Hijas del Rey – 30 días con Dios para chicas – Libro 1
Día 11 — Celébrala

Capítulo 12 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

Día 11 — Celébrala

«Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre… Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.”»

— Lucas 1:41–42, 45

Elisabet era una mujer mayor que había deseado tener un bebé toda su vida. Durante años y años había orado, pero el bebé no llegaba. Entonces, cuando ya era anciana, Dios hizo un milagro, ¡y por fin Elisabet iba a tener un hijo! (Cuando creciera, sería Juan el Bautista).

Más o menos al mismo tiempo, María, una joven pariente de Elisabet, se enteró de que ella también iba a tener un bebé. Y no un bebé cualquiera. ¡María sería la madre de Jesús, el Hijo de Dios!

Así que María fue a toda prisa a visitar a Elisabet. Y cuando Elisabet oyó la voz de María, ¡el bebé que llevaba dentro saltó de alegría! Elisabet fue llena del Espíritu Santo y exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres!».

Piensa en esto un momento. Elisabet había esperado toda su vida un bebé. Por fin le llegaba su gran momento. Pero entonces apareció su prima más joven con una noticia todavía más grande. El bebé de María sería más importante que el de Elisabet.

Elisabet podría haber sentido celos. Podría haber pensado: ¿Por qué a ella le toca el bebé más importante? ¡Yo esperé mucho más tiempo!

Pero no lo hizo. En lugar de eso, celebró a María. La animó. La bendijo. Se alegró de verdad de que Dios estuviera haciendo algo increíble en la vida de María.

Así puede ser la verdadera amistad entre chicas. No competir, sino animarse unas a otras.

No siempre es fácil. Cuando una amiga entra en el equipo y tú no, o consigue el papel que tú querías, o le dicen que su dibujo es precioso cuando tú te esforzaste mucho en el tuyo, es normal sentir un pinchazo de celos.

Pero tú eliges qué hacer con ese sentimiento. Puedes dejar que se convierta en competencia y resentimiento. O puedes hacer lo que hizo Elisabet, y celebrarla.

Y aquí viene algo maravilloso: cuando celebras a otras chicas, no pierdes nada. Dios tiene bendiciones suficientes para todos.

Piénsalo: ¿Hay alguna amiga o hermana a la que te cuesta celebrar? ¿Por qué?

Inténtalo: Piensa en una chica de la que normalmente podrías sentir celos, y celebra hoy de verdad algo bueno de su vida. Dile que te alegras por ella.

Querido Dios, gracias por el ejemplo de Elisabet. Ayúdame a celebrar a otras chicas en lugar de competir con ellas. Cuando sienta celos, ayúdame a animarlas. Gracias porque tienes bendiciones suficientes para todos. En el nombre de Jesús, amén.

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