La Sanidad Divina
Vosotros sois los pámpanos

Capítulo 32 · 16 min de lectura

Vosotros sois los pámpanos

«Vosotros sois los pámpanos» (Juan 15:5).

¡Qué cosa tan sencilla es ser un pámpano, el pámpano de un árbol o el sarmiento de una vid! El pámpano brota de la vid, o del árbol, y allí vive y a su debido tiempo lleva fruto. No tiene más responsabilidad que la de recibir del tronco y de la raíz la savia y el alimento. Y si tan solo, por el Espíritu Santo, conociéramos nuestra relación con Jesucristo, nuestra obra se transformaría en lo más luminoso y celestial que hay sobre la tierra. En lugar de haber jamás cansancio o agotamiento del alma, nuestra obra sería como una experiencia nueva, que nos uniría a Jesús como ninguna otra cosa puede hacerlo. Pues, ¡ay!, ¿no es a menudo cierto que nuestra obra se interpone entre nosotros y Jesús? ¡Qué locura! La obra misma que Él tiene que hacer en mí, y yo por Él, la emprendo de tal manera que me separa de Cristo. Más de un obrero en la viña se ha quejado de que tiene demasiado trabajo y ningún tiempo para la comunión íntima con Jesús, y de que su trabajo habitual debilita su inclinación a la oración, y de que su excesivo trato con los hombres oscurece la vida espiritual. ¡Triste pensamiento, que el llevar fruto separe al pámpano de la vid! Eso ha de ser porque hemos mirado nuestra obra como algo distinto del pámpano que lleva fruto. ¡Que Dios nos libre de todo pensamiento falso acerca de la vida cristiana!

Ahora bien, unos pocos pensamientos sobre esta bendita vida de pámpano.

En primer lugar, es una vida de dependencia absoluta. El pámpano no tiene nada: depende de la vid para todo. Esa expresión, dependencia absoluta, es una de las palabras más solemnes, más grandes y más preciosas. Un gran teólogo alemán escribió hace algunos años dos voluminosos tomos para demostrar que toda la teología de Calvino se resume en ese único principio de la dependencia absoluta de Dios; y tenía razón. Si usted logra aprender a depender de Dios en cada momento del día, todo saldrá bien. Alcanzará la vida más alta si depende absolutamente de Dios.

¿He de entender que, cuando me pongo a trabajar, cuando tengo que predicar un sermón, o dirigir una clase bíblica, o salir a visitar a los pobres olvidados, toda la responsabilidad de la obra recae sobre Cristo?

Eso es exactamente lo que Cristo quiere que usted entienda. Cristo desea que, en toda su obra, el fundamento mismo sea esta sencilla y bendita conciencia: Cristo ha de cuidar de todo.

¿Y cómo cumple Él la confianza de esa dependencia? Lo hace enviando al Espíritu Santo, y no solo de vez en cuando como un don especial, pues recuerde que la relación entre la vid y los pámpanos es tal que a cada hora, cada día, sin cesar, se mantiene la conexión viva. La savia no fluye por un tiempo, y luego se detiene, y luego vuelve a fluir, sino que de momento a momento la savia fluye de la vid a los pámpanos. Y así mismo, mi Señor Jesús quiere que yo tome esa bendita posición como obrero, y que, mañana tras mañana, día tras día, hora tras hora y paso a paso, en toda obra a la que tenga que salir, permanezca ante Él en la sencilla y total impotencia de quien nada sabe, y nada es, y nada puede hacer.

La dependencia absoluta de Dios es el secreto de todo poder en la obra. El pámpano no tiene nada sino lo que recibe de la vid, y usted y yo no podemos tener nada sino lo que recibimos de Jesús.

Pero, en segundo lugar, la vida del pámpano no es solo una vida de entera dependencia, sino de profundo reposo. Oh, ese pequeño pámpano, si pudiera pensar, y si pudiera sentir, y si pudiera hablar; y si hoy pudiéramos tener un pequeño pámpano que nos hablara, y le dijéramos: «Ven, pámpano de la vid, dime; quiero aprender de ti cómo puedo ser un verdadero pámpano de la Vid viva», ¿qué respondería? El pequeño pámpano susurraría: «Hombre, oigo que eres sabio, y sé que puedes hacer muchísimas cosas maravillosas. Sé que se te ha dado mucha fuerza y sabiduría, pero tengo una lección para ti. Con toda tu prisa y tu esfuerzo en la obra de Cristo, nunca prosperas. Lo primero que necesitas es venir a reposar en tu Señor Jesús. Eso es lo que yo hago. Desde que broté de aquella vid he pasado años y años, y todo lo que he hecho es reposar en la vid. Cuando llegó el tiempo de la primavera, no tuve ningún pensamiento ni cuidado ansioso. La vid comenzó a derramar su savia en mí, y a darme el brote y la hoja. Y cuando llegó el tiempo del verano, no tuve cuidado, y en el gran calor confié en que la vid traería la humedad para mantenerme fresco. Y en el tiempo de la cosecha, cuando el dueño vino a arrancar las uvas, no tuve cuidado. Si había algo en las uvas que no fuera bueno, el dueño nunca culpaba al pámpano; la culpa recaía siempre sobre la vid. Y si quieres ser un verdadero pámpano de Cristo, la Vid viva, simplemente reposa en Él. Deja que Cristo lleve la responsabilidad.»

Usted dice: «¿No me hará esto perezoso?» Le digo que no. Nadie que aprende a reposar en el Cristo vivo puede volverse perezoso, pues cuanto más estrecho sea su contacto con Cristo, más se derramará en usted el Espíritu de su celo y de su amor. Pero, ¡oh!, comience a trabajar en medio de su entera dependencia, añadiéndole un profundo reposo. A veces un hombre intenta e intenta depender de Cristo, pero se atormenta a sí mismo por esa dependencia absoluta: lo intenta y no lo consigue. Pero que se deje hundir cada día en un reposo entero.

Repose en Cristo, que puede dar sabiduría y fuerza, y no sabe usted cuántas veces ese reposo resultará ser la mejor parte de su mensaje. Usted ruega a la gente y argumenta, y ellos se quedan con la idea: hay un hombre que discute y forcejea conmigo. Solo sienten: aquí hay dos hombres que lidian el uno con el otro. Pero si usted deja que el profundo reposo de Dios venga sobre usted, el reposo en Cristo Jesús, la paz y el reposo y la santidad del cielo, ese reposo llevará una bendición al corazón, aún más que las palabras que usted diga.

Pero un tercer pensamiento. El pámpano enseña una lección de mucha fructificación. Usted sabe que el Señor Jesús repitió a menudo esa palabra, «fruto», en aquella parábola; habló primero de fruto, y luego de más fruto, y luego de mucho fruto. Sí, usted está ordenado no solo a llevar fruto, sino a llevar mucho fruto. «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto.» En primer lugar, Cristo dijo: «Yo soy la Vid, y mi Padre es el Labrador que cuida de mí y de vosotros.» Quien velará por la conexión entre Cristo y los pámpanos es Dios; y es por el poder de Dios, mediante Cristo, que hemos de llevar fruto.

¡Oh cristianos! Ustedes saben que este mundo perece por falta de obreros. Y no solo se necesitan más obreros. Los obreros dicen, unos con más fervor que otros: «No solo necesitamos más obreros, sino que necesitamos que nuestros obreros tengan un nuevo poder, una vida distinta; que los obreros sean capaces de traer más bendición.»

¿Qué falta? Falta la estrecha conexión entre el obrero y la Vid celestial. Cristo, la Vid celestial, tiene bendiciones que podría derramar sobre decenas de miles que perecen. Cristo, la Vid celestial, tiene poder para proveer las uvas celestiales. Pero «vosotros sois los pámpanos», y usted no puede llevar fruto celestial a menos que esté en estrecha conexión con Jesucristo.

No confunda obra y fruto. Puede haber mucha obra para Cristo que no sea el fruto de la Vid celestial. No busque solo obra. ¡Oh!, estudie esta cuestión de llevar fruto. Significa la vida misma y el poder mismo y el Espíritu mismo y el amor mismo dentro del corazón del Hijo de Dios; significa la Vid celestial misma entrando en su corazón y en el mío.

Manténgase en estrecha conexión con la Vid celestial y diga: «Señor Jesús, nada menos que la savia que fluye a través de ti mismo, nada menos que el Espíritu de tu vida divina, es lo que pedimos. Señor Jesús, te ruego que dejes fluir tu Espíritu a través de mí en toda mi obra por ti.» Le digo una vez más que la savia de la Vid celestial no es otra cosa que el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es otra cosa que la vida de la Vid celestial, y lo que usted debe recibir de Cristo no es nada menos que una fuerte afluencia del Espíritu Santo. La necesita en gran manera, y no quiere nada más que eso. Recuérdelo. No espere que Cristo le dé un poco de fuerza aquí, y un poco de bendición allá, y un poco de ayuda más allá. Así como la vid hace su obra dando su propia savia peculiar al pámpano, así espere que Cristo dé su propio Espíritu Santo a su corazón, y entonces llevará mucho fruto. Y si apenas ha comenzado a llevar fruto, y está escuchando la palabra de Cristo en la parábola, «más fruto», «mucho fruto», recuerde que, para que lleve más fruto, solo necesita más de Jesús en su vida y en su corazón.

Un cuarto pensamiento. La vida del pámpano es una vida de estrecha comunión. Preguntemos de nuevo: ¿qué tiene que hacer el pámpano? Usted conoce esa palabra preciosa e inagotable que Cristo usó: «Permaneced». Su vida ha de ser una vida de permanencia. ¿Y cómo ha de ser esa permanencia? Ha de ser justo como la del pámpano en la vid, permaneciendo cada minuto del día. Ahí están los pámpanos, en estrecha comunión, en comunión ininterrumpida con la vid, de enero a diciembre. ¿Y no puedo yo vivir cada día —me resulta algo casi terrible que tengamos que hacernos la pregunta—, no puedo yo vivir en permanente comunión con la Vid celestial? Usted dice: «Pero estoy tan ocupado con otras cosas.» Puede que tenga diez horas de duro trabajo al día, durante las cuales su mente ha de ocuparse de las cosas temporales; Dios lo ha dispuesto así. Pero la obra de permanecer es obra del corazón, no del cerebro; la obra del corazón que se aferra a Jesús y reposa en Él, una obra en la que el Espíritu Santo nos une a Cristo Jesús. Oh, crea que, más hondo que el cerebro, en lo profundo de la vida interior, usted puede permanecer en Cristo, de modo que cada momento en que esté libre le venga la conciencia: «Bendito Jesús, todavía estoy en ti.» Si aprende por un tiempo a dejar a un lado las demás ocupaciones y a entrar en este permanente contacto con la Vid celestial, hallará que el fruto vendrá.

¿Cuál es la aplicación a nuestra vida respecto a esta permanente comunión? ¿Qué significa? Significa una estrecha comunión con Cristo en la oración secreta. Estoy seguro de que hay cristianos que anhelan la vida más alta, y que a veces han recibido una gran bendición, y que en ocasiones han hallado una gran afluencia de gozo celestial y un gran desbordamiento de alegría celestial; y que, sin embargo, al cabo de un tiempo, se ha desvanecido. No han comprendido que la comunión estrecha, personal y real con Cristo es una necesidad absoluta para la vida diaria. Tómese el tiempo para estar a solas con Cristo. Nada en el cielo ni en la tierra puede liberarle de esa necesidad, si ha de ser un cristiano feliz y santo.

¡Oh, cuántos cristianos lo miran como una carga, y un impuesto, y un deber, y una dificultad, el estar mucho a solas con Dios! Ese es el gran estorbo de nuestra vida cristiana por doquier. Necesitamos más comunión callada con Dios, y le digo, en el nombre de la Vid celestial, que usted no puede ser un pámpano sano, un pámpano en el que la savia celestial pueda fluir, a menos que dedique bastante tiempo a la comunión con Dios. Si no está dispuesto a sacrificar tiempo para estar a solas con Él, y darle tiempo cada día para que obre en usted, y para mantener el vínculo de conexión entre usted y Él mismo, Él no puede darle esa bendición de su comunión ininterrumpida. Jesucristo le pide que viva en estrecha comunión con Él. Que cada corazón diga: «Oh Cristo, esto es lo que anhelo, esto es lo que elijo.» Y Él con gozo se lo dará.

Y luego mi último pensamiento. La vida del pámpano es una vida de entera entrega. Esta expresión, entera entrega, es una palabra grande y solemne, y creo que no comprendemos su significado. Y, sin embargo, el pequeño pámpano la predica. «¿Tienes algo que hacer, pequeño pámpano, aparte de llevar uvas?» «No, nada.» «¿No sirves para nada?» «¡Para nada! La Biblia dice que un trozo de vid ni siquiera puede usarse como pluma; no sirve sino para ser quemado.» «Y ahora, ¿qué entiendes, pequeño pámpano, acerca de tu relación con la vid?» «Mi relación es esta: estoy entregado por completo a la vid, y la vid puede darme tanta o tan poca savia como quiera. Aquí estoy a su disposición, ¡y la vid puede hacer conmigo lo que le plazca!»

Oh, necesitamos esta entera entrega al Señor Jesucristo. Este es uno de los puntos más difíciles de aclarar, y uno de los más importantes y necesarios de explicar: en qué consiste esta entera entrega. Es cosa fácil para un hombre, o para un grupo de hombres, ofrecerse a Dios en entera consagración y decir: «Señor, es mi deseo entregarme enteramente a ti.» Eso es de gran valor y a menudo trae muy rica bendición. Pero la única pregunta que debo estudiar en silencio es: ¿qué se entiende por entera entrega? Significa que, tan literalmente como Cristo fue entregado por entero a Dios, yo soy entregado por entero a Cristo. ¿Es esto demasiado fuerte? Algunos de ustedes lo piensan. Algunos piensan que eso nunca puede ser; que, tan entera y absolutamente como Cristo entregó su vida para no hacer otra cosa que buscar el agrado del Padre, y depender del Padre absoluta y enteramente, yo he de no hacer otra cosa que buscar el agrado de Cristo. Pero eso es realmente cierto. Cristo Jesús vino a infundir su propio Espíritu en nosotros, para hacernos hallar nuestra más alta dicha en vivir enteramente para Dios, tal como Él lo hizo. Oh, amados hermanos, si es así, entonces debo decir: «Sí, tan cierto como lo es de aquel pequeño pámpano de la vid, así de cierto, por la gracia de Dios, quisiera que lo fuera de mí. Quisiera vivir día tras día para que Cristo pueda hacer conmigo lo que quiera.»

¡Ah! Aquí surge el terrible error que yace en el fondo de tanto de nuestra propia religión. Un hombre piensa: «Tengo mis negocios y mis deberes familiares, y mis relaciones como ciudadano, y todo esto no puedo cambiarlo. Y ahora, junto a todo esto, he de añadir la religión y el servicio de Dios como algo que me guarde del pecado. ¡Dios me ayude a cumplir debidamente mis deberes!» Eso no está bien. Cuando Cristo vino, vino y compró al pecador con su sangre. Si aquí hubiera un mercado de esclavos y yo comprara un esclavo, me llevaría a ese esclavo a mi propia casa, lejos de su antiguo entorno, y él viviría en mi casa como propiedad mía, y yo podría darle órdenes todo el día. Y si fuera un esclavo fiel, viviría como quien no tiene voluntad ni intereses propios, siendo su único afán promover el bienestar y la honra de su amo. Y de igual manera yo, que he sido comprado con la sangre de Cristo, he sido comprado para vivir cada día con un solo pensamiento: ¿cómo puedo agradar a mi Amo?

Oh, hallamos la vida cristiana tan difícil porque buscamos la bendición de Dios mientras vivimos en nuestra propia voluntad. Nos alegraría vivir la vida cristiana según nuestro propio gusto. Hacemos nuestros propios planes y escogemos nuestra propia obra, y luego pedimos al Señor Jesús que entre y cuide de que el pecado no nos venza demasiado, y de que no nos extraviemos demasiado; le pedimos que entre y nos dé buena parte de su bendición. Pero nuestra relación con Jesús debiera ser tal que estuviéramos enteramente a su disposición, y que cada día acudiéramos a Él con humildad y franqueza, y dijéramos: «Señor, ¿hay algo en mí que no esté conforme a tu voluntad, que no haya sido dispuesto por ti, o que no esté enteramente entregado a ti?» Oh, si esperáramos y esperáramos con paciencia, surgiría entre nosotros y Cristo una relación tan estrecha y tan tierna que después nos asombraríamos de cuán distante había sido antes nuestro trato con Él.

Sé que hay muchísimas dificultades en torno a esta cuestión de la santidad; sé que no todos piensan exactamente lo mismo respecto a ella. Pero eso me resultaría de relativa indiferencia si pudiera ver que todos anhelan honestamente ser libres de todo pecado. Pero me temo que, inconscientemente, hay a menudo en los corazones componendas con la idea: «No podemos estar sin pecado; debemos pecar un poco cada día; no podemos evitarlo.» Oh, ¡ojalá la gente clamara de veras a Dios: «¡Señor, guárdame del pecado!»! Entréguese por completo a Jesús, y pídale que haga por usted todo cuanto pueda para guardarle del pecado.

Para concluir, permítame recogerlo todo en una palabra. Cristo Jesús dijo: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos.» En otras palabras: «Yo, el Viviente que tan completamente me he entregado a vosotros, soy la Vid. No podéis confiar en mí demasiado. Yo soy el Obrero Todopoderoso, lleno de vida y poder divinos.» Cristianos, ustedes son los pámpanos del Señor Jesucristo. Si hay en su corazón la conciencia: «No soy un pámpano fuerte, sano y fructífero; no estoy estrechamente unido a Jesús; no estoy viviendo en Él como debiera», entonces escúchele decir: «Yo soy la Vid; os recibiré, os atraeré a mí mismo, os bendeciré, os fortaleceré, os llenaré de mi Espíritu. Yo, la Vid, os he tomado por mis pámpanos; me he entregado enteramente a vosotros; hijos, entregaos enteramente a mí. Me he entregado como Dios absolutamente a vosotros; me hice Hombre y morí por vosotros para poder ser enteramente vuestro. Venid y entregaos enteramente a ser míos.»

¿Cuál será nuestra respuesta? Oh, que sea una oración desde lo profundo de nuestro corazón: que el Cristo vivo tome a cada uno de nosotros y nos una estrechamente a Sí mismo. Que nuestra oración sea que Él, la Vid viva, una a cada uno de nosotros a Sí mismo de tal modo que sigamos nuestro camino con el corazón cantando: «Él es mi Vid, y yo soy su pámpano; no quiero nada más; ahora tengo la Vid eterna.» Entonces, cuando esté a solas con Él, adórele y póstrese ante Él, alábele y confíe en Él, ámele y espere su amor. «Tú eres mi Vid, y yo soy tu pámpano. Es suficiente, mi alma está satisfecha.» ¡Gloria a su bendito nombre!

FIN

Capítulo 32 completado

Vosotros sois los pámpanos

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