Valientes por Dios: Libro cuatro
Lilias Trotter: la artista que escogió el desierto

Capítulo 5 · 2 min de lectura · 2 min de escucha

Lilias Trotter: la artista que escogió el desierto

Lilias Trotter era una joven de Inglaterra con un don maravilloso: sabía pintar. Veía el color y la luz como muy pocas personas los ven, y uno de los más grandes maestros de arte de toda Inglaterra, un hombre famoso llamado John Ruskin, le dijo que, si se dedicaba a la pintura, podría llegar a ser una de las más grandes artistas que el país hubiera conocido jamás. Era una promesa deslumbrante, y era verdad.

Pero Lilias amaba a Jesús más de lo que amaba la pintura. Había empezado a ayudar a mujeres y muchachas pobres en las calles oscuras de Londres, que no tenían a nadie que las cuidara, y poco a poco sintió que Dios iba llevando su corazón hacia una vida más dura y mucho menos brillante. Tenía que escoger entre la fama que le prometía su maestro y la obra callada y costosa que creía que Dios le estaba pidiendo.

Lilias escogió a Dios. Dejó a un lado el brillante futuro en el arte que todos decían que debía tener y, en su lugar, navegó hasta el norte de África, a la tierra de Argelia, para vivir entre gente que seguía otra religión y que muy rara vez oía hablar de Jesús. A muchos les pareció un terrible desperdicio de un gran don.

En Argelia, Lilias descubrió que la obra era lenta y solitaria. Pocos querían escuchar; algunos de los que sí creían eran tratados con crueldad por ello; y los frutos llegaban solo poco a poco, como el agua que va empapando la tierra seca. Pero ella no se rindió. Aprendió la lengua, hizo su hogar entre la gente, amó a los niños y se quedó casi cuarenta años: casi toda su vida adulta.

Y, después de todo, su don no se desperdició. Lilias usó su pincel para hacer libritos llenos de dibujos preciosos que contaban la historia de Jesús de maneras que la gente que la rodeaba podía entender y atesorar. Había renunciado a ser famosa para ser fiel, y había aprendido que la vida más pequeña y más dura, derramada por Dios, vale más que la más grandiosa guardada para uno mismo. El desierto que escogió llegó a florecer, al final, porque una gran artista decidió que Jesús era su obra maestra.

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