Retratos de coraje – Watchman Nee
Andar: Cristo vivió a través de nosotros

Capítulo 9 · 24 min de lectura

Andar: Cristo vivió a través de nosotros

El «por tanto» de Efesios

Tras tres capítulos que anuncian lo que Dios ha hecho, Pablo se vuelve hacia la conducta del creyente: «Yo, por tanto, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados» (Efesios 4:1).

Watchman Nee construyó el segundo movimiento de Sentaos, andad, estad firmes en torno a esta palabra: andar. El cristiano que ha aprendido a reposar en Cristo no permanece inmóvil. La gracia crea una manera de vivir.

El «por tanto» es vital. La ética cristiana no consiste en reglas flotantes impuestas a extraños. Es la semejanza familiar que se espera de quienes han sido introducidos en la casa de Dios. Pablo no dice: andad dignamente para que seáis llamados. Dice: andad dignamente de la vocación ya recibida.

Nee veía en esto el remedio tanto para el legalismo como para el descuido. El legalismo desconecta la obediencia de la gracia y hace de la conducta una escalera hacia la aceptación. El descuido desconecta la gracia de la obediencia y trata la aceptación como permiso para permanecer sin cambio. Efesios rechaza ambos.

«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:10). Las obras no crean la nueva criatura; la nueva criatura produce las obras.

El andar cristiano se convierte, por tanto, en la expresión visible de una posición invisible.

Humildad, mansedumbre, paciencia

La primera descripción que Pablo hace de un andar digno no es la brillantez, ni el valor, ni la sofisticación doctrinal, ni el poder sobrenatural. Es «con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor» (Efesios 4:2).

La espiritualidad de Nee se recuerda a veces por sus conceptos elevados: la vida de resurrección, la autoridad espiritual, el vencedor, la posición celestial. Pero el Nuevo Testamento pone a prueba todo lenguaje encumbrado con la humildad ordinaria.

La humildad renuncia a la necesidad de ser superior. La mansedumbre es fuerza bajo el gobierno de Dios. La paciencia da tiempo a las personas. La tolerancia hace lugar a la obra inconclusa de la gracia en los demás.

Estas cualidades son esenciales porque la iglesia se compone de pecadores redimidos que están siendo transformados. Toda eclesiología que exija que todos sean fáciles de tratar antes de que la unidad sea posible jamás producirá una iglesia.

Pablo dice que los creyentes deben ser «solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Ellos no crean la unidad; el Espíritu ha creado un solo Cuerpo. Su tarea es guardarla.

La visión antidenominacional de Nee bebía mucho de este hecho. Sin embargo, Efesios sitúa el mantenimiento de la unidad en el contexto de la humildad, la paciencia y el amor. Una eclesiología correcta sin estas virtudes se contradice a sí misma.

Una persona puede argumentar apasionadamente a favor de un solo Cuerpo mientras trata con desprecio a otros cristianos. Al hacerlo, niega con la conducta la doctrina que defiende con palabras.

Un cuerpo, un Espíritu, un Señor

«Hay un cuerpo, y un Espíritu... un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos» (Efesios 4:4-6).

Nee consideraba esta unidad como algo objetivo. Los cristianos no llegan a ser uno por afiliarse a la misma organización; son uno porque comparten el mismo Cristo y el mismo Espíritu.

Esta verdad tiene implicaciones radicales. Un creyente de otra denominación que verdaderamente pertenece a Cristo está espiritualmente más cerca de nosotros que un incrédulo que comparte nuestra nacionalidad, política, educación o cultura. Cristo crea un parentesco más profundo.

Nee quería que la práctica de la iglesia reconociera ese hecho. Se resistía a los nombres que dividían a los creyentes según sus fundadores o según doctrinas secundarias. Su visión resuena con la oración de Jesús: «que todos sean uno» (Juan 17:21).

Pero la unidad no es lo mismo que la indiferencia doctrinal. El Nuevo Testamento también manda a la iglesia guardar el evangelio, rechazar la falsa enseñanza acerca de Cristo y ejercer disciplina. «Una fe» tiene contenido.

El desafío consiste en distinguir lo esencial que define la comunión cristiana de las convicciones secundarias en torno a las cuales los creyentes pueden diferir. Nee a veces trazaba esa línea de manera distinta a otros cristianos, sobre todo en cuanto al bautismo, el terreno de la iglesia local y la comunión. La propia historia de su movimiento muestra cuán difícil es la tarea.

El principio perdurable es que la comunión debe comenzar con lo que Dios ha hecho al hacer uno a los creyentes, y no con nuestra capacidad de construir una institución lo bastante grande para contenerlos.

Los dones se dan para el Cuerpo

Pablo pasa de la unidad a la diversidad: «Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo» (Efesios 4:7).

Un solo Cuerpo no significa uniformidad. Cristo reparte dones.

Nee subrayaba con fuerza el funcionamiento de cada miembro. Los líderes no constituyen el Cuerpo mientras los cristianos comunes asisten. Cada miembro tiene un lugar en la vida y el servicio de la iglesia.

Efesios enumera apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4:12).

Se ha debatido la puntuación y la interpretación de este versículo, pero el movimiento general es claro: los líderes dotados equipan a los santos, y el Cuerpo se edifica a medida que los miembros funcionan.

Las asambleas de Nee intentaban encarnar esto mediante reuniones participativas y un ministerio de los laicos. El principio sigue siendo pertinente aun en iglesias con cultos más estructurados. La pregunta es si a los creyentes se les equipa para ministrar fuera del púlpito.

Una iglesia puede tener sermones excelentes y ser todavía inmadura si los miembros nunca aprenden a orar con los que sufren, a explicar el evangelio, a discipular a creyentes más jóvenes, a reconciliar conflictos, a usar los dones espirituales y a servir al prójimo.

La meta es «un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13). La madurez espiritual se mide por la semejanza con Cristo, no por la sofisticación institucional.

Ya no niños

Pablo quiere que los creyentes «ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina» (Efesios 4:14).

Nee vivió en un mundo cristiano abarrotado de movimientos, esquemas proféticos, enseñanzas de santidad, llamamientos misioneros, reivindicaciones denominacionales y nuevos grupos religiosos. Leía mucho y era él mismo un fuerte innovador teológico. Por eso conocía tanto el valor como el peligro de la novedad espiritual.

La inmadurez se impresiona con facilidad. Confunde la intensidad con la verdad, la novedad con la revelación, la seguridad con la autoridad y un vocabulario inusual con la profundidad.

La respuesta de Pablo no es el cinismo, sino la madurez por medio de la verdad y el amor: «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Efesios 4:15).

La verdad sin amor puede convertirse en un arma. El amor sin verdad se vuelve sentimentalismo. El crecimiento requiere ambos.

Este versículo también ofrece una salvaguarda para leer a Nee. Sus enseñanzas deben ser puestas a prueba, no meramente admiradas. La respuesta correcta ante un maestro dotado no es la lealtad acrítica, sino el discernimiento agradecido bajo la Escritura.

Nee mismo instaba a los creyentes a conocer la Palabra. Ningún discípulo posterior lo honra tratando sus libros como un segundo canon.

El suministro de cada coyuntura

Efesios describe el Cuerpo «bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro» (Efesios 4:16).

Nee amaba la palabra suministro. Las relaciones cristianas no son meras conexiones administrativas. Los miembros reciben a Cristo y ministran a Cristo unos a otros.

La metáfora implica dependencia. Una mano separada del cuerpo no puede conservarse sana insistiendo en sus derechos individuales. Tampoco puede el cuerpo ignorar la mano.

Nee hablaba a veces de una «conciencia del Cuerpo»: la percepción de que la propia vida y el propio ministerio pertenecen a un organismo mayor. Esto desafiaba al obrero cristiano independiente que edifica un reino privado.

El ministerio del propio Pablo refleja esta interdependencia. Necesitó a Bernabé, a Silas, a Timoteo, a Lucas, a Priscila y a Aquila, a iglesias que oraban y daban, e incluso a creyentes sin nombre que lo confortaban. La autoridad apostólica no eliminaba la necesidad.

Para los líderes, esto es humillante. Cuanto más visible se vuelve un ministerio, más fácil es imaginar que los demás son extensiones del llamamiento del líder. Efesios invierte la imagen: el líder es un miembro que suministra lo que Cristo da, mientras recibe el suministro de los demás.

El Cuerpo crece «para ir edificándose a sí mismo en amor» (Efesios 4:16). El amor no es un adorno. Es la atmósfera del crecimiento orgánico.

Despojarse y vestirse

Ahora Pablo se vuelve intensamente práctico. Los creyentes ya no deben andar «como los gentiles, que andan en la vanidad de su mente» (Efesios 4:17). Ellos han «aprendido a Cristo» de otra manera.

La frase es sorprendente. El cristianismo no consiste meramente en aprender reglas cristianas; es aprender a Cristo.

Pablo describe el despojarse del viejo hombre y el vestirse del nuevo, «el cual, según Dios, es creado en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:24).

La enseñanza de Nee sobre Romanos 6 reaparece aquí. El viejo hombre ha sido crucificado con Cristo; por eso el creyente se despoja de la conducta que pertenece a la vida antigua y se viste de la conducta acorde con la nueva.

Esto incluye la veracidad: «Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo» (Efesios 4:25).

Incluye la ira disciplinada antes de que se convierta en un asidero: «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Efesios 4:26).

Incluye el trabajo honesto y la generosidad: «El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje... para que tenga qué compartir con el que padece necesidad» (Efesios 4:28).

La transformación es notable. El ladrón no solo deja de robar; sus manos se vuelven instrumentos de generosidad. La gracia reorienta la capacidad.

La lengua como instrumento de gracia

«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes» (Efesios 4:29).

La enseñanza de Nee sobre el ministerio espiritual hace especialmente escrutador este versículo. Si el servicio cristiano es la liberación de la vida de Cristo, las palabras deben llevar gracia.

Esto no significa que el habla deba ser siempre suave de tono. Jesús podía reprender con dureza la hipocresía; Pablo podía confrontar el error. Pero aun la corrección debe apuntar a la edificación, no al lucimiento propio.

La lengua revela la fuente. La murmuración puede sentirse como comunión, pero derriba. El sarcasmo puede disfrazar el desprecio de humor. La adulación manipula. La exageración sirve a la imagen. La verdad áspera puede satisfacer la ira en lugar de restaurar a un hermano.

Santiago dice: «Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo» (Santiago 3:2).

La persona espiritual es probada en el habla.

El estilo enérgico del propio Nee influyó en generaciones de lectores. El peligro para los discípulos es imitar la certeza sin compartir sus años de formación. La autoridad espiritual no se crea hablando de manera categórica.

La lengua madura está gobernada por la verdad, el amor, la oportunidad y las necesidades del oyente.

Contristar al Espíritu Santo

«Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Efesios 4:30).

Este versículo une la seguridad y la responsabilidad. El Espíritu sella al creyente para la redención; y sin embargo el creyente puede contristarlo.

La enseñanza devocional de Nee daba gran importancia a la sensibilidad al Espíritu. Creía que la desobediencia persistente podía embotar la percepción espiritual.

El contexto es el pecado en las relaciones: la amargura, el enojo, la ira, la gritería, la maledicencia y la malicia. A veces imaginamos que contristamos al Espíritu sobre todo al descuidar ejercicios místicos. Pablo sitúa la advertencia en medio de las relaciones humanas ordinarias.

«Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:32).

La vida del Espíritu se parece al perdón.

La medida es el evangelio: «como Dios... os perdonó». El perdón cristiano no consiste en fingir que una ofensa no ocurrió, ni siempre elimina las consecuencias ni restaura la confianza al instante. Significa renunciar a la venganza y avanzar hacia la misericordia que nosotros mismos hemos recibido.

Para Nee, la vida de la iglesia era una de las aulas principales de Dios para semejante transformación. La espiritualidad abstracta es fácil hasta que otra persona nos hiere.

Andad en amor

«Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros» (Efesios 5:1-2).

La expresión «hijos amados» ancla de nuevo el mandato en la identidad. Imitamos porque somos amados.

La definición del amor es la entrega de Cristo de sí mismo. El amor no es mero afecto; toma la forma de la cruz.

La enseñanza de Nee sobre el quebrantamiento pertenece aquí. El hombre exterior es quebrantado no para volver a la persona lúgubre o pasiva, sino para librarla del egocentrismo, de modo que la vida de Cristo pueda alcanzar a otros. El quebrantamiento genuino acrecienta el amor.

Pablo contrasta de inmediato el amor con la fornicación, la impureza, la avaricia, las palabras deshonestas y las bromas groseras (Efesios 5:3-4). El amor tiene límites morales. No bautiza el apetito.

Esto es importante en una época que a menudo define el amor como la afirmación del deseo. El amor del Nuevo Testamento busca el bien del otro bajo la verdad de Dios.

Cristo «se entregó a sí mismo por nosotros». La cruz sigue siendo el patrón.

Andad como hijos de luz

«Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz» (Efesios 5:8).

Pablo no dice meramente que los creyentes estaban en tinieblas; dice que eran tinieblas. Tampoco dice meramente que poseen luz; son luz «en el Señor». La identidad produce de nuevo la conducta.

«El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Efesios 5:9).

La insistencia de Nee en la vida espiritual interior puede ponerse a prueba aquí. Sea lo que sea que signifique «vida interior», su fruto debe ser observable como bondad, justicia y verdad. Una persona que afirma una comunión inusual con Dios mientras vive con engaño ha fallado una prueba bíblica.

«No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas» (Efesios 5:11). El amor cristiano no exige el silencio moral.

Sin embargo, la denuncia debe comenzar por nosotros mismos. Es fácil para las iglesias condenar las tinieblas de afuera mientras esconden el pecado adentro. Andar en luz incluye la confesión y la rendición de cuentas.

Juan dice: «Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos» (1 Juan 1:6).

La espiritualidad y la honestidad son inseparables.

Andad con diligencia

«Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5:15-16).

Nee vivió una inestabilidad extraordinaria: la política de los caudillos militares, la revolución nacionalista, la invasión japonesa, la guerra civil, la victoria comunista, las campañas ideológicas, el encarcelamiento. «Los días son malos» no era una teoría.

La sabiduría consistía en comprender la voluntad del Señor en circunstancias cambiantes. Requería vigilancia antes que temor.

Pablo continúa: «sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18). La plenitud del Espíritu produce adoración, acción de gracias y sumisión mutua.

Nee subrayaba la plenitud espiritual, pero las señales que da Pablo son notablemente comunitarias y ordinarias: hablar con salmos, himnos y cánticos espirituales; dar gracias; someteros unos a otros en el temor de Cristo (Efesios 5:19-21).

La vida llena del Espíritu no se comprueba meramente por experiencias inusuales. Se ve en la adoración, la gratitud y las relaciones ordenadas bajo Cristo.

El matrimonio y el misterio de Cristo

Efesios aplica el andar cristiano al matrimonio. El pasaje ha generado un debate intenso, sobre todo en torno a la sumisión y a la cabeza. Nee, moldeado por su propio entorno cultural y teológico, por lo general leía el texto en términos tradicionales. Una lectura contemporánea responsable debe mantener todo el pasaje centrado en la entrega de Cristo de sí mismo.

«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25).

Cualquiera que sea la autoridad que se crea que el marido posee, su modelo es un Esposo crucificado. Cristo no explota a la iglesia para su propia comodidad. Se entrega a sí mismo por la santidad y el bien de ella.

El pasaje comienza con «sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Efesios 5:21). El matrimonio cristiano no puede reducirse a privilegio de un lado y deber del otro. Ambos pertenecen a Cristo.

El énfasis posterior de Nee en la autoridad delegada debe subordinarse siempre a este modelo. La autoridad que se protege a sí misma a expensas de otro ha dejado de parecerse a Jesús.

El matrimonio es, en última instancia, una señal: «Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia» (Efesios 5:32).

La relación terrenal apunta más allá de sí misma.

Hijos, padres, siervos, amos

Pablo continúa hacia las relaciones del hogar. Los hijos obedecen a los padres «en el Señor» (Efesios 6:1), mientras que a los padres se les advierte: «no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4).

La autoridad está de nuevo limitada por la responsabilidad.

Pablo se dirige también a los siervos y a los amos dentro del orden social del primer siglo. Estos textos han sido trágicamente mal usados para justificar la esclavitud. El Nuevo Testamento no ofrece un tratado abolicionista moderno, pero planta principios que socavan la propiedad de un ser humano sobre otro: los amos y los siervos comparten un solo Señor en el cielo, y «para él no hay acepción de personas» (Efesios 6:9).

La aplicación al trabajo moderno no debe borrar la diferencia histórica entre el empleo y la esclavitud. Sin embargo, la insistencia de Pablo en que el trabajo se haga «como para Cristo» da dignidad a la labor oculta.

Nee valoraba la fidelidad ordinaria. La vida espiritual no se confina a las reuniones. El obrero ante un escritorio, la madre en una cocina, el comerciante que negocia con honradez, el estudiante que estudia y el siervo que cumple tareas inadvertidas tienen todos un escenario para andar con Cristo.

La prueba de la enseñanza espiritual es el lunes por la mañana.

Cristo vivió a través de nosotros

¿Qué significa finalmente «andar» para Nee? No significa copiar a Jesús externamente como si fuera meramente un ejemplo que está fuera de nosotros. Significa permitir que el Cristo que mora dentro exprese su vida a través de miembros entregados.

Pablo dice: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20).

El lenguaje de Nee puede sonar como si la personalidad humana desapareciera. Bíblicamente, Pablo sigue siendo un «yo» activo: «lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe». La unión no aniquila la personalidad; la reordena en torno a Cristo.

El cristiano maduro no se vuelve menos humano, sino más verdaderamente humano en conformidad con la imagen del Hijo. La vida de Cristo no borra el temperamento, la cultura, la memoria, la creatividad ni el llamamiento. Los santifica.

«Dejar que Cristo viva» no es, por tanto, pasividad. Es obediencia llena de fe en dependencia continua.

El fracaso en el camino

Ningún cristiano anda con perfección. El peligro de un mensaje de «vida victoriosa» es que el fracaso puede volverse difícil de admitir. Los creyentes pueden temer que la confesión demuestre que no han comprendido el secreto.

El Nuevo Testamento ofrece un realismo mejor. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Juan 1:8). Y sin embargo, de inmediato: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).

La gracia no solo comienza el andar; la gracia nos restaura cuando tropezamos.

La mejor teología de Nee sostiene esto. La sangre de Cristo sigue siendo el fundamento de la comunión. La cruz sigue siendo la respuesta de Dios al yo. El Espíritu sigue siendo nuestra fuente. Nunca avanzamos más allá del evangelio hacia una clase superior de existencia cristiana en la que el arrepentimiento sea innecesario.

Un andar digno incluye la confesión pronta.

El amor como medida final

El cuadro que Pablo pinta de la madurez culmina una y otra vez en el amor. Esto es coherente con todo el Nuevo Testamento.

«Y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy» (1 Corintios 13:2).

Un cristiano puede comprender las distinciones de Nee entre espíritu y alma, sostener firmes convicciones acerca de la iglesia local, conocer Romanos 6, hablar de la vida de resurrección, practicar los principios de la fe y aun así perder la evidencia moral central de la vida de Cristo.

«El fruto del Espíritu es amor» (Gálatas 5:22). El amor está en primer lugar.

El amor es paciente en las reuniones, honesto en los negocios, fiel en el matrimonio, generoso ante la necesidad, veraz en el conflicto, hospitalario a través de las diferencias, valiente frente al pecado y dispuesto a perdonar tras la herida.

Esto es andar.

El creyente sentado camina por el mundo ordinario llevando el carácter de Aquel en quien está sentado.

Pero Efesios tiene todavía un verbo más. El cristiano no solo recibe y anda. Habita un mundo en disputa. El mal resiste los propósitos de Dios. Por eso la iglesia debe aprender no solo a avanzar, sino, en momentos decisivos, a rehusar la retirada.

La palabra final es: estad firmes.

El andar es relacional antes que espectacular

A los cristianos a menudo les atrae la espiritualidad extraordinaria: milagros, visiones, percepción profética, misión heroica, oración intensa. Efesios 4-6 gasta gran parte de su energía moral en las relaciones.

Decir la verdad. Trabajar con honradez. Hablar palabras que edifican. Perdonar. Amar al cónyuge. Criar a los hijos sin provocarlos. Hacer el trabajo ordinario como para Cristo.

Esto es importante para leer a Nee. Su lenguaje puede sonar elevado, pero la prueba de «Cristo como vida» es cosa corriente.

«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso» (1 Juan 4:20).

La espiritualidad más alta debe sobrevivir a la mesa del comedor.

Andar por el Espíritu

Gálatas ofrece un paralelo a Efesios: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (Gálatas 5:16).

El fruto que sigue es moral y relacional: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza.

El lenguaje del espíritu que emplea Nee resulta más seguro cuando se ancla aquí. La evidencia de andar por el Espíritu no es una sensación interior inusual, sino un fruto semejante al de Cristo.

Una persona que afirma tener intuición espiritual mientras carece de templanza tiene razón para cuestionar esa afirmación.

Andar dignamente en la vida pública

Nee procuraba a menudo mantener a la iglesia separada de la política partidista, pero el llamado de Efesios a un andar digno sigue aplicándose a la vida pública. Los cristianos pagan impuestos, hacen negocios, poseen ciudadanía, encuentran injusticia e influyen en sus comunidades.

«Andad sabiamente para con los de afuera» (Colosenses 4:5).

El testimonio público de la iglesia depende no solo de lo que dice acerca de Cristo, sino de cómo se comportan los creyentes cuando no hay ninguna actividad explícitamente religiosa en marcha.

La honradez en los negocios, el trato a los empleados, el modo de hablar de los adversarios, la integridad sexual y el cuidado de los pobres pertenecen todos al andar.

El andar digno y la forma ordinaria de la santidad

El énfasis de Nee en Cristo como vida podría sonar místico si se separara de la segunda mitad de Efesios. Pablo no permite esa separación. La posición celestial de los capítulos 1-3 produce un andar intensamente práctico en los capítulos 4-6.

«Yo, por tanto, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados» (Efesios 4:1). La palabra «por tanto» une la doctrina y la conducta. La gracia no elimina la ética; crea el único fundamento estable para ella.

Las primeras cualidades que Pablo nombra no son dones espectaculares: humildad, mansedumbre, paciencia y soportarse unos a otros en amor. Esta es una prueba escrutadora de la espiritualidad. Un creyente puede hablar de manera persuasiva sobre las realidades celestiales mientras permanece impaciente en casa, a la defensiva en las reuniones, poco fiable con los compromisos o áspero frente a la debilidad. Pablo mide el andar donde las demás personas pueden sentirlo.

Nee volvía una y otra vez al principio de que Cristo debe volverse práctico. Si Cristo es nuestra vida, entonces su vida debería aparecer cada vez más en el habla, el dinero, el matrimonio, el trabajo, el perdón, la sexualidad y el trato a las personas incómodas.

Efesios 4 hace corporativa la veracidad: «desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros» (Efesios 4:25). Mentir no es meramente quebrantar una regla privada; hiere el propio cuerpo. La doctrina del Cuerpo se convierte en una ética de la honestidad.

La ira recibe un trato semejante. «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Efesios 4:26). Pablo no finge que la ira nunca surja. Manda que no se vuelva territorio asentado para el pecado. Una persona espiritual no es la que ha aprendido a rotular la ira como «anímica» y a negarla. La madurez nombra la emoción con verdad, la somete a Dios y busca la reconciliación.

El trabajo también queda transformado. Al ladrón no solo se le dice que deje de robar, sino que trabaje «para que tenga qué compartir con el que padece necesidad» (Efesios 4:28). La gracia convierte la adquisición en generosidad. La meta es más que una moral negativa; es un nuevo propósito.

El habla debe impartir gracia: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación» (Efesios 4:29). El criterio no es simplemente si una afirmación es técnicamente verdadera. ¿Edifica conforme a la necesidad? La verdad puede convertirse en arma. El habla cristiana une la verdad y el amor.

Efesios 5 añade la santidad sexual, el uso sabio del tiempo, la adoración, la gratitud y la sumisión mutua. El mandato de ser llenos del Espíritu va seguido del canto, la acción de gracias y la conducta en las relaciones. La vida llena del Espíritu no se confina a reuniones extraordinarias. Alcanza la mesa del comedor.

La propia enseñanza de Nee sobre las relaciones familiares reflejaba las presuposiciones de su época y debe leerse con cuidado. Toda aplicación de los textos del hogar ha de estar gobernada por el amor de Cristo que se entrega, por la dignidad de cada creyente y por la prohibición del dominio coercitivo. La norma de Pablo para los maridos no es un derecho adquirido, sino la cruz: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25).

El andar digno protege, por tanto, la doctrina de Nee sobre el reposar en Cristo para que no se convierta en quietismo. La gracia produce esfuerzo, pero el esfuerzo ha cambiado de raíces. El creyente no obedece para llegar a ser aceptado; obedece porque es aceptado en el Amado. No fabrica la vida espiritual; ofrece sus miembros al Dios cuya vida ya está obrando en su interior.

Aquí es donde la famosa progresión de Nee tiene sabiduría pastoral. Sentaos primero. Luego andad. Invertir el orden crea legalismo. Omitir el andar crea irrealidad.

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