Capítulo 2 · 18 min de lectura
¿Cuál es su nombre?
«Dijo Moisés a Dios: “Si llego a los hijos de Israel y les digo: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’, y ellos me preguntan: ‘¿Cuál es su nombre?’, ¿qué les responderé?”»
Éxodo 3:14. La pregunta vital de todas las edades y de todo corazón humano se expresa aquí: «¿Cuál es su nombre?»
Toda la suerte de la humanidad depende de la respuesta a esta pregunta. Como sabemos, la condición de un país depende del carácter de sus gobernantes. El estado de un ejército depende de los oficiales que lo mandan. Y cuanto más absoluto es el gobierno, tanto más ha de ser así.
Podemos ver, por tanto, que todo en un universo depende de la clase de creador y gobernante que ha traído ese universo a la existencia, y que todo el bienestar de los seres humanos puestos en él está necesariamente ligado al carácter de su Creador. Si el Dios que nos creó es un Dios bueno, entonces todo tiene que estar finalmente bien para nosotros, pues un Dios bueno no puede ordenar sino lo que es bueno. Pero si es un Dios malo, o un Dios descuidado, o un Dios cruel, entonces no podemos estar seguros de que nada esté bien, y no podemos tener paz ni consuelo verdaderos en ninguna parte.
El verdadero fundamento de la paz y el consuelo se halla únicamente en la clase de Dios que tenemos. Por eso, primero debemos averiguar cuál es su nombre —es decir, cuál es su carácter—; en una palabra, qué clase de Dios es.
En el lenguaje de la Biblia, un nombre significa siempre carácter. Allí los nombres no se dan de manera arbitraria, como suele ocurrir entre nosotros, sino que siempre se dan en relación con el carácter o la obra de la persona nombrada.
Cruden, en su Concordancia, dice que los nombres de Dios significan lo que él verdaderamente es, y que se usan a lo largo de toda la Biblia para expresar sus atributos, sus propósitos, su gloria, su gracia, su misericordia, su amor, su sabiduría, su poder y su bondad. Un estudio atento de sus nombres lo deja claro.
Cuando, pues, los hijos de Israel preguntaban: «¿Cuál es su nombre?», querían decir: «¿Quién y qué es este Dios del que hablas? ¿Cuál es su carácter? ¿Cuáles son sus atributos? ¿Qué hace?
«En una palabra, ¿qué clase de ser es?»
El salmista dice: «En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron» (Salmo 9:10). Y otra vez dice: «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Salmo 18:10). «En ti confiarán los que conocen tu nombre». No pueden hacer otra cosa, porque al conocer su nombre conocen su carácter y su naturaleza: que es un Dios en quien se puede confiar por completo.
No cabe duda de que gran parte de la inquietud y el desasosiego de muchos corazones cristianos proviene sencillamente del hecho de que aún no conocen su nombre. «Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria. Ellos flaquean y caen, mas nosotros nos levantamos, y estamos en pie» (Salmo 20:7-8). En todo lo que leemos acerca de Israel en el pasado, encontramos esta verdad constante: todo lo que eran y todo lo que tenían dependía del hecho de que su Dios era el Señor. «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí» (Salmo 33:12). «Por tanto, tú te has engrandecido, Jehová Dios; por cuanto no hay como tú, ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos. ¿Y quién como tu pueblo Israel, nación singular en la tierra? Porque Dios fue a rescatarlo por pueblo suyo, para ponerle nombre y hacer por él grandes y temibles cosas, echando de delante de tu pueblo, que redimiste para ti de Egipto, a las naciones y a sus dioses. Y estableciste a tu pueblo Israel por pueblo tuyo para siempre; y tú, oh Jehová, fuiste su Dios» (Salmo 7:22-24). «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová» (Salmo 144:15). Bienaventurada esa nación; felices aquellos cuyo Dios es el Señor. Toda la bendición y la dicha de Israel venían del hecho de que su Dios era el Señor. Nada más era lo bastante importante como para mencionarlo al enumerar sus ventajas. El que su Dios fuera el Señor bastaba para explicar toda cosa buena que poseían.
La pregunta por encima de todas las preguntas para cada uno de nosotros es, por tanto, esta: «¿Cuál es su nombre?»
A los israelitas, Dios mismo respondió esta pregunta. Dios dijo a Moisés: «YO SOY EL QUE SOY».
(Éxodo 3:14) Y dijo: «Así dirás a los hijos de Israel: “YO SOY me ha enviado a vosotros”». Dios dijo también a Moisés: «Así dirás a los hijos de Israel: “Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros”. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos» (Éxodo 3:15). En el Evangelio de Juan, Cristo toma para sí este nombre «yo soy». Cuando los judíos le interrogaron acerca de su autoridad, les dijo: «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy».
(Juan 8:58) Y en el libro del Apocalipsis vuelve a declarar: «Yo soy el Alfa y la Omega… el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Apocalipsis 1:8). Estas sencillas palabras, «yo soy», expresan la eternidad e inmutabilidad de la existencia, que es la primera cualidad esencial de un Dios en quien se puede descansar. Nadie podría poner su confianza en un Dios mudable. Ha de ser el mismo ayer, hoy y siempre, si hemos de tener alguna paz o consuelo. Pero ¿es esto todo lo que su nombre significa: simplemente «yo soy»? ¿Yo soy qué?, preguntamos. ¿Qué incluye este «yo soy»? Creo que incluye todo lo que el corazón humano anhela y necesita. Este nombre inconcluso de Dios parece un cheque en blanco firmado por un amigo rico, entregado a nosotros para que lo llenemos con la cantidad que necesitemos. Toda la Biblia nos dice lo que significa.
Cada atributo de Dios, cada revelación de su carácter, cada prueba de su amor infalible, cada declaración de su cuidado vigilante, cada garantía de su tierna misericordia, cada expresión de su bondad amorosa: todo es el llenado de este «yo soy» inconcluso.
Dios nos dice a lo largo de toda su Palabra lo que él es. «Yo soy —dice— todo lo que mi pueblo necesita. Yo soy su fortaleza. Yo soy su sabiduría. Yo soy su justicia. Yo soy su paz. Yo soy su salvación.
«Yo soy su vida. Yo soy su todo en todos».
Este nombre en apariencia inconcluso es, por tanto, el nombre más consolador que el corazón humano pudiera imaginar, porque nos permite añadirle, sin límite, todo lo que necesitemos, aun «mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos».
Pero si nuestros corazones están llenos de nuestros propios y miserables «yo soy», no tendremos oídos para oír su glorioso «yo soy», el que satisface el alma. Decimos: «Soy una persona tan débil», o «Soy tan necio», o «Soy tan inútil», o «Soy tan incapaz», y damos estos pobres «yo soy» como razón de la miseria y el desasosiego de nuestra vida religiosa, y hasta sentimos que merecemos compasión porque las cosas nos resultan tan difíciles. Mientras tanto, pasamos por completo por alto el cheque en blanco del magnífico «yo soy» de Dios, que nos autoriza a extraer de él una provisión abundante para toda necesidad.
Si eres un cristiano sin consuelo, entonces lo único que puede darte una vida religiosa verdaderamente reposada es conocer a Dios. El salmista dice que los que conocen el nombre de Dios confiarán en él, y estoy convencida de que es imposible conocerlo de verdad y no confiar en él. Una persona digna de confianza inspira confianza de manera natural: no exigiéndola, sino ganándola por su carácter.
Lo que nuestro Señor declara es eternamente verdadero: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo». Una vez que lo conoces de verdad, Cristo es irresistible. No puedes menos que confiar en él, como no puedes dejar de respirar. Y si el mundo entero pudiera conocerlo tal como él es, el mundo entero —pecadores incluidos— caería a sus pies en adoración. Sencillamente no podría evitarlo. Su hermosura sin igual lo vencería todo.
¿Cómo, entonces, podemos llegar a conocer a Dios?
Dos cosas son necesarias: primera, que Dios se revele a sí mismo; y segunda, que nosotros aceptemos su revelación y creamos lo que él revela.
El apóstol Juan nos dice que «a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). Cristo, por tanto, es la revelación de Dios. Ninguno de nosotros ha visto a Dios, ni podemos verlo en nuestro estado presente, porque no tenemos la capacidad para hacerlo. Pero él se ha revelado en Cristo, y a Cristo sí podemos verlo, pues se hizo hombre como nosotros.
Un hombre que quisiera hablar con las hormigas podría inclinarse sobre un hormiguero y hablar todo el día, y sin embargo ni una sola palabra llegaría hasta ellas. Ellas irían de un lado a otro, completamente ajenas a él. Hasta donde sabemos, las hormigas no tienen capacidad alguna para entender el habla humana. Pero si un hombre pudiera hacerse hormiga, vivir entre ellas y hablar su lengua, al instante se haría entender.
Cuando una forma de vida superior quiere comunicarse con una inferior, la encarnación es necesaria.
Cristo reveló a Dios por lo que era, por lo que hacía y por lo que decía. Desde la cuna hasta la tumba, cada instante de su vida revelaba a Dios. Debemos ir a él, pues, para conocer a Dios, y debemos negarnos a creer acerca de Dios cualquier cosa que no se nos muestre en Cristo. Todas las demás revelaciones son incompletas y, por tanto, no del todo fiables. Solo en Cristo vemos a Dios tal como verdaderamente es, porque Cristo es «la imagen misma de su sustancia».
Lo que Dios habría dicho o hecho en cualquier situación, eso dijo e hizo Cristo. «Nada hago por mi propia cuenta… el Padre que mora en mí, él hace las obras» (Juan 14:10). «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). Nada se afirma con mayor claridad en el Nuevo Testamento que esta verdad: que hemos de ver «la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Corintios 4:6), y que en ninguna otra parte podemos verla plenamente.
Si queremos conocer el pleno sentido de lo que Dios quiso decir cuando dio a Moisés aquel nombre en apariencia inconcluso, «yo soy», lo hallaremos revelado en Cristo. Solo él explica a Dios. Solo él es la imagen del Dios invisible.
Está claro, por tanto, que jamás debemos aceptar idea alguna de Dios que contradiga lo que vemos en Cristo, y debemos rechazar por completo cualquier visión de su carácter, de sus obras o de su relación con nosotros —por firmemente que se enseñe— si no concuerda con lo que Cristo ha revelado.
Todos somos conscientes de que la revelación de Dios en el Antiguo Testamento a veces parece diferir de la revelación dada en Cristo, y surge la pregunta de cuál hemos de aceptar como la más verdadera. En vista de que Dios mismo nos dice que en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, que es «el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia», no podemos rechazar el testimonio de Cristo. Al contrario, debemos considerar la revelación del Antiguo Testamento, donde difiere de la revelación en Cristo, como parcial e incompleta, y aceptar como retrato verdadero de Dios solo lo que hallamos en Cristo.
Solo Cristo nos dice el nombre verdadero y real de Dios. En su última y maravillosa oración dice: «He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste… Las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste».
¿Podríamos pedir mayor autoridad que esta?
En toda la vida de Cristo, nada es más claro ni más enfático que el hecho de que él afirmaba continuamente ser una revelación completa de Dios. «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras» (Juan 14:10). Una y otra vez declara que solo habla lo que el Padre le da que hable. «Lo que he oído de él, esto hablo al mundo» (Juan 8:26). «Nada hago por mi propia cuenta, sino que hablo así como el Padre me enseñó» (Juan 12:49). El apóstol declara también con toda claridad que agradó al Padre que en Cristo «habitase toda plenitud» (Colosenses 1:19). Y aunque quizá no comprendamos plenamente todo lo que esto significa en sentido teológico, no podemos dejar de ver que, si queremos conocer a Dios, solo necesitamos familiarizarnos con los caminos de Cristo y el carácter de Cristo para conocer los caminos de Dios y el carácter de Dios. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Y de nuevo declara que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar».
(Mateo 11:27) Esto zanja el asunto por completo. Podemos tener muchos pensamientos acerca de Dios; podemos imaginar o especular, pero todo es en vano. Sencillamente no podemos conocerlo sino por medio de la revelación dada en Cristo.
Podemos saber muchas cosas acerca de Dios, pero eso es muy distinto de conocerlo tal como verdaderamente es en su naturaleza y carácter. Otros testigos pueden hablarnos de sus actos externos, pero a partir de estos a menudo nos formamos ideas muy equivocadas de su verdadero carácter. Nadie sino Cristo puede revelar la verdadera naturaleza íntima de Dios, pues solo de él puede decirse que «el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). Que creamos o no que esto es verdad marca toda la diferencia en nuestra vida cristiana. Si lo creemos, entonces el Juez severo y el Amo duro que hemos temido —incluso mientras tratábamos de seguirlo—, y cuyo servicio nos ha resultado tan difícil y penoso, desaparecerá. En su lugar vendrá el Dios de amor que se nos revela en «la faz de Jesucristo», el Dios que cuida de nosotros como cuida de los pajarillos y de las flores del campo, y que nos dice que aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados.
Nadie podría tener miedo de un Dios como este.
Si hemos estado acostumbrados a acercarnos a Dios con alguna duda sobre su bondad hacia nosotros; si nuestra vida religiosa ha sido envenenada por el miedo; si pensamientos indignos de su carácter y de su voluntad han llenado nuestros corazones de sospecha acerca de su bondad; si lo hemos imaginado como un gobernante áspero o un tirano egoísta; si, en una palabra, hemos pensado en él de cualquier manera distinta de la que se nos ha revelado en «la faz de Jesucristo», debemos volver, con sencillez de corazón, al relato de aquella hermosa vida vivida entre los hombres, y poner nuestra idea de Dios en pleno acuerdo con el carácter y los caminos de aquel que declara que vino a dar a conocer el nombre de Dios.
En respuesta, pues, a la pregunta «¿Cuál es su nombre?», solo tengo esto que decir: pregúntaselo a Cristo. Se nos dice que él fue «Dios manifestado en carne», y que quien lo ve a él ve al Dios que lo envió. Por tanto, es del todo claro que si queremos conocer el nombre, hemos de mirar la manifestación. Esto significa sencillamente que debemos estudiar la vida, las palabras y las obras de Cristo, y decirnos a nosotros mismos: «El que ha visto a Cristo ha visto a Dios», y que lo que Cristo fue en la tierra, Dios lo es en el cielo. Toda la confusión que rodea el carácter de Dios se desvanecerá si aceptamos la luz que Cristo ha dado y creemos la «manifestación de su nombre» que Cristo nos ha mostrado, y nos negamos a creer cualquier otra cosa.
Cuando Nicodemo vino a Jesús de noche a preguntar cómo podían ser verdad estas cosas, Jesús le dijo que, las entendiera o no, no por eso dejaban de ser verdad, y dijo con toda claridad: «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos» (Juan 3:11). Nadie que crea en Cristo puede dudar de que él conocía a Dios; y nadie puede cuestionar que debamos aceptar su testimonio. Una y otra vez nos aseguró que sabía de qué hablaba, y que sus palabras han de aceptarse como verdad absoluta, porque descendió del cielo y por eso conoce las cosas celestiales.
Ninguno de nosotros cuestionaría esto abiertamente; y sin embargo, en la práctica, muchos del pueblo de Dios pasan por alto el testimonio de Cristo y prestan oído más bien a su propio corazón dudoso, que les dice que no puede ser verdad que Dios sea tan amoroso, tan tierno o tan dispuesto a perdonar como Cristo lo ha mostrado. Con todo, debo repetir una y otra vez, aun a riesgo de ser reiterativa, lo que tan pocos parecen entender: si hay una verdad enseñada en la Biblia con más claridad que ninguna otra, es que el nombre —es decir, el carácter— del Padre, tal como lo revela Cristo, es su verdadero carácter. Cristo declara continuamente que él es la expresión viva del Padre, y que en todo lo que decía y hacía no hacía sino decir y hacer lo que el Padre habría dicho y hecho si hubiera actuado directamente desde el cielo.
Ante afirmaciones tan claras de nuestro mismo Señor, no solo es nuestro privilegio, sino nuestro deber, apartar de nuestra idea de Dios todo lo que no concuerde con la vida, el carácter y la enseñanza de Cristo. Si queremos conocer el verdadero nombre de Dios, debemos aceptar el nombre que Cristo ha revelado y no escuchar ningún otro.
Cualesquiera cualidades que veamos en Cristo, esas llenan el sentido del «yo soy» de Dios. Al contemplar la vida de Cristo y escuchar sus palabras, oímos a Dios decir: «Yo soy el reposo para el cansado; yo soy la paz para el atribulado; yo soy la fortaleza para el débil; yo soy la sabiduría para el necio; yo soy la justicia para el pecador; yo soy todo lo que el alma más necesitada pueda desear; yo soy mucho más abundantemente de lo que puedas pedir o entender, en bendición, ayuda y cuidado».
Pero aquí alguien podría decir: «Sí, puede que todo esto sea verdad, pero ¿cómo puedo apropiármelo? Soy una persona tan indigna que no me atrevo a creer que semejante gracia me pertenezca».
¿Cómo puedes apropiártelo? No puedes apropiártelo en absoluto, pero sí puedes dejar que él se apropie de ti. Es una buena noticia que se te anuncia en la Biblia, y solo tienes que tratarla como tratarías cualquier noticia fidedigna que te diera una fuente confiable. Si quien habla es digno de confianza, crees lo que dice y obras conforme a ello. Y lo mismo debes hacer aquí. Si Cristo es digno de confianza cuando dice que es la revelación de Dios, entonces debes creerle y obrar en consecuencia.
Debes apoyarte en su fidelidad. Debes decirte a ti mismo, y si es necesario a otros: «Voy a creer lo que Cristo dice acerca de Dios. Sea cual sea la apariencia de las cosas, digan lo que digan mis propios pensamientos o sentimientos, diga lo que diga cualquier otro, sé que lo que Cristo dice tiene que ser verdad, porque él lo sabe y ningún otro lo sabe. Le creeré por completo.
«Él dice que es uno con Dios; por tanto, todo lo que él es, Dios lo es. No temeré más a Dios. No lo pensaré como un legislador severo airado conmigo, ni como un amo duro que exige cosas imposibles, ni como un ser distante e inaccesible que es indiferente a mis luchas y temores. Todas esas ideas son imposibles ahora que sé que Cristo revela a Dios».
Si nos aferramos con firmeza a esta verdad —que Cristo y Dios son uno— y nos negamos a aceptar toda idea de Dios que contradiga lo que Cristo ha mostrado, nuestra vida será transformada.
A menudo necesitaremos mantenernos firmes en esto, porque las viejas dudas y los viejos temores volverán e intentarán apoderarse de nosotros de nuevo. Pero debemos apartarnos de ellos con decisión y declarar que ahora conocemos el nombre —es decir, el carácter— de nuestro Dios, y que tales cosas le son imposibles.
Por tanto, nos negamos a escuchar toda insinuación que tergiverse su carácter o sus caminos.
Es imposible pensar que, cuando Dios dijo a Moisés «YO SOY», quisiera decir «Soy un legislador severo», o «Soy un amo duro», o «Soy indiferente al sufrimiento de mi pueblo». Si intentáramos llenar su «yo soy» con tales significados, los cristianos de todas partes se escandalizarían. Y sin embargo, ¿no dicen exactamente esto, en voz baja y en su corazón, cada día, los temores y las dudas de muchos creyentes?
Quiera Dios que lo que aprendamos al considerar su nombre haga que, de aquí en adelante, tales dudas y temores nos resulten imposibles.
¡Jesús es Dios! ¡Oh, si pudiera recorrer tierra y mar para enseñar y proclamar esta sola verdad, qué feliz sería!
¡Oh, si tuviera la voz de un ángel, proclamaría en alta voz: Jesús, el bueno, el hermoso, es la imagen de nuestro Dios!