El Dios de toda consolación ·Por qué se ha escrito este libro

Capítulo 1 · 14 min de lectura

Por qué se ha escrito este libro

«Rebosa mi corazón palabra buena; dirijo al rey mi canto.» Salmo 45:1 Hablaba yo una vez sobre el tema de la religión con un agnóstico inteligente, sobre quien mucho deseaba influir, y después de escucharme cortésmente un rato, me dijo: «Pues bien, señora, todo lo que tengo que decir es esto. Si ustedes los cristianos quieren que los agnósticos nos sintamos inclinados a examinar su religión, deben procurar sentirse ustedes mismos más a gusto poseyéndola. Los cristianos que conozco me parecen las personas más incómodas que hay por todas partes. Parecen llevar su religión como quien lleva un dolor de cabeza. No quiere deshacerse de su cabeza, pero al mismo tiempo le resulta muy incómodo tenerlo. Y yo, por mi parte, no me interesa tener esa clase de religión.» Esta fue una lección que nunca he olvidado, y es la razón principal por la que escribo este libro.

Era yo muy joven en la vida cristiana en el tiempo de aquella conversación, y estaba aún en el primer gozo de haber entrado en ella, así que no podía creer que alguno de los hijos de Dios pudiera sentirse tan incómodo en su vida religiosa como mi amigo agnóstico había afirmado. Pero cuando el primer resplandor de mi conversión hubo pasado, y descendí a la monotonía de los deberes y responsabilidades de cada día, pronto descubrí, por mi propia experiencia y también por las experiencias semejantes de la mayoría de los cristianos que me rodeaban, que había demasiada verdad en lo que él decía, y que la vida religiosa de casi todos nosotros estaba llena de incomodidad e inquietud. De hecho, parecía, como me dijo un día una de mis amigas cristianas cuando comparábamos nuestras experiencias, «que teníamos apenas la religión suficiente para hacernos desdichados».

Confieso que esto fue muy decepcionante, pues yo había esperado algo completamente distinto. Me parecía sumamente incoherente que una religión, cuyos frutos la Biblia declara que son amor, gozo y paz, resultara con tanta frecuencia en la práctica exactamente lo contrario, y produjera duda, temor, inquietud, conflicto e incomodidad de toda clase; y resolví, de ser posible, averiguar qué andaba mal. ¿Por qué, me preguntaba, habrían de llevar los hijos de Dios una vida religiosa tan completamente incómoda, cuando él nos ha dado a creer que su yugo es fácil y ligera su carga? ¿Por qué nos atormentan tantas dudas espirituales y tan pesadas angustias espirituales?

¿Por qué nos cuesta tanto estar seguros de que Dios realmente nos ama, y por qué nunca parecemos capaces de creer por mucho tiempo en su bondad y su cuidado? ¿Cómo es que nos permitimos sospechar que él nos olvida y nos abandona en los tiempos de necesidad? Podemos confiar en nuestros amigos terrenales y sentirnos tranquilos en su compañía; ¿por qué, entonces, no podemos confiar en nuestro Amigo celestial, y parecemos incapaces de estar tranquilos a su servicio?

Creo que he hallado la respuesta a estas preguntas, y quisiera decir con franqueza que mi propósito al escribir este libro es procurar llevar un poco de consuelo real y genuino a algunas vidas cristianas atribuladas a mi alrededor. Según entiendo yo la religión del Señor Jesucristo, estaba destinada a estar llena de consuelo. Estoy segura de que cualquier lector imparcial del Nuevo Testamento diría lo mismo, y creo que toda persona recién convertida, en el primer gozo de su conversión, así lo espera plenamente. Y sin embargo, como he dicho, parece que para gran número de cristianos su vida religiosa es la parte más incómoda de su existencia. ¿Recae en el Señor la culpa de esta situación? ¿Ha prometido más de lo que puede dar?

Un escritor ha dicho: «Sabemos lo que es la propaganda excesiva. Es una enfermedad moderna de la que todos padecemos. Hay carteles en cada valla publicitaria, exageraciones en cada pared vacía, representaciones y falsedades sin número. ¡Qué visiones hemos visto de frutas y flores imposibles cultivadas de las semillas de fulano de tal! Todo se anuncia en exceso. ¿Sucede lo mismo con el reino de Dios? ¿Corresponden los frutos que producimos de la buena semilla del reino a la descripción que dio Aquel de quien recibimos esa buena semilla? ¿Nos ha engañado? Se percibe la sensación de que Cristo ha ofrecido en su Evangelio más de lo que tiene para dar. La gente piensa que no ha experimentado del todo lo que fue prometido como la porción de los hijos de Dios. Pero ¿por qué es así? ¿Ha sido el reino de Dios anunciado en exceso, o simplemente ha sido creído de menos? ¿Ha sido el Señor Jesucristo sobreestimado, o solamente se ha confiado poco en él?»

Lo que quiero hacer en este libro es mostrar, a mi humilde manera, lo que creo firmemente: que es imposible que el reino de Dios sea anunciado en exceso, ni que el Señor Jesucristo sea sobreestimado, porque «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman»; y que toda la dificultad surge del hecho de que hemos creído de menos y confiado de menos.

Quiero, por tanto, mostrar con la mayor claridad posible las razones que hay en la religión del Señor Jesucristo para esa paz profunda y duradera y ese consuelo del alma, que nada en la tierra puede perturbar, y que se dice ser la porción de quienes la abrazan. Y también quiero explicar, si en verdad esta es nuestra porción legítima, cómo hemos de hacer uso de ella, y qué cosas se interponen en el camino. Hay una parte de Dios en el asunto, y hay una parte del hombre, y debemos considerar cuidadosamente ambas.

A un joven descarriado, que fue llevado al Señor en una reunión de evangelización, y que después llegó a ser un cristiano gozoso y vivió una buena vida, alguien le preguntó qué había hecho para convertirse. «Oh —dijo—, yo hice mi parte, y el Señor hizo la suya.»

«Pero ¿cuál fue tu parte —preguntó el que interrogaba—, y cuál fue la parte del Señor?»

«Mi parte —fue la pronta respuesta— fue huir, y la parte del Señor fue correr tras de mí hasta que me alcanzó.»

¡Una respuesta muy significativa; pero qué pocos pueden comprenderla de veras!

La parte de Dios es siempre correr tras de nosotros. Cristo vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. «¿Qué hombre de vosotros, que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso.» Esta es siempre la parte divina; pero en nuestra insensatez no la comprendemos, y en cambio pensamos que el Señor es el que está perdido, y que nuestra parte es buscarlo y encontrarlo. Las mismas expresiones que empleamos lo demuestran. Instamos a los pecadores a «buscar al Señor», y hablamos de haberlo «hallado». «¿Has hallado al Salvador?», preguntó un obrero misionero demasiado celoso a una niña feliz y confiada.

Con expresión de asombro, ella respondió en tono de admiración: «¡Pero si yo no sabía que el Salvador estuviera perdido!»

Es nuestra ignorancia de Dios la que causa todo esto. Porque no lo conocemos, naturalmente nos formamos toda clase de ideas equivocadas acerca de él. Pensamos que es un Juez airado que acecha nuestras más leves faltas, o un Amo severo empeñado en exigirnos el máximo servicio, o una Deidad egocéntrica que reclama su plena medida de honra y gloria, o un Soberano distante que solo se ocupa de sus propios asuntos e indiferente a nuestro bienestar. ¿Quién puede extrañarse de que a tal Dios no se le pueda amar ni confiar en él? ¿Y quién podría esperar que los cristianos, con semejantes ideas de él, fueran otra cosa que personas llenas de incomodidad y desdicha?

Pero puedo decir con confianza, y sin temor a que me contradigan, que es imposible que alguien que verdaderamente conoce a Dios tenga tales pensamientos incómodos acerca de él. Puede haber muchas incomodidades externas, y muchas penas y pruebas terrenales, pero a través de todas ellas el alma que conoce a Dios ha de morar interiormente en un lugar de perfecta paz. «Mas el que me oyere, habitará confiadamente y vivirá tranquilo, sin temor del mal.» Y esta es una afirmación que nadie puede poner en duda. Si de veras oyéramos a Dios —lo cual significa no solo escucharlo, sino creer lo que oímos—, no podríamos menos que saber que, por ser él Dios, no puede hacer otra cosa que cuidarnos como a la niña de sus ojos, y que todo cuanto el tierno amor y la divina sabiduría puedan hacer para nuestro bien, ciertamente se hará. Ni un solo resquicio para la inquietud o el temor le queda al alma que conoce a Dios.

«Ah, sí —dices tú—, pero ¿cómo he de conocerlo? Otras personas parecen tener alguna clase de revelación interior que las hace conocerlo, pero yo nunca la tengo; y por mucho que ore, todo me parece oscuro. Quiero conocer a Dios, pero no veo cómo lograrlo.»

Tu dificultad es que tienes una idea equivocada de lo que es conocer a Dios, o al menos de la clase de conocimiento a la que me refiero. Pues no me refiero a ninguna revelación interior mística. Tales experiencias son deleitosas cuando ocurren, pero no siempre están bajo nuestro control, y pueden ser inciertas e inconstantes. La clase de conocimiento a la que me refiero es el conocimiento sencillo y práctico de la naturaleza y el carácter de Dios que viene de creer lo que se revela acerca de él en la Biblia.

El apóstol Juan, al final de su Evangelio, dice acerca de las cosas que había escrito: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.» (Juan 20:30). Es creer lo que está escrito, no lo que se revela interiormente, lo que da vida; y la clase de conocimiento a la que me refiero es el conocimiento que viene de creer lo que está escrito.

Quiero decir, en términos prácticos, que cuando leo en la Biblia que Dios es amor, he de creerlo simplemente porque está escrito, no porque haya tenido alguna experiencia interior que lo pruebe verdadero; y cuando la Biblia dice que él cuida de nosotros como cuida de los lirios del campo y de las aves del cielo, y que aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, he de creerlo simplemente porque está escrito, tenga o no algún sentimiento interior de ello.

Es muy importante que comprendamos que la Biblia es una declaración, no de teorías, sino de hechos reales; y que las cosas no son verdaderas porque están en la Biblia, sino que están en la Biblia porque son verdaderas. Un niño, que había estado aprendiendo en la escuela sobre el descubrimiento de América, le dijo un día a su padre: «Papá, si yo hubiera sido Colón, no me habría tomado tanto trabajo para descubrir América.»

«¿Por qué? ¿Qué habrías hecho tú?», preguntó su padre.

«Oh —respondió el niño—, sencillamente habría ido al mapa y lo habría encontrado.»

Este niño no comprendía que los mapas son solo representaciones de lugares ya conocidos, y que América no existía porque estuviera en el mapa, sino que solo podía estar en el mapa porque ya existía. Y lo mismo sucede con la Biblia. Es, como el mapa, una simple declaración de hechos; de modo que cuando nos dice que Dios nos ama, solo nos está diciendo algo que ya es verdad, y que no estaría en la Biblia si no fuera un hecho.

Fue un gran descubrimiento para mí cuando comprendí esto. Parecía quitar toda incertidumbre y especulación de la revelación que se nos da en la Biblia acerca de la salvación del Señor Jesucristo, y hacer de todo lo escrito acerca de él una simple declaración de hechos innegables. Y los hechos son algo que podemos creer; y en efecto, los creemos tan pronto como los reconocemos como hechos. Las revelaciones interiores no son algo que podamos controlar, pero cualquier persona en su sano juicio puede creer lo que está escrito. Y aunque esto pueda parecer bastante llano y sencillo al principio, si se sigue con constancia, dará por resultado una bienaventurada certeza interior, y con el tiempo nos llevará a tal conocimiento de Dios que transformará nuestra vida.

Esta clase de conocimiento produce convicción; y, a mi juicio, la convicción es muy superior a las experiencias interiores, por deleitosas que sean. Una experiencia interior puede verse afectada por la salud de uno o por muchas otras perturbaciones, pero una convicción permanece. Una vez que una persona está convencida de que dos y dos son cuatro, ninguna enfermedad, incomodidad o influencia externa puede quebrantar esa convicción. Lo sabe igual de bien cuando está enferma que cuando goza de buena salud. Las convicciones vienen del conocimiento, y ningún cambio en los sentimientos o en la condición física puede alterar el conocimiento.

Es para ayudar a mis lectores a llegar a esta clase de conocimiento práctico de Dios, y a las convicciones que de él proceden, que se escribe este libro. Primero procuraré mostrar lo que Dios es —no en un sentido teológico o doctrinal, sino sencillamente lo que él es en la vida real y cotidiana, como Dios y Padre de cada uno de nosotros—. También señalaré algunas de las cosas que me parecen los principales obstáculos para conocerlo verdaderamente.

Estoy completamente segura de que llegar a conocerlo tal como verdaderamente es traerá consuelo y paz infalibles a todo corazón atribulado, y anhelo profundamente ayudar a cuantos estén a mi alcance a llegar a este conocimiento. Uno de los amigos de Job dijo, en respuesta a la angustia de Job: «Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien.» (Job 22:21) Y nuestro Señor, en su última oración registrada, dijo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3). No se trata de conocernos a nosotros mismos —lo que somos, lo que hacemos o lo que sentimos—, sino sencillamente de familiarizarnos con Dios, y saber lo que él es, lo que hace y lo que siente. El consuelo y la paz nunca vienen de lo que sabemos acerca de nosotros mismos, sino siempre de lo que sabemos acerca de él.

Podemos pasar nuestros días cumpliendo lo que llamamos deberes religiosos, y llenar de entusiasmo nuestras devociones, y aun así ser desdichados. Nada puede dar verdadero reposo a nuestro corazón sino un conocimiento real de Dios; porque, al fin y al cabo, todo en nuestra salvación depende de él. Nuestro consuelo depende enteramente de si él es digno de nuestra confianza. Si estuviéramos planeando un viaje peligroso, nuestra primera preocupación sería qué clase de capitán tendríamos. El sentido común nos diría que, si el capitán no fuera de fiar, ninguna cantidad de fiabilidad de nuestra parte podría hacer seguro el viaje. Sería su carácter, no el nuestro, lo que más importaría.

Si tan solo logro decir esto con la frecuencia suficiente, y de maneras bastante diversas, como para llevar convicción a algunos corazones atribulados, y sacarlos de su vida religiosa infeliz e incómoda hacia el reino de amor, gozo y paz —que es su legítima herencia—, sentiré que se ha cumplido mi propósito al escribir este libro. Y podré decir: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación»; y mi pluma ha procurado describirla.

Debe, sin embargo, entenderse claramente que este libro no pretende abordar los aspectos críticos o teológicos de la religión. No trata las cuestiones acerca de la autenticidad de la Biblia.

Otros, mucho más capaces, pueden ocuparse de tales asuntos. Este libro está escrito para personas que, como yo, profesan creer en el Señor Jesucristo, y que aceptan la Biblia sencillamente como su revelación.

Dejando de lado, por tanto, todas las cuestiones críticas, solo busco explicar lo que me parece ser el resultado natural de tal creencia, y cómo los creyentes pueden experimentarlo personalmente.

Puede haber errores en la manera en que expreso estas cosas, y por ello pido la comprensión de mis lectores. Pero la verdad que quiero comunicar —y comunicar de tal modo que nadie deje de entenderla— no es un error. Y esa verdad es esta: nuestra vida religiosa debería estar llena de gozo, paz y consuelo, y si llegamos a conocer mejor a Dios, lo estará.

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El Dios de toda consolación Hannah Whitall Smith

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