Biografía
- 1906
- 1927
- 1930
- 1935
- 1939
- 1945
La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia.
Muchos de los pastores de la iglesia lo fueron por larga costumbre: párrocos, rectores de seminario, misioneros que pasaron cuarenta años tranquilos en un mismo lugar. Dietrich Bonhoeffer apenas había comenzado. Tenía treinta y nueve años cuando lo ahorcaron, y el seminario que más se le recuerda por haber dirigido era ilegal y duró dos años antes de que la policía lo cerrara. Escribió el libro sobre lo que cuesta seguir a Cristo, y luego llegó la cuenta, y la pagó en un campo de concentración dos semanas antes de que llegara el ejército estadounidense. Es el pastor que calculó el costo en voz alta, por escrito, años antes de saber que estaba poniendo precio a su propia muerte.
Un teólogo en una casa que no tenía ninguna necesidad de uno
Nació el 4 de febrero de 1906 en Breslau, entonces en Alemania y hoy la ciudad polaca de Wrocław. Los Bonhoeffer eran una familia privilegiada, culta y no especialmente religiosa. Su padre, Karl, era uno de los principales psiquiatras de Alemania, y cuando Karl asumió la cátedra de psiquiatría en Berlín toda la numerosa familia —ocho hijos— se mudó a la capital. Dietrich y su hermana gemela Sabine eran el sexto y la séptima. Era una casa de música, de ciencia y de pensamiento cuidadoso, esa clase de casa donde se esperaba que un muchacho llegara a ser médico o abogado, y donde nadie oraba mucho.
Por eso a todos les sorprendió que, siendo adolescente, anunciara que sería teólogo. Sus hermanos, inteligentes y de tendencia secular, pensaron que se estaba malgastando en una iglesia en decadencia. Él no discutió; sencillamente fue y lo hizo. Estudió en Tubinga y en Berlín, y en 1927, con veintiún años, obtuvo su doctorado en Berlín con una tesis sobre la iglesia como comunidad de personas: Sanctorum Communio, la comunión de los santos. Era, según cualquier criterio académico, un prodigio consumado antes de ser gran cosa como cristiano.
Harlem, y el paso de teólogo a discípulo
En 1930 cruzó el Atlántico para pasar un año en el Union Theological Seminary de Nueva York. Buena parte de lo que encontró en la academia estadounidense no lo impresionó: demasiado pragmática, demasiado escasa en la sustancia de la fe. Lo que lo conmovió estaba en otro lugar por completo. Gracias a su amistad con un compañero de estudios, Frank Fisher, comenzó a asistir a la Abyssinian Baptist Church de Harlem, adorando con regularidad junto a una congregación negra y ayudando en la enseñanza de su escuela dominical. Allí oyó el evangelio predicado con una pasión y una franqueza que faltaban en las aulas: el pecado y la gracia, el amor de Dios y una esperanza que alcanzaba más allá de este mundo. También vio de cerca lo que el racismo estadounidense hacía a las personas que cantaban a su lado. Los estudiosos se cuidan de convertir aquel único año en una conversión fulminante, pero su huella lo acompañó el resto de su vida.
Algo sí cambió en él en esos años, un cambio que describió más tarde, en una carta de 1936, como el paso de un hombre que poseía la Biblia de manera profesional a un hombre a quien la Biblia ahora poseía. Había convertido la enseñanza de Cristo, admitía, en algo para su propio provecho; y luego sucedió algo que cambió y transformó su vida. El Sermón del Monte dejó de ser un texto que dominar y se convirtió en un conjunto de instrucciones que obedecer.
Trabar los radios de la rueda
Regresó a Alemania, y Alemania estaba a punto de ponerle delante la crisis que lo definiría. Hitler llegó a canciller el 30 de enero de 1933. Dos días después, Bonhoeffer dio una charla radiofónica sobre la idea del Führer, el Líder, en la que advertía que un líder que se convierte a sí mismo en ídolo, que no reconoce ninguna autoridad por encima de sí, se vuelve un Verführer, un seductor, y conduce a su pueblo a la ruina. La emisión se cortó antes de que terminara. No se sabe con certeza por qué se cortó exactamente, y lo honesto es no adornarlo; pero el instinto del joven pastor, en los primeros días del régimen, ya era la resistencia.
Aquel abril el Estado se dispuso a excluir de la administración pública a las personas de ascendencia judía, y la facción pronazi dentro de la iglesia quería que la misma norma se aplicara a sus propios ministros. Bonhoeffer se opuso de inmediato. En un ensayo sobre la iglesia y la cuestión judía sostuvo que la iglesia no podía entregar sus propias normas a una ideología racial, que tenía un deber hacia las víctimas del Estado, y que podía llegar un momento en que la iglesia no debiera limitarse a vendar a los heridos bajo la rueda, sino trabar los radios de la rueda misma. Su ensayo arrastraba algunos de los viejos supuestos de su tradición acerca del judaísmo, y sería deshonesto hacer de él un hombre plenamente moderno en ese punto. Pero sus acciones fueron limpias: se puso en pie, pronto y a un alto precio, por las personas a quienes el Estado había señalado.
Cuando en 1934 los protestantes fieles rompieron con la iglesia oficial nazificada para formar la Iglesia Confesante, Bonhoeffer estuvo con su ala más intransigente. En 1935 aquel movimiento le confió la labor que más amaba: dirigir un seminario ilegal para sus predicadores en Finkenwalde, en Pomerania. Era un experimento de vida cristiana en común —culto, confesión, estudio y una mesa compartida— y estaba fuera de la ley. La Gestapo lo cerró en 1937. Pero de aquellos dos años surgieron los dos libros por los que más se le lee, El precio de la gracia y Vida en comunidad.
El primero de ellos trazó una distinción que ha sobrevivido a todas las discusiones de su década. La gracia, decía Bonhoeffer, se había vendido barata: perdón sin arrepentimiento, comunión sin confesión, una gracia que no cuesta nada y que por eso nada cambia.
La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia.
— Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia
Frente a ella colocó la gracia costosa: la gracia que le cuesta a un hombre la vida porque a Dios le costó la vida de su Hijo, la gracia que no puede separarse del seguimiento. Es el tesoro por el que un hombre vende todo lo que tiene para comprarlo. Y en el mismo libro se encuentra la frase que, vista en retrospectiva, se lee como una profecía que escribió sobre sí mismo.
Cuando Cristo llama a un hombre, le manda venir y morir.
— Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia
El pastor y el complot
En junio de 1939 unos amigos le prepararon una salida. Zarpó hacia Nueva York, donde podría haber esperado el fin de la guerra que se avecinaba a salvo y siendo útil. En cosa de dos semanas supo que había cometido un error, y tomó un barco de regreso a casa antes de que la guerra cerrara el mar. Explicó su decisión en una carta al teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr, y la razón que dio es una de las cosas más verdaderas que un pastor haya escrito jamás sobre su pueblo.
No tendré ningún derecho a participar en la reconstrucción de la vida cristiana en Alemania después de la guerra si no comparto las pruebas de este tiempo con mi pueblo.
— Dietrich Bonhoeffer, carta a Reinhold Niebuhr, 1939
Ya de vuelta en Alemania, a través de su cuñado Hans von Dohnányi, fue introducido en la Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán, cuya dirección se había convertido en un núcleo de la resistencia contra Hitler. Sobre el papel era un agente cuyos contactos eclesiásticos en el extranjero resultaban útiles; en realidad, el puesto lo protegía del reclutamiento y le permitía llevar los mensajes de la resistencia a hombres de iglesia de otros países, buscando la comprensión de los Aliados para una Alemania posterior a Hitler. Tomó parte en la Operación 7, que puso a salvo en Suiza, de contrabando, a un grupo de judíos.
Este es el giro más difícil de su vida, y hay que contarlo con llaneza y sin emoción de novela. Este pastor llegó a apoyar una conspiración que incluía planes para matar a Hitler. No fue un fabricante de bombas ni un asesino: las versiones populares que lo presentan como el agente de una novela de espías van más allá de lo que consta en los registros. Fue un partidario, un correo, un hombre que prestó al complot su conciencia y su cobertura. No fingió que matar fuera algo limpio. Los hombres de la resistencia entendían el tiranicidio como una culpa grave, y estaban dispuestos a cargar con esa culpa para detener un mal mayor. En la ética que escribía en esos años, y que quedó inconclusa, luchó precisamente con esto: el discípulo que, por amor a su prójimo, está dispuesto a entrar en el mal y responder de ello ante Dios antes que mantener limpias sus propias manos mientras otros mueren.
Tegel, Flossenbürg y un testimonio que le sobrevivió
En enero de 1943 se comprometió con Maria von Wedemeyer, de una familia pomerana a la que conocía; ella era mucho más joven que él, y al principio el compromiso se mantuvo en reserva. El 5 de abril de 1943 fue detenido, junto con Dohnányi. Las acusaciones fueron, al principio, relativamente menores: la Gestapo sospechaba irregularidades en la Abwehr, todavía no el complot contra la vida de Hitler. Estuvo recluido en la prisión militar de Tegel, en Berlín, y fue allí, en su celda, donde escribió las cartas y los papeles que su amigo Eberhard Bethge publicaría más tarde como Resistencia y sumisión. En ellos dio vueltas a ideas extrañas e inconclusas sobre una fe despojada de la religión fácil en un mundo que ha llegado a la mayoría de edad, y escribió poemas; entre ellos, en diciembre de 1944, uno sobre estar amparado por poderes benévolos aun en la oscuridad, enviado como saludo de Año Nuevo a los que amaba.
El fallido atentado con bomba del 20 de julio de 1944 lo cambió todo. Los documentos de la resistencia que fueron incautados dejaron al descubierto la conspiración más profunda, y con ella a Bonhoeffer. Fue trasladado a la prisión de la Gestapo, luego a Buchenwald y por último a Flossenbürg. El 8 de abril de 1945 un tribunal sumario de las SS, sin verdadera defensa ni pruebas, lo condenó. Al amanecer del 9 de abril de 1945 fue ahorcado, junto con otros conspiradores, por lo que en general se considera una orden venida de la cúspide misma del régimen después de que Hitler viera los papeles. Las fuerzas estadounidenses liberaron el campo dos semanas después.
El relato asociado durante mucho tiempo a su muerte —el de un médico del campo que lo describió arrodillado en ferviente oración y subiendo al patíbulo sereno y sin miedo— es uno que los estudiosos tratan hoy con verdadera cautela; aquel hombre lo dio años más tarde y puede haber idealizado lo que vio, o a quién vio. Lo que está mejor atestiguado procede de un compañero de prisión, el capitán Payne Best, que recordaba las palabras de despedida de Bonhoeffer cuando se lo llevaban, pidiendo que se hiciera llegar un mensaje a un obispo en Inglaterra: este es el fin; para él, el comienzo de la vida. Incluso eso es un recuerdo puesto por escrito cinco años después, no una transcripción, y lo honesto es tenerlo por tal.
Lo que deja
Bonhoeffer dejó una Ética que nunca terminó y un montón de cartas de prisión que nunca pensó como libro, y de esas cosas inconclusas surgió una de las voces cristianas más leídas del siglo. También dejó una advertencia contra nosotros mismos. Muchas de sus mejores frases han sido afiladas hasta convertirse en eslóganes y, al menos en un caso famoso, puestas en su boca aunque nunca las escribió: un recordatorio de que hasta un mártir puede ser reclutado para causas por las que jamás habló, y de que honrarlo significa citarlo con verdad.
Fue un pastor joven, y su cayado se quebró pronto. Pero entendió algo que también sabían los pastores que sirvieron largos años: que un pastor no guía a su pueblo desde una distancia segura. Comparte sus pruebas. Vuelve a cruzar el océano cuando podría haberse quedado. Y cuando Cristo llama, viene, aun cuando el llamado, como Bonhoeffer había escrito de su puño y letra años antes de que la Gestapo llamara a su puerta, lo conduce a morir.
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Preguntas y respuestas
¿En qué clase de familia creció Dietrich Bonhoeffer, y cómo terminó siendo teólogo?
Nació en 1906 en un hogar berlinés privilegiado y culto que apenas tenía interés en la religión. Su padre, Karl, era uno de los principales psiquiatras de Alemania, y la casa estaba llena de música, ciencia y argumentación cuidadosa, esa clase de lugar donde se esperaba que un niño llegara a ser médico o abogado. Cuando el joven Dietrich anunció que en cambio estudiaría teología, sus hermanos de tendencia secular pensaron que se estaba malgastando en una iglesia en decadencia; sin embargo, fue y lo hizo, obteniendo su doctorado en Berlín en 1927 con apenas veintiún años, con una tesis sobre la iglesia como comunidad de personas, Sanctorum Communio.
¿Cómo lo cambió su año en Estados Unidos?
En 1930 pasó un año en el Union Theological Seminary de Nueva York y halló que la academia allí era demasiado pragmática y superficial. Lo que lo conmovió fue Harlem: a través de su amigo Frank Fisher comenzó a asistir al culto en la Abyssinian Baptist Church y a ayudar en la enseñanza de su escuela dominical, escuchando el evangelio predicado con una franqueza que faltaba en las aulas y viendo de cerca lo que el racismo hacía a las personas que tenía al lado. Los estudiosos se resisten a llamarlo una única conversión fulminante, pero él describió más tarde ese cambio como el paso de un hombre que poseía la Biblia de manera profesional a un hombre a quien la Biblia ahora poseía.
¿Cuál fue su postura frente al cristianismo nazificado?
Cuando Hitler llegó al poder en 1933, las facciones pronazis querían que la iglesia excluyera a los ministros de ascendencia judía y se plegara a una ideología racial. Bonhoeffer se opuso de inmediato, sosteniendo que la iglesia tenía un deber hacia las víctimas del Estado y que algún día quizá tendría que hacer más que vendar a los aplastados bajo la rueda, y en cambio trabar los radios de la rueda misma. Cuando protestantes fieles se separaron para formar la Iglesia Confesante en 1934, él se puso del lado de su ala más intransigente.
¿Qué fue el seminario de Finkenwalde, y qué surgió de él?
En 1935 la Iglesia Confesante le confió la labor que más amaba: dirigir un seminario ilegal para sus predicadores en Finkenwalde, en Pomerania, un experimento de vida cristiana en común construido en torno al culto, la confesión, el estudio y una mesa compartida. La Gestapo lo cerró en 1937, tras solo dos años. Sin embargo, de él surgieron los dos libros por los que más se le lee, Vida en comunidad y El precio de la gracia.
¿Qué quería decir con gracia barata y gracia costosa?
En El precio de la gracia advirtió que la gracia se había vendido barata, ofrecida como perdón sin arrepentimiento y comunión sin confesión, una gracia que no cuesta nada y que por eso nada cambia. «La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia», escribió. Frente a ella colocó la gracia costosa, que le cuesta a la persona su vida porque a Dios le costó la vida de su Hijo; y en el mismo libro escribió una frase que, vista en retrospectiva, se lee como una profecía sobre sí mismo: «Cuando Cristo llama a un hombre, le manda venir y morir».
¿Por qué dejó la seguridad de Estados Unidos en 1939 para regresar a Alemania?
En junio de 1939 unos amigos dispusieron que zarpara hacia Nueva York, donde podría haber esperado el fin de la guerra a salvo. En cosa de dos semanas supo que había cometido un error y tomó un barco de regreso a casa antes de que el mar se cerrara. Lo explicó en una carta al teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr: «No tendré ningún derecho a participar en la reconstrucción de la vida cristiana en Alemania después de la guerra si no comparto las pruebas de este tiempo con mi pueblo».
¿De verdad tomó parte en un complot para matar a Hitler?
A través de su cuñado Hans von Dohnányi fue introducido en la Abwehr, el servicio de inteligencia militar cuya dirección se había convertido en un núcleo de la resistencia, y llegó a apoyar una conspiración que incluía planes para asesinar a Hitler. No fue un fabricante de bombas ni un asesino; las versiones de novela de espías exageran lo que consta. Fue un correo y un partidario que prestó al complot su conciencia y su cobertura, y también ayudó a poner a salvo en Suiza a un grupo de judíos en lo que se conoció como la Operación 7, sin fingir jamás que la culpa del tiranicidio fuera limpia.
¿Qué escribió durante su encarcelamiento?
Detenido el 5 de abril de 1943, estuvo recluido en la prisión militar de Tegel, en Berlín, y allí escribió las cartas que su amigo Eberhard Bethge publicaría más tarde como Resistencia y sumisión. En ellas dio vueltas a ideas inconclusas sobre una fe despojada de la religión fácil en un mundo que ha llegado a la mayoría de edad, y escribió poemas, entre ellos uno de diciembre de 1944 sobre estar amparado por poderes benévolos aun en la oscuridad, enviado como saludo de Año Nuevo a los que amaba. Se había comprometido con Maria von Wedemeyer meses antes de su arresto, y ella mantuvo correspondencia con él y lo visitó en prisión.
¿Cómo murió Bonhoeffer?
Después de que el fallido atentado con bomba del 20 de julio de 1944 dejara al descubierto la conspiración más amplia, fue trasladado, bajo custodia de la Gestapo, a Buchenwald y finalmente al campo de concentración de Flossenbürg. El 8 de abril de 1945 un tribunal sumario de las SS lo condenó sin verdadera defensa, y al amanecer del 9 de abril fue ahorcado junto con otros conspiradores, dos semanas antes de que las fuerzas estadounidenses llegaran al campo. Un compañero de prisión, el capitán Payne Best, recordó sus palabras de despedida, en las que pedía que se llevara un mensaje a un obispo en Inglaterra: que este era el fin y, para él, el comienzo de la vida, aunque incluso eso es un recuerdo puesto por escrito años después.
¿Son siempre auténticas las famosas frases que se le atribuyen?
No siempre, y a él le habría molestado. Algunas de sus frases más agudas han sido recortadas hasta convertirse en eslóganes, y al menos un dicho muy repetido, acerca de que el silencio ante el mal es en sí mismo mal, no aparece en ninguno de sus escritos y nunca fue suyo. Honrarlo significa citarlo con verdad, ya que hasta un mártir puede ser reclutado para causas por las que jamás habló.
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