ello dijeron: «Subamos luego, y tomemos posesión de ella». Y así, cuando recibimos ricas misericordias, si pensamos que vienen del suelo natural de esta tierra solamente, bien podríamos sentir el deseo de quedarnos aquí. Pero si sabemos que vienen de un clima extranjero, naturalmente anhelamos partir

«Donde nuestro amado Señor cuida Su viña, y crecen todos los racimos.»

Cristiano, regocíjese, pues, en el pensamiento de que todo cuanto tiene viene de lo alto; su pan de cada día no proviene tanto de su industria como del cuidado de su Padre celestial; ve usted estampada sobre cada misericordia la inscripción propia del cielo, y cada bendición desciende hasta usted perfumada con el ungüento, el nardo y la mirra de los palacios de marfil, desde donde Dios dispensa Sus dádivas.

La mudanza

¡Cuán variada es la experiencia del creyente en su vida espiritual! ¡Qué cambios hay en el clima de su alma! ¡Qué días de luminoso sol! ¡Qué noches oscuras y nubladas! ¡Qué calmas, como si su vida fuera un mar de vidrio! ¡Qué pruebas terribles, como si su vida fuera un océano tempestuoso! Una vez lo hallamos clamando: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», y al poco canta: «Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser Su santo nombre». En una hora lo oímos suspirar: «Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie», y luego lo hallamos exultante: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?». ¡Cuán maravillosamente se eleva al cielo, y cuán tremendamente se hunde en los abismos! De seguro, los que hemos conocido algo de la vida espiritual e interior no nos maravillamos de esto, pues hemos sentido estos cambios. ¡Ay! ¡Qué contraste entre el pecado que tan fácilmente nos asedia y la gracia que nos da reinar en los lugares celestiales! ¡Cuán distinta es la tristeza de una abyecta desconfianza que nos hace pedazos como un fuerte viento del este, del gozo de una santa confianza que nos lleva al cielo como un viento propicio! ¡Qué cambios entre andar con Dios hoy y caer en el cieno mañana, triunfar sobre el pecado, la muerte y el infierno ayer, y hoy ser llevados cautivos por las concupiscencias de la carne y de la mente! En verdad, no podemos entendernos a nosotros mismos, y una descripción que nos conviniera en un momento resultaría inadecuada en otro. Mudable, en verdad, es nuestra experiencia; pero, ¡oh, qué misericordia que Cristo no cambia! Por variada que sea nuestra experiencia, Su gracia se varía para responderle, pues tiene gracia para socorrernos en todo tiempo de necesidad, y con infinita e inagotable benevolencia nos provee con la fuerza proporcionada a nuestro día.

Capítulo 14 completado

La providencia y el cuidado de Dios

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