Capítulo 4 · 3 min de lectura · 3 min de escucha
Día 3 — Dios mira el corazón
«Y el Señor respondió a Samuel: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo he desechado; porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas el Señor mira el corazón.”»
Dios envió al profeta Samuel a una misión secreta. Tenía que ir a Belén, a la casa de un hombre llamado Isaí, y ungir a uno de los hijos de Isaí como el próximo rey de Israel. Dios le mostraría cuál.
Cuando entró Eliab, el hijo mayor de Isaí, Samuel estaba seguro de que era él. Eliab era alto y guapo. ¡Parecía un rey! Este tiene que ser, pensó Samuel.
Pero Dios dijo que no. «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura». Luego Dios explicó por qué: «El hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas el Señor mira el corazón».
Uno por uno, siete de los hijos de Isaí pasaron delante de Samuel. Y cada vez Dios decía: «Este no». Al final, Samuel preguntó: «¿Son estos todos tus hijos?». Isaí respondió: «Aún queda el menor, que está cuidando las ovejas». ¡Ni siquiera lo había invitado!
Cuando el hijo menor llegó del campo, Dios dijo: «Levántate y úngelo, porque este es». Se llamaba David. Era solo un pastorcito, y nadie pensaba que fuera importante. Pero Dios había mirado su corazón.
La gente mira lo de afuera. Es normal. Nos fijamos en la ropa, el pelo, las caras y los cuerpos. Y a veces la gente nos juzga por lo que ve. Quizá te has sentido juzgada por tu aspecto, o quizá tú has juzgado a otra persona.
Pero Dios mira más hondo. Él ve lo que hay dentro de ti: tu amabilidad, tu fe, tu sinceridad y tu amor. También ve el dolor, el miedo y las partes que escondes. Y te ama por completo.
Esto no quiere decir que esté mal cuidar tu aspecto. ¡Está bien disfrutar de la ropa y de arreglarte el pelo! Pero tu aspecto no es lo que te da valor, y no es lo que más le importa a Dios.
Así que la próxima vez que estés delante del espejo y sientas que no estás a la altura, recuerda: el espejo solo muestra lo de afuera. Dios ve tu corazón. Y eso es lo que él atesora.
Piénsalo: ¿Por qué crees que la gente se fija tanto en el aspecto de los demás? ¿Cómo puedes empezar a ver a las personas como las ve Dios?
Inténtalo: Hoy, cuando te mires al espejo, en vez de pensar en cómo te ves, pregúntale a Dios: «¿Qué ves hoy en mi corazón?».
Querido Dios, gracias porque tú miras mi corazón, y no solo lo de afuera. Ayúdame a que me importe más lo que a ti te importa. Ayúdame a dejar de juzgarme a mí misma y a los demás por el aspecto, y a empezar a ver los corazones como tú los ves. En el nombre de Jesús, amén.
Capítulo 4 completado
Día 3 — Dios mira el corazón