Piedras de paso
Llamada desde Canadá

Capítulo 10 · 3 min de lectura

Llamada desde Canadá

A la mañana siguiente le pedí a Anne que comprara el «Times Educational Supplement». Esta publicación salía todos los lunes y recogía todas las vacantes docentes de Gran Bretaña, además de artículos sobre la práctica educativa. Había pensado que sería bueno tener una visión general de lo que ocurría en la educación para ver con más claridad el panorama local. Esa noche lo abrí por la primera página y leí, para mi asombro: «Se busca profesor de Física para un colegio de Toronto, Canadá».

Era el primer anuncio de ese tipo que aparecía en muchos años en una publicación británica, porque a los colegios de Canadá todavía no se les permitía anunciarse fuera del país; sin embargo, el dueño de este colegio privado tenía oficinas en Nueva York y, como supe después, ¡ningún canadiense estaba dispuesto a trabajar por el bajo sueldo que se ofrecía!

El anuncio decía además que el fundador, el señor Giles, estaría en Londres la semana siguiente para entrevistar a los candidatos a este puesto y a otros anunciados de forma parecida. Aquello me venía muy bien, porque la Asociación Nacional de Maestros —mi sindicato— había convocado una huelga de un día, la primera de su historia, para el miércoles siguiente. Así, tras una breve entrevista, me ofrecieron el puesto de jefe del Departamento de Física del Toronto French School, en Canadá.

El sueldo sería de 11.000 dólares más los gastos de emigración. Eran por lo menos 2.000 dólares más que mi sueldo de entonces, el máximo que se pagaba en Gales. ¡Hasta que llegamos a Canadá no descubriría lo imposible que era criar a tres hijos en Toronto con ese sueldo!

No tomé ninguna decisión en la reunión con el señor Giles, sino que volví a Gales con el contrato para firmar. Al llegar a casa, me encontré con que teníamos visita: Martin y Sharon Loyley. Eran amigos misioneros a los que habíamos conocido en Hong Kong, y estaban en Gales de permiso, visitando a la familia de él en Inglaterra. Se entusiasmaron al saber de mi entrevista y nos animaron con ganas, ¡porque Sharon era de Toronto y conocía bastante bien el colegio!

«Tienen que quedarse con mi madre —dijo—. Vive sola y le encantaría tenerlos a todos con ella».

Dios ya estaba preparando el camino delante de nosotros.

Después de hablarlo y orar, Anne y yo decidimos aceptar el puesto que nos ofrecían, y el contrato se firmó y se devolvió al señor Giles como correspondía.

Al día siguiente fui a ver al director con mi carta de renuncia en la mano. Nada más entrar en su despacho, el señor Price me recibió afectuosamente con la “buena noticia” de que el Consejo Escolar había cambiado de parecer y yo quedaba libre para asistir al curso universitario.

Por supuesto, mi noticia lo sorprendió muchísimo, pero aceptó mis razones con amabilidad. Teníamos tres meses para prepararnos; conseguimos los informes médicos y los visados, vendimos la casa, “traspasamos” el trabajo con los jóvenes y dijimos muchos “adioses”; sin embargo, no nos íbamos solos. Un buen amigo se había interesado por mi decisión y había aprovechado para ir a ver él mismo al señor Giles. A Keith lo habían nombrado jefe de Matemáticas en el mismo colegio que a mí. Así que, en agosto de 1975, metimos todas nuestras pertenencias en un contenedor de transporte marítimo de 24 pies de largo y volamos a Toronto, Canadá: la tierra prometida y de los grandes espacios abiertos.

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