Retratos de coraje – Watchman Nee
Revolución, persecución y el costo del discipulado

Capítulo 15 · 20 min de lectura

Revolución, persecución y el costo del discipulado

China al borde de una nueva era

La última década del ministerio público de Watchman Nee se desarrolló sobre un trasfondo de catástrofe nacional y revolución. Para comprender sus decisiones, hay que resistir la tentación de leer la historia al revés. La victoria comunista de 1949 no llegó como una nota al pie en una biografía religiosa. Transformó todo el orden social.

China había soportado la invasión japonesa, la devastación de la Segunda Guerra Sino-Japonesa y una guerra civil renovada entre nacionalistas y comunistas. Las ciudades cambiaban de manos. La inflación destruía los ahorros. Las familias eran desplazadas. Las lealtades políticas podían convertirse en cuestiones de supervivencia.

El cristianismo ocupaba una posición especialmente vulnerable, porque las misiones modernas estaban enredadas, por más involuntario que fuera, con la era de la intrusión imperial de Occidente. Los misioneros habían fundado escuelas, hospitales, universidades e iglesias, pero los privilegios extranjeros y los tratados desiguales facilitaban que los nacionalistas revolucionarios presentaran el cristianismo como un brazo cultural del imperialismo.

Por eso los líderes cristianos chinos enfrentaban un problema genuino aun antes de que se intensificara el control ideológico comunista: ¿cómo podía la iglesia demostrar que Cristo no era propiedad extranjera?

Nee había pasado décadas abogando por iglesias autóctonas, que se sostuvieran y se gobernaran a sí mismas. En cierto sentido, estaba mejor preparado para el mundo nuevo que muchas instituciones dependientes de las misiones.

Pero la definición estatal de una iglesia china aceptable implicaría cada vez más una lealtad política y un control organizativo que la eclesiología de Nee no podía asimilar con facilidad.

1949 y la República Popular

El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la República Popular China. El Partido Comunista poseía ya la maquinaria estatal con la cual podía emprender una transformación social radical.

El nuevo régimen no abolió de inmediato todo culto cristiano. En cambio, la política religiosa se fue desarrollando mediante campañas, negociaciones, organizaciones patrióticas, propaganda y una regulación creciente.

Los líderes protestantes entraron en conversaciones que condujeron al Movimiento Patriótico de las Tres Autonomías, el cual subrayaba el autogobierno, el autosostenimiento y la autopropagación, a la vez que cortaba los vínculos imperiales extranjeros.

La ironía era aguda. Estas ideas de las «tres autonomías» sonaban superficialmente parecidas a convicciones que Nee había enseñado desde hacía mucho. Pero un vocabulario idéntico puede servir a autoridades muy distintas.

Para Nee, la vida autóctona de la iglesia existía para que Cristo, y no las misiones extranjeras, gobernara la iglesia. Para el Estado, la independencia religiosa de las potencias extranjeras se convirtió en parte de la consolidación política.

La cuestión decisiva no era si las iglesias debían ser chinas. Era quién poseía el señorío final.

Partir o regresar

A medida que aumentaba la presión, algunos líderes cristianos abandonaron la China continental. Nee tenía oportunidades y contactos internacionales que le habrían permitido permanecer fuera. Viajó a Hong Kong en 1950, donde sus colegas le instaron a la cautela.

Los relatos lo presentan de manera consistente eligiendo regresar al continente en lugar de resguardar su seguridad personal en el extranjero. Cualquiera que sea la opinión sobre los juicios políticos concretos que emitió en aquellos años, esta decisión revela su identificación con las iglesias chinas.

Un pastor no abandona con facilidad el rebaño cuando llega el peligro.

Jesús dice: «El buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:11). Ese texto no debe usarse para insistir en que todo líder amenazado deba permanecer en su lugar; Pablo huyó de ciudades cuando la persecución arreciaba, y Jesús dijo a los discípulos que, cuando fueran perseguidos en una ciudad, podían huir a otra. La Escritura permite tanto la huida como la permanencia, según el llamado.

Nee creía que quedarse era su deber.

La decisión le costaría todo lo que le quedaba de vida en libertad.

Cooperación, patriotismo y ambigüedad

Los relatos históricos de los primeros años de Nee bajo el gobierno comunista no encajan en una narrativa simple de resistencia inmediata. La erudición reciente hace notar que Nee y la Sala de Reuniones participaron en manifestaciones patrióticas públicas y expresaron apoyo a ciertos aspectos del nuevo régimen, en particular en torno al periodo de la Guerra de Corea.

Esto merece un tratamiento cuidadoso. Los admiradores posteriores tal vez prefieran un héroe que reconociera al instante la persecución comunista y se opusiera al Estado desde el principio. La evidencia es más complicada.

Los cristianos chinos intentaban sobrevivir dentro de un entorno político que cambiaba con rapidez. Algunos esperaban que la cooperación en asuntos nacionales pudiera preservar la libertad para la obra espiritual. Algunos acogían de buena fe ciertos aspectos del nacionalismo antiimperial o de la reforma social. Algunos actuaban bajo presión. Los motivos diferían y podían cambiar.

El propio Nee había intentado durante mucho tiempo separar el cristianismo de la política partidista. Bajo condiciones revolucionarias tuvo que reconsiderar si una supuesta neutralidad política podía ocultar lealtades no examinadas.

Romanos 13 ordena la sumisión a las autoridades que gobiernan. «Sométase toda persona a las autoridades superiores» (Romanos 13:1). Los cristianos no son anarquistas por el mero hecho de que los gobernantes sean incrédulos.

Pero Romanos 13 no convierte al Estado en Dios. Apocalipsis 13 muestra al poder político volviéndose bestial cuando exige lo que pertenece a Dios. Hechos 5:29 marca el límite: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».

El discernimiento entre Romanos 13 y Apocalipsis 13 es una de las tareas políticas más difíciles de la iglesia.

El Manifiesto Cristiano y la presión de las Tres Autonomías

Los primeros años de la década de 1950 trajeron esfuerzos organizados para separar al protestantismo chino de la influencia de las misiones extranjeras y alinear a las iglesias con el nuevo orden político. Un «Manifiesto Cristiano» y el naciente Movimiento Patriótico de las Tres Autonomías se convirtieron en instrumentos centrales.

Los líderes cristianos respondieron de maneras distintas. Algunos se sumaron con entusiasmo, creyendo que una iglesia verdaderamente china podía florecer bajo el socialismo. Algunos cooperaron con cautela. Otros, como Wang Mingdao, terminaron por resistir de manera más abierta las estructuras eclesiásticas patrocinadas por el Estado.

La posición de Nee se complicaba por el hecho de que su movimiento ya encarnaba fuertes principios autóctonos. Podía estar de acuerdo en que las iglesias debían estar libres de control extranjero, y a la vez rechazar la implicación de que el Estado debía controlar su vida espiritual.

Esto ilustra una tentación política recurrente: un gobierno puede adoptar un lenguaje moral legítimo y emplearlo para fines ilegítimos. «Independencia», «unidad», «paz», «justicia», «patriotismo» y «seguridad» son buenas palabras. Su valor moral depende de cómo las use el poder.

Los cristianos deben juzgar las políticas, no los lemas.

Campañas de denuncia

Las campañas políticas comunistas se apoyaban cada vez más en la crítica pública, la confesión, la acusación y el remoldeamiento ideológico. Las comunidades religiosas no estaban exentas. Se podía presionar a los miembros para que denunciaran a los líderes y expusieran supuestos delitos.

Tales campañas eran devastadoras para la comunión de la iglesia. Un movimiento edificado sobre la confianza, la autoridad espiritual y el sacrificio compartido se veía de pronto arrojado a un entorno donde la acusación pública podía determinar la libertad, la reputación y la supervivencia.

Jesús advirtió que la persecución puede fracturar las relaciones naturales: «el hermano entregará a la muerte al hermano» (Marcos 13:12).

La iglesia tuvo que aprender que la unidad es costosa cuando el miedo se convierte en herramienta política.

Este contexto importa para evaluar las acusaciones que más tarde se hicieron contra Nee. Algunos cargos se referían a asuntos que quizá tenían base factual; otros se formulaban mediante categorías ideológicas como la contrarrevolución. Las «confesiones» públicas bajo sistemas coercitivos no pueden tratarse sin más como pruebas judiciales transparentes, ni tampoco deben descartarse todas las acusaciones por el mero hecho de que el Estado fuera represivo.

La integridad histórica exige mantener la incertidumbre allí donde la evidencia se disputa.

El negocio se vuelve un lastre político

La anterior implicación de Nee en el negocio farmacéutico proporcionaba ahora al Estado motivos económicos para investigar. La empresa privada, las prácticas fiscales, la propiedad, las relaciones laborales y la actividad financiera se politizaban cada vez más dentro de la transformación socialista.

Acciones que antes se habían tratado como controversia eclesiástica o disputa comercial podían replantearse como delito económico o conducta contrarrevolucionaria.

Esta convergencia de ministerio, negocio, lazos familiares y sospecha política hacía vulnerable a Nee.

El episodio ofrece además una lección más amplia: los líderes del ministerio que se dedican a los negocios necesitan una administración lo bastante sólida como para sobrevivir a un escrutinio hostil. La sinceridad espiritual no sustituye a la documentación.

«Procurad lo bueno delante de todos los hombres» (Romanos 12:17).

La transparencia no es incredulidad. Es protección para el testimonio de Cristo.

El arresto en 1952

En abril de 1952 Nee fue arrestado. Algunos relatos sitúan el arresto en Manchuria, vinculado con acusaciones de índole comercial. El arresto arrebató a las iglesias al maestro en torno al cual había venido a girar buena parte del liderazgo translocal del movimiento.

Tenía cuarenta y ocho años.

Nadie a su alrededor podía saber que jamás volvería a vivir como hombre libre.

La conmoción debió de ser inmensa. Nee había enseñado a los creyentes a reconocer la autoridad delegada, a coordinarse con los obreros y a recibir el ministerio. Ahora el movimiento tenía que descubrir si su vida podía continuar cuando desaparecía su obrero más influyente.

Una iglesia genuinamente bíblica debe poder sobrevivir a la desaparición de un líder, porque su Cabeza es Cristo.

Pablo dijo a los ancianos de Éfeso que, tras su partida, vendrían peligros, y los encomendó «a Dios, y a la palabra de su gracia» (Hechos 20:32).

Dios y su Palabra permanecen cuando el apóstol se marcha.

La larga espera antes del juicio

El juicio público formal de Nee llegó años después del arresto. La detención bajo un sistema revolucionario autoritario no seguía las expectativas liberales modernas de un juicio rápido, pruebas abiertas, defensa independiente y separación judicial de las campañas políticas.

Durante ese intervalo, el Estado intensificó la presión sobre las redes cristianas. Se investigó a líderes y colaboradores. Se escudriñaron las reuniones. La denuncia pública pasó a formar parte del teatro político del control.

Para las iglesias, la incertidumbre puede ser más dura que una condena conocida. La esperanza de la liberación sigue viva mientras no existe un horizonte claro.

Los Salmos dan palabras para semejante espera: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?» (Salmo 13:1).

La fe bíblica permite la pregunta.

El juicio público de 1956

En 1956 Nee fue condenado públicamente como cabecilla de un grupo contrarrevolucionario y sentenciado a quince años de prisión. Las exposiciones del Estado incluían acusaciones de mala conducta económica, delitos políticos e inmoralidad sexual. El proceso devastó a muchos seguidores.

¿Cómo debe una biografía tratar estos cargos?

No debe borrarlos ni repetirlos sin crítica.

Algunas fuentes biográficas posteriores sostienen que la evidencia de graves faltas personales era sustancial. Los relatos afines al movimiento suelen subrayar la fabricación, la coacción y la persecución política. Los métodos del Estado revolucionario dan razones reales para desconfiar de las confesiones públicas y de los juicios ideológicos. Al mismo tiempo, la lealtad cristiana a la verdad implica que no podemos declarar imposible toda acusación por el simple hecho de que Nee fuera perseguido.

La conclusión más responsable es más acotada: Nee fue, sin lugar a dudas, señalado y encarcelado dentro de una campaña comunista más amplia para subordinar el liderazgo religioso independiente. La verdad exacta de cada acusación moral y financiera sigue siendo objeto de disputa entre las fuentes y las tradiciones.

La admiración cristiana no exige certeza allí donde la historia no puede darla.

Cuando se derrumba la reputación de un líder

Para los seguidores, las acusaciones contra un líder amado crean una crisis espiritual mayor que el líder mismo. Si el maestro que enseñó la santidad es acusado de un pecado grave, ¿qué sucede con la verdad que enseñó?

Pablo ofrece un principio crucial: «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» (Romanos 3:4).

La verdad cristiana no depende de la perfección moral del mensajero.

Esto no excusa la hipocresía. Los líderes deben rendir cuentas. Pero la Escritura es verdadera porque Dios es verdadero.

David cometió pecados graves y aun así escribió salmos inspirados antes y después de su arrepentimiento. Pedro negó a Cristo y fue restaurado. La iglesia debe aprender a distinguir entre el tesoro y el vaso de barro sin usar esa distinción para encubrir el mal.

Si un líder peca, la verdad exige que se le exponga y que se arrepienta. Si un líder es acusado falsamente, la verdad exige que se le defienda. En cualquiera de los dos casos, es Cristo, y no el líder, quien permanece como Señor.

Charity Nee

La esposa de Nee, Charity Chang, compartió el costo de su llamado. La relación de ambos había supuesto años de demora antes del matrimonio. Charity era instruida, capaz, y más tarde soportó las consecuencias de estar casada con un líder cristiano de renombre nacional bajo sospecha política.

También ella experimentó el arresto y la persecución. Durante el encarcelamiento de Nee, ella llegó a ser uno de sus pocos puntos de contacto con la vida humana ordinaria fuera de la prisión.

Las historias de hombres cristianos famosos a menudo reducen a las esposas a personajes secundarios. Una biografía más honesta recuerda que los viajes del ministerio, la controversia y el encarcelamiento producen costos que recaen sobre los cónyuges.

Pablo escribe que «si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él» (1 Corintios 12:26). El matrimonio vuelve esa verdad dolorosamente literal.

Las reflexiones que más tarde se le atribuyen a Nee sugieren pesar por la mucha soledad que Charity había soportado durante sus años de viajes y ministerio. Si son fidedignas, tal pesar lo humaniza. El llamado cristiano no anula la responsabilidad conyugal.

Las iglesias sin Nee

La desaparición de Nee no puso fin a las asambleas cristianas. Algunas congregaciones ingresaron en las estructuras reconocidas por el Estado; otras siguieron fuera de ellas; la persecución dispersó a los creyentes. Los patrones descentralizados del movimiento lo ayudaron a persistir en múltiples formas.

Esta supervivencia es una de las ironías históricas de la historia de Nee. El Estado silenció al maestro, pero no pudo silenciar con facilidad la enseñanza. Las obras impresas ya habían circulado. Los discípulos habían formado a otros discípulos. Los creyentes comunes sabían cómo reunirse.

Pablo escribió desde la prisión: «la palabra de Dios no está presa» (2 Timoteo 2:9).

La frase podría servir de epígrafe sobre los últimos veinte años de Nee.

Sumisión al gobierno en la prisión

La erudición reciente presenta a Nee practicando una forma de sumisión mientras estaba encarcelado. Al parecer no convirtió la vida en prisión en una rebelión física o administrativa constante. Seguía las reglas, a la vez que rehusaba la exigencia última de abandonar la fe cristiana.

Esto concuerda con una lectura madura de su enseñanza sobre la autoridad. Los cristianos pueden someterse a estructuras que no respaldan moralmente. Pedro dijo a los creyentes perseguidos que honraran al emperador a la vez que temían a Dios (1 Pedro 2:17).

Pero la sumisión termina donde comienza la apostasía.

La distinción es difícil y costosa. Es más fácil resistirlo todo o acatarlo todo. La conciencia cristiana vive a menudo en la senda más estrecha: cooperar donde sea posible, obedecer a Dios donde el conflicto se vuelve inevitable.

El costo del discipulado se vuelve concreto

Las palabras de Jesús pueden sonar inspiradoras en una conferencia: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mateo 16:24).

Para 1956 Nee ya no necesitaba una ilustración.

La cruz significaba ahora una condena de prisión, el deshonor público, la separación de su esposa y de sus iglesias, y la desaparición de su voz pública.

Nada de esto demuestra que tuviera razón en cada acción disputada. El sufrimiento no es un certificado de perfección doctrinal o moral. Pero el sufrimiento sí revela si la fe sobrevive cuando se desvanecen sus recompensas terrenales.

Nee había predicado durante décadas que Cristo es la vida, que el yo debe rendirse, que la resurrección sigue a la muerte, que los creyentes se sientan en Cristo, andan por su vida y están firmes en su victoria.

Ahora esas verdades serían puestas a prueba en la oscuridad.

Una condena de quince años que se convirtió en veinte

La condena formal era de quince años. De haber terminado según lo previsto, Nee habría salido a finales de la década de 1960. En cambio, la Revolución Cultural y las continuas exigencias políticas cerraron la puerta.

Los relatos informan de que la liberación estaba condicionada a renunciar a la fe o a satisfacer de otro modo a las autoridades de maneras que Nee no aceptaría. Cualquiera que fuera el mecanismo administrativo preciso, permaneció encarcelado hasta su muerte en 1972.

Los quince años se convirtieron en veinte.

«Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2:10).

Pocos versículos podrían haber sonado menos metafóricos.

El capítulo siguiente entra en esos años ocultos. El registro es fragmentario. Eso mismo forma parte de la historia. Un hombre cuyo ministerio se había edificado sobre las palabras fue forzado al silencio, y dejó a la iglesia preguntándose si una vida puede predicar cuando el predicador ya no tiene púlpito.

Los cristianos bajo la ideología revolucionaria

El comunismo en la China maoísta era más que un conjunto de políticas económicas. Ofrecía un sistema interpretativo de la historia, la clase, la lealtad, la transformación social y el destino humano. En la práctica, el partido exigía cada vez más formas de conformidad ideológica que tocaban la conciencia.

Por eso los cristianos no enfrentaban simplemente un gobierno que les desagradaba, sino un relato rival de la realidad última.

La iglesia ha enfrentado presiones análogas bajo muchos regímenes. Roma podía tolerar las religiones hasta que la lealtad al César se volvía sagrada. Los nacionalismos pueden pedir a las iglesias que traten el destino nacional como algo sagrado. Las culturas de consumo pueden hacer que el deseo económico funcione como una adoración.

«Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Mateo 4:10).

El primer mandamiento tiene consecuencias políticas siempre que un Estado o una ideología exige una lealtad última.

La confesión pública bajo coacción

Las campañas políticas usaban la confesión como herramienta de remoldeamiento ideológico. La confesión cristiana significa normalmente una verdad voluntaria ante Dios y la comunidad. La confesión coaccionada es algo distinto.

Esta distinción importa cuando los historiadores interpretan registros producidos por regímenes que premian la acusación y castigan la disidencia.

Una declaración firmada puede ser evidencia sin ser evidencia infalible. El miedo cambia lo que la gente dice. El interrogatorio cambia el contexto. El espectáculo público cambia los incentivos.

El compromiso cristiano con la verdad exige, por tanto, una paciente crítica de las fuentes, y no la credulidad ni el descarte automático.

Cuando el miedo divide a la iglesia

La persecución triunfa a menudo aislando a los individuos. Si se puede persuadir a los creyentes de que todos los demás han transigido, el valor se debilita.

Por eso Hebreos ordena: «no dejando de congregarnos ... antes exhortándonos unos a otros» (Hebreos 10:25), en un contexto que pronto habla del sufrimiento y la perseverancia.

Cuando las reuniones públicas se vuelven imposibles, la comunión puede reducirse a la oración susurrada, a la Escritura recordada, o al saber que hay creyentes no vistos que permanecen fieles.

El Cuerpo existe aun cuando la comunicación se ha roto.

La iglesia entre el patriotismo, la presión política y el reino de Dios

La victoria comunista de 1949 situó a los cristianos chinos dentro de un paisaje moral y político que cambiaba con rapidez. Las misiones extranjeras estaban asociadas, con justicia o sin ella, con el poder imperial. El nuevo gobierno exigía independencia nacional, lealtad ideológica y un alineamiento público cada vez mayor. Los líderes cristianos tenían que discernir cómo rechazar la dominación extranjera, amar a su patria, cooperar en la vida cívica y, aun así, preservar la lealtad última de la iglesia a Cristo.

La insistencia anterior de Nee en una vida eclesiástica autóctona dio a su movimiento una ventaja. Las asambleas no eran simplemente ramas de una sociedad misionera extranjera. Sin embargo, la independencia no eliminaba la presión política. La preocupación del Estado iba más allá del dinero extranjero, hasta la autoridad de la religión misma.

El Nuevo Testamento no ofrece ninguna fórmula política simplista. Pablo ordena orar por los gobernantes y llama a la autoridad que gobierna un servidor para el orden público, en Romanos 13. Pedro dice a los creyentes que honren al rey. Y sin embargo, Hechos registra a los apóstoles diciendo: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Apocalipsis retrata al imperio mismo volviéndose bestial cuando exige adoración.

La obediencia política cristiana es, por tanto, real pero limitada. El gobierno tiene autoridad legítima; no tiene autoridad divina sobre la conciencia. El Estado puede regular el tránsito sin amenazar la fe. Puede castigar el delito. Pero cuando ordena la negación de Cristo, la adoración falsa, la traición a personas inocentes o la supresión del evangelio, la obediencia a Dios se convierte en una resistencia costosa.

La situación de Nee se complicaba aún más por las campañas políticas de masas, en las que la acusación y la confesión públicas eran herramientas de remoldeamiento ideológico. Los testimonios producidos bajo tales condiciones exigen una cuidadosa evaluación histórica. Algunos cargos pueden contener verdad; los sistemas coercitivos no vuelven falsa toda acusación. Pero tampoco puede leerse la denuncia pública, hecha bajo intensa presión política, como si fuera una prueba judicial ordinaria.

Esto es especialmente importante en la biografía de Nee, porque contra él se formularon graves acusaciones morales y financieras. Un relato responsable no debe borrarlas ni reproducirlas como hecho establecido sin matices. El conflicto eclesiástico anterior en torno a su negocio farmacéutico fue real. Los cargos comunistas posteriores surgieron en un entorno político diseñado para destruir la autoridad religiosa independiente. El historiador debe distinguir la evidencia, la propaganda, el testimonio, la interpretación y lo que sigue siendo desconocido.

La propia postura cambiante de Nee hacia la política también merece matices. No fue simplemente un modelo inmutable de resistencia desde 1949 en adelante. Como muchos cristianos chinos, buscó maneras de vivir bajo el nuevo gobierno y, en ciertos momentos, participó en expresiones públicas de apoyo al régimen. La erudición reciente subraya que reflexionó sobre el sesgo político e intentó transitar la sumisión sin entregar su identidad cristiana. Esa complejidad vuelve su encarcelamiento final más instructivo, no menos.

La iglesia bajo presión a menudo se fractura internamente antes de que el Estado cierre la puerta. El miedo cambia las relaciones. Algunos creyentes se acomodan más que otros. Unos acusan de cobardía a los cristianos cautelosos; otros acusan de irresponsabilidad a los cristianos que resisten. Las familias y las congregaciones enfrentan decisiones sin saber lo que traerá el mes siguiente.

La instrucción de Pablo se vuelve urgente: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:18). La salvedad «si es posible» reconoce que la paz no siempre está bajo nuestro control. Y sin embargo, los cristianos son responsables del espíritu con que actúan.

La teología de la cruz de Nee proporcionó un recurso para este periodo. La iglesia no se preserva a sí misma por cualquier medio necesario. Cristo puede sostener su testimonio cuando se pierden la propiedad, el estatus y las organizaciones. Esa convicción no es un consejo de pasividad política. Es liberación del pánico.

El cristianismo chino después de la revolución resultaría notablemente resistente. Se desmantelaron estructuras, se encarceló a líderes, se expulsó a los obreros extranjeros y se restringió la actividad pública, y con todo la vida cristiana no desapareció. La semilla se ocultó bajo tierra.

Nee no podía conocer la magnitud futura de esa historia. Su propio ministerio visible se acercaba a su fin. Pero la teología que había predicado —que la vida de resurrección se manifiesta allí donde fallan los recursos naturales— estaba a punto de ser puesta a prueba bajo condiciones que ninguna ilustración de conferencia podría reproducir.

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